Fragmento:
Júlia se sentó. La caja parecía respirar, exhalando el aroma oculto que ya había notado. Al conectar el medidor de espectros, las moléculas saltaron en colores sobre la pantalla: compuestos desconocidos, complejos, promisorios. Nectarina pura, no Inhibida. Prohibida desde la Ruina, pero presente, aquí, en su mesa.
Duración: 07:41
El aroma dulce-acido del néctar flotaba sobre Ciudad Panacea, apenas perceptible entre los vapores desinfectados que cubrían los pasillos del Distrito Hiperhígido. Un aroma que sólo reconocían quienes alguna vez habían desobedecido. Júlia, después de seis años fiel a la Regulación 77, creía haberlo olvidado, hasta hoy que las moléculas prohibidas le susurraban recuerdos en la entrada de su cubículo de trabajo.
En la Panacea posthumana, la Regulación 77 no era sólo una ley, era una fe. Aquello que producía placer intenso era sospechoso, y si era demasiado intenso, era ilícito. Los Capacitadores lo decían claramente en la holoescuela: el deseo sin freno había causado la Ruina Sensorial y sólo la vigilancia sostenía la supervivencia. Sabían, por las crónicas antiguas, que otros mundos se habían perdido en espirales de hedonismo: Orgía, Úrica, Plenitud. Palabras cargadas de pavor.
Los burócratas, cubiertos de mallas blancas con filamentos de sensores, patrullaban cada espacio, midiendo las ondas cerebrales; lo que tampoco se podía medir quedaba bajo sospecha y vigilancia. Júlia, con su uniforme impecable, procesaba Inventarios de Satisfactores Autorizados: píldoras amortiguadas, filmes diluidos, simulaciones tan tenues que el placer era más teoría que sensación. Le habían dicho que ese era el precio de la civilización. Pero ella sentía que el precio era una herida que nunca dejaba de supurar.
Eran las seis cuando la puerta vibró, indicando visita. Nadie visitaba a nadie sin notificación previa. El corazón, manoseado por alarmas, se le disparó. "Autenticación visual requerida", ordenó la pared. Era un rostro conocido: Eren, de Control de Humores. Eren, con su carencia de arrugas, sus ojos grises bajo la pared de cabello translúcido. Traía la ID oficial, ninguna duda era posible.
"Júlia, necesito un procesamiento urgente. Un lote experimental, nectarinas importadas. Su código de evaluación es 118N+. Puedes ejecutarlo hoy?".
No había razón para negarse, pero la voz de Eren era demasiado neutral. 118N+… el número se grabó como una mala cicatriz. "Claro. Envíame el lote". El mensaje visual desapareció. Después, la compuerta a la izquierda se abrió automáticamente y una caja sintética, preferida en controles químicos, emergió.
Júlia se sentó. La caja parecía respirar, exhalando el aroma oculto que ya había notado. Al conectar el medidor de espectros, las moléculas saltaron en colores sobre la pantalla: compuestos desconocidos, complejos, promisorios. Nectarina pura, no Inhibida. Prohibida desde la Ruina, pero presente, aquí, en su mesa.
La pulsión más vieja del Homo Sapiens es la curiosidad, había leído. Pero lo que sentía no era sólo curiosidad: era hambre, era sed. Tomó una sonda y la deslizó en el gel. Con un movimiento de muñeca, depositó una partícula sobre su lengua. El sabor estalló: no sólo dulzura, sino un festival de sensaciones y memorias. Sensaciones en sus axilas, en los pliegues, entre los muslos. Sus mejillas ardieron al recordar la última vez que había sentido ese vértigo; era quince años atrás, bajo el abrigo de Tharim, en el Edén subterráneo, antes de los arrestos, antes del primer grito de los drones.
El placer era tan inmediato y absorbente que Julia no escuchó al principio el murmullo del AI Asistente. “Alerta: Conducta atípica registrada. ¿Requiere ayuda medicalizada?" Julia tragó rápido e introdujo valores estándares en las lecturas, mintiendo al sistema. El aroma era ahora un veneno o una bendición, no sabía cuál.
