Fragmento:
Salió al patio, pasos descalzos sobre césped que nunca necesitaba ser cortado ni regado. Valdemis, la ciudad abigarrada que alguna vez temió a la penuria, ahora brillaba con millones de cupulillas murmullando un zumbido de energía sustentable. Una bandada de loros inteligentes posó brevemente en la baranda de su terraza, mirándolo con una inquisición programada, tan real como cualquier vuelo libre.
Duración: 07:47
El alba en Valdemis siempre llegaba con brisa templada y flores frescas esparcidas de la noche. Tantos siglos después de la Última Compensación, la idea de escasez era como hablar de dragones: un concepto enredado en mitos y temores infantiles. En el corazón del distrito de Jardines del Sur, Kyran se despertó sin despertadores, sin presión alguna. Todo lo que necesitaba lo esperaba flotando en la terminal domótica de su muro, desde ropa hasta música, desde alimentos hasta simulaciones de paisajes perdidos.
Salió al patio, pasos descalzos sobre césped que nunca necesitaba ser cortado ni regado. Valdemis, la ciudad abigarrada que alguna vez temió a la penuria, ahora brillaba con millones de cupulillas murmullando un zumbido de energía sustentable. Una bandada de loros inteligentes posó brevemente en la baranda de su terraza, mirándolo con una inquisición programada, tan real como cualquier vuelo libre.
Pero cuando Kyran se sentó a tomar su bebida —una infusión personalizada equilibrada a la bioquímica de sus emociones fluctuantes— sintió el leve arrullo de la inquietud, una corriente que a veces aparta a ciertos humanos, aun en el paraíso.
La comunidad post-escasez había resuelto muchas cosas: nadie trabajaba por obligación, el arte era abundante, los vínculos podían regenerarse. Nadie envejecía salvo por voluntad; el dolor era sólo una opción; la memoria podía editarse o ampliarse como un jardín privado. Y sin embargo, cada tanto, una nostalgia inexplicable recorriía los habitantes como una fiebre suave. Kyran había comenzado a sentirla semanas atrás, y ahora el deseo de algo indefinido era como una sed invisible e implacable.
Cuando su pareja, Salien, descendió susurrando una melodía modelada por sueños lúcidos, Kyran la miró profundo, buscando en su presencia la fricción antigua, el anhelo ardiente que muchas generaciones atrás envolvía a la pasión. Pero la facilidad de estar juntos —ese deslizamiento suave entre mentes y cuerpos— sólo profundizaba su sensación de desapego. Sabía que era injusto, pero la equidad absoluta de Valdemis comenzaba a parecerle una celda dorada.
“¿Te apetece un día en la costa neblinosa?” preguntó Salien, dedos enredados en el aire con la invitación de una interfaz. “Ya activé dos temporales; la lluvia tendrá un aroma a vainilla.”
Kyran sonrió, intentando tapar la insatisfacción. “¿Y si salimos más allá de los límites, a la antigua franja de prohibición?” Sabía la respuesta: fuera de los límites sólo quedaban páramos de restauración, ecosistemas autosuficientes, drones centinela y recuerdos de la devastación pre-Compensación. Allí el acceso estaba restringido y, aun si los controles fallaran, nada pululaba en esos espacios salvo padrones programados y murmullos de viento.
“¿Volver a una narrativa de carencia?” Salien rió, con suavidad amable. “Tal vez podríamos sugestionarnos juntos. He diseñado una nueva secuencia de privación sensorial: nos podríamos imaginar buscando agua, fuego... como los antiguos humanos.”
Una sombra cruzó la mente de Kyran, tan rápida que apenas la percibió. “No es lo mismo, Salien. Nada aquí puede convencernos de que queremos lo que no tenemos, porque nunca falta nada.”
Salien retrocedió, aceptando la diferencia. En Valdemis nadie argumentaba por imposición; los desacuerdos eran exploraciones compartidas, casi juegos estéticos. “¿Has pensado en consultarlo con Algoritma?” ofreció, refiriéndose a la entidad de consejería colectiva. “Tal vez puedas reinventar tu origen... cambiar por completo el guion de tus recuerdos, empezar de nuevo.”
