Fragmento:
En el piso correcto, escuché los primeros lamentos mecánicos: drones de vigilancia, modelos obsoletos, con algoritmos predecibles y poca imaginación para lo inesperado. Les di la bienvenida con dos pulsos EM bien colocados; la oscuridad les sentó bien. Crucé el corredor, con los rifles en modo neutral y el rostro oculto bajo la visera de una máscara anónima. El paquete era una caja metálica, adornada con símbolos de advertencia anti-manipulación.
Duración: 08:19
“El futuro llegó ayer”. Casi puedo escucharte vomitar ese eslogan en algún bar de la Zona Gris, justo antes de que se apagara el viejísimo proyector repleto de polvo que mostraba las ruinas de Boston convertidas en vitrina de velocidad y muerte. Para nosotros, los soldados cibernéticos, el futuro llegó como un bisturí a media garganta. No hubo revolución, solo obsolescencia prematura.
Si me preguntas mi nombre, es probable que solo te pueda decir el código: Delta-34. No cargas nombre cuando cambiaste de cuerpo tres veces y de lealtad cinco más. Pero en noches húmedas como esta, mientras el aceite recorre mis huesos falsos, prefiero recordar el sonido de mi voz antes del upgrade. Era más real, más vibrante, menos este susurro sintético amplificado por cuerdas de titanio.
La llamada llegó justo cuando el neón caía en cascada sobre los ventanales, pintando sombras violentas en el asfalto. “Delta, tenemos una extracción”, murmuró la voz en mi implante coclear. No sabía si era la Central o algún operativo freelance contratado por créditos envenenados, pero en mi trabajo nunca pregunté dos veces. Solo transmití una señal a través del pulso: listo.
En la zona periférica de Distrito Gamma, las calles brillan como circuitos de una placa madre gigante fracturada. Edificios repentinamente erguidos durante días de reconstrucción automatizada ahora son refugio de los espectros desprogramados: soldados retirados, hackers fracasados, gente rota. Yo no era distinto, solo estaba mejor armado y mis sueños aún tardaban más en corromperse.
Avancé, con el cloaking parcial activado, entre los andamios y barricas improvisadas. La silicona conductiva de mi piel se fusionaba con la lluvia ácida, dejando rastros ilegibles para cualquier sensor biométrico estándar. Mi objetivo, según el briefing recibido, era un paquete. No una persona, insistieron: un paquete. La diferencia, en mi mundo, es sustancial: las personas, a veces, suplican.
Mi memoria flash ubicaba la señal en el piso veintitrés de la Torre Mirorex, una de esas excentricidades arquitectónicas olvidadas por el toque de queda. Subí en modo sigiloso, mis pasos premapeados para evitar virotes sensoriales y minas reticulares. El ascensor era un vestigio de los años de gloria: funcionando, perfumado con ese aroma artificial de pino que ahora solo uso para disimular fluidos hidráulicos.
En el piso correcto, escuché los primeros lamentos mecánicos: drones de vigilancia, modelos obsoletos, con algoritmos predecibles y poca imaginación para lo inesperado. Les di la bienvenida con dos pulsos EM bien colocados; la oscuridad les sentó bien. Crucé el corredor, con los rifles en modo neutral y el rostro oculto bajo la visera de una máscara anónima. El paquete era una caja metálica, adornada con símbolos de advertencia anti-manipulación.
No era lo que parecía. Siempre lo supe: los paquetes nunca son solo cajas en esta ciudad.
Al levantarla, la caja vibró. Reconocí el ritmo: alineamiento de sistema vital en fase de arranque. Demasiado pequeño para un droide de ataque, demasiado irregular para un microservidor. No quise abrirla inmediatamente; tenía los protocolos claros: trayecto limpio hasta el punto de extracción, luego el desmontaje.
En ese instante, tres sombras emergieron del pasillo opuesto. No humanos, eso era seguro. Sus movimientos eran demasiado precisos, las articulaciones sobreengrasadas y su olor a ozono quemado superaba la mugre industrial. Soldados cibernéticos del otro bando: Cuerpo Beta, probablemente. Menos humanidad, más volumen de fuego. Procedí sin diplomacia.
El primer disparo fue invisible, como suele ocurrir con armamento electromagnético. Solo escuchas el crujido de tu propio cráneo vibrar mientras la onda K colapsa tus sistemas secundarios en milisegundos. Tenía un microescudo improvisado; aguantó dos impactos antes de colapsar en una lluvia de chispas azules. Cuerpo a cuerpo después de eso: les arranqué la máscara a uno de ellos solo por ver los ojos detrás del visor. Eran tan humanos como los míos habían sido alguna vez: asustados, furiosos, llenos de dudas codificadas.
