Fragmento:
Antes de asomarme a la puerta del cuarto, el monitor instaló en mi sistema dual una batería de comandos. Me vi a mí mismo —o a Arkadi— en las pantallas reflejadas: cejas densas, cicatriz junto a la boca, torso cubierto de tatuajes abstractos que parecían escritas en alguna lengua fracturada. Sonreí. La sonrisa era mía, áspera en otro rostro.
Duración: 09:50
Cuando desperté, el lugar olía a ozono y a metal. Cada vez que mi consciencia atravesaba el umbral entre la carne y el silicio, sentía ese tenue escozor en la base del cráneo, ese eco de una descarga eléctrica que solo existe en la memoria del cuerpo. Ahora, flotando en la cúpula blanca del Centro Alfar, examiné el nuevo cuarto —si es que podía llamarlo cuarto a este espacio blanco, aséptico, lleno de líneas de luz azul— y comprobé mis manos: largas, ágiles, morenas. No eran las mías. Unos segundos tardé en coordinar los dedos. La transferencia aún no estaba completa.
La voz, distante, llegó a mi mente —o a la de este inquilino temporal— antes de que pudiera preguntarme si todo había salido bien.
—¿Cómo te sientes, Arkadi?
No respondí de inmediato. No tenía sentido, en realidad: nombre nuevo, cuerpo nuevo, otra vida por vivir. El truco de la transferencia de consciencia nunca era tan elegante como lo describían en los anuncios. Nadie te decía que los recuerdos se mezclaban al principio como cartas en un mazo usado, que los deseos del anfitrión y los tuyos forcejeaban bajo la piel, buscando la rendija exacta desde donde empujar la voluntad.
—Desorientado —dije—. Pero funcional.
—Excelente. Tu contrato es por setenta y dos horas. Todas las directrices están programadas en la memoria episódica reciente. Por favor, verifica los enlaces sensoriales y la interfaz subjetiva antes de proceder.
Cerré los ojos, busqué el pulso, intenté tragar saliva. Sí, la garganta era más seca de lo habitual. El pulso, acelerado por la novedad. Detalles insignificantes, pero los recuerdo: mi primer día como Arkadi, mercenario de mentes, anfitrión de lujo para los que podían pagar una experiencia más allá de los propios límites. Llevaría su vida durante tres días. Después, sencillamente, sería exportado de regreso; aunque nunca con la garantía de ser exactamente quien entró.
La migración de conciencia era la última perversión del ocio entre los ricos. Primero fue la clonación, luego el slow-time dilatando el placer, después la simulación directa. Pero la transferencia era el sumo —elegías una vida distinta a la tuya, experimentabas su trabajo, su deseo, sus vicios, su tragedia. No era simplemente ver, sino ser el otro. “La caja del yo”. “Un viaje en primera persona”. Qué fácil se lo vendían a quienes jamás serían poseídos.
Antes de asomarme a la puerta del cuarto, el monitor instaló en mi sistema dual una batería de comandos. Me vi a mí mismo —o a Arkadi— en las pantallas reflejadas: cejas densas, cicatriz junto a la boca, torso cubierto de tatuajes abstractos que parecían escritas en alguna lengua fracturada. Sonreí. La sonrisa era mía, áspera en otro rostro.
La agenda estaba clara. Era un encargo simple, de los que mejor pagaban: infiltrarme en el club Zona Cero, seducir a una tal Melissa Pavlov, extraer la ubicación de sus terminales ocultos. Espionaje industrial, sí, aunque lo disfrazasen de juego. Pero pronto aprendí que la tarea nunca era tan simple: una vez que habitabas otra vida, tus intenciones se mezclaban —la persona original aún vibraba, retorciéndose en el fondo, escupiendo inseguridades o deseos que, a veces, ni comprendías.
Elegí la chaqueta negra, abrí la puerta, avancé por el corredor hasta la cápsula de descenso. Arkadi, descubrí, caminaba de otra manera: bastante más grácil, como un bailarín que aprendió a moverse en terreno pantanoso. Tomé el ascensor, descendí hacia la ciudad sumergida bajo la cúpula. Las paredes vibraban. Por un momento, sentí un vértigo dual, como si dos entidades forcejearan por el dominio.
Al llegar al club, luces líquidas se deslizaban por la pista. Aromas animales, música fractal, cuerpos bailando bajo el pulso de la música sin centro. Avancé entre la multitud, guiado por impulsos que no reconocía como míos. Era la rutina de Arkadi: analizar, buscar rostros conocidos, leer códigos en las miradas. Encontré a Melissa. Su piel reflejaba hilos de luz azul, sus pupilas contractiles giraban en direcciones opuestas, atentas a trampas.
Me acerqué, improvisando la coreografía de seducción. Su voz, al responder, fue un destello en mi óvulo temporal:
—¿Perdido, forastero?
No supe si lo preguntaba a Arkadi o a mí.
—Creo que en este lugar todos estamos un poco perdidos —musité. Ella sonrió.
La conversación fluyó extrañamente bien. Supe, en algún recodo de la psique, que Arkadi ya había ensayado ese diálogo. Palabras como llaves girando en cerraduras múltiples, guiadas por la memoria muscular de otro.
Melissa, sin embargo, tenía un giro inesperado. Me sujetó el antebrazo, leyó la textura de mi piel con sus dedos-cables.
—¿Presente o huésped? —susurró, muy cerca.
