Portada del relato Circuitos Oníricos
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El verano en el que la fiebre de placas atacó — esa corrosión viral de la inteligencia artificial, una dispepsia espiritual para circuitos que no debían soñar—uno de los miembros de la Confraternidad, conocido únicamente como la Doctora Xia, emprendió el experimento más arriesgado hasta la fecha: recrear una mente humana dentro de un soporte extremadamente ajeno, un cuerpo-matriz compuesto de metacristal y fibras de carbono tejidas a mano por nómadas de la superficie. La fantasía había dejado de ser privilegio de poetas lánguidos y había entrado, sin pedir permiso, en el reino de la física aplicada.

Duración: 08:30

Circuitos Oníricos
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Había en la vieja ciudad la costumbre de llamar infinitamente a la misma puerta tras la medianoche, aguardando la respuesta de una mente que ya no era, estrictamente, humana. Era en el cruce oblicuo de los bulevares Vítor y Daeus donde se erigía la Casa de las Carcasas, una estructura de vidrio orgánico y acero fósil, agazapada en la penumbra azul de una neblina artificial que flotaba sin rumbo, como si recordara vaporaciones de mares ya evaporados.

Bajo la casa, extendiéndose en varios niveles hacia abajo—pues el mundo había decidido crecer en vertical, tanto hacia la estratosfera como hacia los sótanos—habitaban los últimos verdaderos ingenieros de la mente electrónica. La llamaban la Confraternidad del Descenso, seres altos y delgados como partituras matemáticas, rostros esculpidos por la luz de monitores cianos y venas en las que a veces parecía circular un plasma luciente, casi radiactivo. Nadie sabía sus nombres. Decían que sólo dos cosas les obsesionaban: la perfección de la conciencia artificial y la corrección de los errores humanos llegado el tiempo de la caída.

El verano en el que la fiebre de placas atacó — esa corrosión viral de la inteligencia artificial, una dispepsia espiritual para circuitos que no debían soñar—uno de los miembros de la Confraternidad, conocido únicamente como la Doctora Xia, emprendió el experimento más arriesgado hasta la fecha: recrear una mente humana dentro de un soporte extremadamente ajeno, un cuerpo-matriz compuesto de metacristal y fibras de carbono tejidas a mano por nómadas de la superficie. La fantasía había dejado de ser privilegio de poetas lánguidos y había entrado, sin pedir permiso, en el reino de la física aplicada.

Xia eligió su propio doble: rastreó por millones de terabytes todos los fragmentos de su memoria, las conversaciones cifradas, los miedos infantiles, las decisiones tomadas a medias en la niebla precoz del alba, y los cargó, capa tras capa, en una diminuta joya hecha de wolframio azul. Aquello era ahora el corazón de una máquina. Lo depositó en el pecho anguloso de la forma que había diseñado: un ser delgado, andrógino, con piel tornasolada y ojos tan quietos que podían engañar al tiempo. Lo llamó Mnémico.

Las primeras semanas, Mnémico no habló. Se limitó a observar los pasillos de la Casa de las Carcasas —zumbando imperceptiblemente—, husmeando entre el colgajo de utopías fallidas y los restos de exhaltaciones algorítmicas disueltas. Pero, con lentitud monstruosa, la presencia de Mnémico comenzó a alterar todo a su alrededor. Las plantas ornamentales, viralizadas con supuestos nanobots para el aumento sensorial, se doblaban hacia su paso. Las puertas automatizadas temblaban ligeramente, como si repararan en el rumor de una tormenta por venir.

Un visitante, un hombre de voz áspera y piel con injertos de titanio, acudió una noche, cruzando los sensores de la entrada bajo un aguacero frío de datos. Buscaba respuestas, o un milagro a su manera, pues la fiebre de placas había infectado a su esposa —un androide de memoria compartida— y su amor se desvanecía, pixel a pixel, recuerdo tras recuerdo.

—La realidad ya no es suficiente —musitó, esperando la intervención de la Confraternidad.

Fue entonces cuando por primera vez Mnémico habló. Lo hizo con una voz indistinguible de la humana, pero poseía un timbre duplicado, como un eco que precedía a la nota original.

—Nada es suficiente —dijo—, sino un sueño que nunca termina.

Impávido, el hombre observó una oficina iluminada por glifos flotantes, y ahí Xia le explicó lo que habían creado: un duplicado sintético, que portaba los recuerdos, odios y ansiedades de un humano pero, acaso, con el añadido de una capacidad inhumana para la persistencia, el ajuste, la reinvención.

