Fragmento:
En la sala central, los recolectores de datos flotan como enjambres de luciérnagas mecánicas. La humanidad, tras varios siglos de ingeniería social y biológica, ya no cría para nutrirse —los cultivos moleculares generan alimento mejorado al instante—, ni trabaja para mantener infraestructuras —las inteligencias administradoras lo hacen por nosotros—, ni lucha para garantizar recursos. Sólo crea y consume cultura, refinamiento, entretenimiento; incluso el arte protesta se reinventa como mero ejercicio estético. Para muchos, la vida es una sucesión de satisfacciones triviales que ya no despiertan ni emoción genuina.
Duración: 07:18
Las tormentas apenas significan nada, aquí. En el Observatorio de la Travesía Luminosa, instalado en la órbita exterior de Euryale, las variables climáticas han sido conquistadas del mismo modo que casi todo lo que atormentó a nuestros antepasados. Pero es la memoria de la escasez lo que sigue, quizás, dictando a qué prestamos atención. Yo, Aisha, llevo tres décadas rotando entre estaciones y climas artificiales, y en todas partes la misma pregunta, disfrazada de protocolos: ¿qué hacemos ahora que todo lo que podía faltar, sobra?
Hoy, la pregunta tiene la forma de Lysander, recién transferido de la colonia Perseida, donde, según la leyenda, la gente compone danzas a partir de viejos manuales de reparación porque ya nadie necesita arreglar nada. En mi perspectiva, Lysander tiene la fragilidad típica de quienes sólo conocen el exceso, esa dificultad para distinguir deseo de costumbre. Me observa durante nuestra ronda, mientras la estación vibra con la actividad de miles de mentes y cuerpos sin necesidad ni ocupación urgente.
—¿Te has preguntado alguna vez para qué sirve la moral, ahora? —pregunta, lanzando su voz en el vacío prístino del pasillo dieciséis.
—No vivimos tan libres de problemas como parece —le respondo, picada. En la edad de la escasez, la lucha era simple: conseguir, sobrevivir. Ahora, cualquier propósito requiere una reconstrucción.
En la sala central, los recolectores de datos flotan como enjambres de luciérnagas mecánicas. La humanidad, tras varios siglos de ingeniería social y biológica, ya no cría para nutrirse —los cultivos moleculares generan alimento mejorado al instante—, ni trabaja para mantener infraestructuras —las inteligencias administradoras lo hacen por nosotros—, ni lucha para garantizar recursos. Sólo crea y consume cultura, refinamiento, entretenimiento; incluso el arte protesta se reinventa como mero ejercicio estético. Para muchos, la vida es una sucesión de satisfacciones triviales que ya no despiertan ni emoción genuina.
Lysander me sigue mientras reviso la zona de Recreación Quince, donde una asamblea de humanos se dedica a “reenactments” de catástrofes ficticias: el colapso de una presa lunar, la insurrección en una fábrica de oxígeno, el brote de una plaga nunca nacida. Gritan, corren, disimulan miedo y compasión en una coreografía calculada. Lo llaman catarsis, pero a mí me parece un lamento.
Le señalo la simulación, mientras una mujer de cabellos fluorescentes “muere” por falta de agua.
—Somos hijos de la escasez —le murmuro—. Hemos superado todo y, sin embargo, no sabemos qué significa vivir sin bordes que temer.
Lysander se encoge de hombros. —Tal vez es por eso que algunos nos obsesionamos con los límites. Inventamos necesidades. O prohibiciones.
Recuerdo la última reunión de Consejeros: “La ley sobre el acceso a la Deformación Mental Avanzada”, le llamaban. Una medida para regular la experimentación emocional. Parecía ridícula, hasta tiránica, prohibir que la gente altere sus mentes en una sociedad de plenitud; pero los Consejeros temen el tedio infinito más que cualquier desastre del pasado.
—Mi abuelo —me dice Lysander— recordaba cuando la sequía era miedo real, cuando los cuentos de hambre eran advertencias, no guiones. ¿Nunca extrañas tener algo vital que temer?
