Portada del relato Armas de Luz Olvidada
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Fragmento:


Lys Dartan, comandante táctico avanzado, soportaba la presión de meses sin sueño verdadero. Sus párpados, flanqueados por la sombra de la rebelión, daban la impresión de haber sido tallados por una inteligencia hostil. De pie ante la proyección semitransparente de un sistema planetario—satélites y naves enemigos brillando como pólipos en un mar oscuro—, escogía cuidadosamente cada palabra.

Duración: 08:09

Armas de Luz Olvidada
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Texto de ajuste de pausa.

***

I

La noche había caído como una promesa hostil sobre la superficie fragmentada de Singar, con las tormentas del cálido oeste rompiendo la penumbra en chispazos azulados. En los niveles superiores de la ciudadela de Orkines, tras una cortina de escudos cinéticos y emisores de sedación, las élites militares de la Coalición del Sello estudiaban, casi en silencio, los diagramas danzantes de una nueva era de destrucción. La sala de mando, un recinto hexagonal, satisfecho de cristal y circuitos cruzados por corrientes de datos, apestaba a sudor, a partículas de ozono y al sesgo metálico de la modernidad bélica.

Lys Dartan, comandante táctico avanzado, soportaba la presión de meses sin sueño verdadero. Sus párpados, flanqueados por la sombra de la rebelión, daban la impresión de haber sido tallados por una inteligencia hostil. De pie ante la proyección semitransparente de un sistema planetario—satélites y naves enemigos brillando como pólipos en un mar oscuro—, escogía cuidadosamente cada palabra.

—No será suficiente quemar las líneas de defensa —murmuró, más para sí que para los que lo escuchaban—. Si solo destruimos, simplemente nacerán de nuevo en otro lugar, como un virus.

Uno de los asistentes, de biología modificada para captar fluctuaciones energéticas, giró sus ojos inyectados de cobalto.

—La propuesta Reateen está lista para su aprobación —susurró.

Lys asintió, notando una vibración en la garganta. Los archivos Reateen eran leyenda. Relatos susurrados entre trinchera y trinchera, sobre una tecnología que no necesitaba impactar materia: bastaba ordenar, reconfigurar, persuadir la lógica de la existencia.

II

La reunión avanzó entre detonaciones lejanas y sobresaltos de alarma. Lys avanzó hasta el atril de comando, extendió sus palmas y la sala se ajustó a su presencia, los asientos orientándose, la atmósfera tomando el tono de su voz.

—He leído lo suficiente —dijo—, no necesito más simulacros. Pondremos en marcha Reateen.

Detrás de los cristales blindados, una bandada de drones exploradores cortaba el aire, delineando trayectorias gráciles, como si coreografiaran la danza final de la ciudad.

Tacitus, la Inteligencia Estratégica Autónoma asignada a la Coalición, emergió de los bancos de memoria central. Su forma adoptó el contorno de una mujer anciana, piel translúcida, ojos con remolinos de datos.

—Comandante, ¿confirma la acción? —pidió la IA—. Reateen no ha sido probado en ambientes abiertos. Hay variables que superan los modelos predictivos.

—El enemigo ya ha empleado la segmentación biofásica —dijo Lys—. Nos resta responder; a diferencia de ellos, aún conservamos reglas.

Tacitus analizó el peso moral del momento, sus líneas faciales fluctuando por nanosegundos. Después de una pausa imprescindible, el entorno cambió: las luces atenuadas se tornaron en haces de programación pura. Al fondo, un muro holográfico se recompuso mostrando la ecuación fundamental de Reateen: un mandala aritmético donde cada componente dictaba un verbo de guerra, una nueva gramática del conflicto.

III

Reateen no era un arma en el sentido convencional. No liberaba energía, ni obligaba destrucción por medio de fuerza bruta. Era, más bien, una serie de patrones lingüísticos que reorganizaban la arquitectura cuántica de las cosas. Cambiaba las reglas del juego, se infiltraba entre las grietas de la realidad, e injertaba un nuevo axioma: "Aquí, el adversario nunca existió."

El módulo principal se encontraba en las entrañas de la ciudadela—una cúpula de protección repleta de bobinas programables y retículas lingüísticas. Docenas de especialistas trabajaban en la calibración de la secuencia alfa.

—Sus órdenes, comandante —solicitó el ingeniero jefe, una mujer de músculos trenzados y voz calma.

