El Transbordador Cívico “Heliotropo” se deslizaba tras una cortina de luz, diminuto frente al telón cósmico que separaba la moribunda Tierra de los dominios humanos dispersos entre las vísceras curvadas de lo imposible. Kirin van Hasht estaba junto a la claraboya de popa, observando la procesión de naves, algunas con cuadernas de acero y memoria, otras tan pulidas y fáusticas como el mármol. Todas acudían a una única cita: la apertura del Agujero.
No era un Agujero vulgar; ni siquiera un atajo común como los que pululaban entre sistemas colonizados. Aquella singularidad, el Vórtice Diadémico, surgía tan solo cada ochenta y ocho años, y cuando abría la garganta conectaba dos regiones separadas por eones de luz y toda la insensatez de la ambición humana. Invitaba a exiliados, saqueadores, científicos y conspiradores, como una irresistible promesa.
Kirin no era ni lo uno ni lo otro. Hombre de manos hábiles y pasado hurtadizo, aceptó el encargo por dinero, como todos sus trabajos: extraer del otro extremo del Vórtice a un cargamento de artefactos prohibidos. El cliente: un noble menor caído en desgracia, Lady Sybilla Rake. Su paga: suficiente para desaparecer de las garras de aquello que desde siempre le acechaba, aunque no lograba saber si era la ley, el azar o la maldición familiar.
La cabina olía a ozono y especias alienígenas. Junto a él, Sybilla Rake era tan digna y recortada como la figura de un vitral gótico. Observaba las readaptaciones de su propio rostro reflejadas en los visores de abordo. Detrás, su guardaespaldas, un mastodonte de carne y circonio, resollaba con inquietud.
“Treinta y dos minutos, señor Van Hasht”, anunció Sybilla sin mirarle. Su voz arrastraba ese deje de estirpe agotada, como una campana sumergida en aceite.
Él marcó en la consola la secuencia de encendido. El Agujero era, en las palabras de los físicos, una superficie de errores. A ratos parecía un anillo de bruma y otras veces, la corona de un dios dispuesto a perder toda apuesta. Tan sólo un puñado de navegantes se arriesgaban; la mayoría contrataba a gente como él.
“Tránsito en quince minutos. Nos pondremos en la cola”, replicó Kirin, echando una mirada a la pantalla de tráfico. Intercaladas entre las líneas, se desgranaban legajos de viejas historias y advertencias. La última vez que se abrió el Vórtice, medio centenar de naves jamás regresó.
“El cargamento es esencial. Vienen por mí, señor Van Hasht”, murmuró Sybilla. Había en su tono algo de súplica.
Las alarmas del “Heliotropo” retumbaron con un ulular suave. Una de las naves próximas había sido marcada como “hostil potencial”. Kirin no tuvo que mirar dos veces. En el costado de la corbeta negra flotaba el emblema de los Hermanos Victorinos, cazadores de deudas y presagios. Ladrón, fugitivo y mecenas resistorado, Kirin había cruzado tropelías con muchas órdenes sigilosas, pero los Victorinos eran peor que la mala suerte.
“La fiesta empieza pronto”, bromeó a Sybilla, maniobrando para alejarse de la corbeta.
El Agujero rugía. Era como un hervor telúrico en la garganta, una náusea gravitacional y eléctrica. Se abría, vislumbrándose filamentos azules y naranjados entre fragmentos fractales de realidad. Ningún sensor lo captaba del todo igual. Kirin respiró hondo, esperando el edicto mecánico que señalaría su entrada.
En la navegación de un Agujero no hay brújula. El “Heliotropo” se precipitó y fue, por una perfecta desobediencia a la física, primero un pliegue, luego una nota, por último un temblor. De un momento a otro la galaxia desapareció, con sus luces, escorias y pesares.
Emergieron del otro lado entre restos de otras naves, derretidas y deformes, y la abrupta y fría Tierra II: Daedalía, una copia inexacta del mundo de origen, construida por manos humanas que pretendieron redimir el dedo original pero olvidaron los detalles. La tierra boqueaba bajo dos lunas, y las ciudades eran esqueletos de vidrio anaranjado y plantas sublevadas.
De inmediato, Kirin supo que algo había salido mal. En su flanco, la nave de los Victorinos también había cruzado.
“Nos siguen”, musitó Sybilla, dejando caer la compostura durante una fracción de segundo. “La entrega debe hacerse en la ciudad sumergida.”
La ciudad sumergida, en algún océano interior de Daedalía, era un mito de contrabandistas. Se decía que allí lo prohibido se entregaba a los muertos: información, recuerdos, drogas de olvido encapsuladas en criptas abisales.
