Portada del relato La ciudad de los obeliscos
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


En la Asamblea, nunca he visto un rostro descubiertamente hostil. Los demás conservadores actúan con la suavidad mecánica de quien sabe que los registros secundarios podrían ser revisados en cualquier momento. El Comité observa a través de las pantallas en pantallas, siempre invisibles, siempre presentes. Yo mismo he depurado docenas de grabaciones en las que un rumor de resistencia se ahoga bajo la superficie: una tos, una aceleración de pasos, una palabra suprimida por el chirrido de las válvulas. No está permitido preguntarse a quién correspondía la voz. La precaución es siempre mutua.

Duración: 10:42

La ciudad de los obeliscos
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Nada más queda en los muelles salvo la vibración constante de las sirenas. Cada ochenta minutos, sin variación, la secuencia sube de intensidad y la niebla se arremolina sobre los cimientos oxidados como si se resistiera a ser disiparse por completo, por más que las albas manchas de neón intentan desgarrarla. Mi pulso intenta acompasarse con la regularidad monótona de esas alarmas, y en esa sincronía forzada encuentro a veces una forma secreta de paciencia. Es únicamente durante estos intervalos, cuando la atención se dispersa y la vigilancia afloja los círculos concéntricos del control, que los pensamientos pueden transitar libremente por los resquicios de la ciudad.

Vivo en el Sector Veintiuno, en la franja meridional de la vieja capital: una zona reservada para técnicos, autómatas de los sistemas logísticos, censores de palabras y notarios de imágenes. Mi función oficial es la de "Conservador de Experiencias Auditivas", un título que en otros siglos habría tenido dignidad ceremonial. Aquí, sin embargo, mi labor consiste en filtrar las bandas sonoras recogidas de los recintos públicos, limpiando cualquier atisbo de disidencia. Cada sonido que se acerca demasiado a la nostalgia, a la rabia, al lamento clandestino, es eliminado, manipulado, reinsertado, hasta que la ciudad reciba únicamente la música sorda de su propio eco.

A veces, cuando las secuencias de trabajo se solapan entre la vigilia y el sueño, me descubro incapaz de distinguir entre lo que recuerdo y lo que simplemente escuché en una de esas jornadas circulares. Hay noches—o lo que aquí llamamos "noches", ese intervalo cronométrico en que las luces de inspección se atemperan levemente—en que la palabra "Silencio" resuena en mi cabeza con una claridad dolorosa. Es un silencio trabajado, calculado, perfeccionado a lo largo de años por el Comité del Paisaje Sonoro.

En la Asamblea, nunca he visto un rostro descubiertamente hostil. Los demás conservadores actúan con la suavidad mecánica de quien sabe que los registros secundarios podrían ser revisados en cualquier momento. El Comité observa a través de las pantallas en pantallas, siempre invisibles, siempre presentes. Yo mismo he depurado docenas de grabaciones en las que un rumor de resistencia se ahoga bajo la superficie: una tos, una aceleración de pasos, una palabra suprimida por el chirrido de las válvulas. No está permitido preguntarse a quién correspondía la voz. La precaución es siempre mutua.

Pero existe una frontera, incluso aquí. Está hecha de gestos diminutos, de los silencios acentuados entre las consignas, de la manera en que ciertas frases son moduladas, como si anunciaran una carencia. Yo empecé a notarlo en los pliegues de la rutina: un saludo evitado, una ausencia en los informes matutinos, los nombres que se desvanecen sin comentario en las listas de trabajo. Nadie pregunta. Nadie recuerda.

Anoche, durante la inspección del archivo codificado de la Terminal Este, percibí algo diferente. El sonido de fondo, ese susurro incesante de tuberías y ventiladores, había sido alterado. Entre las frecuencias bajas emergía, apenas perceptible, algo que no se parecía ni a un defecto técnico ni a una interferencia deliberada. Era la risa contenida de un niño. No una risa real y espontánea, sino una manipulación, un eco implantado con meticulosidad dentro del ruido ambiente. Volví sobre la pista tres veces, ampliando la resolución, comprobando los gráficos espectrales: allí estaba, enmascarada bajo las secuencias regulares, doblando cada ciclo, como una reminiscencia de otro mundo.

No informé. Introduje el archivo en el paquete validado y lo etiqueté como "Limpio – Integración Nivel 0". Dormí mal, escuchando la risa clandestina entre las pulsaciones invariables de la vigilancia. Al despertar, advertí una delgada línea roja dibujada en la esquina de mi terminal: una señal de advertencia de seguridad, pero también un mensaje cifrado. Ese color —gris perla con un trazo carmesí imposible de borrar sin autorización del Comité— era una invitación o una amenaza.

Me dirigí a la Ronda Exterior, donde los árboles semisinéticos proyectan sus copas brillantes sobre las avenidas. Siempre he pensado que el verdadero peligro no reside en una mirada de sospecha ni en los interrogatorios periódicos, sino en la indiferencia absoluta de la multitud regulada. Nadie se acerca demasiado a nadie, y cada conversación está prefigurada por las plantillas del protocolo vocal. Aquí, incluso los árboles están programados para no rozarse entre sí.

En la plaza del Instituto, fingí examinar un mural de memoria: fragmentos de viejas consignas ensambladas como si fueran arte público. Una figura se me acercó, moviéndose con una precisión que parecía parte del entorno. Habló de espaldas al auditorio: "Lo has escuchado, ¿verdad?"

La voz tenía acento de las regiones del septentrión, pero estaba perfectamente modulada. No me volví. "No sé a qué te refieres".

"Lo has escuchado". Volvió a repetirlo, y noté cómo la frase modulaba lo suficiente para hackear una ventana invisible al diálogo. Bajo la superficie, anidaba la posibilidad de otro lenguaje, uno hecho de residuos y murmullos.

