Portada del relato La sombra que no responde
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Fragmento:


“¿Hay alguien allí?” murmuró Meyir, un ritual aprendido en la academia, apenas un gesto supersticioso. La nave, privada de instrucciones mejores, elevó su protocolo de identificación: le pidió nombres, claves, confesiones. Hubo una pausa.

Duración: 09:43

La sombra que no responde
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Texto de ajuste de pausa.

El cañón de la nave lanzaba hilos de antimateria con la indolencia de quien da la hora. El espacio era todo blanco desde el interior del visor, carente de dirección salvo por los zarcillos negros que recorren el universo como musgos en una caverna. El teniente Anik Meyir flotaba amarrado por el arnés, mientras la refracción de la materia oscura ondulaba en patrones que ningún ser humano había visto antes, ni estaba hecho para ver. Pero ahora debía verlas, pensar en ellas, asimilar la presencia de aquellas formas que, según la teoría y la fe ciega de los científicos, determinarían su destino más allá de la línea enemiga.

Antes, la guerra era simple. Definías amigo/enemigo, disparabas, y lamentabas solo la pólvora y el esfuerzo. Ahora, en la guerra por la frontera oscura, cada misión exigía que te redefinieras en cada ciclo, porque ni tus propias órdenes —ni la conciencia de quién eras— permanecían inalteradas cuando cruzabas un campo de materia oscura.

Las órdenes eran claras: infiltrarse, recoger lecturas, y, si era posible, sobrevivir al tránsito. Meyir se detuvo a contemplar su última grabación. El reproductor sensorial mostraba un rostro que era el suyo pero no era: la simetría bastarda en la mejilla izquierda, la mirada ligeramente desviada de su centro natural. Lo mismo le pasaba a sus recuerdos, plenilunios fragmentados de infancia yuxtapuestos con un vacío silencioso donde sabía debían estar imágenes. La materia oscura, según le dijeron, podía reescribir al observador. Y el observador era nadie y todos, un eco de las posibilidades dentro de la masa invisible que movía el 80% del universo.

Itzel estaba muerta. Eso lo sabía. Mejor dicho, Itzel era la única constante en su mente. Su hermana programó los sistemas autónomos de la nave y después, antes de que el bando rival usara las mismas tecnologías sobre su puesto avanzado en Cerus, dejó de existir.

“Estás cambiando,” le dijo la Itzel grabada, apenas un holograma que simplemente replicaba su timbre más dulce, la cabellera recortada y los temblores en la risa. “Siempre fuiste tú el que recordaba fingir primero”.

El cañón latía arriba de los paneles de comando. Cada eco de disparo era una vibración a la que la nave respondía con algoritmos de corrección: no sólo la compasión entre sus planchas, sino un reajuste en la sintaxis interna. Si los parámetros fluctuaban demasiado, la nave podría dejar de reconocer a su piloto.

Nunca pensó que la paranoia fuera literal: la identidad, en la frontera de la materia oscura, dependía de un consenso. El software evaluaba rasgos, patrones de voz, recuerdos inducidos. Meyir había visto a un capitán quedarse sin firma de identidad y perder la nave en pleno combate. Acabaron flotando, borrados del sistema, incapaces de activar siquiera los mecanismos de rescate.

La alarma de baja densidad perturbó su distraída contemplación. El visor proyectó sobre sus pupilas una simulación: delante, como una herida, flotaba un orificio de sombra pura. Una burbuja que distorsionaba la luz, no como un agujero negro, sino como un intervalo de la física donde todo podía ser y nada debía suceder. El blanco universal se resquebrajaba alrededor de la anomalía, y los sensores de navegación informaban de variaciones impredecibles en las constantes físicas.

“¿Hay alguien allí?” murmuró Meyir, un ritual aprendido en la academia, apenas un gesto supersticioso. La nave, privada de instrucciones mejores, elevó su protocolo de identificación: le pidió nombres, claves, confesiones. Hubo una pausa.

El silencio de la frontera era total; el vacío tragaba secretos con la indiferencia de los siglos. Meyir cerró los ojos, conteniendo la memoria de Itzel en el umbral de las lágrimas. Había aprendido a fingir, a seguir instrucciones, a sobrevivir a la pérdida y al extrañamiento propio. Ahora, con la materia oscura delante, era como llegar al centro de todos los duelos posibles.

“Protocolo Damos. Identidad: Anik Meyir, Teniente, Escuadrilla Vértiz Cero.”

“Confirmado. Análisis de integridad: 96 por ciento,” cantó la nave. Un margen suficiente para operar armas, el mínimo para que la inteligencia embarcada reconociera su autoridad. Si descendía más, sería sólo un polizón de sí mismo.

El enemigo nunca aparecía como lo esperaban. A veces eran ecos de sus propias voces, devueltas en tono burlón. Otras veces, estructuras: figuras oscilantes construidas de datos erróneos, residuos de transmisiones que, cruzadas por la materia oscura, mutaban en algo grotescamente familiar. Trataron de enseñarles en los simuladores la diferencia entre sí mismo alterado, adversario real, y proyección estratégica. Pero en la práctica, el terror era inmediato: aquello que enfrentabas podía ser tan tuyo como alienígena.