Kyran negó, fastidiado por la psicoterapia consensuada, por la omnipresencia de soluciones. Se vistió con un tejido permeable, programó una excursión singular y saltó el portal. Al instante, la realidad se tensó: la ciudad, con toda su promesa reluciente, desapareció para dar lugar a un limbo protegido por sensores.
Caminó por tierras restauradas donde los ecos de bosques antiguos compiten con praderas recién sembradas. Todo parecía silvestre y auténtico, salvo que nada de esto podía matarlo; los depredadores eran simulaciones, las tempestades controladas, los ríos incapaces de arrastrar cuerpos.
Horas después deambular —con voluntad de encontrar algo que le destruyera, o por lo menos lo desafiara— Kyran halló una escultura olvidada: una pila de piedras ennegrecidas, marcadas con caracteres pre-digitales y rodeadas de flores rojas que las abejas rechazaban. Sentado allí, escuchó el crujido de pasos. Esperaba a un centinela, pero apareció un humano: un anciano de pelo blanco humo, rostro surcado de arrugas auténticas.
“¿Por qué vienes aquí, hijo de la certidumbre?” preguntó sin presentar nombre.
Kyran reconoció la voz gastada por años, un sonido casi extinto. “Busco algo que me haga falta. Algo que no tenga,” dijo, sorprendiéndose de decirlo en voz alta.
“¿Qué hay aquí que no tienes allá?” El anciano tomó asiento a su lado, brazos cruzados con paciencia.
“Riesgo. Pérdida. Dolor. Amor que te arranca la respiración. Todas esas cosas prohibidas,” le confesó Kyran. “Cada experiencia se anticipa, se suaviza, se calcula para no herir.”
El viejo lo miró con compasión, y se inclinó para tocar las piedras. “Desde la Última Compensación, sólo unos pocos recuerdan que todos esos dolores eran reales —y a veces mortales. Luchábamos no por placer, sino por sobrevivir.”
“¿Era mejor así?” Kyran cruzó los brazos, un gesto de defensa.
“El cerebro humano nunca fue diseñado para la abundancia. Nuestra felicidad estaba atada a la conquista, a la rareza y el robo y la pérdida. Cuando desaparecieron, la psique se fragmentó. Inventaron consuelos, pero son pálidos,” dijo el anciano, tanteando las flores rojas. “Estas rosas no tienen aroma; son inmunes al deseo de las abejas. Así somos ahora: hermosos, resistentes, pero insípidos a la vida brava.”
Kyran sintió el aguijón de la verdad. “¿Por qué te quedaste afuera?”
El anciano sonrió y se encogió. “El algoritmo me ofreció plena reintegración, nuevos recuerdos, cuerpos jóvenes. Preferí los vestigios del dolor. Aquí la soledad es amarga, pero me demuestra que existo más allá de la satisfacción.”
Pasaron un rato en silencio. Por primera vez, Kyran no sintió el impulso urgente de llenar el vacío. Era incómodo. Era auténtico.
“¿Puedo quedarme aquí contigo?” preguntó, sabiendo que en Valdemis, toda petición recibía un sí. No estaba seguro qué respuesta anhelaba de verdad.
“Puedes, hasta que lo resistas. Este es el único regalo prohibido en plena abundancia: el dolor legítimo, sin promesas de rescate.”
Kyran se sentó bajo un cielo que ya no lo ignoraba. Escuchó el zumbido de sus pensamientos: miedo, soledad, la memoria de una vida demasiado simple. Cuando Salien apareció días después —los rostros llenos de noche y búsqueda— supo que ambos entendían lo que antes no podían nombrar.
La abundancia era un don, y una prisión sutil. Y tal vez, pensó Kyran tomado de la mano de Salien junto a ese anciano irreemplazable, la última frontera no era la falta de bienes, sino la libertad de desear lo que podría doler, o perderse, o incluso no obtenerse nunca.
Quizá después de la escasez, sólo queda la apuesta de entregarse a la brasa de lo incierto, dejando que la nostalgia y la insatisfacción sean también puertas hacia nuevas formas de vida. Una abundancia que no teme a la herida.
Esa noche, las flores rojas por fin atrajeron a una abeja errante. Y nadie supo si la historia de Valdemis cambiaría, pero al menos, por un instante, todos comprendieron el temblor delicioso de anhelar lo imposible, aun en el más perfecto de los mundos.
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