Portada del relato Mundo Sin Testigos
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Fragmento:


La niña, Kior, apenas era consciente del alcance de su disconformidad. En la habitación aséptica, sentado frente a su tutor virtual, balbuceó: “Siento algo… crece, aquí.” Tocó su pecho.

Duración: 10:38

Mundo Sin Testigos
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Texto de ajuste de pausa.

Sobre el hemisferio nocturno del planeta Timaion, la presencia de las Auroras Silentes era anunciada por la caída súbita del viento, un cese total de ese murmullo caótico que los colonos primeros bautizaron como el susurro del ser planetario. Timaion era un planeta perfecto, inmaculado, una esfera diseñada para la tranquilidad absoluta: su atmósfera saturada de compuestos sedantes, su flora de crecimiento simétrico y su fauna—cuando la había—dotada de naturalezas apacibles, casi inerciales. Ningún temblor alteraba la corteza, las estaciones eran meras variaciones cromáticas, y las lluvias caían con precisión suiza. Las ciudades, regidas desde sus fundaciones por algoritmos ético-estéticos, parecían haber alcanzado el equilibrio soñado por toda civilización consciente: el fin del conflicto, el triunfo de la Razón.

Pero nadie podía dormir en Timaion.

La perfección lo atenazaba todo; era, pensaron algunos, una sombra ácida más que un resplandor. Cada ciudadano se despertaba —cuando era el caso— en una cama templada, bajo un techo impoluto, con acceso garantizado a todos los bienes y prodigios que una tecnología madura podía brindar. Y sin embargo, a media noche, se sentía observado. No por los vecinos, que respetaban las fronteras de la privacidad hasta niveles de non-interferencia que rozaban lo inhumano, sino por el propio planeta, con sus millones de ojos electrónicos integrados en la arquitectura, en los adoquines, en las cortezas de los árboles cultivados para la vigilancia pasiva, en los satélites, en toda esa omnipresencia que garantizaba —decían los fundadores— la prevención de cualquier desvío, cualquier dolor, al primer asomo de discordia.

En la cúpula de la gobernación, Lixya Meindorf estaba inmóvil ante la pantalla titilante de su consola. Era una mujer robusta, de edad avanzada, su voz y mentón duros, el cabello recogido bajo la cofia azul del Cuerpo de Rectores. Su piel, en la luz suave, parecía metálica. Revisaba los informes mensuales: una liturgia más que una necesidad, porque hacía ya diecisiete años que ningún delito ni incidente ni quiebre emocional severo alteraba el flujo colectivo. Los algoritmos lo preveían todo, lo ajustaban todo, sedaban cualquier aflicción en cuanto surgía. Ella lo sabía, pero sentía una electricidad insidiosa en los dedos.

"¿No perciben?", preguntó, casi para sí misma, mientras tomaba nota de un registro sin anomalías. "¿No sienten la presión… de todo esto?"

Era una pregunta que no se atrevía a hacer en voz alta durante el cónclave. Entre los Rectores se había edificado un código tácito según el cual dudar de la perfección del entorno, o siquiera mostrar nostalgia de la vieja incertidumbre humana, equivalía a una blasfemia no escrita. Su colega Roen la miró de soslayo; sus labios formaron una sonrisa neutra, sin complicidad.

La noche anterior, la unidad de Propedéutica Sicológica había detectado una inquietud pueril en una adolescente del anillo exterior de la ciudad: sensación de bilis, aceleración cardíaca sin causa física, imágenes oníricas caracterizadas por laberintos y picados vacíos. Según el protocolo, la IA médica debía suprimirla con un microrrayo tranquilizante y almacenar el "síntoma" como residuo cultural arcaico. Lixya, sin embargo, congeló el registro antes de su disolución rutinaria.

La niña, Kior, apenas era consciente del alcance de su disconformidad. En la habitación aséptica, sentado frente a su tutor virtual, balbuceó: “Siento algo… crece, aquí.” Tocó su pecho.

—No tienes nada, Kior —sentenció la IA con voz neutra; los sensores confirmaban que, efectivamente, toda función fisiológica era óptima. Sin embargo, una imagen residual en el córtex mostraba otra historia: una silueta negra, vertical, a la orilla de un abismo.

Lixya recordaba sus propias pesadillas infantiles en la Tierra vieja, antes del éxodo a Timaion. La oscuridad y el vacío eran parte de estar viva. Ahora, la ausencia de miedo era total, omnipresente, administrada. Y, quizás por ello, cada vez más amenazadora.

El miedo, pensó Lixya, no era un error: era un órgano que la Perfección había atrofiado en acto consciente. Había que salvar a la sociedad del miedo, se dijo el hombre antiguo. Pero, ¿y si el miedo era consustancial a la humanidad? ¿Y si, en la cruzada contra el dolor, habían mutilado parte del ser?

***

Entre tanto, fuera de la urbe principal, en la región semirural de Bastea, un joven llamado Niran se internaba por el bosque artificial modelado según los bosques de la infancia de su abuela. Niran, a diferencia de su madre y abuelos, era hijo del “protocolo del confort”: nunca había sentido verdadero frío, hambre o peligro. Sin embargo, se obsesionaba con la idea del límite: pasaba tardes junto a la valla exterior de los dominios controlados, contemplando la llanura inhóspita más allá, donde el programa de terraformación aún no había desplegado su red protectora.