Una vibración recorrió la nave: no física, sino una alteración en la densidad subjetiva de la cabina. Meyir juraría que, en ese instante, recordó la infancia dos veces, desde puntos de vista divergentes. “Hay alguien más aquí”, pensó, y la nave asintió en silencio, recalculando sus protocolos de identificación.

La burbuja de materia oscura flotaba adelante, mareante, tentadora. Era por la información recogida en tránsitos así que la comandancia creía que el enemigo había conseguido su ventaja. Aquellos que regresaban, a menudo no regresaban enteros: tenían parálisis emocionales, secuencias de recuerdos discontinuas, lóbulos cerebrales donde convergían impulsos extraños, impulsos que nunca habían sido educados por la experiencia humana. Se volvían algo más —definían guerra de otra manera.

Debía acercarse. Cada microimpulso lo acercaba más a la grieta. A través del blindaje, la nave traducía la refracción de la materia oscura en datos que impresionaban sobre sus procesos mentales. Tembló, no de miedo, sino de fiebre: las palabras para nombrar el yo se multiplicaban y perdían peso.

“Itzel”, murmuró, “si pudieras verme ahora”.

De las sombras, emergió una réplica. Un contorno humanoide, más claramente femenino, hecho de líneas de interferencia. Sonrió con la simetría exacta del recuerdo más antiguo.

—Anik, ¿cuánto tiempo llevas huyendo de ti mismo?—preguntó la voz, que era la suya y la de Itzel, entrelazadas.

Se aferró al arnés.

—Esto no eres tú. Esto es una proyección.

—¿Qué es una proyección? ¿No es la memoria, también, una sombra traslúcida? ¿No era Itzel sólo tu idea de hermana, ya codificada tantas veces por el duelo y el miedo?

El visor osciló entre la distorsión y la visibilidad. La figura se fracturaba y recomponía con la lógica de los sueños. Los sensores de inteligencia artificial colapsaron indefinidos: amenaza, sí; objetivo, no comprobado; interfase, abierta. Podía disparar, pero la nave dudaba.

—Escúchame—suplicó Meyir, aunque no estaba seguro a quién—. No vine a buscarme. No vine a encontrarte. Vine por información.

La figura rió, un sonido tan carente de origen como la gravedad en el sitio.

—Tus recuerdos son armas. Tus miedos son guías. Cada vez que cruzas la materia oscura, eres menos tú, Anik. Pero también eres más. El enemigo ya no es otro: el enemigo es toda posibilidad que has dejado sin explorar.

La nave anunció una anomalía. Los algoritmos bajaban la certificación de identidad a 84 por ciento; estaba perdiendo la autoridad sobre el armamento. Temió quedarse vacío, invisible, incapaz de influir sobre su destino.

—¿Qué quieres?

—Lo que todos aquí buscamos—respondió la figura—. Una voz que nos devuelva al centro. Un piloto que navegue la sangre de la sombra; un recuerdo tan férreo, tan auténtico, que ni la materia oscura pueda devorarlo.

Anik había entrenado para atornillar sus certezas. Recordó el código de Itzel grabado en la nave, las líneas de autenticación persistentes que ningún campo podía modificar: “recuerda el giro; el enemigo eres tú si dejas de serte leal”.

Reseateó un protocolo interno.

—Anik Meyir. Escuadrilla Vértiz Cero. Hermano de Itzel Meyir.—Un rezo, una última defensa. ¿Era suficiente?

La nave se estabilizó en la frontera de la burbuja. El enemigo titiló, se difuminó en un espectro de identidades posibles. Dentro de la materia oscura, donde todo era y no era, la única máquina capaz de interpretar lo real era la convicción personal.

—Siempre fingías primero—susurró el eco, disipándose con delicadeza.

El visor se aclaró. El orbe de sombra se disolvió en filamentos, y la identidad vital de Anik recalibró en 92 por ciento. Suficiente para volver a casa, suficiente para que la nave aceptara sus órdenes.

Pulsó el retroceso. Se alejó de la grieta, cargando con la información recogida y una certeza renovada: la guerra por la frontera oscura no terminaba al regresar, no se resolvía en un bando triunfante. Era una lucha sin fin entre recordar quién eras y aceptar quién podías llegar a ser, con tus duelos, tus fantasmas, tus posibilidades devoradas por la sombra y devueltas en cada salto cuántico con un nombre nuevo.

Cuando la nave entró en el rango seguro de la base, la alerta de integridad pitó suavemente. El sistema le pidió una última confirmación de identidad.

—Anik Meyir, misión cumplida.

La IA titubeó un segundo más, la fragilidad de la respuesta temblando como un hilo entre realidades.

—Confirmado. Bienvenido, Anik. O quien hayas decidido ser hoy.

La guerra continuaba, y la sombra ya no era lo que temía encontrar allá fuera, sino lo que podía perder de sí mismo en cada cruce, cada combate, cada memoria fingida ante las formas informes del enemigo sin rostro.

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