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La niebla descendía cada amanecer sobre Velintis, un velo plateado que abrazaba la geometría impecable de las cúpulas, los corredores entrelazados, los jardines colgantes que flotaban sobre el vacío. En la quietud, la sociedad despertaba. Eran la mejor versión de la humanidad, al menos en opinión de quienes guiaban ese delicado diseño: el Consejo de Equilibrio.
La perfección, decían, era una cuerda tensada entre la tradición y la novedad. La memoria colectiva recordaba los antiguos días de caos: guerras, enfermedades, deseos irreprimibles, tiranías disfrazadas de libertad. Pero eso era ya material de los archivos, allí donde los ciudadanos acudían únicamente por deber, nunca por placer.
Una vez al año, la asamblea permitía preguntas. Era costumbre que las generaciones jóvenes enviaran un representante a interrogar a los Ancianos, proyecto con el que se simulaba el cuestionamiento y, así, se mantenía la ilusión de la espontaneidad. Nadie esperaba repreguntas, ni mucho menos osadía.
Esta vez, sin embargo, había surgido Yaleth.
Nació de una línea genética que rara vez producía sobresaltos. Inteligente, sí, como todos los habitantes de Velintis. Curioso, quizá un poco más de lo habitual, aunque ningún test detectó algo fuera de lo establecido por los algoritmos. Y disfrutablemente callado. Así fue al menos durante los primeros ciclos.
—No encuentro por qué debemos elegir preguntas —comentó a sus progenitores poco antes de la Ceremonia del Despertar.
—Todos preguntamos —le explicaron con la paciencia exigida—. Así recordamos que podríamos elegir lo que deseamos saber.
—¿Y si nadie preguntara nada?
La madre, serenidad en los gestos, respondió: —Entonces celebraríamos el silencio.
Pero la posibilidad hizo eco en Yaleth durante días. Al llegar la asamblea, en su turno, Yaleth miró a las decenas de rostros perfectamente formados, todos atentos pero serenos, y pronunció:
—¿Somos libres?
Un susurro, apenas audible, recorrió el auditorio. Una mecha de asombro que murió pronto, como era el destino de cualquier emoción excesiva en Velintis.
El Anciano Jhora elevó la mano, pidiendo —no ordenando— silencio, y respondió como era costumbre:
—En Velintis, libertad es la ausencia de miedo, y el miedo se disuelve en la armonía. Hemos elegido vivir en paz.
Yaleth asintió, protocolarmente satisfecho, pero algo en su interior quedó suspendido, como una pregunta sin cerrar.
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Los ciclos pasaron y Yaleth aceptó, a la apariencia, el destino de la sociedad perfecta. Velintis le brindó todo: el disfrute delicado de los crepusculares, las conversaciones mesuradas, las artes sin estridencias, el sexo ritualizado bajo el manto de la aprobación mutua y controlada. Nadie odiaba, nadie amaba demasiado. Todo era punto medio. Hasta el placer era, por diseño, un equilibrio entre la euforia y la apatía.
Solo en los jardines prohibidos —vastos invernaderos situados en los márgenes, donde la flora crecía con menos control, donde los aromas eran intensos y desbordaban el umbral de aceptación— Yaleth se sentía tentado a perderse. Conocía el relato: esos espacios eran necesarios para recordar el precio del desarreglo y fortalecer la elección por la templanza. Pero apenas cruzaba el umbral sentía que respiraba por primera vez.
En uno de aquellos paseos vio a Merien, arreglando con torpeza una enredadera rebelde. Compartieron silencios, miradas largas, risas contenidas. Merien era, como él, una anomalía. Comprendió que había quien no temía la asimetría.
—¿Qué crees que haya fuera? —preguntó Yaleth cierta vez, buscando en ella algo que nunca hallaba en los demás.
Ella soltó una carcajada y luego se tapó la boca, temiendo haber perturbado demasiado la armonía.
—¿Fuera de Velintis o fuera de nosotros? —replicó ella.
Ambos sabían que no se referían solo a los márgenes de la ciudad.
Merien lo condujo a los reservorios antiguos. Bajo la ciudad, entre las bases mismas de la utopía, yacían archivos prohibidos. Videos de revueltas, historias de errores y triunfos, arte grotesco y sublime. Yaleth sabía que ningún algoritmo podía ocultar completamente la memoria de la especie, pero nunca había sentido el peso magnético de lo olvidado.
Pasaron varias estaciones explorando juntos esos salones subterráneos. Se obsesionaron con teorías, dramas, poemas impronunciables en público. Yaleth empezó a dormitar en horarios inusuales; Merien comenzó a soñar —pasatiempo vetado por improductivo— y pintó, a escondidas, una serie de cuadros violentamente coloridos. Ambos sospechaban estar al borde de ser detectados, pero ningún ciudadano perfecto tenía razones, ni incentivos, para denunciar a otro.
—¿Por qué crees que nos dejaron acceder aquí? —preguntó Merien tras una de esas incursiones.
—Quizá porque su perfección requiere nuestro desvío —respondió Yaleth, sorprendiéndose a sí mismo.
El vértigo de lo imperfecto empezó a invadir sus días. Interactuaban con la comunidad con la cortesía esperada, pero en sus miradas refulgía una impaciencia indómita. Un amanecer, recibieron la invitación del Consejo.
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La sala era circular, ascética. Los tres miembros del Consejo parecían tallados en mármol, exentos de ansiedad y, más aún, de ira.
—Han explorado los límites —dijo uno, sin acusación en la voz—. Han visto lo que quisimos que vieran. El diseño de Velintis contemplaba su aparición.
Yaleth dudó entre la indignación y la incredulidad. Merien apretó su mano.
—¿Permiten el desvío como una válvula de control?
Una voz suave, matizada, respondió:
—No solo lo permitimos. Lo necesitamos. La perfección es un mito. Una sociedad plenamente ordenada es, también, una muerte lenta. Debemos generar la ilusión de posibilidad, y a veces convertir la ilusión en hechos para que la mayoría nunca sospeche el fondo. Solo unos pocos se atreven a hollar los límites; de su experiencia, tomamos las microvariaciones que ajustan el resto. Son ustedes el margen de error necesario.
—¿Y si el margen crece? —susurró Yaleth.
Uno de los Ancianos sonrió apenas.
—Nunca crece suficiente. El mundo perfecto se autorregula. Toda rebelión es una parábola, un dato, una curva menor en la estadística del equilibrio.
Salieron del Consejo sin castigo ni premio. Para la comunidad, nada había cambiado; Yaleth y Merien, sin embargo, llevaban dentro una fractura nueva.
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El tiempo pasó, inmutable. O no tanto. Los jardines marginales florecieron con más fuerza. Ciertos tonos en la música cambiaron apenas apenas; algunos comentarios en los foros hicieron preguntas levemente más audaces. Yaleth intuía que, sin saberlo, todos sentían la presencia de ese margen.
Pero la perfección seguía. Porque era adaptativa, porque su debilidad era también su fuerza: nunca permitiría que un error la destruyera, ni tampoco que los desvíos dejaran de existir.
En las noches, ya lejos de la vigilancia, Yaleth y Merien amaron con una intensidad que nunca existía bajo la mirada pública. Rieron, lloraron, discutieron, soñaron con mundos de caos e infinita belleza. Sabían que eran, en parte, el remedio de un sistema demasiado sabio como para exterminar a quienes podían romperlo.
Y así, entre el equilibrio y el deseo, entre la utopía y la grieta, Velintis perduraba. Perfecta en su imperfección, guardando en su núcleo la certeza de que la perfección —como el amor, como el arte— sólo existe si puede ser rota.
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