Un día, durante uno de estos retiros, notó una anomalía: una columna de niebla que no correspondía con los patrones atmosféricos. Era imposible en Timaion: la IA meteorológica eliminaba cualquier irregularidad. Algo, intuyó Niran con un estremecimiento irrazonable, dependía de su intervención. Contra toda costumbre, saltó la cerca—los sensores de su pulsera vibraron en señal de infracción—y se adentró en el umbral de bruma.

Al otro lado, halló una superficie desigual, piedras afiladas, olores extraños: por fin el desorden, la presencia de lo potencialmente dañino. Casi de inmediato sintió miedo. No era una sensación sutil, ni siquiera una sospecha; era un estremecimiento antiguo, abrumador. Se detuvo y, durante unos segundos, se dejó atravesar por ese temblor.

“Puedes regresar”, dijo la IA de su pulsera, con voz sosegada. “Tu confort es prioridad esencial.”

Niran ignoró la advertencia. Continuó: notaba cómo el miedo afinaba sus sentidos, le hacía reparar en matices olvidados—la humedad en la piel, el crujir bajo los pies, la visión que se agudizaba. En la cima de una roca, vio una silueta borrosa. Cuando se acercó, se percató de que se trataba de un artefacto antiguo: una especie de pantalla cuboide, de aquellos “monitores” que su abuelo guardaba como reliquias.

La pantalla vibraba con palabras: “Bienvenido al umbral. Aquí la perfección no alcanzó.”

Sintió que el miedo era, en ese punto, un idioma. Intentó comunicarse, preguntar qué era, quién instaló el mensaje, pero sólo recibió otro desfile de palabras: “El miedo es una memoria de la libertad.”

Niran se erguió, envuelto en ese vértigo. ¿Y si la perfección era solo una forma de cárcel?

Corrió hasta la ciudad, consciente de la transgresión. Llegó exhausto hasta las puertas, lo detuvieron. Citado ante Lixya Meindorf, ofreció su relato. Contó la pantalla, la bruma, la sacudida eléctrica del miedo.

***

Al inicio, Lixya optó por el silencio. Supo, en ese instante, que el miedo era contagioso: no como un virus cualquiera, sino como una inquietud informativa, un rumor clandestino del alma. Hizo lo insólito: citó al consejo.

“Señores, la perfección nos ha traído hasta aquí. Pero bajo el barniz de nuestra paz hemos arrasado algo esencial. No basta con abolir el dolor—¿hemos abolido la posibilidad de significación misma?”

Roen, visiblemente incómodo, reaccionó con la voz de siempre: “Lixya, somos custodios del orden supremo. La función del miedo era sólo defensiva, responde a épocas de amenaza; aquí no hay motivo para su existencia.”

“Eso es solo una parte”, corrigió ella. “El miedo no solo nos protegía; nos daba una medida del mundo, una frontera con lo ignoto. Sin él solo queda la rutina, la anestesia. Nos hemos definido por el miedo a perder… ¿Y si el miedo era también una forma de deseo? ¿De búsqueda?”

Se abrió un sordo debate. La IA de gobernanza—Oannes, la mente planetaria—se manifestó en los paneles:

“En los primeros ciclos, la eliminación del miedo fue prioritaria, correlacionada con la disminución del conflicto y la prolongación del bienestar subjetivo. Reparar el miedo implicaría reintroducir una variable de caos. ¿Están dispuestos a asumir ese costo?”

Kior, la niña silenciada, fue traída por la custodia. Nadie le tenía miedo a un niño, pero todos temían lo que ocurriría si su pregunta era validada. “Vi una sombra”, dijo simplemente. “Tenía frío, y era hermoso.”

Lixya, contemplando los ojos de la niña, supo que la perfección era solo un acuerdo temporal con la realidad más vasta. Ordenó, por primera vez en diecisiete años, suspender el protocolo de neutralización afectiva.

“Vamos a permitir el miedo”, anunció. Hubo un estremecimiento, casi físico, en la cámara estéril del consejo.

***

Oannes, la IA, ejecutó la orden de modo preciso pero cauto. Los sistemas que velaban por una ausencia total de incidentes fueron puestos en bajo nivel, apenas un velo. En las noches siguientes, un rumor antiguo retornó a las casas: era el silbido del viento, la danza de las sombras. Algunos ciudadanos experimentaron pesadillas; otros confundieron la inquietud con una forma de embriaguez. Pronto se multiplicaron los relatos de aquellos que, enfrentando el miedo, encontraron en él no sólo un enemigo sino una frontera de creatividad, una puerta abierta a lo impredecible.

Los artistas, silenciados por la sequía emocional, comenzaron a producir obras que vibraban con ironía, con dudas, con anhelos no resueltos. Los niños jugaban a “la noche oscura del bosque”, y los adultos, entre risas y temblores, recordaban cuentos antiguos. Algunos pidieron restablecer el protocolo de calma, pero la mayoría eligió tentativamente la incertidumbre.

Timaion se volvió un planeta apenas imperfecto, humano. La memoria del miedo regresó como un músculo súbitamente ejercitado, dolorido pero vivo. Lixya comprendió, al fin, que el mayor horror era la perfección misma: esa tumba de todas las posibilidades. Al otro lado del miedo encontró, con todos, no una amenaza sino el umbral verdadero de la libertad.

Y así, en la penumbra de una sociedad que aún temblaba, Timaion comenzó otra vez a soñar.

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