Fragmento:
La mayoría de los espejos contenía simulacros de su propio rostro, distorsionado, algunas veces monstruoso. Pero el último a la derecha del tercer muro vibró levemente, refulgiendo en ámbar y azul. Allí, Ryn vio a la mujer desnuda que miraba con ojos de océano ciclónico desde dentro de la superficie pulida. No era solo hermosa, sino que emanaba una gravedad lúbrica y brutal, grotesca en su fulgor.
Duración: 08:25
El aire pétreo de la fortaleza olía a ritos innombrables y ceniza. Ryn Veren, arconte y hechicero, caminaba por los pasillos silenciosos del Bastión-Espiral, sintiendo cómo las sombras vacilaban bajo la luz débil de los cirios de mirra. Recorría cada noche la ruta del peregrinaje antiguo; no por piedad, sino porque la costumbre era un bálsamo supersticioso contra el hastío. Y en las noches de la Luna Dividida, cuando la plata del astro parecía herida en el cielo, el Bastión-Espiral se transformaba. Las puertas sin dibujos murmuraban su lenguaje secreto, los muros vibraban como gargantas mudas, y los relojes solares giraban sus agujas sangrantes al contrario.
Aquella noche, Ryn llevaba consigo la runa de saffir, incrustada sobre una sortija de marfil, símbolo de su cargo y único pasaporte a las estancias prohibidas. Talismán y condena. Atravesó el Salón de las Voces Perplejas, donde mil estatuas de arcilla tenían la boca abierta al grito eterno; cada una, un ancestro, un condenado, o tal vez ambos a la vez. Sus dedos buscaron la corona de cicatrices en el canto de la sortija, llevándola hasta el pasaje sin nombre, sellado por una puerta de obsidiana cincelada por crípticos relieves de calamidades sin historia.
Deslizó la sortija en el hueco circular, recitó una jaculatoria que le enseñaron en su infancia y entró a la Sala Espejada. El aire era denso: a un tiempo poso de incienso y sabor a hierro. Los cien espejos alineados en las paredes reflejaban mundos discordantes, paisajes y criaturas imposibles. Era allí donde los arcontes buscaban a los Insondables, seres que habitaban tras los velos: criaturas de deseo, de saber prohibido, de locura pura.
La mayoría de los espejos contenía simulacros de su propio rostro, distorsionado, algunas veces monstruoso. Pero el último a la derecha del tercer muro vibró levemente, refulgiendo en ámbar y azul. Allí, Ryn vio a la mujer desnuda que miraba con ojos de océano ciclónico desde dentro de la superficie pulida. No era solo hermosa, sino que emanaba una gravedad lúbrica y brutal, grotesca en su fulgor.
—Ah, Arconte Veren —dijo la mujer del espejo, con una voz tan áspera como la soledad—. ¿Has venido a negociar tus recuerdos, tus noches, o tu alma esta vez?
Ryn tragó saliva. El trato era tentador y suicida, pero era la vigilia de la Luna Dividida y la urgencia ardía. Sabía cuál era el precio de tratar con los Insondables; la voz de su mentor retumbó en su memoria: "recuerda, ante el reflejo deseado, el precio siempre será tu verdad más manchada". Y era cierto: cada intercambio te convertía en un extraño en tu propia piel.
—No deseo negociar —dijo Ryn al fin, forzando la voz—. He venido porque el Bastión-Espiral está enfermo. Los cimientos sangran. La piedra susurra plegarias a dioses que nunca servimos.
La mujer reía en una frecuencia imposible, una carcajada que se multiplicaba por las paredes.
—Todo reino cae por delirio de sus guardianes —dijo ella, cruzando los brazos—. Y tú… quieres evitar el derrumbe, solo porque temes ser devorado con él.
—Dime qué acecha debajo, Insondable, y te daré aquello que desees —dijo Ryn, sintiendo el sudor frío recorrer su espalda.
—Acepto —repuso la mujer, tendiendo una mano traslúcida a través del cristal—. Dame la memoria de tu primer amor y te contaré quién devora la raíz del Bastión.
El mundo giró. Ryn recordó a Seliane: la muchacha del cabello color sombra de manzano, con quien compartió su primera primavera. Recordar cómo sus dedos se entrelazaban, era abrir la herida de la nostalgia pura. La oferta era brutal, pero el Bastión-Espiral era todo lo que tenía; nunca se le permitió tener otros amores.
Aspirando profundo, estrechó la mano reflejada. Sintió un frío feroz, como si el alma se licuara de raíz. En ese instante, el recuerdo se extinguió. Sólo quedó un vacío cálido y desolado. Ante sí, la mujer sonrió con voracidad.