El segundo apenas supo lo que le atravesó la cabeza. Una daga de aleación niquelada, vieja escuela, que funcionaba como llave maestra sobre circuitos de lógica antigua. El tercero no peleó, se autodestruyó antes de mi contacto, muriendo en un gemido binario que conmovió algo dentro de mi pecho blindado.
Escapé con el paquete, mi nivel de batería en rojo. Corrí, saltando entre las columnas colapsadas del parqueo subterráneo hasta llegar a la estación de metro abandonada. Allí debía esperar el enlace: una tal Mavra, camuflada en mil perfiles de la Deepnet. Si alguna vez la vi en persona, no lo recuerdo. Solo la voz, ronca como si nunca hubiera curado una infección de garganta.
"Eso que llevas puede cambiar el equilibrio lastimoso de esta ciudad", susurró a través del canal cifrado mientras me refugiaba entre canecas oxidadas. "¿Eso qué es?", pregunté.
Silencio. La caja pulsaba como un latido, las luces guiándome hacia la locura. Si hubiera sido un paquete común, lo habría entregado y vuelto a perderme. Pero algo me ató ahí, la sospecha de que, en su interior, había más que hardware o criptografía negra.
Cuando por fin abrí la caja, lo que vi fue un rostro. Un niño, o lo que alguna vez fue uno, encapsulado en un habitáculo gelatinoso, cables incrustados en el cuello, ojos abiertos pero inertes. Un prototipo de alma transferida, uno de los Cassandra, según los rumores que corrían entre soldados. Un alma artificial, codificada a partir del escaneo del cerebro de un niño que alguna vez fue real. La elite había comprado miles de copias para sus sistemas de defensa: predicción emocional, creatividad, improvisación inhumana.
Alguien quería uno de estos fuera del circuito. La pregunta era, ¿quién?
"Lo tienes, ¿verdad?" preguntó la voz de Mavra. Esta vez sonaba casi humana, casi preocupada.
"¿Por qué un Cassandra?", pregunté.
"No es tuyo preguntar. Entrégalo."
"¿Qué va a ocurrirle?"
"Tendrá una oportunidad de no ser solo una simulación encerrada eternamente en un ciclo degradado de dolor."
Mentía, o tal vez no. Pero sus palabras me arrastraron a los días de entrenamiento, cuando aún creía que mis recuerdos eran mis propios y no plantados por un ingeniero de la megacorporación. Pensé en mis sueños recientes, en los gritos estáticos que me llenaban de noche, en la voz de mi madre, artificialmente replicada, diciendo siempre lo mismo cada vez que le pedía consuelo: "todo está bien, Delta, todo está bien."
No lo está, nunca lo estuvo.
Activé el protocolo de extracción, rendez-vous en la cobertura del antiguo centro financiero. Al llegar, Mavra ya me esperaba, oculta tras dron de conversación, sus movimientos imposibles para cualquier humano biológico. Solo nos separó el aire contaminado. Extendí el paquete. Ella lo sujetó con brazos diseñados para contener explosivos nucleares; el cuidado sutil fue el de una madre asustada.
Antes de entregarlo del todo, añadí: "Estos recuerdos, ¿alguna vez serán libres?"
Mavra no respondió. Solo cerró la caja, sellando al Cassandra en su vacío flotante. Se perdió entre los escombros, las luces de su armadura disipándose hasta que solo quedó mi reflejo fragmentado en los charcos de lluvia ácida.
Me quedé allí, bajo la lluvia digital, sintiendo por primera vez en años el peso de una decisión no programada.
Regresé a mi refugio, pasando junto a los fantasmas de lo que una vez quisimos ser. En la luz mortecina de la zona gris, los implantes relucen como promesas incumplidas. El mundo sigue girando, oxidándose a la misma velocidad que nosotros. Mañana habrá otro encargo, otro objetivo. Pero esta noche, mientras mis sistemas corren diagnósticos interminables, cierro los ojos —o lo que queda de ellos— y sueño con mi nombre olvidado, con la posibilidad de un alma, aunque sea telescópicamente distante en el horizonte posthumano.
En algún lugar, un niño de carne y acero abre los ojos en un mundo prestado. Y en el eco de la ciudad, en la penumbra de lo que no se cuenta, los soldados cibernéticos seguimos esperando nuestra propia redención.
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