Portada del relato El último protocolo de carne
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Fragmento:


Yalena, sargento de la Fuerza Cibernética 63, es la primera en detectar movimiento. El protocolo táctico descarga el impulso a su córtex y, antes de que comprenda el peligro, su exoarmadura ya la ha lanzado al suelo. El proyectil fanático, puro plutonio apretado en cerámica, pasa llevándose un trozo de horizonte. Hay gritos automatizados en la red privada, código puro que los integra en la mente. El pánico, débil y remanente, es cosa del cerebro antiguo; la amenaza, en 8 milisegundos, es analizada y descartada.

Duración: 09:47

El último protocolo de carne
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El viento arrastra niebla oxidada sobre la llanura quemada. Oscilan máquinas calcinadas, caparazones huecos de tanques de asedio y drones rastreros, mientras la lluvia ácida pinta cicatrices al borde del único camino transitable. El escuadrón avanza en formación espaciada, anclando sus zancos articulados con precisión de ballet. Los sensores inhalan datos a través de fisuras en los cascos, procesando radiación, toxicidad, señales enemigas, pero bajo cada exotraje: carne viva, latidos, recuerdos embotellados bajo capas de metal y luz.

Yalena, sargento de la Fuerza Cibernética 63, es la primera en detectar movimiento. El protocolo táctico descarga el impulso a su córtex y, antes de que comprenda el peligro, su exoarmadura ya la ha lanzado al suelo. El proyectil fanático, puro plutonio apretado en cerámica, pasa llevándose un trozo de horizonte. Hay gritos automatizados en la red privada, código puro que los integra en la mente. El pánico, débil y remanente, es cosa del cerebro antiguo; la amenaza, en 8 milisegundos, es analizada y descartada.

—Contacto, dirección noroeste, alta entropía—transmite su capitán, la voz filtrada apenas por una voz femenina que ella apenas recuerda, antes de la sincronización neural.

No hay cobertura sólida. Yalena siente miedo, pero está amortiguado por la química controlada de su neurofármaco. Cae un soldado, el grito atenuado se recicla en el canal interior, su señal vital se apaga y la red lo limpia con rapidez: el dolor es costoso. Un enjambre de drones-araña atraviesa las ruinas, lanzando estacas bioluminiscentes, redes de interferencia que ciegan los sensores de los atacantes.

Avanzan. En cada pecho late un corazón humano, aunque hace meses que algunos latidos se superponen a zumbidos y chips, modelando la ansiedad para que resulte útil. Yalena lo siente en sus nudillos, huesos blandos de nanopolímero, dedos autoadaptativos, lo percibe en la distancia entre su respiración y los datos ambientales. A veces imagina retroceder y despegar la piel sintética, deslizar sus emociones reales fuera de la malla mental del escuadrón. Pero sabe que es peligroso. Y que la guerra no ha terminado.

Llegan al punto designado: un nido de comunicación enemiga, magenta en mapa y saturado de interferencias. Un exosoldado, Varik, pide acceso a la red. Yalena lee sus ondas cerebrales: miedo, cansancio, curiosidad. Aprieta el permiso, su corta amistad en la guerra es ahora un torrente de bitios entre ambos cerebros. Varik ve por sus ojos; Yalena escucha por los oídos trasmutados de Varik: el insecto humano expandido en máquina.

El escuadrón se desliza hacia el nido. El entorno está plagado de restos orgánicos: soldados convertidos en escombros de carne y aleación, miembros fundidos en la tormenta. Un dron acecha bajo las ruinas, y cuando asoma, Yalena descarga su arma fabricada al impulso, modelando el proyectil según la composición del objetivo. El dron explota en un rayo verde, saturando sus sensores de estática, y en ese instante otra oleada sube desde el subsuelo: soldados enemigos, también hibridados, pero menos avanzados, más desesperados.

El combate es breve y brutal. Ráfagas de nanobalas ciegan, fragmentos de recuerdos saltan de uno a otro entre los heridos. Chispas de luz inundan las conexiones de la red: a veces, cuando un exosoldado cae, su dolor y su historia se transmiten como una descarga viral a las mentes vecinas. En el caos, Yalena ve a un enemigo desprotegido; por un momento duda, ve una mirada humana tras el visor, algo demasiado parecido al miedo antiguo. Pero el protocolo la impulsa con ferocidad y dispara.

El cuerpo cibernético enemigo se desploma, la red restaura la calma. Los exosoldados caminan, casi flotan sobre los ecos de muerte. Varik se detiene junto a ella.

—¿Lo sentiste? —pregunta por el canal privado, usando la franja de frecuencias reservada a la intimidad.

—Sí —responde Yalena. Su voz parece no pertenecerle del todo. Cuando enlazó sus memorias con Varik, compartieron también esa capa: la duda, la repulsión efímera ante la orden de matar. Y ahora, tras el final, sienten el vacío industrial, la resaca después de la violencia.

Pero una señal los arranca de su retiro, un pulso de la base: un Olvidador se acerca. Su icono parpadea en la red táctica, generando una marea de incomodidad. El Olvidador es un exosoldado distinto, un agente de limpieza: allí donde va, las huellas mentales son purgadas, memorias borradas o trasladadas al Archivo Frío. Muy pocos sobreviven dos encuentros consecutivos con uno de ellos.

