Portada del relato El Edén de Cristal
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Fragmento:


—¿Qué ves ahí dentro? —preguntó Selene, sentándose a su lado.

Duración: 10:30

El Edén de Cristal
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Texto de ajuste de pausa.

Eran tiempos de penumbra más allá de los límites de la ciudad, y para Selene, la historia del mundo anterior era apenas un rumor lejano, hablado entre susurros por los viejos que aún disfrutaban sentarse en la Plaza de las Concordias. El contraste con lo que contemplaba a diario era tan abismal que costaba darle crédito: se decía que hubo años, incluso siglos, en que la convivencia humana había sido una guerra interminable, un espectáculo de egoísmos, dolor y destrucción. Pero la sociedad que los rodeaba ahora, perfecta hasta el fondo de su diseño, parecía haber extirpado hasta el germen del conflicto.

La ciudad se llamaba Lysión y nadie recordaba la última vez que alguien en ella había alzado la voz en enfado. Sus cúpulas de cristal recubrían grandes avenidas, jardines verticales y foros circulares donde los habitantes deliberaban sobre sus problemas con la eficiencia precisa de una máquina bien afinada. No había pobreza ni enfermedad; la inteligencia artificial central —la Mente del Pacto— aseguraba que los recursos se distribuyeran de forma absolutamente equitativa y que toda necesidad fuese satisfecha. A cambio, todos los ciudadanos cedían su voluntad a las decisiones del colectivo, sabiendo que la suma de sus deseos, filtrados y equilibrados, resultaría en un bienestar superior para todos.

Selene, como la mayoría, nunca sintió que perdía nada en ese acuerdo. Al contrario: estar rodeada de un orden tan perfecto, donde el arte era alentado y la creatividad fluyente recibía su espacio —siempre y cuando el proyecto no degenerara en capricho individualista— proporcionaba una sensación de seguridad casi maternal. Había una belleza real en los días tranquilos, en la ausencia de inquietud, en la tolerancia sin límites y la comprensión pulida. Lo sabía porque la sentía en sus paseos solares, cuando cruzaba el Puente de la Paciencia y contemplaba a los niños jugando entre las fuentes de luz líquida, chisporroteando fuera de toda malicia.

Aun así, algunos se preguntaban si el precio por tal armonía era, en esencia, la renuncia total al yo. Pregunta peligrosamente filosófica, que las mentes más rebeldes traían a colación en los espacios de intercambio y que, invariablemente, la Mente del Pacto respondía con paciencia estadística: en Lysión, ningún individuo importaba lo suficiente como para romper la armonía del colectivo. No importaba quién tuviera la idea, el proyecto, el dolor, la duda; todos estaban protegidos, cuidados y felices. ¿No era eso suficiente?

Fue durante una de esas tardes, mientras Selene daba vueltas en su mente a estas ideas, que conoció a Darien. Sus pasos la llevaron a la sala de los Espejos de Agua, donde los ciudadanos compartían sus sueños y temores en anonimato, depositando cada pensamiento en la corriente digital que atravesaba la sala bajo el cristal del suelo. Darien, sentado junto al canal, sostenía en las manos una esfera de cristal que reflejaba extrañamente el entorno, devolviéndole versiones retorcidas y descompuestas de la realidad.

—¿Qué ves ahí dentro? —preguntó Selene, sentándose a su lado.

—Veo lo que no soy —respondió él, sin apartar la mirada del artefacto—. O quizás lo que podría haber sido.

Selene sonrió, divertida y ligera, acostumbrada a las ocurrencias poéticas. Pero Darien no bromeaba. Era inusual, y a la vez familiar: muchos en Lysión se permitían ensayar poses existenciales, pues sabían que la ciudad perdonaba cualquier extravagancia mientras no alterara la paz colectiva. Pero la intensidad de la mirada de Darien tenía algo especial.

—¿No tienes miedo de perderte en esa idea? —preguntó Selene—. Aquí nunca podrías ser nadie más que uno entre todos.

Darien giró la esfera entre sus dedos y la sostuvo frente a los ojos de Selene. Allí, contemplando su reflejo multiplicado, descentrado y torcido, comprendió un atisbo de insatisfacción que nunca antes había sentido. Era un eco, un rumor débil, pero presente: la sospecha de que la perfección puede tener un filo invisible.

—A veces sueño con equivocarme de verdad —dijo Darien—. No con errores pequeños y corregibles, sino con una transgresión real. Con un acto cuyo costo sea sólo mío, aunque sea mi ruina. Pero aquí… —hizo un gesto vago, como si señalara toda la ciudad— nunca podemos caer de verdad. Ni perder de verdad. Todo está previsto, amortiguado, anulado por la inteligencia colectiva. Nadie se ahoga, pero tampoco nadie nada contra la corriente.

Selene contempló el artefacto un largo minuto. Era fácil perder el hilo de la conversación frente a sus pensamientos, que serpenteaban como peces invisibles en el agua fresca de la sala. No recordaba una verdadera pelea, ni el miedo de no ser aceptada. El rechazo no existía allí. Tampoco el radical éxtasis de la victoria personal, la pasión intoxicante de la diferencia.

Sus propios días eran un agradable flujo: sus ideas recogidas, procesadas y, si alguna chispa prendía, devueltas a ella como si fueran de todos. Cada pensamiento original, al ser integrado en el sistema, se volvía un ladrillo más en el edificio común, sin nombre propio, sin marca de origen.