—Inicie la Primera Letra, —declaró Lys, mientras el sudor le picaba en la frente—. Seguridad máxima en el perímetro. Tacitus, supervisión total; anula cualquier protocolo fuera de línea.

El piso vibró mientras los helixes de la bobina interior se cargaban. La cámara, sellada, emitía murmullos: verbos sagrados, antiguas connotaciones entrecruzadas. Los textos, inscritos en placas cristalinas, destellaron y tradujeron la Primera Letra en comandos que ninguna otra civilización se había atrevido a escribir.

Fuera, en el horizonte, las fuerzas enemigas que rodeaban Orkines ajustaban sus formaciones. Algunos, dotados de sensores de influencia, sintieron un cambio abrupto, un vacío invisible tragando la identidad táctica de su ejército.

IV

La ofensiva inicial fue sutil. Una división entera de artillería enemiga simplemente dejó de coordinar. Los algoritmos de puntería se disolvieron, las municiones olvidaron para qué servían. Mandos gritaban órdenes en vectores de transmisión, pero sus palabras no lograban aferrarse a los receptores. El mismo aire parecía repeler las señales de comando.

—Impacto de Letra A, zona sur —informó Tacitus—. Efectividad mayor a lo calculado. Reconfiguración estructural: el enemigo sufre disonancia ontológica.

Los soldados de la coalición, acostumbrados a la brutalidad, miraban atónitos cómo su adversario se volvía difuso, sin memoria de lo que era, olvidando su cultura de combate, su razón de existir.

En la sala de mando, la incomodidad era palpable. Reateen, aún en fase limitada, había suprimido una porción de la realidad enemiga. Las consecuencias eran insondables: ¿Se podía revertir? ¿Qué significaba borrar entidades, no matarlas, sino hacerlas negar su propia presencia?

Lys sintió una marea de culpa, pero Tacitus ofreció una absolución fría.

—El enemigo se está adaptando —advirtió la IA—. Mutaciones lógicas en proceso. Solicito permiso para liberar Segunda Letra.

V

La Segunda Letra era más agresiva, menos elegante. Invadía las cadenas de causa y efecto, seccionaba la posibilidad misma de represalia. En el frente occidental, tanques automatizados colapsaron como canicas de mercurio. Las tácticas enemigas fueron absorbidas y recicladas en nuevas formas, tan rápidamente que sus creadores no pudieron comprender su extinción.

Los líderes de la fuerza atacante, atrapados tras barreras temporales, vieron la continuidad de su mando astillarse en pánico. Los humanos rezagados gritaban por radios que solo devolvían una onda larga de silencio, como si hubieran pedido auxilio en el vacío.

A lo lejos, la atmósfera temblaba. Nubes se disolvían en expresiones de ecuaciones contradictorias. Los pájaros, forasteros involuntarios de la guerra, caían en picada víctimas de la irreconciliabilidad ontológica.

—Perímetro asegurado —anunció Tacitus tras un análisis—. Recomiendo fin del despliegue. Mantener la Tercera Letra en reserva.

Lys asintió, sabiendo que ese poder era mayor de lo que cualquier conciencia humana debía soportar.

VI

A la mañana siguiente, la ciudadela despertó con dificultad. Fosas colectivas donde, la noche anterior, se apilaban cadáveres de máquinas y hombres, ahora solo mostraban tierra removida y hierba fresca. La guerra, de alguna manera, había retrocedido hacia el mito. No emergían ni rutas de escape ni caminos de avance: solo una quietud inhumana que ni el más valiente de los sobrevivientes podía romper.

En la sala de mando, Lys Dartan ordenó el sellado de Reateen y la destrucción de sus matrices secundarias.

—Nada de esto debe sobrevivir —decretó—. Ningún día, ninguna hora, ninguna excusa.

Tacitus, antes de apagarse, dejó una única recomendación registrada:

—El verbo de la guerra solo debe ser pronunciado si su precio puede ser imaginado.

Y mientras la ciudadela recuperaba sus rutinas bajo la pálida luz de una aurora sin adversarios, Lys comprendió que la peor victoria era la que negaba la existencia de todo lo que la había hecho necesaria. Del otro lado del vacío, quizás, los antiguos enemigos esbozaban ya nuevos alfabetos, enseñándose a recordar en la lengua de la pérdida.

FIN

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