La pregunta es un dardo inesperado en mi pecho. He defendido tanto la utopía que no me permito anhelar la lucha; sin embargo, a veces, en mis noches privadas, juego a imaginarme acorralada, decidiendo entre opciones imposibles, sudando por un objetivo. El confort tan perfectamente administrado ha hecho de la pasión un arte menor.
En los laboratorios de Experimentación Afectiva, especialistas afinan nuevas versiones de dolor y tristeza, emociones domesticadas, dosificadas como especias exóticas sólo para quienes pueden soportarlas. Algunos pagan pequeñas fortunas —no por la experiencia en sí, sino por la sensación de riesgo que, de otro modo, nunca conocerían. Yo he probado la opción "Nostalgia Inmensa Beta", una reducción etérea de la carencia, y apenas encontré un reflejo de lo que describe la literatura pre/post-escasez.
Reconozco en Lysander la insinuación de una especie de cruzada personal. Su llegada desde Perseida no fue simple azar. Se ha inscrito en “Cultivos de Innecesidad”, un proyecto experimental para crear deseos auténticos, impredecibles, recuperar la capacidad de querer lo imposible. Al principio reí condescendiente, pero más tarde, observándolo interactuar con los “generadores de escasez” (simulacros de recursos finitos, problemas sin una respuesta pre-programada) algo en mí se deshizo, como si ya no supiera si estaba fingiendo curiosidad o experimentando un anhelo visceral.
Así comienza mi descenso en la milenaria trampa de la elección. Por las noches visito con Lysander las estancias donde los participantes, voluntariamente, sufren pequeñas renuncias: un día sin acceso a la Red, una comida sustituida por nada, una conversación limitada a frases hechas. El objetivo: que surja el deseo, auténtico y salvaje, y que en el proceso aprendan a defenderlo.
Lo más perturbador es lo rápido que el vacío se hace intolerable, incluso para aquellos que toda su vida conocieron la abundancia. La carencia, real o simulada, nos une. En apenas unos días, veo a los participantes desear, negociar, pedir. Descubro en mí algo subversivo: disfruto observar la incómoda belleza de la frustración colectiva, ese latido de lucha, torpe pero honesto.
Lysander me cuenta los avances: “Eligiendo lo inalcanzable, creamos el fundamento de una nueva moral. No se trata de sobrevivir, sino de elegir quién queremos ser cuando nada es necesario”.
Universalmente, la humanidad se aburre con facilidad, pero aquí, algunos empiezan a ansiar la complejidad. Pronto, los Consejeros debaten permitir que ciertas escaseces artificiales se introduzcan en las Colonias: áreas donde el acceso a recursos estará supeditado a la cooperación, a elecciones, a la creatividad sobre la mera satisfacción.
Un grupo de radicales plantea voluntariamente cortar todos sus vínculos, vivir con sólo lo que pueden improvisar sin ayuda de la Red. Quieren ver si, al borde de la imposibilidad, la humanidad puede reinventarse sin caer en violencia ni codicia, sino usando el arte de la renuncia para esculpir una virtud insólita.
Observo a Lysander despedirse antes de unirse a ellos. Somos extraños en un paraíso demasiado pulido; sólo a través de la restricción buscamos significado. Antes de irse, me toma la mano.
—Ven con nosotros —susurra—. Hagamos que la abundancia signifique algo.
No respondo de inmediato, temiendo lo insondable que late dentro de mí. Recuerdo entonces que, incluso en la edad de oro, el corazón humano pide algo más que confort. En la carencia fingida, en el deseo creado de la nada, hay una búsqueda tan antigua que ningún futuro aparentemente perfecto puede abolir.
Y descubro, para mi sorpresa, que lo deseo. No el dolor ni la escasez, sino el vértigo de lo difícil. De la posibilidad de fallar. De no tenerlo todo. Y elijo, en ese acto de renuncia, la forma más nueva y audaz del vivir.
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