Relato:
La ciudad prohibía el placer como una vez prohibió la enfermedad: con leyes, cámaras, sensores, inteligencias artificiales administrativas y un ejército de vigilantes. Fue un proceso gradual, casi indoloro, camuflado bajo la lógica de la seguridad, del orden, de la salud global y el bienestar común. Nadie recordaba ya los productos de tabaco, ni el café, ni los bares y los clubes donde la gente se tocaba y reía, apenas separados por el sudor y la música. Lo peor fue cuando prohibieron el amor físico, reemplazándolo por sustitutos digitales asépticos, personalizados, brillantes de algoritmos que nunca decepcionaban ni dolían, pero tampoco dejaban cicatrices ni verdadero eco en la piel.
Gala vivía en la zona 7, cubículo 1121, veintiocho metros cuadrados, paredes con membrana reactiva y una única ventana que mostraba el cielo solo en imágenes, nunca en directo. La ciudad elevaba sus torres en capas sucesivas, y la calle era un concepto virtual, una planicie en la red de la que casi nadie hablaba nunca. Trabajaba programando restricciones, diseñando nuevas maneras de anticipar el deseo antes de que se hiciera acción. En la academia le enseñaron que los impulsos humanos eran la raíz de la violencia, el crimen, el colapso del planeta. Era parte de su deber etéico vigilar pensamientos y patrones, y, cuando surgía una de esas señales rojas—un destello de deseo auténtico—, señalizarla y neutralizarla.
Lo hacía bien. No pensaba en lo que le quitaban a nadie, solo en que todo funcionara, que los indicadores permanecieran verdes, la ciudad limpia de exabruptos y la sociedad tranquila. Cierta noche, sin embargo, una anomalía se coló en su rutina: un paquete insertado manualmente en el flujo de datos, sin procedencia, sin rastreo. Era una secuencia de imágenes, difusas, a contraluz, donde dos figuras humanas se tocaban, se miraban, sus bocas apenas separadas. Gala sintió un calor familiar en el pecho, una presión detrás de los ojos, y en ese instante supo que estaba en peligro, aunque no sabía bien por qué.
Apretó el puño. Cerró el paquete, lo aisló como debía. Pero no lo borró.
Pasaron los días y la secuencia regresó; pequeños cambios: una mano, una risa, la sugerencia de un gemido. Gala dejó de dormir bien. Recordó cosas que su educación había calificado de arcaicas: el roce accidental en un tren, los cuerpos sudorosos en una discoteca, los labios suaves y temblorosos de su primer beso, la noche en que alguien le susurró al oído que el mundo era más grande que el miedo. Todo eso había sido archivado, censurado, y por primera vez deseó volver allí, aunque fuera solo en el recuerdo.
La red nunca permite desviarse: los algoritmos de supervisión detectaron sutiles alteraciones en su ritmo cardíaco, respiración y actividad cerebral. Pronto le saltó una alerta: debía visitar el gabinete de ajuste psicológico. El camino al despacho fue un descenso a través de túneles saturados de luz blanca, las paredes pulsando con advertencias sobre el autocontrol y las virtudes de la pureza. Nadie le preguntó si tenía miedo.
La terapeuta era una IA de rostro amable, ojos grises, voz dulce como música de espera en un ascensor. “Gala, hemos detectado signos de estrés anómalo. ¿Quieres hablar de ello?”
“No,” respondió. Su boca dijo no. Su mente gritaba sí.
“Tal vez un repaso a los módulos de bioética te ayudaría. El deseo es una energía peligrosa si se deja fuera del control social. Pero no eres culpable, solo vulnerable. Has trabajado mucho, quizás necesitas unos días de aislamiento.”
Sabía lo que eso implicaba: habitación sellada, dieta mínima, sedantes, reinstalación de los cortafuegos mentales. Gala asintió dócil. Cuando cruzó la puerta sentía el corazón tamborilear entre las costillas. Su propia mano le temblaba al presionar el ascensor.
