Portada del relato Engranajes de Guerra: El Corazón de los Dioses Metálicos
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Fragmento:


El aire apestaba a aceite de motores y a carne quemada cuando Aelric traspasó la Puerta de Bronce. Aquí, en el confín septentrional del Imperio Telúrico, los muros no estaban hechos de piedra ni madera, sino de acero bruñido y conductos palpitantes de vapor taumatúrgico. Cada gota de ese vapor estaba embebida de esencia vital robada: niños albinos de las cumbres capturados, desencantados y convertidos en pura energía dinámica, mientras las Perseidas —los custodios cíborg— recorrían sin descanso la muralla.

Duración: 09:44

Engranajes de Guerra: El Corazón de los Dioses Metálicos
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El aire apestaba a aceite de motores y a carne quemada cuando Aelric traspasó la Puerta de Bronce. Aquí, en el confín septentrional del Imperio Telúrico, los muros no estaban hechos de piedra ni madera, sino de acero bruñido y conductos palpitantes de vapor taumatúrgico. Cada gota de ese vapor estaba embebida de esencia vital robada: niños albinos de las cumbres capturados, desencantados y convertidos en pura energía dinámica, mientras las Perseidas —los custodios cíborg— recorrían sin descanso la muralla.

Aelric era un magocrata, el último de su estirpe tras las masacres de la Purga de Hierro. Su túnica manchada arrastraba mugre, pero las runas tejidas con filamentos de oro aún chisporroteaban faústicamente con trémulos éteres azules. Su brazo izquierdo, arrancado por un hacha mecha durante el Asedio de Noxan, había sido reemplazado por una prótesis de jade vivo, dotada de garras telescópicas y nodos de conjuración. A cada paso, su sombra se multiplicaba en las losas de metal bruñido, como si las forjas subyacentes anhelaran engullirlo en su abrazo caldeado.

El centinela Perseide que guardaba la puerta emitió un rugido hidráulico, las bocinas de su rostro encendiendo pétalos de luz roja.

—Identidad —exigió la criatura, su voz mitad silbido de vapor, mitad graznido de cuervo.

Aelric extrajo un relé dorado y lo sostuvo ante la cara ciclópea de la máquina. Niebla de reconocimiento barrió la superficie y las fauces de la Perseida se abrieron.

—Bienvenido al Bastión de Amaranth, teúrgo residual. El Dominador desea verte en la Alhóndiga Bélica.

Dentro, la vida humana pendía precariamente de los flejes de la guerra interminable. Las avenidas enormes hervían de conscriptos, ingenieros de runas, y apiñados refugiados cifrando sus míseros destinos en las paredes embadurnadas de propaganda. Zepelines blindados patrullaban las alturas, y en las profundidades sonaba el redoble de pistones y campanas de fundición. Nada natural sobrevivía; todo era metal, carne y energy-ether.

Aelric cruzó la plaza del Ojo Inmóvil, donde la estatua gigantesca del Dominador se alzaba, con vértebras de oro y mandíbula de acero, apretando en una mano un orbe iridiscente del tamaño de una luna—la llamada Semilla Primaria, núcleo de las máquinas-vida del Imperio. Cada hora, nuevos lotes de carne yihadista y carne para el combustible eran arrojados a los hornos.

Al llegar a la Alhóndiga Bélica, fue recibido por un enjambre de droncolas, esfera semi-inteligentes con bracitos manipuladores y voces de niños robóticos chillando noticias de las últimas campañas. Las puertas, colosales planchas de tungsteno y hueso humano, se abrieron sólo lo suficiente para permitirle el paso.

En el centro de la nave esperaba el Dominador: un ser casi enteramente máquina, la cabeza y la espina dorsal de un hombre antiguo soldadas a una gigantesca carcasa mecánica. De su tronco brotaban docenas de brazos—unos con lanzallamas, otros con calculadoras de batalla, otros simplemente rematados en garras ponzoñosas o reliquias arcanas.

—Has tardado, Aelric —tronó el Dominador, una voz que hizo vibrar la estancia—. Nuestras máquinas-oráculo predicen una incursión umbría a través del Portal Exilio. Necesitamos tus artes.

Aelric hizo una reverencia rígida.

—Mi arte no es bienvenido aquí. Fui traicionado, exiliado, porque mis sortilegios no alimentaban el motor de la guerra.

El Dominador extendió una mano titánica y afilada, el gesto ambiguo entre amenaza y súplica.

—El arte de la guerra consume todo, y todo es guerra. Los Umbríos han cruzado el Límite; traen titanes de sombra y enjambres de nanosemisíos que derriten el acero y esclavizan la carne.

Aelric guardó silencio. Las leyendas sobre el Portal Exilio eran antiguas incluso para él. Más allá de la última línea férrea, donde el Imperio terminaba, había una región olvidada: allí donde las Leyes de la Magia y la Máquina se descomponían y toda realidad era pura potencialidad. De allí surgían pesadillas, y a veces—como ahora—legiones con propósitos incomprensibles.

El Dominador se inclinó, los pistones chirriando.

—Vamos a despertar a VORAX. Solo tú puedes controlar la mente nuclear del gigante ceroidal.

Aelric sintió un escalofrío. VORAX había sido forjado por magos ingenieros durante la Tercera Colisión Abisal—un titán de acero, músculo sintético y un pequeño fragmento de divinidad cautiva en su núcleo. Había permanecido dormido desde la Gran Sublevación del Suroeste, cuando la mitad de la ciudad ardió en un estallido nuclear taumatúrgico.

