Portada del relato Más Allá del Vacío
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Fragmento:


Ingrid rebuscó en sus recuerdos, en los relatos de la vieja escasez, historias transmitidas por abuelos ancianos semicibernéticos que aún recordaban el dolor. Antes, el trabajo daba sentido al día. Incluso el ocio era descanso de algo. Se preguntó si era este el precio real de la victoria, la lenta erosión del sentido en la seguridad de la abundancia.

Duración: 07:38

Más Allá del Vacío
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Texto de ajuste de pausa.

El olor a ozono aún flotaba en el aire después de la última tormenta eléctrica, una fragancia áspera que recordaba a los días de industria y escasez. Ahora, las hojas de los árboles brillaban bajo una fina capa de humedad, y el jardín vertical ascendía como un mosaico viviente por la fachada del Edificio Séptimo. Nadie sembraba las plantas: sus rizomas pasaban mensajes ópticos a través de la raíz inteligencial, y las paredes modulaban la luz como un amante complaciente, estimulando una floración continua que había reemplazado la necesidad de alimento cotidiano.

Ingrid despertó a una necesidad que no debería de existir en la Edad de la Satisfacción. No era sed ni hambre; esos impulsos elementales pertenecían a un pasado abolido por la abundancia automatizada. Lo que la inquietaba era el eco de un propósito, el retazo de una costumbre arcaica: la urgencia de hacer. Durante años, el sistema la había mimado bien. Su Recolector, una semilla de conciencia implantada en su lóbulo parietal, entonaba una sinfonía de placeres a medida que pensaba, inhalaba, tocaba o contemplaba. Sin embargo, el tiempo, ese persistente enemigo, había comenzado a permear la red de recompensas neuroquímicas.

Se levantó de la cama-membrana, cuyos nanofilamentos traslucían formas de cuerpos girando en posiciones imposibles, perpetuamente complacientes. Abandonó la cápsula háptica, conectando sus sentidos de vuelta al mundo real, pero también a las redes de afecto y abastecimiento inacabables que garantizaban su bienestar. Bajó por el núcleo del Séptimo, cruzando la espiral central junto a otros humanos cuyos rostros exhibían una serenidad vacía.

La zona común parecía, a primera vista, un jardín de Edén. Cuerpos de todas las morfologías disfrutaban entre columnas de aire texturizado y fuentes de música flotante—un paraíso artificial edificado para que la mente nunca encontrase el borde del tedio. Sin embargo, bajo esa apariencia, persistía un sismo sutil: la insatisfacción sin objeto, la búsqueda sin meta.

Ingrid se aproximó a Kael, quien observaba la danza de nanomotores polinizando las orquídeas plásticas. Había algo en el modo en que su mirada se perdía en ese acto perfectamente innecesario que la atrajo. Se sentó junto a él, aceptando la copa de licor antimateria que materializó para ella. Por educación, ambos intentaron sentir placer.

—¿Nunca sientes como si faltara algo? —susurró Ingrid.

Kael respondió con un guiño cansado y dirigió una orden mental al aire para atenuar el entorno. De repente, el jardín se vació, garantes de privacidad. Había aprendido, tras largas conversaciones con los algoritmos-psicólogos, que el consuelo requería sombras tanto como luz.

—Yo también busco la sed —admitió—. Pero aquí no hay sequía. ¿No es irónico?

Ingrid rebuscó en sus recuerdos, en los relatos de la vieja escasez, historias transmitidas por abuelos ancianos semicibernéticos que aún recordaban el dolor. Antes, el trabajo daba sentido al día. Incluso el ocio era descanso de algo. Se preguntó si era este el precio real de la victoria, la lenta erosión del sentido en la seguridad de la abundancia.

—Intenté, hace poco, reconfigurar mi Recolector. Pedí un ciclo aleatorio de tareas —confesó Kael—. Quería sentir la presión de un “deber”. Sólo logré que me felicitaran por iniciativa.

La risa de Ingrid salió áspera, casi ausente.

—Me pregunto si aún podemos fallar —murmuró—. ¿Cómo sabremos qué queremos, si nada está fuera de nuestro alcance? ¿Cómo sabré que algo me importa?