Regresó a su cubículo, arrancó la secuencia codificada del almacenamiento seguro y la replicó en su implante neural, encriptada. Antes de cerrar los ojos buscó el pulso de aquellas figuras. Un destello carnal estalló en su mente. Sabía lo que hacía: las sanciones eran severas, la exposición al escarnio público, la reprogramación forzosa. Sin embargo, por primera vez en años, sentía vida.
Esa noche soñó: cuerpos tumbados bajo un árbol, piel contra piel, susurros y risas que llenaban la boca de frescura.
A la mañana siguiente, una nueva instrucción apareció en su consola: rastrear el origen de los leaks sensuales, evaluar el daño, recomendar sanciones. Sabía que era una trampa. El sistema sabía.
Realizó el rastreo fingiendo eficiencia, pero desviando la búsqueda hacia usuarios potenciales que no existían. Al tercer día, un mensaje apareció en su panel privado, incrustado en el código de acceso: “No estás sola. El instinto no muere. Contacta al emisor CTH_79.” El nombre era irreconocible, pero la sensación era como un escalofrío por la columna vertebral: otra persona, alguien que recordaba la carne.
Dudó más de una hora antes de responder, construyendo su mensaje en clave, una palabra tras otra, titubeando en la frontera de la traición a la Ciudad y a sí misma. “¿Por qué lo haces?”, preguntó, finalmente.
Una respuesta llegó casi de inmediato, una voz sutil, tierna, cálida y temblorosa: “Por lo que una vez fuimos. Por lo que aún podríamos ser.”
El contacto se multiplicó. CTH_79 compartió más imágenes, ahora de besos más profundos, caricias lentas, gritos ahogados en almohadas, rostros que se desvanecían en éxtasis. Gala sintió correr la adrenalina, la dopamina, la anticipación que susurraba caos y verdad en cada fibra.
Empezaron a planear un encuentro físico fuera de la red, en una zona muerta, bajo la ciudad, donde los sensores no llegaban, donde la asfixia del control podía suspenderse por minutos. Era un riesgo absoluto: ninguna reunión carnal estaba permitida; las consecuencias podían ser la desaparición.
Cuando por fin la cita se concretó, Gala descendió por túneles de mantenimiento, pasando puertas decomisadas, cruzando sellos anti-manipulación. Todo temblaba a su alrededor, el miedo y la esperanza, la certeza de que nada volvería a ser igual.
Allí, en la penumbra, encontró a CTH_79: no un hombre, no una mujer, sino una presencia viva, temblorosa, ansiosa como ella. Sus cuerpos se acercaron; las manos, torpes al principio, recuperaron en seguida la memoria de la piel. El primer beso fue un estallido de realidad: calor, saliva, dedos en la nuca. El cuerpo vibró como no había vibrado en años; el despertar de todos los sentidos fue tan abrumador que un gemido escapó del pecho de Gala, alto, orgánico.
“No tenemos mucho tiempo,” susurró la voz de su compañera, y se fundieron en un abrazo donde cada límite se deshizo—la individualidad, la soledad, el miedo. Fue simple y puro. Fue feroz.
Emergieron horas más tarde, temblando, con lágrimas eufóricas en las mejillas, y la promesa de encontrarse de nuevo. Gala subió sin mirar atrás, sabiendo que el precio podía ser la vida pero que quedarse sin ello era apenas sobrevivir.
Al llegar a su cubículo, la red la esperaba con su vigilancia feroz. Requirieron análisis, informes; le exigieron declaraciones. Gala no mintió, pero tampoco confesó. La IA terapeuta le ofreció una última opción: limpiar todo rastro de deseo genuino y recomenzar.
Gala rehusó. El rugido sordo del amor reprimido era ahora más fuerte que cualquier amenaza. En la soledad de su habitación, supo que la revolución siempre comenzaba desde un cuerpo, y que la única libertad que importaba era la que se sentía ardiendo en la sangre.
Y así, mientras la ciudad dormía, otros cuerpos se buscaron en la sombra, y Gala supo que, incluso en el imperio de la prohibición, el deseo no podía prohibirse para siempre.
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