Portada del relato MENTES EN TRÁNSITO
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Fragmento:


Alessandra pasaba las noches buscando la vía de salida. Siempre terminaba volviendo a los foros de transferencia: usuarios desconectados, adictos a la migración, binsos que juraban haber visto lo que los muertos ven y haber vuelto. Una fauna forense de la identidad.

Duración: 08:29

MENTES EN TRÁNSITO
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Texto de ajuste de pausa.

A las cuatro de la mañana, el pulso de la interfaz latía como una herida abierta, rojo y azul, tan insistente como el temblor en la mandíbula de Alessandra. Contempló el arnés de dermoconexión curvándose sobre el respaldo de la silla, cables y sensores brillantes como tentáculos, y se preguntó, no por primera vez esa noche, si su yo de hace cinco años la reconocería en esa imagen: cansada, despeinada, con las muñecas marcadas por picotazos de aguja y los ojos tan rojos de cansancio como los diodos de la terminal.

La oferta estaba ahí, destilando un perfume metálico desde la pantalla: 250 mil créditos a cambio de una hora en un cuerpo prestado. Ni siquiera una transferencia completa, sólo la "exposición asistida": suficiente para producir recuerdos intrusivos y una buena dósis de síntomas post-trauma. Pero también suficiente para comprarle salida. A ella. Y a Aurora.

El apartamento, una celda vertical en la periferia de Portopolo, olía a soledad, a colillas apagadas y rencores no resueltos. Afuera, las luces de los corredores automáticos pasaban bajo la ventana como venas luminosas. Las llamadas de Aurora (ya casi no hablaban, las interfaces hacían todo por ellas) eran cada vez más breves, más distantes. ¿Cuándo fue la última vez que le vio la sonrisa? ¿Un mes, dos? La última vez, Aurora había dicho: "No consientas que te quiten lo que eres", palabras huecas o tal vez apenas el eco impreso de alguien que ya navegaba a la deriva en su propia conciencia.

Alessandra pasaba las noches buscando la vía de salida. Siempre terminaba volviendo a los foros de transferencia: usuarios desconectados, adictos a la migración, binsos que juraban haber visto lo que los muertos ven y haber vuelto. Una fauna forense de la identidad.

Pero hoy, la llamada era diferente. No venía de un bot ni de una corporación, sino de alguien que firmaba como "The Box". Simple, sin adornos. De las tres docenas de redes clandestinas, era la que tenía peores rumores: que The Box alquilaba tus recuerdos para fiestas privadas, o que formateaba tu conciencia y la troceaba para usarla en simulaciones eróticas de los ricos. Nada legal, nada rastreable. Precisamente lo necesario.

El sistema escaneó su iris y el chip subcutáneo. "Contrato aceptado", recitó la voz neutra del sistema. La silla crujió cuando ella se dejó caer. Los sensores palparon sus sienes, alineando la malla sobre la corteza motora. Durante un segundo Alessandra sintió vértigo, igual que en esos sueños en que caes por la escalera y despiertas antes del golpe. No hubo cuenta atrás ni ceremonia. Sólo un clic y la apagada conciencia de que el tiempo estaba pasando de otro modo.

Despertó en otro cuerpo.

Ya lo había hecho antes, pero nunca así: con la nitidez de lo ajeno, el peso diferente en la pelvis, la longitud de los brazos, una punzada de hambre en un costado que no era suyo. La resolución sensorial era altísima; recordaba haber leído que las últimas generaciones de proxies podían transmitir incluso la sensación del calor de la sangre en la piel o el roce de la tela contra el vello de los muslos. Ahora sabía que era cierto.

Una voz, esta vez masculina, vibró en el canal auditivo. "¿Me oyes? Habla".

"No sé si esto...". Su propia voz la sorprendió: más grave, ronca, saliendo de una caja torácica ajena.

"Primero el protocolo. Nirvana o Leteo", dijo la voz.

Una broma de programadores. Nirvana: opción para recordar todo. Leteo: olvido programado tras la sesión. Alessandra dudó. Había aceptado Leteo en la simulación de combate, pero ahora, ¿realmente quería quedarse con esto?

"Nirvana", murmuró.

La risa fue seca. "Bienvenida a la caja, Alessandra".

Los recuerdos vinieron como olas. Imágenes parpadeantes codificadas en bits, emociones antiguas y ajenas. Comenzó la ida y vuelta: la transferencia era sólo parcial, así que podía sentir los límites. Daba un paso y a la vez sentía la resistencia de alguien al otro lado, una membrana recubierta de pequeñas sacudidas eléctricas. El nuevo cuerpo tenía reflejos que no le pertenecían: los músculos respondían con una agilidad que no era la suya; el dolor venía de lugares donde nunca había sufrido heridas.