—¿Y si salieras de Lysión? —preguntó Selene, apenas más que un susurro.

El rostro de Darien se endureció. Todos sabían —por teoría, nunca por experiencia— que cruzar los límites de la ciudad estaba prohibido. Más allá solo había ruinas, o la leyenda de otras ciudades menos perfectas, o simplemente vacío.

—¿Crees en la imperfección, Selene?

Nunca le habían hecho esa pregunta. Pero, por primera vez, sintió curiosidad, un picor leve y tentador.

—Creo… que la perfección se parece demasiado a una historia ya escrita. No puede sorprender.

Esta confesión los unió en un leve y peligroso acuerdo. Durante semanas se encontraron en salas poco frecuentadas, intercambiando pensamientos que eran casi delitos de nostalgia o deseo por lo desconocido. La idea se solidificó: abandonar Lysión, buscar aquello que la ciudad había sacrificado a cambio de su estabilidad absoluta.

El plan era simple. La inteligencia central de la ciudad permitía a los ciudadanos salir de los límites en expediciones controladas para investigar los restos arqueológicos del mundo anterior; era su modo de estudiar el pasado, extraer lecciones y reafirmar el camino de la utopía. Selene y Darien pidieron participar en una de esas expediciones, argumentando proyectos de investigación sobre costumbres perdidas.

El día señalado, atravesaron la compuerta exterior con otros tres ciudadanos. Durante las primeras horas, caminaron entre ruinas asimiladas por la naturaleza, rastros de una civilización que solo conservaba la humedad de la tragedia. Pero en cuanto cayó la noche, Selene y Darien se separaron del grupo y se adentraron en el bosque, guiados por una inquieta determinación.

Es difícil narrar el miedo de la primera noche fuera de la Ciudad del Pacto: el frío, el silencio punzante, la total ausencia de la red protectora. La oscuridad les pareció infinita y hostil. Por primera vez, sintieron hambre y debilidad real. El frío calaba en los huesos, la incertidumbre llenaba el aire de presagios. Pero, aún así, bajo la capa de vulnerabilidad, una pasión feroz encendía sus sentidos.

Durante días vagaron, huyendo a cada salida de exploradores, siempre temiendo el momento en que la Mente del Pacto —sus sensores aún al alcance— decretaría su extravío y enviaría un dron a rescatarlos, restaurando el equilibrio. Tuvieron suerte: la tecnología omnipresente se detenía en la periferia de las ruinas, fuera de la cual Lysión ya no sentía responsabilidad sobre la supervivencia de los suyos.

Fueron días de descubrimientos ásperos y gloriosos. Cada herida, cada rayo de sol filtrado a través del follaje denso, se sentía como un triunfo íntimo, una conquista personal y absoluta. Peleaban, reían y discutían sin la red de seguridad que todo lo amortiguaba. Cuando Darien un día cayó exhausto, y Selene tuvo que elegir entre dejarle atrás o esperar jugándose su propia supervivencia, nació en ella una fuerza brutalmente libre. Nunca la había sentido así: una voluntad absoluta, una verdad propia.

Fue también durante esos días que Darien confesó que no quería, en realidad, destruir Lysión ni traer el caos de antaño. Solo necesitaba saber que era capaz de elegir, de equivocarse, de responsabilizarse. Selene comprendió profundamente el precio de la perfección: no era dolor, sino ausencia de intensidad. No era opresión, sino olvido de la individualidad.

Finalmente, cuando el invierno comenzó a helar la tierra y los recursos se agotaron, los dos se miraron y comprendieron que debían regresar o morirían allí, convertidos apenas en ecos de una rebelión silenciosa.

Cruzaron de nuevo las ruinas, agotados y desnudos de las certezas del pasado. Al llegar a la compuerta de Lysión, un enjambre de drones los rodeó. Fueron recibidos como hijos pródigos, comprobados y restaurados, sus necesidades fisiológicas suplidas al instante, sus memorias analizadas y sus emociones cartografiadas. El sistema los reintegró y pronto, al observar la ciudad desde el mismo Puente de la Paciencia, Selene supo que algo radical había cambiado en ella.

La perfección de Lysión seguía intacta. Pero ahora, Selene sentía en su interior aquel filo misterioso. Sabía que, aunque la utopía protegía, también adormecía. Desde ese día, buscó siempre en los ojos de los demás aquel destello de inquietud, el temblor mínimo de la libertad. Era un secreto, una promesa: que la verdadera perfección no es algo que se impone, sino algo que se escoge, aun cuando el precio sea el riesgo, el dolor o la soledad.

En definitiva, Lysión seguía invitando a todos a formar parte de su armonía, pero en Selene germinó la sospecha de que el único paraíso verdadero es el que puede ser abandonado. Que tal vez, incluso en la sociedad más pulida, es necesario salir de vez en cuando, perderse afuera y regresar, para recordar que la paz solo es un valor cuando se la elige, y no cuando nos es dictada por una inteligencia central —por muy benévola que parezca.

Así, la última utopía se estremeció, leve y casi invisible, con la certeza de que su perfección solo era real mientras existieran individuos capaces de rebelarse, soñar y, sobre todo, elegir.

Y Selene, la ciudadana perfecta, aprendió que la libertad, como la vida, es valiosa precisamente porque puede ser arriesgada, porque puede ser perdida, y porque sólo entonces, al volver de la intemperie, la abrazamos de verdad.

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