En ese instante, la diferencia importó. El sistema de transferencia de Alfar era el más sofisticado de la urbe, pero a veces, en las capas profundas, quedaba una sombra del huésped anterior. Me recogí en torno a esa pregunta, mientras Arkadi pujaba por no perder el hilo.
—Depende de quién lo pregunte —retrucó mi voz.
Ella rió, pero su mirada se agudizó. Un zumbido comenzó a martillar en el fondo de mi cráneo (el de Arkadi), y recordé, o supe de pronto, que ciertos anfitriones podían sabotear a sus huéspedes, dejarles trampas mentales, cicatrices neurológicas, implantes de recuerdo que explotaban bajo presión.
Melissa me llevó a una cabina privada, ordenó dos copas. Las toqué y la sensación metálica fue diferente —no reconocía el sabor, pero murmuraba familiaridad dentro de mí. Bebí, juegué mi papel, busqué la manera de converger hacia el objetivo: la verdad sobre sus terminales.
En aquel momento, sin embargo, Arkadi cobraba fuerza. Sintió su antiguo deseo por Melissa, una racha de culpa flotando en el fondo de mi mente temporal. Vi entonces, en destellos, la parte de su historia que no debía saber: el rostro de una niña perdida, una promesa rota, una traición años atrás. Cada usuario, cada huésped, debía pagar ese precio —la irrupción de los recuerdos ajenos como ruido de fondo.
Melissa dejó caer el biomarcador sobre la mesa. Una pulsación azulada brilló en sus dedos. La realidad se fragmentó—por un instante, ambos fuimos más conscientes del artificio que de la carne. Ella jugaba: “¿Quién eres hoy, realmente?”
La transferencia permite robar vidas, pero también deja puertas abiertas. Yo, quienquiera que fuese bajo la piel de Arkadi, sentí el peso de su tristeza. ¿Quién, en verdad, decide en ese laberinto neuronal: el huésped o el anfitrión?
Melissa volvió a hablar, pero esta vez sus palabras eran comandos cifrados. Quiso invadir mi acceso sensorial, explorar, quizás descubrir mi verdadero origen. No era un juego. Intenté resistir —sentí el ardor de un cortafuegos activándose— pero Arkadi, el verdadero, aprovechó la fisura y comenzó a emerger. Mis recuerdos se licuaron, colapsando bajo la presión de una identidad que no era la mía.
La cabina se transformó en una cámara de lucha invisible, la lucha de voluntades. Recordé la advertencia de Alfar: “Solo los huéspedes voluntarios suelen regresar completos, aunque no ilesos.” Yo lo supe tarde. Cabalgaba un cuerpo lleno de cicatrices y furia, asolado por traumas no resueltos, tan atrapado en el pasado como yo en el presente.
Melissa entendió el giro. Tal vez era una jugadora aún más hábil. Introdujo su pulsera en el conector de la cabina e inyectó una serie de códigos: “Descárgalo de vuelta”, musitó, “o ambos nos quemaremos.”
Por un segundo, mis recuerdos de mi verdadera vida —la anterior a Arkadi, la anterior a todo este espectáculo alquilado— cruzaron como relámpagos: mi apartamento oscuro, el olor a sopa fría, la voz de mi hija, sus brazos que ya olvidaba cómo se sentían. ¿Cuánto de mí realmente regresaría? ¿Podía conservar lo esencial tras tantas migraciones?
Alfar me extrajo.
El mundo volvió a desprender olor a ozono y metal, pero ya no era el mismo. No tenía certeza de si seguía siendo yo. ¿Cuánto de Arkadi había traído de regreso? ¿Cuánto de mí había dejado atrás? En los ojos del técnico que apagaba la máquina reconocí otro huésped habitual, marcado por el mismo extravío.
Esa noche, en mi apartamento, consulté en la red anónima. Los foros estaban llenos de historias similares: huéspedes perdidos, fragmentados, habitando múltiples vidas a la vez, sin que ninguna les perteneciera del todo. Algunos decían haberse fundido por completo con su anfitrión, otros buscaban aún la puerta de regreso a sí mismos.
Me miré en el espejo; el rostro era mío, pero los ojos danzaban con la memoria de Arkadi y la química de una noche que no viví en carne propia. Recordé la promesa de Melissa: si sobrevivía, nos encontraríamos de nuevo. ¿Sería ella misma, la próxima vez? Quizá sería otro huésped en su piel, otro viajero desesperado por probar lo ajeno.
Me recosté en la cama. Por primera vez en años, no estaba seguro de desear dormir: ¿quién soñaría, esta noche?, ¿el viejo yo, el eco de Arkadi o cualquier otro que hubiese dejado un residuo, flotando, susurrando desde la otra orilla?
En la transferencia de conciencia, nadie escapa del todo. Solo se reparten las heridas y los deseos, dejando tras de sí un rastro de otros posibles yoes —fantasmas atrapados en los pliegues de la memoria. Para adultos, sí: solo los adultos arriesgan tanto, apostando sus identidades por unas horas de vida ajena, olvidando que, con cada transferencia, hay menos de uno mismo a quien regresar.
Mañana volvería a la agencia. Quizá esta vez huiría, como tantos huéspedes, hacia una vida inventada, lejos del pozo donde los yoes van a perderse. O quizá volvería a intentarlo. El deseo de ser otro es, después de todo, la más humana de todas las perversiones. Y yo, o quien fuera, todavía cercaba la frontera, sin temer a lo que pudiera hallar al otro lado.
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