La estación espacial Varuna oscilaba suavemente sobre el anillo de polvo rojo que rodeaba Arcadia-4. Sus luces artificiales luchaban por atravesar el humo ámbar de una lluvia de micrometeoritos cuyos impactos resonaban, rítmicos, en la piel metálica del módulo de mando: una letanía que recordaba a los habitantes de Varuna que allí, en la frontera más lejana del territorio humano, morir y vivir eran verbos apenas distinguibles. Afuera, el vacío devoraba sueños con una imperturbable indiferencia, y nadie lo conocía mejor que Eldreda Voss.
Eldreda, hija ilegítima de dos científicos exiliados, llevaba diez años como intendente de artillería en la milicia civil. Nadie en la estación la llamaba mayor sino comandante, y por encima de su autoridad, solo flotaba la inercia silenciosa de la muerte. Aquella noche, mientras la alarma subatómica parpadeaba en el panel de cristal líquido, Eldreda levantó sus ojos del informe de racionamiento y encaró la pantalla. Una figura familiar, trazada en verde espectro, la esperaba en la transmisión: el general Vergen, envejecido pero incorruptible.
—Comandante Voss, —saludó el holograma, flanqueado por sombras tecnológicas—. No tenemos tiempo. El enjambre Armoredian avanza hacia el Nucleus, rompiendo nuestro perímetro. La Flota no responde. Tendréis que resistir.
Eldreda cerró los puños, los nudillos pálidos sobre la consola. El enjambre Armoredian, una horda cibernética devoradora del espacio, era la pesadilla recurrente de la galaxia conocida. Su inteligencia colectiva esclavizaba sistemas enteros, robando recursos y memoria. Esta vez, se dirigía a Arcadia-4, la última mina de argón y vida humana en tres parsecs.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Eldreda.
—Pocas horas. Las patrullas han sido... —un chasquido de estática— desintegradas. Vuestra tripulación..."
La señal se cortó. La comandante respiró hondo. Alrededor, la tripulación —cuarenta y siete adultos y una docena de niños, los últimos colonos originales— la observaba, resignados al terror. Sabían que una decisión, cualquiera que fuera, podría significar su extinción.
***
En la armería, los soldados discutían a media voz. Yuri, un dragón tatuado en los nudillos, cargaba un viejo rifle láser, mientras Samira ajustaba el exoesqueleto neuronal.
—No hay refuerzos. Lo sabemos —murmuró Samira—. No tenemos naves rápidas ni munición suficiente.
Yuri tragó saliva; recordaba infiltrarse en la Estación Atlante para robar piezas y mantener el único cañón de plasma funcionante. Ahora ese cañón era, quizás, su última esperanza.
Las luces vibraron. La voz de Eldreda llegó por el intercom:
—Tripulación. Reunión en la plataforma rover. Repito, todos a la plataforma rover.
Allí, entre paneles desmontados y tanques de oxígeno reciclado, Eldreda habló:
—Vienen a por nosotros. Tenemos al menos seis horas antes de la llegada del enjambre. La Flota nos ha abandonado.
Un murmullo se alzó, agudo y cobrizo, pero Eldreda levantó la mano:
—No vamos a ser pasto de máquinas ni alimento de las crías cibernéticas. Tenemos dos opciones: esconder la estación entre los asteroides y rezar… o utilizar toda la energía del Nucleus para un salto subespacial a ciegas.
Samira soltó un suspiro:
—¿A ciegas? ¿Y si saltamos dentro de una estrella, comandante?
—Morir prendidos en llamas o devorados por un enjambre. Elegid.
Silencio. A nadie le gustaban las sentencias de muerte, aunque las alternativas fueran iguales de sombrías.
***
Las horas siguientes fueron un ballet de cables y sudor. Samira programaba el hiperimpulsor con rutas videnciadas por los archivos prohibidos de la Federación. Yuri y los tripulantes armaban cañones portátiles, preparando posiciones defensivas. Eldreda, por su parte, visitó el Jardín de las Raíces.
Allí, entre plantas terrestres embebidas en química marciana, dormían los niños. La más pequeña, Liya, la observó con ojos de ónix.
—¿Tía Eldreda? ¿Vamos a pelear? —preguntó, sin temor real.
—Sí, pequeña. Pelearemos y huiremos —respondió Eldreda, intentando no titubear—. Aquí, en el borde de la galaxia, a veces solo podemos correr.
—Papi decía que éramos fuertes si estábamos juntos. ¿Es verdad?
Eldreda asintió, acariciando su cabello. Había olvidado la suavidad de la fe.
Detrás, el rugido sordo del generador avisó que el salto se acercaba.
