Portada del relato Los Jardines de Sylastra
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Fragmento:


—¿Lo compartirás conmigo? —inquirió, sentándose en un banco donde las fibras vegetales se adaptaron a la forma exacta de su espalda y modulan microvibraciones para estimular la reflexión profunda.

Duración: 07:54

Los Jardines de Sylastra
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Texto de ajuste de pausa.

El amanecer, en Sylastra, no era un fenómeno del cielo, sino un acuerdo social. Se había perfeccionado la meteorología al punto de que la luz y los ciclos solares obedecían corazones y reuniones, y no los caprichos astronómicos. Una cúpula de energía translúcida cubría la ciudad, matizando el mundo externo y encerrando dentro una civilización cincelada por los más altos estándares de convivencia y prosperidad imaginados en los libros más ambiciosos del pasado. El gobierno, si así podía llamarse la asamblea rotativa de mentes brillantes y cuidadosos corazones, no gobernaba. Solo coordinaba las nuevas versiones de la perfección.

En el núcleo de la ciudad germinaba el Archivo de las Voces Perfectas, que almacenaba cada conversación, idea, sueño o conflicto resuelto con elegancia. No había secretos; la privacidad se había redefinido milenios atrás, transformándose en la orgullosa exposición de las virtudes individuales. Personas venían —y venían en paz porque no existía la guerra, ni la pequeña ni la grande— de todos los extremos de la cúpula para perfeccionarse en el arte de la vida compartida.

Alba, una de las archivistas, se despertó ese día sabiendo que, como cada otro, algo maravilloso podría ocurrir. No esperaba sobresaltos ni crisis, porque Sylastra los había erradicado por generación colectiva: en vez de problemas, el gran motor de la sociedad era la “oportunidad de asombro”. Su apartamento flotaba, literalmente, en la sección botánica de la ciudad, rodeado de jardines suspendidos donde cada especie coexistía gracias a composiciones moleculares personalizadas para asegurarse de que cada hoja, pétalo o insecto tuviera su espacio vital exacto.

Un susurro (o aplicación, llamada simplemente OÍR) la despertó suavemente en sincronía con sus ondas cerebrales. “Alba, hay una oportunidad de asombro en el sendero azul.” No preguntó por qué, solo permitió que la curiosidad navegase su mente como el aire recorre la hierba.

En el sendero azul, junto a los sauces de luz líquida y las tarimas de debate, le esperaba Drevan, uno de los “Perfectibles,” como se autodenominaban quienes dedicaban su vida a moldear la sociedad desde dentro, estudiando micro-desequilibrios que, en otro mundo, serían crisis, pero allí bastaban para motivar el progreso.

—Hoy, Alba, he tenido un pensamiento imperfecto —declaró Drevan, con voz grave y sonrisa temblorosa.

Alba contuvo el placer de una broma inesperada. En Sylastra, la honestidad era más valiosa que el oro de la antigüedad, pero la imperfección era considerada el sustrato de la evolución.

—¿Lo compartirás conmigo? —inquirió, sentándose en un banco donde las fibras vegetales se adaptaron a la forma exacta de su espalda y modulan microvibraciones para estimular la reflexión profunda.

—He soñado con desobedecer —confesó Drevan—. Con caminar, solo, fuera de la cúpula. Sin planes, sin permiso, sin consulta de probables consecuencias.

Alba analizó la presencia de Drevan como si escaneara una escultura brillante: paz, inquietud, humildad. Todo mezclado.

—Querer la incertidumbre no es un error —afirmó Alba—. En el Archivo conservamos más intentos que logros, y desear lo desconocido suele anticipar un salto evolutivo. Pero, ¿caminarías realmente hacia lo que no entiendes?

Drevan asintió, y sus ojos reflejaron la rareza del impulso. La posibilidad de salir fuera de la cúpula era algo que las generaciones previas simplemente habían dejado atrás; la perfección estaba dentro, la intemperie era lo que ellos, los antiguos, recordaban como terreno de errores, muerte y sufrimiento. Pero también, acaso, de posibilidades.

—¿Y si la perfección cansa? —preguntó Drevan—. Si la simetría termina sofocando la esperanza.