Esa noche no pudo dormir. Soñó con Tharim y el Edén, la sala roja donde la piel recobraba nombres y las bocas se unían sin miedo. El despertador la sacudió antes del clímax, como siempre. Todo placer debía ser inconcluso, lo decía el Edicto de Ebriedad.
Apenas comenzó su turno recibió el segundo mensaje: “Gran procesamiento. Resultados sobresalientes”, firmaba Eren. A pie de página: “Hoy, tercer intervalo, Banco de Algas G. Podrías traer mi terminal portátil?”
Julia reconoció la invitación cifrada. El Banco de Algas era un lugar sombrío, húmedo, lleno de rincones donde los sensores perdían precisión. La mano le tembló sólo al pensarlo. Guardó un trozo de la nectarína y la ocultó bajo la funda de su tableta, después caminó como si no temiera lo que iba a hacer.
Eren la esperaba, como parte del mobiliario, junto al tanque más alejado. No intentó disimular el saludo; ese gesto ya era subversivo. "Aquí," dijo Eren, deslizando una placa opaca sobre los sensores. La burbuja de silencio les permitió la primera conversación sin testigos que Julia había tenido en años.
“¿Por qué...?” preguntó ella, mostrando el fragmento de fruta.
“Las Prohibiciones son artificiales. El placer puro construye memoria, identidad. Nos están borrando", dijo Eren.
Júlia no sabía si responder con palabras o con gestos. La tensión inunda el aire blando de NeoPanacea. Rozó la fruta, sin decidir aún. Eren se acercó, su aliento también tenía el eco de la fruta, y le murmuró en el oído: “El Edén no murió. Mudó de piel.”
Las manos de Eren sobre las suyas, tan lentas, tan cautelosas, reverberaban en Julia como una descarga eléctrica. Se sintió adolescente, cualquiera de aquellas noches en que el desliz era promesa y no condena. Se preguntó si alguien había hackeado los sensores, si estaban realmente a salvo.
Pero dio igual. Lo que importaba era el roce, la mueca detenida de gozo, la presencia de un cuerpo y una fruta prohibida. Tomó ambos y los mordió al mismo tiempo.
El tiempo se distorsionó en esa burbuja. Julia escuchó dentro del cuerpo de Eren un ritmo igual al suyo. Se atrevió a más: el tacto, el sudor, los dedos entrelazados, el rumor de la fruta y las bocas. Habían absorbido durante años el nervio de la represión, así que cuando la represa se quebró, fue un torrente, un himno de carne al borde del grito. Nadie los detuvo, nadie los rescató.
Al final, exhausta y temblorosa, Julia preguntó: “¿Y ahora qué?”.
Eren sonrió con una tristeza profunda. “Ahora somos cómplices. Y eso nos hará libres, o fugitivos.”
No hubo promesa de continuación, sólo la promesa de memoria. Cuando Julia regresó a su cubículo, la piel le ardía de tanto territorio conquistado. Sabía que en cualquier momento, el Edicto de Ebriedad podría sonar y convertirla en una paria.
Esa noche revisó los manifiestos de la Ruina Sensorial: decían que el deseo era contagioso, que un solo instante podía prender fuegos inapagables. Por primera vez comprendió el miedo de los Capacitadores: sabían que el placer, tan subversivo, no puede borrarse nunca, que vive agazapado en la memoria y puede volver, expandirse, sumarse, multiplicarse como una plaga dulce.
Quiso advertir a Eren, quiso borrar los rastros, pero algo en ella deseaba ser descubierta, un anhelo perverso de guerra santa. La Regulación 77 era una bomba de tiempo, lo supo. El verdadero placer, el puro, lo único realmente humano, era la chispa capaz de incendiar a Panacea.
En el cubículo, sola, se llevó el resto de nectarína a los labios, con una sonrisa triste y plena. Lo prohibido temblaba en sus venas y pensó que, incluso si mañana llegaban los burócratas blancos a arrastrarla, ese instante quedaría, triunfante y luminoso, eternamente grabado en su memoria clandestina.
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