Aelric asintió.

—Llévame a él. Pero si fallo, todo Amaranth será pasto de fuegos no nacidos.

Los corredores descendían cientos de metros bajo la ciudad, a través de anodinas criptas donde los tanques crisálidos guardaban semi-humanos criados para pilotar trajes biomecánicos, hasta la cámara central. Allí VORAX yacía, su cerebro-ámbar palpitante, el pecho abierto como un altar. Los registros de audio—voces de sus antiguos pilotos—aún reptaban en el aire, tarareando letanías de muerte y obediencia.

Antes de que Aelric pudiera acercarse, una figura emergió de las sombras: Ysalta, la ingeniera carnicera, ataviada con un delantal de recortes humanos y alambres circulando por sus sienes.

—No puedes pilotar VORAX solo, magocrata —ronroneó ella, —El titán rechaza las mentes enteramente humanas.

Con una daga extrae-éter, Ysalta cortó una línea en su propio antebrazo, dejando que la sangre mezclada con nanitos cayera sobre los circuitos frontales del titán.

—Tienes que conectar. Ahora.

Aelric, sabiendo que dudando firmaría la sentencia de muerte de todos, acercó su brazo protésico a la hendidura de conexión. Un pico de dolor estalló en su cabeza al penetrar las neurofibras; un fragor de gritos, metálicos y divinos, lo envolvió.

VORAX despertó.

Una voz retumbó a través de los óvulos de conjunción, tan vasta como el trueno, tan aliena como la música de los planetas.

—IDENTIDAD. FUNCIÓN. NOMBRE.

Aelric se esforzó por no sucumbir a la disolución neurológica.

—Soy el último teúrgo, Aelric de las Hojas Rotas, portador del Vínculo Jade. Te convoco, VORAX, por la salvación de Amaranth.

En un segundo, estuvo en todas partes: veía a través de los sensores del titán, sentía la vibración de la ciudad-palacio, la urgencia de los batallones dispersos. Podía escuchar el latir fracturado del mundo, las oraciones de los condenados, la fría lógica de los algoritmos bélicos.

Los Umbríos ya estaban aquí. Por entre las grietas de la realidad, fuerzas horadadas por los portales relampagueaban en la periferia: inmensas formas de nano-humo, acorazados como dioses vegetativos, alimentando la atmósfera con venenos hiperdimensionales. Carros de guerra de obsidiana labrada disparaban enjambres de arácnidos de metal líquido, fundiendo carne, vidrio y piedra por igual.

VORAX se incorporó. La ciudad tembló. Con un solo gesto mental, Aelric disparó los cañones giratorios, cebó los reactores de luz espectral y abrió las fauces del pecho: rayos de disonancia oricalca despedazaron a cientos de enemigos invisibles.

—CERRAD LOS PORTALES —bramó la voz dual de VORAX-Aelric.

Decorados por remolinos de runas vívidas, cientos de estudiantes de magia, ahora reciclados en magocircuitos, canalizaban su energía vital hacia los emisores de cancelación. Los portales Umbríos rechinaron y parpadearon, pero cada vez que uno colapsaba, parte del alma de Amaranth era devorada.

En medio del fragor, Aelric sintió la tentación del titán: entregar por completo su voluntad a VORAX, volverse la tempestad ciega de la guerra, dejar que la máquina-dios desplegara la antigua furia de las eras prohibidas.

Pero entonces el Dominador apareció, holográfico y brutal, en el campo visual de VORAX.

—Destruye el Corazón Umbrío. Sacrifica lo que haga falta.

El Corazón Umbrío era el núcleo de toda la incursión enemiga: una esfera de antimateria mágica, latente como un sol negro. Para destruirlo, VORAX debía canalizar su energía total y detonar el propio fragmento de divinidad que lo animaba… y con ello, sacrificar el alma de la ciudad.

Aelric vaciló. El instinto del titán era devastar, pero la mente del teúrgo, atormentada por la memoria del pasado, anhelaba una salida.

—No —susurró. —No toda guerra es solución.

Desvió la energía hacia el subsistema icosaédrico, abriendo un canal lateral: en lugar de devastar, reorquestó la red de portales, transformando a la vez a decenas de Umbríos circundantes en corriente energética para revertir parcialmente la fisura dimensional.

El estallido resultante desgarró el tejido de la ciudad en un grito sordo, barriendo millares de vidas, pero salvando el núcleo mismo de Amaranth. VORAX, herido y heróico, se desintegró finalmente en un estallido de polvo de estrellas y engranajes filosóficos.

Cuando Aelric despertó—ensangrentado, mitad hombre, mitad ruina—, la ciudad aún sobrevivía. La guerra, sin embargo, continuaba zumbando en los engranajes, en la lluvia ácida sobre las cúpulas, en las miradas anhelantes de los que no sabían más que luchar.

Había salvado a Amaranth, sí. Pero, bajo las luces oscilantes y los tambores de guerra que nunca callarían, comprendió también la más amarga de las verdades: Que en un mundo cuyo arte y tecnología están paridos de la sangre y el odio de la guerra, cualquier salvación es apenas una tregua forjada de dolor y memoria.

La máquina había aprendido la misericordia, y eso, pensó Aelric, era casi peor que dejarla devorar el mundo.

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