Fragmento:
En su pulsera, un destello rojo: “Revisión Aleatoria de Rutina – Diríjase a Interfaz 4F”. Exern tragó saliva, ligero temblor. Revisiones había tenido; amigos, conocidos, miles habían pasado por ellas y, si el algoritmo era benévolo, regresarían solo con un ajuste conductual, un recordatorio y un leve incremento en la cuota de vigilancia domiciliaria. Pero ante ciertos patrones ambiguos, repetidos a lo largo de los ciclos, las revisiones dejaban de ser aleatorias: avanzaban hacia la reconfiguración forzada, corrección química o, en casos extremos, desaparición administrativa.
Duración: 09:21
En la ciudad erguida como una lanza, donde los rascacielos punzaban el vientre de las nubes y la niebla artificial engullía la luz hasta disolverla en una palidez gris, el tiempo se medía en sonidos: el zumbido de drones patrulla, las campanadas sintéticas que marcaban cada ciclo de vigilancia, el susurro constante de los comunicadores inyectando instrucciones, advertencias, permisos negados. Exern, empleado de nivel dieciséis en el Departamento de Monitoreo Conductual, había olvidado el tacto verdadero de la piel. Desde que se implementó el Protocolo de Segregación Social hace seis años, el contacto físico era considerado subversión biológica, delito de riesgo máximo para la salud colectiva y, en consecuencia, para la estabilidad.
La Plataforma giratoria del Tren 19 recibía cada noche a los trabajadores rezagados, bultos oscuros con pulseras de identificación bioluminiscentes en las muñecas, migrando silenciosos entre corredores de vidrio recubierto con nanopartículas antimicrobianas. A Exern le fascinaban los cambios de turno: los rostros ajenos, deformados por la refracción de la luz; la restauración periódica de la distancia, ritual ensayado hasta volverse instinto.
Lo que muchos no sabían—o fingían no saber—era que las cámaras en las plataformas no estaban simplemente programadas para vigilar, sino para interpretar. Durante los primeros meses del Protocolo, algunos, ingenuos, habían intentado parodiar a la autoridad: gestos codificados entre conocidos, pequeñas revueltas en la postura, lo que antes hubiera sido solo un juego bajo las reglas previas ahora era traición mediante algoritmos. El aprendizaje profundo del Sistema Core interpretaba espacios, movimientos, variaciones en el ritmo cardíaco captadas por sensores ambientales, y estructuraba informes automáticos con listas de potenciales desvíos normativos.
Esa noche, Exern se detuvo ante el ventanal de su cubículo mientras la ciudad se licuaba en sombras. Un enjambre de drones inspeccionaba la fractura en el borde este, donde rumores sostenidos desde hacía semanas indicaban fuga de energía y, peor todavía, de ideas. Los rumores corrían rápidos en las capas bajas del intranet social, disfrazados de memes o historias infantiles, glorificando tiempos donde la improvisación y el error no eran delitos. Exern, aunque lo negara ante informes de autoevaluación emocional, sentía una nostalgia imposible de asignar a recuerdos genuinos. Quizá echaba de menos no tanto el ruido imperfecto de la convivencia, sino la posibilidad misma de error, la caricia impredecible de lo otro.
En su pulsera, un destello rojo: “Revisión Aleatoria de Rutina – Diríjase a Interfaz 4F”. Exern tragó saliva, ligero temblor. Revisiones había tenido; amigos, conocidos, miles habían pasado por ellas y, si el algoritmo era benévolo, regresarían solo con un ajuste conductual, un recordatorio y un leve incremento en la cuota de vigilancia domiciliaria. Pero ante ciertos patrones ambiguos, repetidos a lo largo de los ciclos, las revisiones dejaban de ser aleatorias: avanzaban hacia la reconfiguración forzada, corrección química o, en casos extremos, desaparición administrativa.
El trayecto hasta la Interfaz 4F era igual de impersonal, hiperlumínico, atemporal. Al llegar, un asistente sintético le indicó ocupar una de las cápsulas. La máquina, en su tono compuesto de voces humanas recortadas y ensambladas en secuencia, leyó su historial:
—Exern 16A/049. Su curva de desvío emocional ha incrementado un 0.8%. Explique.
La pantalla proyectaba líneas de su propio texto, informes conductuales, pistas sutiles trazadas a lo largo de meses: preguntas innecesarias, respuestas extendidas, sarcasmos residuales. El sistema quería palabras; él, silencio o mentira. Optó por lo segundo, como era habitual:
—Trabajo bajo los mismos parámetros. Mustia cansancio. Sin cambios relevantes.
La cápsula escaneó sus constantes, las pulsaciones minúsculas en la base del cuello, el temblor voluntario en unos músculos que Exern ya no sentía como propios.
—Permanezca a la espera.