***
Ocho horas después, el enjambre Armoredian apareció a la deriva, engullendo rocas, escombros y, finalmente, detectando los códigos biofónicos de Varuna. El Radar Supremo se tornó un mosaico de luces púrpuras y zafiro: una sinfonía de destrucción. Los sistemas de defensa comenzaron a disparar automáticamente, rayos de plasma que crepitaban a través del vacío, pero el enjambre era infinito, oscuro, fluido.
Eldreda estaba en el núcleo del mando, Samira sobre la consola de salto.
—¡Cincuenta segundos! —gritó Samira.
El enjambre ya lamía el casco de Varuna. Un tentáculo mecánico abrió una grieta fina, devorando la sección de ingeniería. Dentro se oyeron los gritos agónicos de los últimos mecánicos. Liya y los otros niños eran llevados, corriendo, al módulo de aislamiento.
Cuatro cañones explotaron de golpe. Yugos estructurales traicionaron su edad. La vieja estación temblaba como un animal asustado.
—¡Saltamos ahora! —gritó Eldreda, pulsando el interruptor principal.
Un zumbido bestial. El campo gravitacional se retorció. El cosmos, durante un segundo, pareció plateado e irreal. Todo olor, todo color, todo dolor desapareció.
***
Cuando despertaron, Varuna estaba casi a oscuras. El aire era denso, saturado de ozono y miedo. Afuera, a través de las cúpulas agrietadas, se extendía un mar de nubes fosforescentes. Estaban en algún lugar, sí. Pero no en el mismo universo.
Samira revisó los parámetros: ninguna constelación coincidía, ningún faro galáctico respondía a la llamada de auxilio. Pero estaban vivos. El cuerpo central de la estación, mil veces reparado, aún latía.
—No hay señales del enjambre —dijo Yuri, pálido como la escarcha.
Eldreda miró entonces al vacío. Un enjambre pululaba en la distancia, pero no era Armoredian; eran proyecciones, formas ambiguas que destellaban con pulso propio, como si respiraran estrellas moribundas. Vio un rostro, o creyó verlo. Una entidad nacida en los pliegues entre universos.
—Han venido de otra parte —susurró Samira, leyendo la información del espectroscopio—. Esto no es un salto común. Esto es... un espejo.
***
Durante semanas, Varuna vagó, incapaz de regresar. Aprendieron a extraer energía de las nubes pulsantes, a transformar la desesperación en escaso humor negro. El enjambre local nunca se acercaba. Samira teorizó sobre la posibilidad: ¿y si este universo paralelo estaba poblado por predadores aún más terribles? ¿O acaso solo por fantasmas de lo que una vez fueron los nuestros?
Eldreda, cada noche, se inclinaba sobre los registros de la estación. Escribía cartas para nadie y oraciones paganas. Soñaba con la Tierra, ahora tan remota como un susurro en la niebla.
Un día, de la nube emergió una nave como jamás habían visto. No era Armoredian ni humana. A su lado, Varuna era un simple insecto. Descendió a veinte metros de la estación, sin señales de hostilidad.
Una emisora, compuesta solo de símbolos y pulsos, pidió comunicación. Samira y Eldreda, temblorosas, aceptaron.
En la sala de conferencias, un holograma proyectó una figura imposible de describir, compuesta de geometría líquida y ojos multiplicados.
—Comprendemos vuestro miedo —dijo, cada sílaba retumbando en lo más profundo de sus cráneos—. Nosotros también huimos, hace eras estelares, de depredadores como los que devoran vuestras estrellas.
—¿Podéis ayudarnos a regresar? —preguntó Eldreda, la voz tan baja como su valor.
—Podemos enseñaros a sobrevivir aquí —respondió la criatura, cuya forma destellaba entre la simpatía y el abismo—. O podemos intentar una travesía más, hacia otra realidad. Ninguna ruta garantiza la ausencia de perseguidores. Así es la naturaleza del Cosmos: todo lo que huye, huye de algo hambriento.
Eldreda recordó la promesa a Liya, los cuentos repetidos sobre la unión que hace fuerte a los débiles. Miró a Samira, Yuri, el resto de los tripulantes: su gente, su carga, su razón.
—Vamos a sobrevivir aquí —dijo. No era un mandato, sino una confesión.
El holograma asintió, y en ese gesto Eldreda vio un atisbo de consuelo.
***
Arcadia-4, a años luz, sería arrasada por el enjambre Armoredian. Pero en los registros sincrónicos de un universo espejo, una pequeña estación llamada Varuna flotaba entre nubes imposibles, aprendiendo a vivir y a olvidar el lugar del que partió. Nadie escribiría canciones sobre ellos, ni serían objeto de novelas heroicas.
Serían, simplemente, recordados como aquellos que eligieron sobrevivir, sabiendo que en cualquier cosmos, el amor por los suyos era el verdadero combustible de la resistencia.
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