—Abajo, debajo del cimiento, se agita el Rey Lázaro. Ha despertado tras dos siglos de exilio. Se alimenta de tus muertos y de tu fe menguante. Debes descender al Trance-Tierra, donde la piedra es carne y discurso… Si fallas, el Bastión será sepulcro y emblema de tu abismo personal.
No permitió Ryn más palabras, el espejo se ahogó en niebla. Salió tambaleando, el pecho anegado de vacío. Caminó hacia la biblioteca prohibida, donde los grimorios de piel exudaban conocimiento venenoso. Buscó el tomo “Ritos para el Tránsito de Carne y Sangre”, y se preparó. El ritual era simple sólo en apariencia: se cortó la palma y dibujó una sigil en la piedra viva del sótano mayor. El suelo rugió y se abrió como la mandíbula de un titán.
Descendió sin linterna, confiando en la lúgubre fosforescencia que recubre la piedra viva del Trance-Tierra. Bajo los cimientos, la materia era anómala: verde humedad, nervios pétreos y zarcillos que palpitaban a modo de venas. Un murmullo de todas las almas defuntas vibraba en la roca como un lamento sin fin.
Horas, días, o quizás años, descendió. El tiempo no tenía forma allí; solo el ansia y el miedo lo mantenían en marcha. Finalmente, arribó al corazón del Trance-Tierra: una caverna titánica donde dormía el Rey Lázaro.
No era un hombre, sino una fusión de ancestros: cuerpos amalgamados, símbolos de eones y garras de desesperación. El Rey roncaba, cada aliento levantaba remolinos de polvo óseo y vapor caliente. Ryn avanzó y extrajo la runa de saffir; necesitaba sellar el despertar o el Bastión sería devorado por la conciencia hambrienta del exiliado.
Pero el Rey Lázaro abrió un ojo, un orbe de obsidiana líquida. Su voz, un trueno y una caricia al mismo tiempo, retumbó en los huesos de Ryn.
—Ah, pequeño custodio. ¿Viniste a negociar tu muerte, o solo tu dignidad?
—No vine a negociar —dijo Ryn, tembloroso, sabía que aquí no servían los trueques de los espejos—. Vine a sellarte; regreso a tu sueño eterno o resuélvete en el olvido.
El Rey Lázaro reía y cada carcajada rompía la roca en lágrimas oscuras.
—Sellarme sería simple si no llevaras el estigma del deseo y la deuda. Ya has firmado tu condena con los Insondables. Todo custodio es devorado antes de convertirse en salvador.
Sabía Ryn que la única manera de imponer un sello era renunciar a todo lo que quedara de sí mismo; que el Bastión sobreviviera sin él, que su historia pasara a ser del olvido y la raíz. Las tinieblas apretaban, los recuerdos de la mujer del espejo lo llamaban con dedos suaves, con la promesa de una nada acogedora.
Por fin, Ryn se arrodilló y, con la runa de saffir, grabó sobre su propio pecho los signos de la Servidumbre Suprema: las palabras que decían "Yo soy Bastión, carne y cimiento".
El Rey Lázaro aulló de rabia, sintiendo cómo el sello le arrancaba la conciencia; las almas atrapadas en su carne fusión gimieron, exhalando un alarido de era tras era. En un último espasmo, el Rey se retorció y fue absorbido por la piedra, la tierra, por las mismas raíces del Bastión. El temblor fue total. La caverna se llenó de un silencio abismal.
Ryn, sintiéndose un muerto viviente, ascendió como en un sueño. El Bastión-Espiral lo recibió cambiado. Nadie lo reconocía ahora; su rostro había mutado, su memoria, vacía de amor, se desvanecía en los pasillos. Cada noche descendía a la Sala Espejada e intentaba recordar; pero los espejos solo le devolvían una imagen extranjera y triste.
Afuera, los días se sucedieron. La fortaleza volvió a respirar en paz. Pero en las noches más calladas, bajo la Luna Dividida, los nuevos custodios cuentan la leyenda de quien deja su vida y sus recuerdos para que la piedra siga en pie y que, a veces, cuando ya duermen todos, en la sala de los cien espejos una figura observa en silencio, preguntándose quién fue y por qué ahora solo puede recordar el eco del miedo y la ausencia del amor.
Y la fortuna del Bastión-Espiral es que los sacrificios de los suyos siempre serán el cimiento más duradero: la memoria perdida de un pasado que solo los Insondables pueden devorar por completo, hasta que el último vigilante olvide incluso su propio nombre.
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