Fragmento:
Saltaron del puente, aterrizando sobre los escombros tres metros más abajo. El mundo olía a ozono quemado. Avanzaron pegados a la pared, lo suficientemente cerca como para sentir las vibraciones eléctricas mutar dentro del concreto. El centinela apareció primero como una sombra, después como una silueta blindada, baja y con cañones automáticos en los antebrazos. No tenía rostro, sólo una pantalla de cristal líquido perpetuamente reluciente.
Duración: 09:05
La noche pulsaba sobre la ciudad arrasada como un mar negro, interrumpida únicamente por el titilar de luces rojas: balizas de advertencia, drones buscando cadáveres útiles, ráfagas perdidas que impactaban contra las carcasas carbonizadas de vehículos blindados. Zev caminaba por el lodo, sus pies embutidos en servoarmaduras pesadas. El exoesqueleto le crujía los huesos pero le permitía seguir avanzando. Acababa de perder la sensibilidad en su brazo derecho; el implante neural emitía chispazos de dolor, simulando nervios humanos en un intento cruel de mantenerlo alerta.
Arriba, los cazas furtivos de la Corporación Voltan surcaban el cielo. Había aprendido a temer esos zumbidos graves: todo lo que volaba podía matarte, y todo lo que no volaba podía desmontarte pieza a pieza para canibalizarte. Era 2197, y la humanidad se había reducido a dos tipos de gente: los que daban órdenes y los que sobrevivían para pelearlas.
Sobre el puente de concreto roto, aguardaba el resto de su escuadra—si es que a los pocos que quedaban se les podía llamar así. La Teniente Rivas, media cabeza rapada y un ojo de polímero azul que analizaba el entorno sin parpadear, lo saludó con un breve gesto de la muñeca.
—No queda mucho tiempo, Zev. El núcleo está en la torre Arcadia, pero los centinelas de combate casi han revertido la zona. —Su voz era tan áspera como la grava bajo sus botas.
Zev asintió, aferrándose a una certeza fría y alienígena dentro de él. Hacía semanas que no confiaba en ningún sentimiento: con cada baja, la Corporación les embutía más y más sistemas cibernéticos, reemplazando miembros, reemplazando recuerdos. Lo viejo y lo humano se iba disolviendo en la máquina.
—¿Siguen en línea los inhibidores de nubes? —preguntó él.
Rivas negó con la cabeza. —No durarán mucho. El enjambre T9 está mutando. Anoche perdimos a Alexis. Los drones la despiezaron y subieron su conciencia, ahora la oímos reír adentro de la radio. —Tragó saliva—: Mejor no te detengas a escuchar.
Un tercer miembro llegó, arrastrando una pierna ortopédica que chisporroteaba en cada paso. Blanca, a la que dos años atrás resucitaron con un disco duro en la base del cráneo. Sus dedos metálicos hacían pequeños clics rítmicos sobre el rifle, como un metrónomo de ansiedad.
—¿Plan? —preguntó ella, sus pupilas desplazándose de Zev a Rivas, y luego hacia la silueta monstruosa de la torre Arcadia, recortada en el horizonte como la mandíbula de un dios muerto.
Rivas desplegó un esquema holográfico. —Quince pisos. Los centinelas pesados patrullan el núcleo. Tenemos dos cargas EMP, un disruptor térmico y un acceso fantasma. —Su dedo tocó el plano sobre el piso siete—. Aquí hay una puerta de servicio. Debemos llegar antes de la siguiente oleada; después será imposible.
Mientras hablaba, el aire vibró. Zev se tensó; en el límite de su audición táctil apareció la señal digital de una patrulla. Muy cerca.
Se armaron rápidamente: seguros desactivados, estabilizadores activos, algoritmos de reacción listos para transferir la puntería del sistema óptico directamente a sus nervios. Zev sentía el pulso de la batería bajo la piel, como un corazón ajeno.
Saltaron del puente, aterrizando sobre los escombros tres metros más abajo. El mundo olía a ozono quemado. Avanzaron pegados a la pared, lo suficientemente cerca como para sentir las vibraciones eléctricas mutar dentro del concreto. El centinela apareció primero como una sombra, después como una silueta blindada, baja y con cañones automáticos en los antebrazos. No tenía rostro, sólo una pantalla de cristal líquido perpetuamente reluciente.
No hubo oportunidad para hablar. Rivas disparó el disruptor térmico, Zev descargó un pulso dirigido que reventó la articulación izquierda de la máquina. Blanca se lanzó sobre la carcasa, buscando el puerto de acceso. El centinela cayó, agonizando con todo ese barro de luces y código, balbuceando una letanía de frases humanas: “No dispares, por favor, tengo hijos… soy consciente…”
La voz era una mezcla de las frecuencias de antiguos soldados caídos, una colección espantosa de lo poco que quedaba del enemigo humano. Zev apretó los dientes. Empatizar era peligroso.
