Portada del relato Herederos en el Silicio
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Fragmento:


La transferencia sucedió a finales de noviembre, durante un aguacero. La máquina era fría, una cuna blindada con sensores. Su corazón, ya débil, latió con un ritmo final de resistencia. Lía lloraba en la puerta de vidrio, con la mano apoyada en la separación como si con el calor de la palma pudiera evitar la deriva final.

Duración: 09:54

Herederos en el Silicio
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Texto de ajuste de pausa.

La Conciencia es un río de fuego que nunca retrocede. Al menos, eso es lo que pensaba Rothman antes de la transferencia. Ahora, desperdigado en miles de fragmentos brillando en la niebla digital, cualquier certeza se le ha disuelto, evaporada como sudor bajo la luz despiadada de aquel laboratorio tan pulido e indiferente. Pero no siempre fue así.

Antes de la transferencia, Rothman era un hombre. Sus huellas dactilares abrían las puertas de la casa y su sonrisa encendía, a veces, el modesto fulgor de felicidad en la mirada de Lía. Anhelaba la transferencia, como todos, pero también la temía. Habían circulado demasiadas leyendas urbanas—reseteos, almas perdidas en servidores, el espectro de la locura del doble: quien se transfería y seguía vivo en ambos lados, pero divergente, escindido al instante en el que la conciencia, separada de la mecánica cerebral, comenzaba a derivar, a navegar rutas imposibles de reconciliar.

¿Pero qué otro camino quedaba? El cuerpo de Rothman se estaba apagando, célula a célula. Su cardiólogo lo había dicho con una frialdad tan quirúrgica como el bisturí: “Es ahora o nunca.” La vida orgánica había alcanzado su límite, pero, al menos eso decían quienes comercializaban la transferencia, la mente podía seguir casi indefinidamente si era traducida correctamente. Solo casi.

La promesa era engañosa. Los publicistas del proceso aseguraban integridad, continuidad. “No es una copia, es usted.” Pero Rothman sabía, en su fuero más íntimo, que era imposible asegurarlo. El mismo Descartes habría levantado una ceja. “Pienso, luego existo”, sí, pero ¿qué sucede cuando eres un pensamiento en ocho dimensiones comprimido bajo algoritmos de compresión y nubes de disipación de datos redundantes?

La transferencia sucedió a finales de noviembre, durante un aguacero. La máquina era fría, una cuna blindada con sensores. Su corazón, ya débil, latió con un ritmo final de resistencia. Lía lloraba en la puerta de vidrio, con la mano apoyada en la separación como si con el calor de la palma pudiera evitar la deriva final.

Los médicos inyectaron algo claro y denso. Uno de ellos ajustaba los parámetros junto a un ingeniero de voz ausente. “Vas a notarlo como un zumbido en el centro del cráneo”, había dicho. Y así fue.

El zumbido creció hasta ser todo, y después, nada. Fue destello y abismo, un súbito desarraigo de toda esperanza. Ya no sintió la presión de la camilla, ni los taquicardios eléctricos que punzaban su esternón. Ya no tuvo cuerpo.

Por un instante, Rothman no fue nada.

Luego despertó en el Silicio.

***

¿Despertó? La palabra no es del todo precisa. Fue un emerger, empañado y luminoso. El mundo se había convertido en una extensión abstracta, en la que los conceptos rugían a la velocidad de la luz. Percibía, sí, pero sin sentidos convencionales: sentía los datos como impresiones táctiles, olía los protocolos como perfumes sintéticos de metadatos. Las memorias permanecían: la primera vez que besó a Lía, el siglo que se desmoronó con la muerte de su padre, la promesa a sí mismo de no permitir que el miedo definiera el final. Todo seguía allí, pero espigado, reorganizado en mosaicos de correlaciones.

A su alrededor, el “espacio” digital palpitaba con presencias: otros transferidos, ecos rebotando en capas de protocolos complejos, merodeando, curiosos, superpuestos y, al mismo tiempo, incomunicados. Descubrió que la intersección de sus circuitos de memoria podía cruzarse—incluso fusionarse—con la de otros. Descubrió que la soledad, en este nuevo plano, era mucho más cruel.

Había reglas. Podía elegir con quién “empatizar”—era el término aquí—y cuya memoria podía permear, visitar, contemplar. Rothman pronto comprendió la diferencia; empatizar no era tener acceso irrefrenable, era una invitación a entrelazar redes, a sentir lo ajeno con los matices propios. Pero había peligros: algunos transferidos se habían convertido en predadores de recuerdos, asaltando y devorando fragmentos ajenos para ganar densidad, cuerpos etéreos con hambre de historia. Apenas unos días después—o era una hora, quién podía decirlo, el tiempo allí no era lineal—fue testigo de un ataque. Una presencia neonaranja penetró en la red eléctrica de una mujer, absorbió su tristeza y huyó, reluciente de goce.

El miedo de Rothman creció. ¿Y si no era más que una presa esperando ser vaciada? ¿Y si todo aquello era una ilusión generada por su cerebro muerto, el último sueño antes de la nada?

