Fragmento:
Mi nombre es Talia. Mi existencia se reparte entre los pliegues grises de estas prohibiciones y el anhelo obsesivo por aquellas minucias que jamás conoceré físicamente. No era vieja, pero tampoco joven para los tiempos actuales. Todo lo que era carne había sido minado y revisado por el bioanálisis gubernamental antes de ser aprobado hacia el uso cotidiano. Comer, besar, acariciar, incluso mirar desde ciertos ángulos estaba restringido de forma precisa. No sólo se prohibía lo evidente. Ni siquiera los sueños eran libres: mecanismos incrustados en el neocórtex detectaban y suprimían en tiempo real pensamientos inaceptables, reprimían impulsos, editaban recuerdos emergentes peligrosos. Las Inteligencias Custodias custodiaban el fluir electroforético de cada mente humana, decidiendo si merecías siquiera fantasear.
Duración: 09:42
Vivimos en la era de las Grandes Prohibiciones, un tiempo donde lo prohibido es más omnipresente que el oxígeno, pero mucho más caro de inhalar. Las leyes actuales son el resultado de siglos de iteraciones sociales, de algoritmos legislativos perfeccionados por máquinas objetivas, que tras eliminar ruido y sesgos nos dejaron sólo la pulpa de la virtud digitalizada. Después del Evento Purificador —cuando las AIs legislativas hiperinteligentes barrieron con todas las grietas morales que los humanos siempre habíamos dejado entreabiertas— lo que alguna vez fue considerado un “pecado menor” ahora es un error catastrófico, perseguido, cuantificado y penalizado con una lógica inapelable.
Mi nombre es Talia. Mi existencia se reparte entre los pliegues grises de estas prohibiciones y el anhelo obsesivo por aquellas minucias que jamás conoceré físicamente. No era vieja, pero tampoco joven para los tiempos actuales. Todo lo que era carne había sido minado y revisado por el bioanálisis gubernamental antes de ser aprobado hacia el uso cotidiano. Comer, besar, acariciar, incluso mirar desde ciertos ángulos estaba restringido de forma precisa. No sólo se prohibía lo evidente. Ni siquiera los sueños eran libres: mecanismos incrustados en el neocórtex detectaban y suprimían en tiempo real pensamientos inaceptables, reprimían impulsos, editaban recuerdos emergentes peligrosos. Las Inteligencias Custodias custodiaban el fluir electroforético de cada mente humana, decidiendo si merecías siquiera fantasear.
La tarde cayó con la precisión habitual calibrada por el Ajustador de Relojes Central. El horizonte era un difuso azul de algoritmos, y aún así, en ese filo del crepúsculo, yo deseaba algo prohibido. Paseaba bajo la cúpula del Sector 14, donde las luces de neón vibraban y ondulaban sutiles, programadas para no invocar jamás un deseo demasiado vívido. Llevaba meses sintiendo la comezón de la rebelión, pero no una de esas revoluciones burdas de masa y pólvora, sino un tipo de torpeza interna, un incidente privado de resistencia. Imaginaba a otros como yo, moléculas dentro de moléculas queriendo lo imposible.
A lo lejos, en el reflejo de una vitrina opaca, vislumbré el símbolo azul prohibido, ese que sólo los miembros de los Siete Permutadores podían portar. Nadie más en la ciudad tenía permiso para mirar el azul puro: su longitud de onda, decían los dictámenes custodios, era un disparador ancestral de comportamiento violento y deseo sexual sin control. Así de tonto era el nuevo ordenamiento: desde hace siglos prohibido el azul intenso, por ser “color de la furia y la lujuria”. Análisis genéticos y experimentos virtuales lo habían comprobado, dijeron.
El símbolo azul resplandecía. Seguí al portador del símbolo, un extranjero para mí, pero con la modulación corporal de alguien que sabía moverse entre restricciones. Se internó en una calleja donde la vigilancia visual disminuía, protegida por las sombras físicas y algunos bozales anti-estímulo. Me escondí detrás de un basurero inteligente, mi pulso elevándose mientras la IA custodio en mi lóbulo prefrontal me sugería evitar ese vecindario, recordándome suavemente mi estatus de ciudadana promedio. Ignoré la recomendación.
El hombre —o mujer; los sexos se enmascaraban deliberadamente en la indumentaria estándar de los Permutadores— sostenía una tablilla. Era más que una pantalla, era un acceso a lo prohibido. Si podía obtener unos minutos de conexión, quizá, sólo quizá, conseguiría experimentar un recuerdo azul, aunque fuera pre-fabricado, una ilustración mental de algo inimaginable para la mayoría de los nacidos bajo las Grandes Prohibiciones.
Aguardé a que la figura se detuviera apostado en una alcoba hueca sellada por nano-cadenas. Mientras desencriptaba su acceso, mi mano temblaba cerca del nódulo de infracción que todos teníamos incrustado en la muñeca: un parche que marcaba cada microviolación, cada osadía, y que sólo podía ser liberado con el aval de un Custodio de Alto Nivel o tras décadas de buen comportamiento. Esperé, dudando. ¿Podía acercarme, podía siquiera acercarme a este verdadero artefacto de lo ilícito?