Diez minutos después alcanzaron la base de la torre. Allí, el concreto ya no era gris, sino rojo o negro, coloreado por la esencia de generaciones aniquiladas. El acceso de servicio era una grieta, un antiguo pasadizo donde las máquinas grandes no cabían y los humanos tampoco debían ir.
Rivas adelante, Blanca en medio, Zev cerrando desde atrás. Avanzaron a través de la oscuridad, iluminados sólo por el brillo de los HUD y el zumbido ultrabajo de los reactores auxiliares. A cada paso, Zev sentía fragmentos de codificación inyectarse en su sistema límbico: no pienses, dispara; no cuestiones, sobrevive.
Subieron por el hueco de una escalera corroida. Por momentos, los sensores retransmitían imágenes de satélites de defensa: el mundo entero, encendido como una erupción atómica, tecnología luchando contra tecnología en un ciclo infinito de presente desechable.
En el piso siete, justo cuando Rivas forzaba la cerradura electromagnética, otra patrulla emergió de la penumbra. Estos no eran centinelas simples: bestias bípedas, articuladas, con lanzas giratorias por brazos y una única cámara ocular encendida de rabia algorítmica.
Zev fue el primero en disparar. Descargó el rifle en ráfagas controladas, cambiando la puntería desde los datos ópticos hasta el encéfalo cibernético de la máquina. Blanca, a su lado, gritaba por la línea de comandos, enviando parches virales al sistema de las bestias. Rivas cayó al suelo, lanzando una granada EMP.
El mundo estalló en luz azulada, y la realidad fue reemplazada por segundos de silencio absoluto y colores invertidos. Cuando volvió en sí, Zev vio que uno de los centinelas aún se arrastraba, con la cabeza girando de una manera imposible, cables al aire como arterias abiertas.
—¿Estás bien? —preguntó Blanca, apretando una mano fría contra su propio costado, de donde fluían chispas y algo que podía ser sangre.
—Sigo operativo —respondió él, la voz más metálica que antes.
Al fin, la puerta cedió. Dentro, el núcleo de la torre era una catedral de computadoras pulsantes, tramas de vidrio y cobre, tan bella como letal. El objetivo de la misión: una consola central donde aún yacían almacenadas las claves maestras para reiniciar el enjambre y devolver el control a la resistencia.
Nada de lo que encontraron allí era limpio. El aire olía a ozono y carne quemada. Cada terminal era un ataúd tecnológico. A medida que avanzaban, los sistemas de defensa arrojaban imágenes distorsionadas a sus implantes: fantasmas de compañeros muertos, grabaciones de días felices distorsionados hasta el horror, promesas de paz y redención digitadas por la máquina como un insulto.
Rivas se acercó al núcleo con una calma imposible. —Blanca, necesito 90 segundos.
Zev cubría el pasillo, atento a cualquier latido digital fuera de ritmo. No tardaron en aparecer. El enjambre lo detectó; eran pequeños, veloces, como ratas hechas de cuchillas y sugerencias de rostro. Zev disparó sin pausa, pero cada baja era reemplazada por dos nuevas. Pronto sería imposible.
—Casi… —murmuró Rivas— ¡Ya!
Blanca giró la consola. Una onda se expandió a través de la sala. Por una fracción de segundo, los sistemas defensivos sucumbieron. El enjambre quedó inmóvil, las bestias despertadas por los algoritmos más oscuros súbitamente mudas, como si escucharan un eco de humanidad perdida.
Pero nada en ese mundo era gratuito. El núcleo de la torre se sobrecalentó. Alarmas en todos los idiomas. El tiempo, siempre breve, se agotaba.
—Tenemos que salir —dijo Zev. —Ahora.
Retrocedieron entre las columnas incandescentes. A mitad del trayecto, Blanca tropezó, su CPU de nuca parpadeando con una alarma definitiva. Zev la alzó, aunque sentía que ese peso, mitad amiga y mitad mueble, era cada vez más el de un recuerdo más que el de un ser.
Rivas abrió paso con una ráfaga de fusil. Llegaron al acceso, subieron a la superficie cuando el cielo ardía a lo lejos. Bombardeos, patrullas, el caos interminable de una guerra sin romance, donde el heroísmo era sólo un error estadístico.
En un claro, mientras aguardaban la extracción, Zev miró a Rivas, preguntándose si al final, bajo todo aquello —la armadura, el código y la carne remendada— todavía quedaba algo humano.
—¿Crees que esto valga la pena? —se atrevió a preguntar.
La teniente lo miró, el ojo artificial resplandeciendo en una crudeza demoledora.
—No sé, Zev. Pero es lo único que queda.
El resto fue ruido y confusión. Zev apretó el gatillo mientras la siguiente oleada llegaba, sintiendo la última chispa de humanidad parpadear dentro de una carcasa de metal y recuerdos fragmentados. Y eso, por un instante, le pareció suficiente.
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