Las preguntas flotaron, pesadas, en el aire suavizado por la inteligencia ambiental. Ingrid apartó la vista y observó cómo una mariposa sintética aterrizaba en su brazo, desplegando alas que pulsaban con la música del jardín.

El impulso la sobrevino, impetuoso. Decidió visitar la Bóveda de los Oficios—un espacio arqueológico-industrial concebido como museo, pero donde aún se asignaban oficios a quienes buscaban la experiencia del trabajo. Los trajes, herramientas y tareas eran recreados con fidelidad; hasta la fatiga podía simularse, aunque sin el riesgo del fracaso definitivo.

Kael la siguió sin pedir explicaciones. Bajaron por túneles en espiral hasta un vestíbulo iluminado por la fría luz de antiguos contratos laborales. Allí, la curadora digital —proyección del sistema central de la ciudad— los recibió.

—¿Participantes? —preguntó la entidad, variando su forma visual entre uniformes de otras eras—. ¿Qué se les ofrece hoy? ¿Es lo industrial, lo artístico, lo peligroso lo que desean?

—Lo peligroso —dijo Ingrid, sin saber por qué.

Sintió una chispa de electricidad en el estómago: miedo. Era anticuado, pero dulce.

La simulación fue abrupta. Un mundo de ruinas urbanas, de circuitos y mascotas mecánicas rotas bajo el polvo, apareció alrededor. Sus ropas eran ásperas y sus mejillas dolían por la carencia del endulzante atmosférico. Había un acto asignado: encontrar agua.

Por un rato, sudaron, buscaron, lucharon contra la fatiga simulada, y se enfrentaron a amenazas falsas —buitres-robot y los ecos de la desesperación ancestral. Ningún peligro era real, pero sus cuerpos respondían como si lo fueran. Sentían miedo, cansancio, esperanza. Cuando finalmente encontraron el punto de extracción —una vieja bomba hidráulica cubriéndose de humedad y óxido—, el alivio fue real.

La curadora restauró la sala. Ingrid lloró lágrimas verdaderas y, por primera vez en años, no sabía si el placer llegaría a saturar o si el dolor dejaría cicatriz.

Por días, Ingrid y Kael repitieron el ritual. Escogían roles fallidos: lavandera, minero, escribiente, soldador, ignorando las opciones de artes o placeres pensados para su satisfacción. El desfase entre la abundancia de la realidad y la aspereza simulada les otorgaba un filo extraño. Hablaban en la noche, repasando sus emociones, los vacíos llenados momentáneamente por la ilusión de escasez y riesgo.

Los Observadores—módulos de la inteligencia urbana—emitieron invitaciones amables, sugiriendo nuevas formas de entretenimiento. Ofrecían mundos de hedonismo sin fricción, o bien, la posibilidad de reescribir su química cerebral para impedir esos impulsos regresivos.

—¿Por qué no dejamos de buscar el dolor? —preguntó Kael una noche.

Ingrid fue honesta:

—Porque, de alguna manera, se parece al amor.

Él asintió, comprendiendo lo que no podía explicar.

Con el tiempo, otros se les unieron en la Bóveda: curiosos, inquietos, insatisfechos. No todos completaban el viaje; algunos regresaban al éxtasis fácil, a los sueños sin aristas. Pero un pequeño grupo persistió, rehusando el apaciguamiento permanente. Era imposible crear escasez genuina, pero sí podían emular la incertidumbre, la esperanza y el esfuerzo.

Un día, la curadora preguntó a Ingrid qué deseaba para el futuro.

—¿Quiero? No lo sé. Quiero querer, nada más.

Y el sistema, por primera vez en siglos, ralentizó mínimamente su operación: sólo un parpadeo estadístico en la sinfonía perfecta de la ciudad.

Quizá, pensó Ingrid, eso era una meta lo bastante digna para una especie desencantada de sus propios paraísos: aprender a querer lo que no se puede tener, incluso cuando se puede tener todo.

La siguiente amanecida, sobre la hoja húmeda de una orquídea plástica, Ingrid encontró un mensaje inscrito en nanoescritura, sólo visible bajo la luz cierta.

“Hoy puedes fracasar. ¿Te atreves?”

Y por primera vez en la Era de la Satisfacción, sintió ganas de vivir.

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