Portada del relato Las Torres del Silencio
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Fragmento:


"Has presentado una innovación interesante, Axil," susurró, sin gestos reconocibles. "Demasiado perfecta, demasiado cómoda para el statu quo."

Duración: 08:51

Las Torres del Silencio
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Texto de ajuste de pausa.

El sol caía como una losa incandescente sobre las avenidas sin nombre de Eirath, la capital de la Confederación de las Almas Silentes. Corría el año H74 bajo el calendario impuesto, sin lunas ni estaciones reconocibles, sólo una interminable sucesión de días sometidos al monótono cantar de los relojes cívicos. Caminando entre las multitudes, envueltos en capas grises que ocultaban todo rastro de individualidad, los ciudadanos apenas se atrevían a cruzar miradas, conscientes de que las torres —y quienes las habitaban— observaban.

Crecí en la base de la Torre Oeste, ese monumento de glasder fundido que rasgaba el horizonte con su aguja. Mi madre era operaria en el Registro de Identidades, una suerte de archivo donde las vidas se catalogan y asignan según las necesidades del Consejo Supremo. Mi padre había sido borrado: oficialmente, nunca existió. Aprendí a no preguntar, y pronto a no recordar, porque en Eirath el olvido es la única defensa posible.

La autoridad aquí toma forma en el Consejo: siete figuras, siempre ataviadas con máscaras translúcidas, envueltas en túnicas que insinúan más de lo que revelan. Su poder es abrumadoramente absoluto. No hay prensa más allá del Boletín de la Mañana, que distribuye frases concisas: trabajarás, obedecerás, olvidarás. Nadie habla de sueños, mucho menos de deseos —la palabra ‘felicidad’ es motivo de sospecha, ‘libertad’ se pronuncia sólo en los márgenes del pensamiento.

Cada noche, la ciudad entera se somete al Silencio: una hora en la que todas las luces titilan y las voces cesan, mientras los Vigías escudriñan las ventanas. Yo solía sentarme junto al ventanuco de nuestro habitáculo, observando cómo el temblor temerario de alguna vela prohibida delataba a un rebelde. Al alba siguiente, ese habitáculo estaría vacío y el Registro actualizaría los archivos. Así aprendemos todos: la sumisión es el único camino hacia la supervivencia.

Cuando cumplí veintinueve ciclos, me asignaron al Departamento de Innovación Cívica. Es una ironía cruel: allí, bajo estricta supervisión, los mejores cerebros presentan ideas destinadas a perpetuar exactamente lo opuesto de la creatividad. Inventamos nuevos métodos para medir la conformidad, para identificar la disonancia, para interrumpir toda iniciativa que huela a autonomía. A cambio de mi sumisión, me concedieron una habitación privada, un lujo que ningún otro disfrutaba sin vigilancia adicional.

La existencia en Eirath es una danza constante con la paranoia. Los muros oyen, las calles ven. La única ley inviolable es la obediencia. No hay tribunales públicos; las sentencias ocurren, simplemente. La ciudad misma parece colaborar con sus amos: las avenidas serpentean de modo que, desde cualquier ubicación, siempre puedas ver al menos una Torre.

Sin embargo, incluso el poder del Consejo encuentra resistencias. Había rumores, siempre vagos, de los Incorpóreos: individuos que lograban evadir el sistema, existiendo entre pliegues del tiempo y la arquitectura, invisibles bajo la perfección reglamentada del orden. Yo, por necesidad más que por rebelión, cultivaba mis propias herejías: guardaba un diario codificado, memorizaba versos prohibidos y, ocasionalmente, compartía una mirada significativa con un alma gemela en desgracia.

Todo cambió la noche en que presenté la Propuesta de Codificación Universal al Consejo. Mi proyecto, concebido como un modo de racionalizar aún más los registros ciudadanos, tenía un defecto sutil, un pequeñísimo error lógico apenas perceptible salvo para los más atentos. Fue una prueba, un anzuelo. Durante años, había sospechado que no todos en el Consejo son lo que parecen, y que algunos compartían, clandestinamente, mi deseo de fractura.

Aquella noche, después de la Ceremonia de Registro, la Consejera Névra me concedió una audiencia privada. Ella, cuya máscara era la más opaca, cuya voz apenas una sombra. Entré a la Sala de los Eco, preguntándome si vería la luz del amanecer.

"Has presentado una innovación interesante, Axil," susurró, sin gestos reconocibles. "Demasiado perfecta, demasiado cómoda para el statu quo."

No respondí. Sabía que en Eirath las palabras pueden ser condena.

"¿Por qué lo hiciste?", inquirió suavemente.