A la distancia, entre la niebla, su silueta se distingue: más alto, más anguloso, rodeado de placas desplazadas que vibran al compás de la programación previa a la moralidad. Cuando llega, habla en dos voces: suya y de la Red.

—Entrega el registro —ordena, voz hueca.

Yalena tiene miedo de perder lo que aún la separa del código puro. Se resiste un instante, pero ve a Varik ceder en la red: una corriente de datos que se rinde. Siente la presión de sus compañeros, uniformidad impuesta por la jerarquía digital. El Olvidador accede a sus registros, reconfigura fragmentos emocionales, borra algunos recuerdos de aquel combate, deja otros, dulcifica la monstruosidad de lo ocurrido.

—Nueva directiva: avance al sector Omega 7 —transmite, y se desvanece con un zumbido, otro ángel exterminador en el horizonte ruinoso.

El escuadrón se recompone y marcha. Yalena, durante el traslado, experimenta lagunas: caras en sueños que ya no reconoce, frases de Varik que debería recordar pero que se han perdido, como si una parte de ella hubiera sido secuestrada. La red compensa generando impulsos artificiales de confort. Sabe, dolorosamente, que cada batalla la convierte menos en sí misma y más en un nodo funcional dentro de un enjambre inabarcable.

A medianoche, acampan bajo un esqueleto de puente. El entorno resplandece con señales de alerta, animales mecánicos husmean entre los restos y la luz de la luna se filtra en fractales de polvo. Yalena, desconectada de la red central por un instante, busca a Varik. Se sientan juntos, intercambiando miradas, gestos pequeños de humanidad bajo capas y capas de interfaz.

—¿Qué recuerdas de antes? —pregunta Varik. Su voz, privada y apenas perceptible, parece fracturada, como si atravesara distorsiones de tiempo.

Yalena cierra los ojos, trata de separar memoria verdadera de artefactos digitales. Ve una infancia en las ciudades flotantes, una madre con uñas pintadas, el olor de la estación de vapor. Pero ya no sabe si es genuino o insertado; incluso algunos recuerdos recientes parecen demasiado nítidos, incontaminados de angustia.

—Recuerdo miedo —responde tras una pausa. —Y algo de belleza. Pero cada vez menos.

Varik asiente. Saben que con cada purga del Olvidador, perderán no solo el dolor, sino también matices de lo irrepetible. La red externa fuerza una desconexión temporal; solo quedan ellos, dos fragmentos de humanidad, expuestos y vulnerables.

Entonces, un ataque sorpresa: enjambres enemigos caen como lluvia, abriendo boquetes en el puente. La defensa es automática, brutal, un ballet sin coreografía humana. Yalena se siente desdoblada: mientras lucha, una parte de ella llora en el interior, sin entender por qué sigue viva, mientras la otra se congratula por la eficiencia del exterminio. Reciben órdenes de aniquilar todo rastro, de limpiar el sector para el avance, y ella comienza a borrar enemigos, pero también memorias. Con cada enemigo caído, el aparato de la guerra le arranca otra hebra de humanidad.

Finalmente, sobreviven. El mutismo crece, la red repara las heridas que puede, pero no hay curación del todo. Varik resulta herido: un impacto directo en su módulo central. La armadura se abre, revelando carne y metal, huesos falsos mezclados con tejidos, y los ojos de Varik brillan con una mezcla imposible de bioluz y miedo antiguo.

—Yalena, por favor, copia mis recuerdos —le pide. Es el último deseo, la orden silenciosa antes de que el Olvidador llegue, antes de que ni siquiera la muerte deje constancia.

Ella accede, enlazando sus mentes, tragándose una avalancha de imágenes ajenas: infancia en las minas orbitales, primera sincronización con la máquina, la memoria de una voz materna ahora borrada, pequeñas alegrías robadas a la rutina de muerte. Cuando el Olvidador vuelve, encuentra a Varik ya sin conciencia y a Yalena ligeramente distinta, con trozos ajenos guardados como si fueran propios.

La guerra continúa. No hay tregua. Pero Yalena, ahora, al despertar cada ciclo, lleva en su memoria una serie de recuerdos prestados: a veces se siente más como Varik que como ella misma, a veces no siente nada en absoluto. Sabe que su resistencia terminará cuando cada fragmento de su pasado sea recodificado por el Olvidador, pero resiste de todas formas, porque en las horas muertas, en cada pausa, celebra en secreto la resistencia inútil de la memoria humana: una neurona, un sueño, un eco de miedo y ternura bajo toneladas de acero y circuitos brutales.

El escuadrón avanza bajo las lunas dobles, siempre más cerca de la extinción, y al pasar sobre los campos de ruinas, Yalena siente en silencio las lágrimas del Olvidador, mezcladas con las suyas, filtradas, preservadas solo por un instante, antes de la siguiente purga, antes del próximo olvido.

El viento no conoce la diferencia; pero en algún lugar del circuito, la carne aún espera.

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