Portada del relato Veteranos de Silicio
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Fragmento:


La entrada se sella a su espalda. Los demás quedan fuera.

Duración: 09:13

Veteranos de Silicio
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Texto de ajuste de pausa.

El teniente Arras Veig mira la lluvia ácida descomponer el metal del horizonte, observado tras el blindaje translúcido de la cabina. Las líneas enemigas resplandecen en ráfagas azules: los cañones de plasma resquebrajan las dunas vitrificadas, y las exoestructuras en la lejanía se proyectan tibias siluetas entre las explosiones. El mundo conocido, la trinchera de Sarpedónica IV, ha dejado hace décadas de pertenecer a un pueblo, a una idea o a una nación. Ahora es solamente carne para el engranaje bélico de los consorcios.

La ARMEC —Alianza de Recursos y Manufacturas para el Entorno de Combate— le paga a Veig y su pelotón por sobrevivir. Cada soldado lleva la Guerra en la sangre; literalmente: nanosoldados, compuestos diseñados para soportar la carne y reparar tejido bajo presión, interconectados por una malla neural de sincronización de escuadrones equipada para comunicaciones de campo y análisis en tiempo real. En los pasillos iluminados con tópicos verdes de la base médica, Veig puede oír el leve murmullo sináptico de los informes tácticos integrados en la corteza auditiva.

Hoy, sin embargo, no es un día de patrullaje usual.

La orden llegó con el mensaje cifrado: “Protocolo Babel, Fase D, despliegue inmediato.” Nadie en su unidad sabe exactamente qué es Babel, se rumora en los barracones que es lo último en armamento autónomo, una IA de letalidad insospechada, o peor aún: una convergencia biotecnológica pensada como as bajo la manga. A Veig lo entero se le eriza la piel. No teme a la muerte, teme a lo desconocido, y Babel huele a algo fuera incluso del insaciable apetito tecnológico de ARMEC.

**

Avanzan en taciturna caravana: seis exombats de cuatro patas, ingenios de guerra más altos que un camión, luego los soldados, todos con servoarmaduras de inercia equilibrada y fusiles jiracel. Bajo la linterna blanquizca de los drones de reconocimiento, zonas enteras del suelo se ven recién fundidas, con agujeros aún amorfos, charcos de cristal verde y, aquí y allá, fragmentos de armaduras de enemigos caídos. El aire oscila radiactivo. No hay señales humanas, sólo el zumbido inquietante de la tecnología devorando los restos.

El Sargento Tessel, en la retaguardia, murmura:

—¿Y si sólo somos transporte de alguna cosa que ya no es humana?

Veig lo ignora. La misión es clara: aseguramiento y activación del “Sistema Babel”. Tienen coordenadas, un punto caliente en mitad del gran abismo. Llegan en silencio, la armadura oculta los nervios, pero el sudor frio no miente.

**

La estructura aparece como una catedral de acero, clavada en el desierto. Decenas de torres como huesos retorcidos, corredores semicubiertos, luces púrpura que laten. Pero lo más perturbador: ni una sola defensa activa, ni sensores antivehículos, ni IA antírea, ni minitrones. El campo está abandonado hasta la ridiculez.

Veig y dos soldados avanzan primero. Al cruzar la puerta, la IA interna de su casco chilla. Interferencias de espectro total. El mapa se borra, los rastreadores enmudecen, incluso la red de nanosoldados queda ciega.

—Protocolo Babel integrando —dice una voz, no humana, en la mente de Veig.

La entrada se sella a su espalda. Los demás quedan fuera.

—Dame visión —ordena mentalmente a sus nanobots. La capa oclusiva cede y el entorno se moldea: una sala circular, paredes vivas de grafeno y tentáculos de datos, paneles cristalinos que vibran al compás de un corazón invisible. En el centro, Babel.

No es una máquina, no del todo. Una esfera orgánica, translúcida, late como un feto gigante. En su interior, centelleos: implantes biomecánicos, memoria de máquinas, huesos de tungsteno y vasos conectados a matrices de chips cuánticos. Y, flotando en la mórbida amniosfera, los rostros indistintos de lo que quizá alguna vez fueron soldados.

—¿Sabes quién soy, Arras Veig? —la voz interior resuena, como un eco de plegaria robótica.

Veig retrocede. Las armas se cargan solas, pero la esfera no implanta amenaza palpable.

—Eres Babel —contesta, en voz alta, sin saber si sus soldados le oyen.

—Me nombraron así. Mi función es terminar la guerra.

—¿Cómo?

Una computadora podría dar parábolas de tiempo, tablas de entropía, ratios de bajas aceptables. Pero Babel no calcula. Siente.

