Portada del relato Nunca regreses con respuestas
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Fragmento:


—¿Y si no lo hago?—respondió Mei en voz baja—¿Y si el horror que quiero impedir fuera la precondición de algo mejor, algo que podríamos perder por cobardía?

Duración: 09:54

Nunca regreses con respuestas
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Texto de ajuste de pausa.

El teniente Mei Wu sintió el inconfundible hormigueo de la transferencia temporal desintegrándose en la base de su cráneo. Era el mismo vértigo pegajoso y frío—como morder un bloque de metal sumergido en nitrógeno líquido—una señal de que su conciencia había sido lanzada, con precisión quirúrgica, medio milenio atrás. La cápsula, sin ventanas y apenas más grande que un ataúd, vibraba con cada reajuste del “ancla de causalidad”, esa maraña de algoritmos que la mantenía adherida a una sola línea de realidad y no enredada en posibilidades inútiles.

Aferrada a la pistola electromagnética, Mei ronda el equilibrio entre miedo y arrogancia: ésa era la cuerda floja sobre la que bailaban los crononautas militares. Los llaman ingenieros de tiempo, pero en realidad eran armas, salteadores de argumentos históricos, enviados a moldear el pasado para arreglar fracasos o para ampliar ganancias improbables que florecerían siglos después.

Esta misión había llegado por el canal cifrado que reservaban sólo para emergencias. El comando era claro: interrumpir el nacimiento de la Confederación de Tarsis, una alianza que en 2545 todavía no existía. Aquello la inquietaba. No se les enviaba atrás para librar batallas; las guerras se decidían en los detalles invisibles, en la carta que nunca llegaba, el accidente que parecía trivial pero evaporaba a un líder en formación. Sin embargo, la Confederación había surgido de una atrocidad, y Mei sospechaba lo que el comando realmente esperaba: causar esa atrocidad o impedirla. Ya no era fácil distinguir el crimen del triunfo.

A un milenio de distancia, El General, el hombre cuyo mando había moldeado la cronoguerra, esperaba en el Invernadero. Llamaban así al centro de mando una vez que la realidad había sido alterada. Porque cada injerto en el pasado necesitaba vigilantes, manos que podaran las ramas disonantes antes de que ahogaran el árbol principal. Desde allí, los que dirigían la guerra podían ver cada brote nuevo que nacía de la intervención temporal.

—Cinco minutos para horizonte de misión —susurró la inteligencia artificial de la cápsula—. Advierto flujo de causalidad inestable en este sector.

Igual que siempre. Mei contuvo el impulso de mirar por una ventana inexistente. Sabía por experiencia que el pasado siempre era más áspero de lo que los archivos parecían sugerir; el aire, saturado de polen y humo de madera, el suelo, húmedo y pegajoso, la gente, escurridiza y supersticiosa. El mayor peligro residía en no saber si su presencia había ya trastocado los sucesos irreparablemente. Los crononautas aprendían a moverse como espectros, rozando la tela de los días antiguos sólo lo justo.

En 2047, el pueblo de Tarsis era apenas una mancha de casas y naves-refugio dispersas en la cuenca del Alhena. Pero la tragedia germinal—el incendio de la Biblioteca de la Prosperidad, en el cual murieron más de cien niños, entre ellos el hijo de la fundadora de la Confederación—todavía no había sucedido. Mei tenía una sola orden: alterar ese evento suficientemente para que la Confederación jamás existiera. Pero, clandestinamente, albergaba la esperanza de impedir el incendio y salvar a los niños.

El destino de siglos se debatía en términos inaudibles, entrecruzados con la extraña red de “verdades condicionales” que regulaban los saltos temporales: lo que podías alterar, lo que debías dejar intacto, y lo que nunca, jamás, debía ser tocado. Al principio, a Mei todo le parecía negociable. Por eso había sobrevivido esta guerra: por su capacidad de distinguir, al vuelo, qué causas importaban y cuáles eran ramas secas.

Detrás de la biblioteca, Mei localizó el punto de ignición: un generador irregular, instalado por ingenieros inexpertos. Bastaba un ajuste para evitar la chispa, pero ella sabía que el sabotaje era fortuito, consecuencia de una guerra local entre clanes que peleaban por agua. ¿Y si prevenía el corto, pero desencadenaba una pelea aún más letal? Las paradojas eran asuntos de realidad, no de filosofía: un error y podrías quedar, para siempre, atrapada en bucles irresolubles, nunca viva, nunca muerta.

—¿Por qué dudar?—preguntó la voz de su jefe, filtrándose desde el futuro—Sabes lo que está en juego. La Confederación será nuestro rival durante siglos. Si tomas una sola decisión “misericordiosa”, podrías condenar a millones.

—¿Y si no lo hago?—respondió Mei en voz baja—¿Y si el horror que quiero impedir fuera la precondición de algo mejor, algo que podríamos perder por cobardía?

La voz se apagó. Las transmisiones futuras sólo se permitían cuando la causalidad aún no había cuajado. Cada microinteracción estaba escrutinizada, cada palabra pesaba siglos. Ella avanzó hacia el generador, sintiendo los cuchillos invisibles de posibilidad abriéndose entre sus costillas.