La frase, en Sylastra, era casi revolucionaria. Pero ni Alba ni el Archivo lo juzgarían. Ella enlazó suavemente el brazo de Drevan.

—Antes, en lo no-perfecto, las sociedades usaban la imperfección como motor y excusa —expuso Alba, recordando grabaciones pasadas—. Sufrían, aprendían, olvidaban, y repetían. Aquí aprendimos que el sufrimiento puede ser solo una variable, no un destino. Pero nunca logramos anular el anhelo del asombro. ¿Has escuchado la Voz Contextual?

Drevan asintió; la Voz era la IA central, parte archivo viviente, parte oráculo, que guiaba los debates importantes de Sylastra.

Caminando, dejaron el sendero y entraron a la sala de escucha, un espacio sin paredes ni suelo perceptible, solamente un ambiente acústico que modificaba su timbre según la emoción colectiva de quienes lo pisaban. Llamaron a la Voz.

—Contextualiza la necesidad de incerteza —pidió Drevan.

La Voz apareció, no en forma de imagen, sino de sutil presencia vibrátil. Cada palabra era un acorde suspendido en el aire.

—La perfección es un proceso en perpetua mutación —resonó la Voz—. El deseo de lo desconocido es la pulsión residual de la conciencia, el eco de lo que alguna vez fue llamado miedo, hoy convertido en curiosidad infinitamente refinada. Caminar afuera no es una transgresión, sino una solicitud de renovarse.

Drevan respiró hondo. La respuesta era tan perfecta que parecía casi un espejo.

—Quiero salir —afirmó finalmente.

Alba percibió el leve estremecimiento en la psique colectiva: la noticia circulaba ya por la red de mentes entrelazadas de Sylastra. Nadie se asombraba genuinamente, pero todos celebraban la valentía y la honestidad.

En la salida de la cúpula, formada por arquitectura líquida y geometría variable, Drevan y Alba se detuvieron. Los guardianes —entes hechos de vibraciones coherentes y filosofías codificadas— aprobaron el paso sin juicio. Salir era, después de todo, un derecho.

Pisar la tierra fuera de Sylastra fue como volver a nacer bajo un cielo imperfecto. No había aquí simetría absoluta en los árboles, ni el aroma se regulaba para el máximo placer. Pero Drevan sonrió, sintió la arenilla en las manos, el sabor metálico en los labios y el tartamudeo del viento.

—¿Por qué no lo hemos hecho antes? —dijo, riendo nerviosamente.

Alba, observando, comprendió entonces el sentido último del asombro: el valor de lo incómodo, el reencuentro con la posibilidad de sorpresa sin guión.

Caminando más allá, llegaron a un claro antiguo, donde la naturaleza crecía a su ritmo; el azar determinaba quién vivía, moría, florecía o decaía. Drevan se tumbó allí y, por primera vez, sintió angustia real: picazón, miedo a lo invisible, el sonido de un depredador menor acechando en los matorrales.

—Esta es la otra cara —musitó, fascinado y repelido—. Aquí el dolor es posible, pero también la maravilla.

Alba se recostó a su lado, y en el abrazo silencioso del campo sin reglas, experimentó una chispa ancestral, la emoción pura, sin mediaciones.

—Sylastra nos dio la perfección, pero aquí recordamos el origen —dijo ella—. A veces, el relato necesita pausas, incoherencias, para no perder el sentido.

Bajo el sol sin algoritmos, Drevan y Alba escucharon entonces el murmullo de su mundo perfecto, resonando en la distancia como la promesa de que ningún sistema, por más armonioso, podía contener por siempre la totalidad de la experiencia humana.

—¿Y regresaremos? —preguntó Drevan.

—Siempre. Pero cada regreso llevará consigo el eco de lo incompleto, y Sylastra será mejor por ello.

Al caer la noche, la constelación de Sylastra encendió luces en el horizonte, un faro de civilización, pero también guía para quien elija marchar, extraviarse un poco, antes de regresar a los jardines dorados de la perfección posible.

Así termina, por hoy, el relato de una sociedad perfecta que comprendió, una y otra vez, que la perfección vive y respira en el roce sutil de lo inesperado.

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