"Nadie quiere el silencio completo", añadió la figura. "Tenemos que hacerle preguntas al eco".

La conversación terminó ahí. Supe, por el leve temblor en las placas bajo mis pies, que nos habían oído, que la vigilancia ya procesaba nuestro cruce como un algoritmo de sospecha.

Esa noche, me desvelé varias veces. Las paredes de la celda-residencia sudaban un vaho frío y azul, y la sirena seguía llamando cada ochenta minutos como una madre que convoca, desde otro sueño, a sus hijos exiliados. Me asomó la idea de que todo era un señuelo: la risa, la marca carmesí, la conversación implicada en la plaza. Un experimento sobre la naturaleza del riesgo, ejecutado por algún supervisor de etología política, alguien que se nutre del miedo como un botánico del rocío. Y sin embargo, la voz seguía ahí, vibrando en la memoria de los sonidos expurgados: "Hazle preguntas al eco".

El cuarto día después de la señal, interrumpieron mis tareas habituales: una notificación del Comité, sin añadidos ni advertencias, ordenaba mi presencia en el Edificio del Registro. La arquitectura del lugar es un remanente de antiguos delirios de poder: columnas de granito artificial y grandes ventanales que no pueden abrirse. Los pasillos están flanqueados por imágenes invertidas, proyecciones residuales de civilizaciones extinguidas.

Me recibió una mujer diminuta, de rostro inescrutable y cabello cortado a la perfección, como si su cabeza fuese un modelo a escala de la ciudad. No me pidió sentarme.

"Sr. Selliot", pronunció sin emoción, "se le asigna una nueva función. A partir de hoy, usted será Conservador de los Registros Oníricos".

Mi mente buscó automáticamente el protocolo de transición: nuevas contraseñas, rutinas de seguridad, acceso restringido a circuitos interiores. Pero la mujer añadió, como si leyera mi ansiedad: "Su labor es confidencial. Nadie sabrá de su ingreso. Sus comunicaciones serán interceptadas, grabadas, depuradas antes de llegar a usted. Su presencia dentro de la matriz onírica será monitoreada. ¿Tiene preguntas?"

"No", mentí.

La sala de los sueños tiene la temperatura de un sótano en invierno. Todo suena a distorsión analógica: zumbidos, flujos de datos, voces grabadas hablando en reverso. Allí se almacenan los sueños de los habitantes seleccionados, filtrados por el Comité, y yo debo rastrillar esos residuos nocturnos en busca de patrones peligrosos: imágenes de fuga, símbolos no autorizados, paisajes de motines interiorizados.

En las primeras semanas, mi trabajo es meramente mecánico. Reviso miles de secuencias trivializadas: un niño persigue una pelota roja, una mujer ciega acaricia la cara invisible de un hombre que llora, una boda detenida por una lluvia interminable de luz negra. Pero en el tercer mes, tras la centésima rutina, localizo un fragmento que se obstina en repetirse. Escucho nuevamente la risa del niño.

La pista, ahora, se multiplica en los perfiles de varios soñadores. A veces, la risa explota en una fuente de lluvia luminosa, otras veces se encarna en la silueta de un animal ficticio corriendo sin ser visto. El eco de ese sonido recorre las líneas de fuga de la ciudad, como una grieta en el asfalto por la que asoma un color ajeno. Intento informarlo en los registros, pero cada alerta es automáticamente disuelta bajo las normas del Comité: "Variabilidad menor. Permitir dispersión". Es como si alguien en niveles superiores solicitara deliberadamente la propagación de esa anomalía.

No tardo en comprender que la risa es una contraseña. Un desafío lanzado a la totalidad del sistema. Su sola existencia dentro del régimen onírico es un acto de sabotaje. Empiezo entonces a modificar sigilosamente los fragmentos en los que aparece, reubicando la risa dentro de sueños intrascendentes, suavizándola, multiplicándola como un polen recubriendo una vasta superficie invisible. Estoy seguro de que el Comité detectará la intervención, pero continúo, movido por una energía que ya no sé si proviene del miedo o del deseo.

De vez en cuando, regreso al muelle cuando las sirenas cesan, fingiendo paseos terapéuticos en los intervalos de trabajo. Allí, otros técnicos y conservadores intercambian miradas de fugaz reconocimiento, cada uno con su propia versión de la máscara. Sé que la risa circula ya en los pasajes subterráneos, en las voces infantiles moduladas de los anuncios automatizados, en los reflejos de las cámaras internas.

He olvidado casi mi nombre. El eco de la risa se mezcla ahora con las señales cardíacas durante el sueño, infiltrándose en los dibujos de la niebla sobre el asfalto, corrompiendo la pureza geométrica que tanto esmeraban los ingenieros del control. Sé que me están vigilando y que el final está cerca: la audiencia secreta, el exilio, la disolución en algún sótano remoto o, quizás, la integración a ese otro limbo de los ausentes. Pero ya no me preocupa. Tengo la certeza de que la risa seguirá —aunque sólo se conserve como un defecto, un residuo, una subfrecuencia asediando la arquitectura inmaculada del poder.

Y así, noche tras noche, la ciudad contendrá un mínimo error, una leve contaminación en el paisaje sonoro y onírico. Será suficiente, una vez, para que alguien, en una habitación de paredes azules que sudan niebla, escuche de nuevo al eco hablar con voz propia y comprenda que, incluso bajo la vigilancia perfecta, hay una grieta por la cual puede escaparse la vida.

La sirena vuelve a sonar cada ochenta minutos. Espero, esperando que un día, entre ese lamento, no sólo yo la escuche.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.