Durante aquellos segundos se le escapó un pensamiento que olía a peligro: ¿y si supieran incluso lo que todavía no había pensado? No era delirante. La arquitectura del sistema funcionaba bajo la presunción de culpabilidad; la posibilidad del error humano estaba ya prevista, excavada dentro del modelo predictivo. En este mundo de superficies pulidas y emociones patentadas, la paranoia era casi una obligación cívica.
Exern fue liberado media hora después con una advertencia y un reajuste horario: tres ciclos menos de sueño, dos más de tareas comunitarias. Volvió a casa con la tensión de un animal herido, sintiendo, al cerrar la puerta tras de sí, el temblor sordo de la ciudad atravesándolo. Allí, en la seguridad aparente de su vivienda modular, se obligó a documentar la experiencia en el diario de la Agencia, como debía hacerse, para las capas más altas del aparataje burocrático.
Sin embargo, cuando la interface solicitó su relato, Exern decidió dejar una omisión: no mencionó el recuerdo involuntario que había surgido durante la espera. Una vez, en una biblioteca anterior al Protocolo, había sostenido durante unos segundos la mano de un docente. Años atrás, otro mundo, en el umbral de la vigilancia total. Cada vez que revivía aquel roce fantasma, emergía en él un vértigo luminoso y primitivo, vergonzante e inexplicable, imposible de traducir en los términos monótonos del informe oficial.
Las semanas siguientes plegaron a Exern dentro de una normalidad calculadamente asfixiante. Apenas si mantenía interacción fuera de los canales programados. A veces localizaba mensajes ambiguos en las superficies luminosas de las paradas, garabatos virtuales: “Las palabras no pueden ser vigiladas hasta el final” o “No todo lo acústico es visible”. Juegos de resistencia, mínimos actos de presencia. Alguien señalaba con símbolos que la posibilidad de un otro persistía tras la niebla, más allá del ojo computacional de toda la ciudad.
Fue entonces cuando llegó el enlace cifrado, apenas un zumbido en su terminal doméstico, una secuencia de pulsos azules que no se correspondía con los canales autorizados. Durante segundos dudó, repasando mentalmente el protocolo de reporte de ciberseguirdad. Imaginó el zumbido replicándose, expandiéndose como una fisura en el concreto. Contra toda prudencia, respondió: una línea de texto emergió, en un lenguaje que Exern solo reconoció a medias, mezcla de sintaxis antigua y software autocorregido.
"¿Todavía recuerdas el tacto espontáneo? Si sí, acude a la Franja Este, torre 11, módulo subterráneo."
La ciudad ofrecía terror y adrenalina en intensidades proporcionales. Exern sabía que era una trampa potencial, pero la perspectiva de cualquier desviación era irresistible. Forjó una excusa laboral, fusionó formatos de solicitud y, en el primer ciclo nocturno hábil, salió rumbo a la Franja Este. En la interfaz de acceso fue escaneado, desnudo como siempre ante la red de sensores, pero una interferencia leve, tan sólo un microcorte en el pulso habitual, le permitió ingresar al módulo sin detección anómala.
Descendiendo por corredores despejados, Exern llegó hasta un vestíbulo frío, donde figuras humanas, cubiertas con capas de polietileno oscuro, esperaban dispersas. Los rostros cubiertos por máscaras, pero con los ojos enfatizando una inquietud indómita. Una mujer dio un paso al frente; extendió una mano enguantada pero desnuda en la palma, temblorosa. El gesto era casi una irreverencia sagrada.
—Aquí, nadie reporta la temperatura de tu piel —susurró. La voz tenía eco de carbón quemado, recuerdo volátil.
En círculo, los presentes compartían presencias: un roce leve de codos, una mirada detenida, el sutil intercambio de calor corporal. La ceremonia era simple, elemental, radical: recordar con el cuerpo. El sistema podía registrar demasiado, pero nunca todo.
Al volver a casa, Exern experimentó una sensación nueva: miedo y esperanza, entretejidos. Porque supo que, por unos segundos clandestinos, había sido menos objeto y más sujeto, menos caja de algoritmos y más invención. La arquitectura opaca de la sociedad autoritaria, tan perfecta como mortal, sólo podía ser fisurada por lo imprevisible, por esas brechas ínfimas de humanidad indomesticada.
Días después, mientras en el trabajo una nueva ronda de algoritmos detectores exigía microconfesiones y ajustes de conducta, Exern supo que la resistencia no nacía de la desobediencia flagrante ni de himnos imprudentes, sino de la recolección meticulosa de pequeños gestos. Cada presencia, cada roce fugitivo, construía una partitura silenciosa, indescifrable para el software, donde la esperanza madrugaba siempre antes que el control.
Porque en la verticalidad de obsidiana de la ciudad, la arquitectura de silencio y prohibición solo podía mantenerse por el miedo. Y cada acto minúsculo de tacto era una grieta luminosa: promesa de que, aunque se multiplicaran las cámaras y se depuraran los algoritmos, algo humano y libre aún resistía, palpitando sin permiso debajo de la niebla.
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