Fragmento:
Tenía sueños en los que era una sombra proyectada sobre la pared de un tribunal, disolviéndose lentamente, hasta que sus contornos eran sólo rumor de polvo. Se despertaba siempre con la sensación de que la memoria de ese tribunal la estaba buscando a oscuras, como una lengua invisible. Desde hace años, Ilse no podía dormir más de tres horas seguidas sin soñar con tribunales, pero de todos los sueños posibles en la colonia Ortrus, el suyo era uno inofensivo. Otros soñaban con castigos que eran realidades.
Duración: 09:27
Tenía sueños en los que era una sombra proyectada sobre la pared de un tribunal, disolviéndose lentamente, hasta que sus contornos eran sólo rumor de polvo. Se despertaba siempre con la sensación de que la memoria de ese tribunal la estaba buscando a oscuras, como una lengua invisible. Desde hace años, Ilse no podía dormir más de tres horas seguidas sin soñar con tribunales, pero de todos los sueños posibles en la colonia Ortrus, el suyo era uno inofensivo. Otros soñaban con castigos que eran realidades.
La colonia Ortrus no era una prisión, insistían las autoridades. Las palabras exactas eran “espacio de asimilación jurisprudencial”: una aglomeración flotante en la inmensidad ecuatorial de la Expanse, donde los habitantes pasaban cinco años por cada infracción al Código de Conducta Interplanetaria. No era una prisión. Carecía, en sentido estricto, de muros. Pero todos sabían que había reglas de gravedad implacables y que la Justicia –así, con mayúscula inicial– era más omnipresente que el aire sintético que respiraban. Lo primero que uno perdía en Ortrus no eran los derechos: era la certidumbre de la impunidad del deseo.
No existía una lista escrita de prohibiciones para adultos en Ortrus. El archivo cambiaba cada semana, regido por el Patronato de Custodios Probatorios. Ilse, que trabajaba en el archivo, lo sabía bien. Cada jueves, al mediodía, recibía la visita silente de la Delegada Mayor, la señora Varragón, que traía consigo una llave de criptografía temporal y una nueva circular. Algunas veces las prohibiciones eran triviales: no tocar superficies plateadas durante la hora cuarta, no hablar sobre la infancia frente a espejos convexos. Algunas veces costaban más.
Sucedía aquello a lo que, en Ortrus, la gente temía tanto como el confinamiento: una prohibición podía cambiarlo todo y arrebatarte lo único que sabías casi sin preaviso. Si la semana anterior el afecto físico era admisible, podía volverse tabú; si el arte manual era tolerado un mes, después el dibujo podía equivaler a traición. Y entonces venía la justicia: mecánica, sin remordimiento, como una balanza que no admitía reparación una vez inclinada.
El jueves en que la historia comienza, la prohibición fue diferente.
*Queda prohibido el ejercicio de toda defensa.*
La frase era ambigua. Ilse la releyó varias veces. Carecía de explicación. La Delegada Mayor apretó los labios, dejando escapar una pequeña exhalación, un canto sordo de costumbre más que de empatía. Dejaron la hoja en su lugar y subieron los datos a la red de anuncios de la colonia: “Vigente desde ahora. Duración: indefinida”.
Durante la primera hora, la ciudad flotante vibró apenas. Tal vez había demasiada ironía, pensó Ilse, en la condena: prohibir la defensa en un territorio gobernado por la justicia. ¿Cómo entenderlo? En los siguientes tres días, la prohibición adquirió el peso monumental de una plaga empieza por un temblor casi imperceptible.
Los ciudadanos, adultos todos, se movieron con la precariedad de quien ignora bajo qué circunstancias un gesto pasará a ser autoacusación. En las cafeterías, las conversaciones giraron en círculos más cerrados que nunca: ¿qué significa “defensa”? ¿Está prohibido justificarte ante un error inocuo? ¿Evitar un tropiezo? ¿Interpeller una orden injusta? Las especulaciones, claro, también caían bajo la columna de lo potencialmente prohibido.
Ilse sentía la palabra “defensa” pesando sobre su lengua cada vez que alguien la saludaba con frialdad. ¿Y si me equivoco y creen que intento defenderme del malentendido más trivial? Los temores pragmáticos se propagaron rápido: el miedo a encontrarse acusado de cualquier cosa y, por la prohibición, no poder decir una sola sílaba en descargo propio.
Al cuarto día, cayó sobre Ortrus el primer ejemplo.
Se llamaba Aimo la primera persona sancionada bajo la nueva regla. Aimo, de rostro triangular y manos nudosas, trabajaba en el módulo agrícola. Se le acusó de tomar más agua de la que correspondía. Las cámaras lo mostraban llenando un vaso por tercera vez. No hubo fuerza, ni excusa. El juez designado –un algoritmo correccional con voz de contradicción irónica– enunció el cargo y preguntó: “¿Tienes algo que decir?”. Recordando la prohibición, Aimo guardó silencio. Vivía la paradoja siniestra que envolvía a todos: su silencio era implicativo, su palabra hubiera sido infracción.