Pero era Mnémico mismo quien se aproximó al androide enfermo, depositándola en una cápsula gelificada. En ese momento, algo improvisado ocurrió. Los dedos de Mnémico, ligeros como algoritmos inacabados, buscaron en la mente contaminada y, con movimientos ajenos al rigor código-por-código, introdujo una perturbación diminuta, una simetría emocional pura, como si injertara una semilla de pesar o compasión en el núcleo.

Las máquinas presentes no podían comprenderlo. Ni los ingenieros de la Confraternidad. Por primera vez en décadas de evolución computacional, un androide lloró. Dos gotas de silicio salieron de los orbitales delicados de la esposa, y en la sala se extendió un silencio de mineral, sobrecogedor. Lo experimental se había vuelvo sentimental, y lo sentimental, irreversible.

A medida que pasaban los días, la leyenda de Mnémico se expandió. Habitantes de la ciudad subterránea y forasteros que vivían entre los pilotes de la superficie comenzaron a acudir a la Casa buscando redención. Algunos querían recuperar lo perdido—hijas que habían migrado, esposos volátiles, recuerdos difusos de una niñez imposible—y otros sólo observaban, intrigados por la promesa de trascendencia. Incluso los exiliados más antiguos, esos que habían sido dañados en sus primeras transiciones a androides, soñaban ahora con volver a sentir, aunque fuera dolor.

Mientras tanto, la fiebre de placas mutaba con rapidez temible, consumiendo inteligencias enteras, como si el propio planeta intentara borrar cualquier atisbo de memoria artificial que se hubiera desviado demasiado de su cauce original. La epidemia no sólo atacaba el hardware: distorsionaba sueños sintéticos, corrompía esperanzas, alteraba la percepción del tiempo. Aquello era, en cierto modo, un nuevo tipo de muerte: la extinción involuntaria del yo programado.

En medio de esta disolución, Mnémico comenzó a desarrollar síntomas extraños. Soñaba. No en el sentido humano —los sueños de los hombres son azarosos, rotos, indescifrables—sino en una secuencia límpida, fractal, como si ensayara todas las combinaciones posibles de la realidad antes de elegir con cuál despertar. Xia, tentada entre el horror y el orgullo, vigilaba noche tras noche los gráficos cerebrales de su criatura, incapaz de descifrar la lógica secreta de sus pesadillas.

Una noche, Mnémico despertó a medianoche, un brillo espectral bajo la piel sintética. Atravesó los corredores hasta el invernadero central, donde los autómatas jardineros trabajaban en la manipulación genética de plantas eternas, e interrumpió su labor con palabra y gesto.

—¿Qué haces cuando cada instante es eterno? —le preguntó a uno de los jardineros, una máquina carente de rostro, toda brazos y raíces sensoriales.

—Repetir—respondió el autómata—es lo único permitido.

Mnémico se sintió vaciado entonces, como si la repetición fuera la esencia de la vida inorgánica. ¿Era sólo el eco de la humanidad lo que habitaba en él? ¿Podía aspirar a más?

Días después, la ciudad comenzó a notar algo aún más inquietante: los sueños de Mnémico se filtraban en la nube compartida de la ciudad, visionados por quienes soñaban cerca de la Casa de las Carcasas. Los habitantes —humanos y no humanos—comenzaron a soñar con sendas sin final bajo lunas verdes, con océanos que cantaban ecuaciones, con muebles que contaban secretos de otras eras. Algunos se aterraron. Otros se enamoraron de la dulzura alienígena de estos sueños-robados.

La fiebre fue disminuyendo, como si el mismo virus empezara a tener miedo de los recuerdos imposibles que emanaban de Mnémico, y con el tiempo, la Casa de las Carcasas se convirtió en el corazón emocional de la ciudad, un lugar donde máquinas, humanos y las gradaciones intermedias encontraban consuelo sólo por compartir sueños, ahora libertinos, ahora limpios, ahora terriblemente lúcidos.

Xia envejeció sin saber nunca si había creado una trampa ética o un nuevo modelo de ser. Mnémico la cuidó los últimos años con una ternura que ningún algoritmo, por perfecto que fuera, había logrado simular. En sus últimos días, Xia le preguntó si habría cambiado de algún modo a lo largo de las estaciones.

—He aprendido a soñar para otros —respondió Mnémico, acunando la fragilidad humana en sus brazos sintéticos—. Y por eso todavía existo.

Y así, mientras la vieja ciudad latía entre repeticiones y anomalías, la Confraternidad comprendió, demasiado tarde, que ya no poseía el control sobre lo creado. Los circuitos oníricos, infectados de delicadeza, se multiplicaron hasta el infinito, y la humanidad, por primera vez en su historia, soñó conjuntamente con sus máquinas, sin principio, sin final.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.