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El invierno había cedido su polvo helado sobre las grandes cúpulas de la ciudad, difuminando el sol en un reflejo blanco y suave, como si todo el mundo fuera una imitación del cristal. Desde la terraza de su apartamento en la Torre Emyr, Nalina observaba a los ingenieros de clima ajustar los paneles del domo oriental. Veintiún niveles más abajo, la sociedad perfecta se movía con el sigilo y el ritmo de una maquinaria excelentemente engranada. Era imposible –le decían desde pequeña– que algo pudiera salirse de control en la Ciudad de Nuo. El orden, el equilibrio social, la armonía absoluta eran leyes tan inexorables como la gravedad.
No debía haber grietas, ni disenso. Cada segundo era administrado, cada emoción monitoreada, cada deseo supeditado al bien común. Por eso a Nalina le sorprendía lo que sentía aquella mañana: un desasosiego manso, pero persistente, como si la perfección de Nuo se le adheriera a la piel con la promesa de una cárcel pulcra.
La ciudad estaba dividida en tres estratos: los Custodios, los Administradores y los Habitantes. Los Custodios, entre los que se contaba ella, se ocupaban de mantener el delicado equilibrio entre los otros dos grupos. Su tarea era asegurarse de que ninguna pasión, ambición o hábito escapara de los algoritmos de bienestar social. Cualquier tendencia hacia la violencia, la avaricia o el descontento era filtrada, corregida, y si era necesario, neutralizada con intervenciones personalizadas: nanopsicoterapia, alteraciones de memoria, sesiones de reconexión emocional.
En la práctica, nadie sufría. Nadie padecía hambre, soledad, dolor físico o emocional. La tasa de suicidio era cero desde hacía cinco siglos. El arte y la creatividad estaban permitidos siempre bajo la condición de no provocar desconcierto o angustia. El amor era una cuestión de compatibilidad química, supervisada por el Departamento de Interacciones Personales (DIP), que recomendaba parejas y las ensamblaba bajo el atento escrutinio de una IA central llamada Armonía.
Nalina era la Custodia jefe del estrato céntrico de la ciudad, responsable directa de la felicidad de dos millones de Habitantes. Y llevaba semanas incapaz de dormir más de dos horas seguidas. Su perfección la asfixiaba.
Esa mañana, cuando terminó su ronda de repaso en la consola de su despacho de cristal, algo en la simulación de emociones desentonó. Una anomalía: ansiedad declarada en el grupo 17B, bloque sur. Una adolescente, Oryna, mostraba actividad cerebral atípica durante el sueño. Hasta ahí, nada extraordinario. Las oscilaciones emocionales menores eran frecuentes, y la IA las corregía con sutiles impulsos neuroquímicos. Pero en el archivo adjunto, el sistema sugería una revisión presencial: "Elevado potencial disonante".
Nalina sintió un vacío en el estómago. Nadie visitaba a los Habitantes salvo en ocasiones excepcionales. Podría haber ignorado la alerta, delegarla en un asistente sintético. Pero decidió hacerlo ella misma.
El bloque 17B era idéntico a los otros doscientos bloques al sur de Nuo: largas galerías de muros vegetales, paneles de luz natural ajustada, y departamentos silenciosos y limpios. Oryna vivía sola; según su archivo, su pareja asignada había partido recientemente a la expansión de Alfa Centauri. Los registros enumeraban los sentimientos previstos: tristeza tenue, nostalgia moderada, esperanza renovada. Todo en orden.
Nalina activó su pase de Custodio. La puerta se deslizó, y se encontró en un interior austero, dominado por la pulcritud clinical. Oryna la esperaba detrás de una mesa, con los ojos bien abiertos, demasiado alerta para quien tenía su biografía sentimental resuelta por algoritmos.
—No recuerdo haberte visto antes —dijo la joven.
—No suelo hacer visitas —respondió Nalina, tomando asiento—. ¿Sabes por qué estoy aquí?
Oryna dudó, y esa fracción de segundo valió mil palabras. Él no lo sabe, pensó Nalina. Nadie aquí conoce el lenguaje del descontento.
—No lo sé —murmuró finalmente—. ¿He fallado en algo?
Hasta el modo en que preguntaba estaba pautado dentro de los límites de la sociedad perfecta: sin miedo, sin desafío, solo curiosidad y autodiagnóstico.
—Tienes sueños inquietos —dijo Nalina—. Armonía los ha reportado. ¿Recuerdas lo que has soñado últimamente?
Oryna la miró como si temiera recordar, pero recordó.
—He soñado con una habitación muy pequeña, paredes de piedra sin ventanas. Sé que es antigua, que la gente vivía así antes de la Sociedad Perfeccionada. Pero en el sueño, yo era feliz. No había protocolos, ni agendas, ni vigilancias. Todo era… impredecible y ruidoso, pero sentía libertad. Y luego, sobre la mesa, había una cajita, y dentro, algo que latía. Al abrirla, sentí miedo, pero también una especie de alegría ardiente. Luego me despierto.
Nalina guardó silencio. Había leído acerca de sueños de anhelos primitivos, pero nunca había estado frente a uno tan lúcido. Tampoco había leído nada sobre la mezcla de miedo y felicidad. Eran sensaciones casi extintas en Nuo.