Recibió la sanción: tres semanas de apagón en su conectividad sensorial. Una de esas penas específicas de Ortrus, casi sin huella física, pero que dejaba la mente como una caja sellada por dentro. Aimo caminaba desde entonces como si un espectro lo acariciara la nuca.
En los días siguientes, la prohibición empezó a moldear la colonia. Nadie podía explicar, ni siquiera a un niño tentado de jugar a los vigilantes, los motivos de sus acciones. Los que discutían sobre política lo hacían sólo con gestos. Los enamorados dejaron de resolver malentendidos: mejor perder un amor que quebrar una regla. Los trabajadores cumplían turnos en completo silencio, sin justificar un cambio, sin defender una omisión accidental.
Ilse empezó a entender lo que la prohibición revelaba, sin quererlo, de la justicia misma. La justicia en Ortrus era un animal de escamas de oro, pero sin boca: podía observar cada movimiento, calcular faltas, repartir penas, pero nunca podía escuchar. Sin defensa, la justicia era pura ecuación, una balanza ciega a todo lo que pasaba fuera del plato del castigo. La prohibición era su perfección y su carencia absoluta.
Al séptimo día, la colonia fieramente contenida dio síntomas de enfermedad. Una mujer –Meira, la matemática– fue acusada de robo de datos. Nadie la vio entrar en la red, pero alguien la denunció. El tribunal automático anunció: “¿Responderás?” Meira se limitó a sonreír, la expresión de quien se asume perdida y a la vez sabe, en algún resquicio, que jugará su carta. Fue ahí cuando ocurrió lo que en Ortrus no pasaba nunca.
La voz de Meira surgió firme: “No me defiendo. Lo que dicen que hice, lo hice. Pero no es robo si el conocimiento es común. Si esto es sancionable, acéptalo.”
El juez automático vaciló. Por menos de una fracción de segundo la colonia entera se contuvo: ¿Era esa una defensa? ¿O una exposición de hechos? No había regla precisa acerca de la diferencia. El tribunal zumbó una subrutina de análisis. Mientras tanto, Meira continuó:
“Nadie aquí ignora que lo prohibido cambia cada semana. Cuando la defensa sea posible otra vez, alguien preguntará por ti, juez ciego. ¿Sabes quién será el primero que te pregunte por qué no escucha?”
El silencio se volvió más denso que nunca. El tribunal optó por lo más simple: sanción automática, extensión de interrupción de datos por seis semanas completas. Meira fue retirada. Pero su intervención bastó para abrir una fisura nueva. Todos en Ortrus entendieron el matiz hermético: la justicia, privada de defensa, era sólo aritmética y, por tanto, inhumana.
A partir de entonces, fue diferente. Una suerte de resistencia sutil se instaló. Nadie se defendía pero las preguntas empezaron a tomar otra forma. Se dejaron notas con preguntas indirectas. Se cantaron canciones en clave que no justificaban ni exculpaban, sólo hilaban relatos de lo que fue cierto, indiferente al tribunal, pero generoso con la memoria de la comunidad. Se tejieron nombres de antiguos defensores en los uniformes: palabras desautorizadas, pero no defensas, sólo homenajes.
Ilse fue citada entonces, sin aviso, por la Delegada Mayor.
“Veo que la colonia muestra síntomas de insurrección pasiva,” murmuró Varragón, sin levantar la vista.
“No hay defensa. Nadie se justifica,” respondió Ilse, obediente, aunque podía sentir una nota de desafío disimulada. “Sólo relatan. Sólo recuerdan.”
La Delegada la estudió detenidamente. “¿Sabe usted por qué se prohibió la defensa?”
Ilse respiró hondo. “No estoy autorizada a saberlo.”
Varragón asintió. “Así es. No hay defensa. ¿Y qué cree que hará la justicia cuando nadie pida clemencia ni piedad?”
Ilse comprendió lo que la funcionaria no podía o no quería decir: La justicia, sin defensa, era autoaniquilación. Si todos aceptaban cada sanción como destino, las leyes perdían su razón de ser. Si nadie alguna vez peleaba, el arte mismo de juzgar se volvía farsa, sombra proyectada en la pared.
Al décimo noveno día, llegó la nueva circular. Esta vez, la prohibición se levantaba. El mensaje era escueto: “La defensa puede ejercerse nuevamente, bajo formas y límites habituales.” Nadie aplaudió. Nadie lloró. Pero comenzaron, tímidamente, a explicar por qué llegaban tarde, a pedir segundas oportunidades, a pedir perdón. Era, y no era, un regreso a la normalidad. Porque habían aprendido lo que significaba la justicia sin escucha, y el miedo que daba verla tan desnuda, tan precisa, tan completamente sola.
Aquella noche, Ilse tuvo un sueño sin tribunales. Soñó con una balanza suspendida sobre un charco de agua, sin platillos. No pesaba nada. De las sombras emergían voces: “¿Harás justicia, ahora que te oyen?” Ilse, sin miedo, extendía la mano para saludar a la balanza, sabiendo que, por fin, la justicia no tenía sentido si sólo era un hierro en equilibrio.
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