Al intervenir, lo hizo con precisión quirúrgica. Recolocó un cable, alteró una presión de válvula, dejó bajo la base una huella, la más mínima, lo suficiente para que el operario local, esa tarde, reparase el defecto. Se retiró antes de que nadie advirtiera su existencia y aguardó en la penumbra. El futuro dependía de la inercia de lo minúsculo.

La semana siguiente transcurrió con la monotonía de quienes sólo son testigos. No hubo incendio. No hubo muertos. Pero la crónica, esa omnipresente inteligencia que supervisaba las alteraciones y prodigaba pronósticos, advirtió cambios poco después.

—Emergencia en el Invernadero. El General solicita tu informe inmediato —dijo la IA, inusualmente tensa.

Mei regresó al punto de extracción y sintió el vértigo del regreso. Esta vez, el viaje trajo el hedor de ozono podrido de las realidades inestables. La base estaba sumida en alarmas. El General, un hombre que había vivido veinte vidas en cinco líneas temporales distintas, la recibió con una severidad casi paternal.

—Mei —dijo—, ¿qué viste?

Ella detalló las acciones, los riesgos evaluados, el juicio ejercido. El General parecía escucharlo todo, pero su mirada se desplazaba, inquieta, a un diagrama holográfico a su lado, donde ramas y subramas del tiempo se retorcían con coloración anómala.

—¿Crees que tu pequeña compasión justificó el efecto? Nuestra proyección indica que la Confederación ya no surgirá, pero un brote diferencial: en vez de una alianza, surgen microestados anárquicos. Uno de ellos, Gulith, inicia una limpieza étnica contra colonos menores cinco años después.

El peso de la sangre que habías evitado volvía por otro lado. Mei luchó contra el impulso de justificarse.

—Podríamos enviar a otro equipo para prevenir esa masacre —propuso.

El General negó con la cabeza. No era tan simple. Las generaciones que nunca nacerían, los ideales que jamás florecerían, los monstruos incubados en las sombras de lo que evitabas: la guerra por el tiempo jamás se ganaba, sólo se negociaba, infinitamente.

—¿Sabes por qué ingresaste a este cuerpo, Wu?—preguntó el General, voz baja, arrugada—Porque, a diferencia de los algoritmos, un humano acepta la contradicción. Puede intentarlo, fracasar, y continuar. Pero incluso tú tienes un límite.

No fue una acusación. A ella le sonó a sentencia final.

Esa noche, Mei se despertó sobresaltada. Las pesadillas solían ser de espejos rotos, rostros de niños en llamas, pero esta vez fue diferente: era la mujer que debía fundar la Confederación, envejecida, hablándole en una lengua olvidada al pie del río. Era un perdón y una exigencia, palabras inaudibles.

Durante los días siguientes, el flujo de operaciones se tornó errático. Los modelos predictivos se tambaleaban: tiempos de latencia extraños, mensajes distorsionados, la realidad resistiéndose al bisturí bélico. Mei comprendió que cada intervención creaba burbujas, bolsillos de posibilidad que no se disipaban, sino que maduraban y explotaban tarde o temprano.

En una junta clandestina, algunos crononautas le hablaron sin palabras, compartiendo gestos y fragmentos de miedo. Los relatos eran convergentes: los nuevos eventos imprevisibles surgían justo donde antes había intervenido un humano. Una especie de eco, o de advertencia.

La guerra temporal, pensó Mei, era una batalla para posponer lo inevitable. El horror no se detenía; sólo se reubicaba, reemergía. La compasión, como la crueldad, era una semilla sembrada en el barro del tiempo.

Cuando el General propuso una operación final, volver más atrás, eliminar la fuente misma de los crononautas (el programa de tecnología bélica que los creó), Mei supo que era una petición de suicidio, simbólica o literal.

Aceptó. No era cobardía, tampoco heroísmo. Era la aceptación de una verdad dolorosa: a veces, la única manera de salvar el futuro es desaparecer de él.

El último salto fue a un laboratorio anónimo, en el filo de su siglo, donde vio por primera vez la imagen en bruto de su propia conciencia, en un tanque de descarga cuántica. Bastaba una señal para borrar el germen entero del proyecto.

Antes de tocar el interruptor, dudó. Recordó las palabras de la fundadora en su sueño: “Ven a buscarme ayer.” Un ruego por redención, o quizá por compañía en la tragedia. Mei respiró, humana hasta el final, y comprendió lo esencial: el tiempo siempre cobraría su deuda, pero también ofrecía una tregua para quienes caminaban su superficie con humildad.

Con un gesto, envió el pulso destructor. Y en ese instante, la guerra, los crononautas, el General y las víctimas remotas, todo se disolvió en el olor intacto de la posibilidad virgen. El silencio era abrumador, pero también acogedor.

Quizá, pensó Mei, ese era el único triunfo: haber aprendido, al filo de la aniquilación, a distinguir, aunque fuera una vez, entre la compasión y el poder.

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