Me erguí en la penumbra. "Porque alguien tenía que hacerlo." Mi voz apenas era un murmullo, pero ni la arquitectura ni los muros de esa sala dejarían escapar el sonido.

Névra desmontó su máscara, un acto más temerario que la blasfemia, y me mostró un rostro marcado por cicatrices invisibles: las huellas del miedo y del hastío compartido.

"La ciudad necesita cambiar," dijo, "pero cambiarla desde fuera es imposible. Todo debe ocurrir aquí dentro, bajo la atenta mirada de las torres. ¿Estás dispuesto a pagar el precio?"

Reflexioné unos segundos. ¿Qué era el precio? ¿El exilio, la muerte, el temido Olvido en los sótanos de la Torre Central?

"Estoy listo", respondí, aunque no tenía certeza de lo que significaba.

Desde aquella noche, fui su confidente. Me mostró pasadizos entre las capas superpuestas de la ciudad, redes de disidentes camuflados de fieles funcionarios, criptas donde se conservaban fragmentos de las viejas canciones y relieves de las eras olvidadas. Pero incluso entre los subversores, la paranoia era ley suprema; la traición siempre era sospechada.

La gran sorpresa llegó una mañana de neblina azulada cuando, en vez de recibir las instrucciones habituales, me ordenaron acceder al Registro Maestro. Había llegado el momento: la subversión que Névra y su círculo gestaban era tan audaz que rozaba la demencia.

“No se trata de destruir el Consejo,” me explicó en voz baja mientras cruzábamos el umbral de seguridad, “sino de transformar desde dentro, de gastar la estructura hasta que no soporte su propio peso.”

Yo lo comprendí: para erosionar la autoridad había que convertir su fuerza en grieta, infectar los algoritmos de información, propagar pequeñas dudas, restaurar la memoria allí donde sólo debía haber olvido. Nuestro plan recurría a la creación de perfiles múltiples, identidades fantasmas, vidas ficticias incrustadas en el tejido del sistema. Pronto, la misma noción de quién era quién resultaría sospechosa, minando la base sobre la que se erigía el orden.

La clave, sin embargo, residía en los Incorpóreos. El mito se mostró real: entre las sombras se movían, infiltraban comunicaciones, diseminaban proclamas cifradas en el habla cotidiana, sostenían una cultura subterránea. Me introdujeron—demasiado pronto, en retrospectiva—a su red. Aprendí a leer los grafitos bajo los puentes, a decodificar los chasquidos irrelevantes en las transmisiones públicas: maquinarias insurgentes bajo el ropaje del conformismo.

Sin embargo, nada en este juego es seguro. Alguien, un día, cometió un error. Una identificación superpuesta con otra, una ausencia detectada por un algoritmo que, paradójicamente, yo mismo había ayudado a calibrar. Supo el Consejo, y poco después lo supimos todos: la purga había comenzado.

Fue una noche sin Silencio, la primera en décadas. Los pasos apresurados en los corredores, las puertas abiertas a culatazos. Mis camaradas fueron barridos, uno por uno, en operativos de precisión letal. Névra desapareció en la bruma, algunos decían que hacia los laberintos subterráneos, otros que traicionada y entregada como ejemplo.

Yo, por ironía del destino o simple negligencia, sobreviví. Me convertí en sombra, graduado en el arte de la ausencia. Renuncié al nombre, a la historia; aprendí a existir en las rendijas, mudándome entre habitaciones nunca reclamadas, adoptando caras innecesarias. Mis escritos se convirtieron en letanías ignoradas, ecos remotos en los servidores de la ciudad.

Hoy, Eirath sigue en pie. Las torres siguen vigilando, pero la certeza de su dominio ha disminuido. Hay una fisura, una grieta microscópica en la conciencia colectiva. La sospecha se ha instalado también en los corazones de los dominadores: nadie está seguro, nadie es absoluto.

Aúllo mis pensamientos a la noche ventosa desde la cima de ruinas donde nadie se atreve a buscarme. Miro cómo los antiguos enemigos temen a la propia máquina que los sostiene. La libertad, en Eirath, no es un acto; es una cuestión de dudas sembradas, de pequeños espacios conquistados en la mente, de fragmentos de memoria recobrada.

No sé si algún día veremos caer las Torres. No sé si la ciudad será alguna vez libre. Pero mientras alguien recuerde las canciones, mientras alguien se atreva a escribir su nombre secreto en la noche, sabré que no hemos sido vencidos del todo.

Y si el mundo tiene memoria de nosotros, aunque sólo sea como un susurro en el viento tras las torres, entonces valió la pena resistir.

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