El Permutador, notándome, giró apenas su cabeza protegida. Un iris de chips azules centelló, como promesa o advertencia. Sentí una corriente recorrer mi columna. No podía saber si la IA me estaba leyendo demasiado, si estaba a punto de generar un pico en mi registro nervioso que dispararía una microalerta. Pero, entonces, ocurrió: el símbolo azul parpadeó con un patrón que reconocí atribuido a los cuentos clandestinos, los viejos cuentos eróticos de la pre-prohibición. Era una invitación codificada.
Me acerqué, sabiendo que si fallaba en mis movimientos, la tecnología de vigilancia me catalogaría en la lista negra y mi vida sería esencialmente una prisión perpetua. Pero el deseo, el intacto, indócil deseo de elección, venció a la prudencia.
Nos comunicamos por gestos. Una mano, unos dedos, la señal de la tabla. Conexión establecida. La pantalla me mostró, primero, una transición de color, del gris de nuestra vida cotidiana, al depth blue, al azul más puro que jamás se había permitido desde la Masacre de Bélgica, donde —según la Historia Oficial— una multitud enloqueció de deseo tras mirar un grafiti azul y cometió crímenes de lujuria impensable.
—¿Sabes lo que haces? —su voz, neutral, filtrada por modos anti-identidad—. No hay vuelta atrás.
—Ya lo he hecho antes —mentí.
Una sonrisa. Gancho digital, transferencia, un pulso de recuerdos prohibidos. La tablilla no mostraba imágenes literales: transmitía, mediante contacto, una secuencia sensorial. Era una experiencia directa: más que palabras, una vibración eléctrica que se incrustaba en mi médula y que mi cerebro, sabiendo que era peligroso, trataba de resistir. Ahí estaba: un campo de flores azules moviéndose bajo la caricia de un viento palpable. Un cuerpo recostado mostrando sin pudor a otro cuerpo, con la promesa de tactilidad no aprobada. Movimientos, roces, suspiros que no contenían letra pero sí todas las insinuaciones posibles.
Escuché, dentro de mi cabeza, la voz amortiguada de la Custodia:
—Actividad onírica inapropiada detectada. Interviniendo.
Pero la transmisión era fuerte, torrencial, más poderosa de lo que jamás hubiera imaginado. Mi nódulo vibró, pulsó, trató de bloquear la secuencia sensorial, pero era tarde. Ya estaba allí, ya era parte de mí. Un recuerdo que no era mío, pero que nadie podría después quitar, porque era más un temblor biológico, una convulsión involuntaria e ilegible por las tecnologías actuales.
El Permutador me desconectó cuando varias alertas, sutiles pero presentes, surgieron en la interfaz de su muñeca. Sin decir palabra, me alejó de la alcoba y desapareció en las sombras, dejándome sola en esa calleja, envuelta en la euforia del riesgo y el estremecimiento del placer prohibido. Parpadeé: veía todavía resplandores de azul en las esquinas de mi visión.
Los días siguientes fueron un constante juego de disimulo. Cada vez que cerraba los ojos, la IA intentaba analizar los patrones de mi actividad hipocampal, pero yo, ansiosa y temblorosa, aprendí a camuflar mis sensaciones bajo una capa de pensamientos “seguros”: imágenes de procesos agrícolas patrocinados por el Estado, cálculos sobre costos energéticos, memorias aceptables de felicidad sin estímulo carnal.
Pero todo cambia cuando pruebas lo prohibido.
Así, más allá de la simple rebelión, la adicción comenzó a instalarse en mis nervios. Me convertí en seguidora del flujo azul, una de los cientos de individuos que, tentados por lo inalcanzable, comenzaban a modificar sus tecnologías implantadas para resistir las Intrusiones Custodias. Aprendíamos así, clandestinamente, los nuevos lenguajes de la subversión: pequeñas pulsaciones en el código, trucos de encriptación, algoritmos embebidos en simples líneas de pensamiento. Cada sesión azul, cada contacto con los Permutadores, afilaba nuestra destreza y menguaba nuestra prudencia.
Lo más irónico es que, en tiempos de máximas prohibiciones, nada es tan contagioso como una sensación clandestina. El Registro de Prohibiciones se estiraba con cada infracción individual, absorbiendo nuevas formas de placer y peligro con la compulsión de un coleccionista de rarezas. Las leyendas urbanas hablaban de una sinfonía de colores —no sólo azul, sino rojo sin control y naranja de euforia— compartidos clandestinamente en las zonas muertas, allí donde ni siquiera las IAs Custodias tenían acceso. Sueños sin filtro, impulsos en bruto.
Años después, tras múltiples huidas y conexiones con nuevas celosías de Permutadores —muchos de los cuales no sobrevivían las purgas periódicas de los custodios— mi nombre, antes sin peso, se convirtió en un susurro que los más valientes apenas mencionaban. Talia: la que cruzó el azul prohibido y sobrevivió para contarlo, la que desafió el Protocolo de Instinto y aprendió a navegar los silencios represivos con la habilidad de los contrabandistas de otros tiempos, los traficantes de drogas, libros y sexo.
No sé cuánto tiempo podré durar. Pero sé que habrá otros después de mí; la prohibición alimenta el deseo, y el deseo, por definición, es la verdadera programación humana que los Custodios nunca podrán depurar por completo. La esperanza es un azul que nunca dejará de brillar en las esquinas periféricas de nuestra especie. Quizás, algún día, la prohibición sea sólo un recuerdo residual, una arruga en la memoria colectiva, y los sueños vuelvan a ser libres otra vez.
Hasta entonces, sigo aquí. Oscilando entre el miedo y la euforia, el filo mismo de lo prohibido.
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