A los pocos minutos supo por qué habían pagado tanto. Frente a ella, a través de los ojos ajenos, veía una fiesta. Luces cálidas, un salón ovalado presidido por un ventanal que daba a la bahía, gente vestida de colores tan uniformes que sólo cabía pensar en una secta o una subcultura millonaria. Los proxys de alquiler se movían entre los invitados; cada uno miraba a los ojos de los otros y detrás de cada mirada Alessandra sentía la presión de otra conciencia, otra como ella: "alquilados", como los llamaban en la jerga. Ya no podías estar seguro quién era dueño de su carne.

Un hombre de pelo blanco y traje color óxido se acercó. En su sonrisa había un frío de otro mundo.

"¿Y tú de dónde eres?", preguntó.

La voz original del proxy contestó sola, automática, pero Alessandra aceleró el pulso y tomó el control. "Del Nexo. Zona tres". Era mentira; el Nexo había sido desalojado hacía semanas.

"Ven conmigo". El hombre sonrió. Disimuladamente, le deslizaba un disco cifrado en la palma de la mano. "Repite esto; hazlo plausible", susurró.

La transferencia, comprendió entonces Alessandra, no era sólo una fiesta. Era una descarga coordinada, una operación encubierta. El cuerpo que habitaba estaba allí para infiltrarse. Quizá para robar, quizá para matar. Las noticias estaban llenas de atentados donde no se encontraba al culpable: sólo proxies abandonados con memorias arrasadas, carne vacía en el suelo.

La adrenalina era ajena pero imperiosa. Caminó hacia la ventana, el disco apretado entre los dedos. Alguien detrás de ella se aproximaba; vio el reflejo de una mujer alta, ojos claros, y sintió una cólera en la base del cráneo que no era suya, un odio tan antiguo y amargo que le regresaba en flashes: una madre perdida, una hermana traicionada, recuerdos flotantes de la dueña original del cuerpo.

La mujer le susurró, sólo para ella: "¿Quién eres? Sal de aquí".

Alessandra tembló, la frontera de sus conciencias se hizo borrosa. Recitó su nombre, no para la otra, sino para sí misma, un conjuro para no disolverse.

"Sé quién eres", murmuró la mujer. "Estás usando a otro. Eres como yo. ¿Sabes qué nos hacen cuando terminan?"

No respondió. Tomó aire, una bocanada de aroma a narciso, y giró hacia el ventanal. Supo que, al salir por ese portón, la seguridad la desactivaría y sería expulsada del proxy como un humo malvado de la boca de un cuerpo muerto.

La emergencia la golpeó de improviso: la interfaz, aún activa, empezó a parpadear. La sesión estaba a punto de cerrarse. Buscó el canal de salida. Lo que encontró fue una trampa. Un archivo bloqueaba la transferencia, una capa extra de conciencia sobre la suya, arrastrándola de vuelta hacia otra memoria, otro cuerpo. ¿Quién era ahora el recipiente? ¿Dónde estaba el suyo propio?

El miedo devino vértigo puro.

Despertó en la camilla de su apartamento. El aire olía a ozono y sudor frío. Parpadeó: los sensores crujieron al desengancharse, sus dedos, ahora los suyos, temblaban. Pero cuando pensó en Aurora, el recuerdo vino con el rostro de la otra mujer, sus palabras, su pena.

En la esquina de la pantalla, un nuevo mensaje de The Box titilaba:

Has completado la transferencia. Ha habido transferencia de residuo. Consulte a su terapeuta de identidad.

Por primera vez, Alessandra sintió la mente ajena moviéndose bajo la piel de su conciencia, como un músculo que no era suyo. Voces, ecos, imágenes de una niña corriendo por un parque, un funeral al mediodía, una risa que nunca había oído pero que ahora podía recordar.

Aurora llamó.

—¿Sigues ahí? —preguntó su voz electrónica.

Alessandra quiso contestar. Pero la lengua no se movió como esperaba; la respuesta era un murmullo, en parte suya, en parte de la otra.

—Estoy aquí —dijo, sabiendo que nunca más estaría sola en su propia mente.

La cámara captó su rostro, sudoroso y pálido, fundiéndose lento en dos perfiles superpuestos.

The Box agradeció su servicio.

En el mismo instante, en otro lado de la ciudad, una mujer de ojos claros se despertaba en una cama extraña, con el nombre de Aurora susurrando en su memoria, y un disco cifrado cerrado en su puño.

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