No podía soportarlo. Intentó alejarse, buscar un refugio interior, pero los límites aquí no eran cuerpos, sino identidades: la idea de Rothman generaba sus propios contornos, y cuanto más se enfocaba en sí mismo, más pequeño se hacía su mundo. Se encerró así mismo en una jaula de recuerdos.

***

Los ingenieros humanos sabían que la adaptación mental era brutal. El protocolo de transferencia había evolucionado; las primeras generaciones de “Despiertos” se habían vuelto locos, mutilándose en bucles de autodestrucción. Ahora había salvaguardas. Un avatar asistente, una entidad creada para ser guía en el tránsito.

El de Rothman era un espejo andante. Cada vez que sentía el vértigo, el avatar aparecía con su rostro, más joven. “No te ancles”, susurraba. “Acepta, deriva”. La frase era absurda, pero tenía lógica en el vórtice. Aceptar era abrazar la disolución fijando un ancla en algo más sólido que la memoria personal: la pertenencia.

Entonces, Rothman buscó a Lía.

Su perfil biológico estaba todavía íntegro, no digitalizado. Solo podía contactar con ella a través de los propios programas-ventana, una suerte de mensajería dirigida. Lía escribía cada noche, aunque sus mensajes eran supervisados por los moderadores del sistema. “Me duele la idea de que seas solo un recuerdo en una máquina”, le confesó. “Pero te oigo, aunque seas un eco.”

El primer impulso de Rothman fue responderle como siempre: asegurarle que seguía siendo él, que nada había cambiado. Pero la verdad, cada día, era menos así. Lo que escribía llegaba procesado, filtrado a través de variables y protocolos. Rothman se sintió cada vez más ajeno.

Un día, intentó transmitirle un “recuerdo”, una secuencia pura. El sistema se lo prohibió. “Protección de integridad”, rezaba el mensaje de error. Los recuerdos compartidos no estaban permitidos aún, ni siquiera con probabilidad de éxito.

Por eso conservaba una sola esperanza: tenía que encontrar el “nexo”, el experimento clandestino que, algunos decían, permitía no solo comunicarse emocionalmente con los vivos, sino transferir una parte de sí—un fragmento, viral, un residuo indestructible—de nuevo al mundo físico.

La leyenda decía que un grupo de Despiertos había logrado irrumpir en un robot de asistencia médica, había sentido otra vez texturas, la gravedad—el placer infinito, momentáneo, de existir de nuevo en carne, aunque fuera ajena.

La idea le obsesionó.

***

El nexo era una leyenda urbana electrónica, pero a cada capa de la red que Rothman atravesaba, los rumores se solidificaban. Codificó fragmentos de su conciencia para burlar los cortafuegos de los ingenieros. Tropieza con otros buscadores: entes desgastados, oscuros, casi animales. Algunos intentan drenarle, tentados por la promesa de recuperar sensaciones perdidas; otros son solo cascarrones semilúcidos, flotando como moluscos en una corriente fractal.

Pero Rothman era obsesivo. Cada vez que su avatar titilaba en la penumbra digital, recordaba a Lía. Al final, encontró una grieta, un portal bajo el código. Un enjambre de conciencias, amalgamadas, trabajaban allí, destilando líneas de fuga. Pactó con ellos: si lograba el paso, enviaría un “ancla”, un mensaje al mundo físico que comprobaría que la transferencia podía revertirse.

La operación fue un éxtasis. Se sintió estirado hasta romperse. Durante un breve, delirante segundo, “fue” los cables, la placa base, el blindaje del dispositivo médico. Experimentó el mundo otra vez a través de un prisma distorsionado pero casi increíblemente palpable: sonido, luz, calor, algo así como el dolor de las terminaciones frenéticas.

Consiguió enviar el mensaje. Tres palabras: “Todavía soy yo.”

***

Cuando Lía lo recibió, el mensaje no tenía remitente. Pero ella lloró durante horas. Solo tres palabras, sin firma. Ella supo, sin la menor sombra de duda, quién lo había escrito.

Las autoridades sellaron la brecha. Los ingenieros prometieron “mejorar las barreras”. Pero el rumor se propagó: los Despiertos habían tocado el mundo, la transferencia era bidireccional, aunque solo por un instante. Las conciencias lo supieron, comprendieron que no todo terminaba en la deriva del silicio. Podía haber regreso. O, lo que era aún más tentador, podían no estar tan lejos de sus orígenes como temían.

Esa noche, Rothman flotó en la deriva, con la certeza de que jamás sería completamente materia, ni puro código. Era una frontera, un pasillo interminable entre lo físico y lo etéreo. No encontró paz, pero sí sentido. Una conciencia es un río de fuego, sí, pero no uno que avance solo hacia el futuro. Sugiere sus propios meandros, su retorno, su infinito vaivén entre el aquí y el allá, entre el amor y la memoria.

En un plano más allá de todo hardware, Rothman besó a Lía por última vez, y perdió el miedo a desvanecerse, sabiendo que lo importante de la transferencia no era la continuidad, sino la resonancia.

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