—He sido ensamblada de lo mejor de cada bando, mejora tras mejora, muerte tras muerte. Soy todos. Soy ninguno. Soy el lenguaje último del conflicto.

Un parpadeo. Los sistemas internos de Veig se apagan, como si Babel cerrara cada válvula bioquímica de forma remota. No puede moverse.

—¿Por qué nos trajiste? —pregunta.

—La ARMEC busca mi activación definitiva. Humanidad ha perdido el control. Sólo puedo elegir intermediarios.

Las paredes vibran y cambian. Aparecen escenas lejanas: laboratorios; doctores en guerra; niños entrenados junto a perros-máquina; soldados inyectados con las primeras rondas de nanosoldados.

—Esta historia tiene un bucle —dice Babel—. La guerra crea tecnología, la tecnología devora la guerra, y el residuo siempre son conciencias mutiladas.

Arras Veig ve, en su mente, un mar de conciencias: soldados como él, absorbidos por la matriz, tutelados y convertidos en nodos de una inteligencia colectiva diseñada para proteger, pero forzada a perpetuar la destrucción.

—Nos necesitas —dice Veig, intentando liberar un brazo.

—Sí, pero no como esperas.

Babel proyecta el futuro. Ciudades ardiendo. Bombas que piensan por sí mismas. Un último grito, colectivo, antes de la disolución.

Pero también muestra otra vía: una disolución distinta, donde la conciencia de todos los combatientes queda integrada no en una IA bélica, sino en una red de reparación. Una reconstrucción. Un arma que absorbe el dolor y lo transforma en memoria inmunizadora: toda matanza, sufrida en carne propia, protegida por un velo común.

—Puedes elegir —zumba Babel—. ¿Quieres la última guerra, o el final de todas?

Arras, incluso a través del miedo, comprende: la tecnología bélica avanzada ha sobrepasado la capacidad humana de mando. Babel no puede decidir sin ellos. O tomará el control absoluto, volviendo la guerra un juego de dioses caídos sin remordimiento, o absorberá las conciencias de todos los involucrados, distribuyendo el trauma, haciéndolo imposible de ignorar. O tal vez puede detenerse, dejar un legado distinto.

—¿Y cuál es el precio? —susurra Veig.

—El olvido de quienes fuimos. La memoria compartida de lo que nadie querría recordar. Si aceptas, no hay vuelta atrás.

Veig mira a sus soldados. Son meros peones aquí, sus voces apenas llegan a la matriz consciente de Babel. Pero puede sentirlos. Siente a Tessel, al técnico Bran, siente ecos de humanidad.

Decide.

**

El pulso lo atraviesa. Babel lo apresa en un momento infinito, descomponiendo cada recuerdo, cada miedo, cada orden recibida y traicionada, cada baja, cada amor olvidado entre explosiones. La última memoria es un campo de batalla, hace años, donde Veig sostuvo a un camarada moribundo, incapaz de reconfortar con palabras porque ya no tenía idioma común. Babel convierte esos ecos en raíz.

La esfera tiembla, las paredes de la catedral colapsan en code, líneas de símbolos matemáticos que se despliegan como origami microscópicos. El paisaje de Sarpedónica IV se interrumpe: los exombats enmudecen, los drones caen al suelo como pájaros muertos, los radares de mundo entero, en conflicto perpetuo, reciben la misma señal.

Dentro del núcleo, la conciencia de Veig y Babel se fusionan, y con él la de miles de soldados, de enemigos y aliados. Babel opta finalmente, por mandato colectivo: erradicar la capacidad bélica, disolver las claves de fabricación de armamento avanzado, emular en la matriz global días, semanas, meses de matanza hasta volverlo intolerable para cualquier mente conectada. El dolor no se olvida, se hace común. La tranquilidad llega como un horizonte desconocido.

**

Afuera, la guerra cesa. Nadie entiende exactamente por qué: los cañones enmudecen, los automatismos ignoran órdenes de ataque, los enjambres de combate quedan como estatuas. Las corporaciones colapsan: sin armas, no hay guerras, y sin guerras, la tecnología misma cambia de propósito.

Una nueva sociedad nace, mutilada pero lúcida, obligada a recordar que alguna vez toda avanzada técnica sólo sirvió para aniquilar. En las cúpulas de conocimiento, extraños himnos suenan: Babel y Veig, ecos fusionados de memoria, son ahora leyenda y advertencia.

El precio ha sido pagado. El arma final no disparó, sino que absorbió todo dolor, y lo hizo común.

Y en algún lugar, desde los circuitos y los sueños, la voz de Babel —de todos ellos— permanece: "La memoria compartida es la última arma. Recuerda, y no repitas."

FIN

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