El “Heliotropo” descendió como una exhalación silenciosa. Flotaron junto a glaciares cristalinos, ruinas ciclópeas y deshabitada artificialidad. Kirin, moviéndose con manos rápidas sobre la consola, pensó que toda su vida había sido un rodeo en torno a agujeros: incertidumbres personales, jugadas entre vericuetos de la ley, devaneos por los extramuros de la moral. Ningún agujero tan tangible y voraz como aquel en el que estaban ahora ceñidos.
La ciudad sumergida apareció como un ramo de cúpulas translúcidas bajo océano pálido. Penetraron en las simas, siguiendo instrucciones de Sybilla, hasta una de las esclusas semi-oxidadas donde aguardaba el contacto: una figura de cabellera verde y cuerpo servoarticulado, de género imposible de adivinar. La mercancía, glóbulos negros en cápsulas suspendidas, cambió de mano junto a códigos y miradas furtivas.
Pero los Victorinos descendieron también, arrogantes y recelosos, disparando el arco y la violencia: el primero de ellos, Magno Victorino, un gigante orlado por tatuajes, irrumpió en la esclusa, disparando primero una descarga sónica para eliminar a los subalternos, luego una mirada que abrasó a Kirin hasta el tuétano.
“Esto no es solo una deuda, Van Hasht”, gruñó Magno. “Traicionaste a mi hermana, y con ella, nuestra fortuna.”
Kirin sonrió, con ese desprecio fatalista de quien ha perdido tantas veces como ha ganado. “Nadie posee lo que cruza el Agujero, Magno. Nadie conserva nada aquí.”
La ciudad sumergida se convulsionaba—los ingenios del Vórtice, lanzados a la deriva en el tráfico de lo imposible, resultaron ser mecanismos de manipulación de memoria genética: dispositivos capaces de borrar trazos de linaje, identidad, culpa. A eso venía Lady Sybilla: a olvidarse del peso de su nombre, a pagar su propio exilio definitivo.
Magno y su cohorte dispararon. La lucha fue breve, brutal y polifónica: en el interior de la esclusa volaron sangre, circuitos y juramentos. Lady Sybilla, herida cerca del corazón, extendió un pulso digital y volcó el cargamento en el océano salobre. Las cápsulas se disolvieron como lágrimas en ámbar.
“Al menos… no serán de nadie”, jadeó.
Magno la abatió de un solo impacto. Kirin, manco y sangrando, accionó la compuerta exterior; el torrente marino irrumpió, arrastrando a todos, enemigos, amigos y pecados, hacia las criptas subacuáticas de la ciudad.
Kirin despertó en soledad. A su lado, Sybilla agonizaba, ya parcialmente borrada por el veneno de los dispositivos soltados: olvidaba nombres, origen, temor. “No dejes que caigan en manos… de ellos”, murmuró, hasta sumirse en el letargo final.
La nave, milagrosamente intacta, aún era suya. Mientras ascendía hacia la superficie, Kirin pensó con ironía que ni siquiera sabía por qué arriesgó tanto. ¿Por dinero? ¿Por respeto a Sybilla, a quien apenas conocía? ¿Por la promesa de olvido?
Afuera, las estrellas de Daedalía resplandecían distintas a las de la Tierra. El Vórtice, previsto a cerrarse en cuestión de horas, era ya solo una herida palpitante en el espacio.
En la cúpula de mando, Kirin meditó sobre el precio del tránsito. Nadie, ni siquiera los Victorinos, sobreviviría intacto: todo lo que pasaba por el Agujero se deformaba, ya fuera materia, tiempo o memoria. La única certeza era el cambio irreversible.
Kirin activó los motores y puso rumbo al Agujero. La navegación sería caótica; los parámetros distorsionados. Pero huía, como siempre, hacia una nueva órbita, hacia otro exilio. Atrás quedaban Daedalía, las cápsulas fantasma, los cuerpos inertes de Sybilla y los hermanos Victorinos.
Mientras el Agujero se cerraba tras él, dejó de mirar al pasado. Sabía, con una amarga certidumbre, que entre sus pliegues nunca se hallaría redención; pero de algún modo, en ese desplazamiento entre imposibles, se había ganado un jirón de paz, y, tal vez, un nombre nuevo.
En el confín de la galaxia, la vida continuaba, repitiendo su perpetua danza entre agujeros, vientos y tinieblas, impulsada por todos los fragmentos humanos que nunca, jamás, lograron regresar del todo.
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