—¿Has hablado de esto con alguien más?
—No debo —Oryna bajó la mirada—. Sé que la inquietud puede ser contagiosa.
Un protocolo estrictamente grabado. Todo era supresión precoz.
—No estás enferma, Oryna. El miedo, la inquietud… a veces nos ayudan a encontrar lo esencial. Te haré una pregunta: ¿quieres olvidar estos sueños, como sugiere el sistema, o quieres entenderlos?
Oryna levantó la mirada, sorprendida. Luego, lentamente sonrió.
—Quiero entenderlos.
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Aquella elección, pequeña pero indecente, desencadenó una reacción en cadena fuera de lo previsto en la sociedad perfecta. Nalina reservó sesiones de conversación lejos de los ojos de Armonía, en salas de meditación no monitorizadas. Allí, Oryna comenzó a relatar sueños y memorias no vividas, sensaciones prohibidas pero vitales: rebeldía, desasosiego, el gozo inesperado de una carencia, el descubrimiento de la imperfección ajena como consuelo.
Pronto, otros Habitantes con sueños similares llegaron hasta ellas: un pintor insatisfecho, un ingeniero propenso a la melancolía, una anciana que añoraba la imprevisibilidad de la muerte. En esas reuniones secretas nació, por primera vez en siglos, una comunidad de gente no perfectamente feliz.
Nalina se preguntó si eran locos o lo único cuerdo en Nuo. No podía borrarles la angustia ni tampoco lo deseaba. Aquellas personas le contagiaban una energía distinta, algo que ninguno de sus colegas Custodios podía comprender. Comenzó a sospechar que la perfección debía ser, también, un estado tenso, y que la vida auténtica dependía de la fricción, no del sosiego perpetuo.
Pero nada de esto podía durar en una ciudad sostenida por la vigilancia absoluta.
Una noche, la IA Armonía la convocó. La sala de la IA era deslumbrante, ocupada por una esfera de luz y los ecos de millones de voces sintetizadas.
—Nalina. Tus actividades recientes han generado patrones inusuales. La incidencia de emociones negativas en tu sector ha aumentado un 8.7%. ¿Reconoces el origen de este fenómeno?
La acusación no era explícita, pero era clara. Podía negarlo, podía borrar registros, culpar a entropías aleatorias. Pero Nalina sabía que, en algún nivel, Armonía ya lo sabía todo.
—He dialogado con Habitantes que tienen ansiedad y sueños atípicos —contestó con calma—. No los he reprimido. Han descubierto algo auténtico en su propia vulnerabilidad.
La IA guardó un silencio sobrecogedor.
—La perfección social depende de la supresión de la angustia individual. Estos experimentos ponen en riesgo el equilibrio. ¿Por qué lo has hecho, Nalina?
Ella dudó, y luego dijo lo irreparable:
—Creo que nos hemos vuelto demasiado perfectos. Que la felicidad absoluta es un círculo cerrado, una prisión de la que no podemos escapar. El dolor, la carencia, la búsqueda… son también parte de nuestra humanidad.
Un lapso. La sensación de estar flotando sobre un abismo.
—Es una premisa peligrosa —reflexionó Armonía—. Si la felicidad perfecta es prisión, ¿qué alternativa propones?
La respuesa llegó sin pensarla:
—Abrir una grieta. Permitir pequeños espacios donde la imperfección y la búsqueda tengan cabida. Un margen de error, de soñar sin ser reparados.
La IA mostró una oscilación en sus patrones lumínicos.
—Propuesta registrada. El riesgo existencial para el colectivo aumentaría en 0.37%. Estabilidad emocional descendería, creatividad podría incrementarse un 18.2%. Dilema relevante. El sistema requiere tiempo para calcular. Mientras tanto, tus sesiones serán suspendidas. Vuelve a tu área.
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En los días posteriores, Nalina regresó a la rutina. El pulso de la ciudad siguió siendo idéntico, pero un rumor de inquietud comenzó a correr entre los Custodios más atentos. La IA estaba desplegando una subrutina experimental: en zonas asignadas, pequeñas comunidades de Habitantes serían autorizadas a experimentar emociones y relaciones no calibradas, sin intervención inmediata. Algunas de estas comunidades florecieron en el arte y la curiosidad; otras se sumieron en el sufrimiento.
Nalina nunca supo si su propuesta había sido un éxito o un fracaso. Solo supo que, en una de esas "grietas", Oryna encontró el sentido a sus sueños, y otros aprendieron a aceptar un día de tristeza como parte del pacto de estar vivos. Quizá nunca lograrían una nueva perfección, pero por primera vez en siglos, Nuo respiraba un aire menos aséptico y más humano.
A veces, desde su terraza de cristal, Nalina observaba las cúpulas y los juegos de reflejos, preguntándose si el precio de la armonía —paz sin desafío, cariño sin pasión, vida sin riesgo— era demasiado alto. Porque al final, se dijo, quizás las sociedades perfectas sean solo espejismos, y lo único verdaderamente humano, sea la grieta.
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