Fragmento:
Al principio, apenas los magos más viejos sabían de su existencia, pero después se supo en todas partes. Eran pequeñas, podían sostenerse en la palma de la mano, similares a canicas enormes llenas de ligeros resplandores líquidos en su interior. Las tenían los poderosos, los sabios, y también, secretamente, los desesperados.
Duración: 08:15
Nadie recuerda en qué momento exacto comenzó la rotura de las esferas. Cuando las primeras esquirlas de opalina flotaron en el aire de la ciudad de Aereth, se creyó que era el comienzo de una nueva estación, quizás una especie de nevada mágica, pero pronto las consecuencias se volvieron demasiado dolorosas para que nadie pudiera ignorarlas. El motivo era sencillo: las esferas no eran objetos decorativos, sino receptáculos de conciencia.
Al principio, apenas los magos más viejos sabían de su existencia, pero después se supo en todas partes. Eran pequeñas, podían sostenerse en la palma de la mano, similares a canicas enormes llenas de ligeros resplandores líquidos en su interior. Las tenían los poderosos, los sabios, y también, secretamente, los desesperados.
El concepto era así: cuando alguien sentía que el final se aproximaba —por vejez, por enfermedad, por un crimen inminente— podía transvasar su conciencia a una esfera. Allí esperaba, a veces días, a veces siglos, a que otro cuerpo la aceptara.
La noche en que mi madre cayó de la torre de la Universidad, el viento se llevó sus últimas palabras: “No me dejes marchar”. No quise interpretarlas, pero la encontré después entre las bóvedas, marchita y pálida, con la mano crispada sobre una esfera que no era suya. Sorena, la que todos temían por sus estudios macabros, había roto el mayor tabú: el traspaso voluntario de conciencia de un cuerpo a otro, sin el consentimiento del huésped.
El ritual estaba escrito en los pergaminos prohibidos. Se requería un lazo de sangre —padre, madre, hijo— y una voluntad más fuerte que la del cuerpo invadido. Eso lo supe demasiado tarde. El cuerpo de mi madre murió, pero su conciencia no desapareció, sólo transitó y se arrastró por los corredores sombríos del submundo, buscando un ancla, una puerta, un refugio.
La primera vez que sentí la presión, fue en sueños. Imágenes impuestas, emociones ajenas: una aversión inexplicable al jazmín, la sensación de tener unas manos llenas de cicatrices que no eran mías, y una voz, tan parecida a la suya, susurrando cosas que no quería escuchar. Me despertaba sudando, con la certeza de que el límite entre mi yo y el suyo se desdibujaba.
Pese a ello, el consejo fue claro: “Un traslado de conciencia incompleto puede llevar a la anulación de ambos. Debes buscar la esfera y encerrarla.” Pero ¿cómo condenar a una madre a la extinción eterna? ¿Es preferible el olvido o el infierno de la fusión?
Intenté encontrarla por todos los medios. Los magos del consejo me miraban con compasión, los aprendices cuchicheaban a mi paso. El poder de una esfera era enorme, pero arriesgaba mi identidad, mi futuro, mi propio recuerdo. Consulté con Runel, el Guardián de los Limites. “Cada vez que alguien toca la esfera con la intención de ayudar, una parte de sí mismo puede quedarse atrapada. Piénsalo bien, Alyn.”
La noche del equinoccio, la ciudad celebraba la Danza de las Almas, un eufemismo cruel para un acto de olvido colectivo. En la Plaza de la Eterna Niebla, trajes ornamentados de cristal y máscaras doradas ocultaban los rostros. Yo camuflado entre ellos, llevaba la esfera de mi madre en una bolsa de seda negra.
El paso definitivo requería dos cosas: una llave de hueso y una confesión. La llave no era literal, sino un objeto con significado, un recuerdo anclado al cuerpo que sería el anfitrión. Elegí el pañuelo que mi madre había bordado antes de morir, con hilos de plata y símbolos de protección. La confesión debía ser pronunciada honestamente ante la esfera: un secreto vergonzante o doloroso.
A la medianoche, cuando la celebración estaba en su clímax y el eco de los músicos enmascarados cubría las palabras importantes, me escabullí bajo la estatua de la diosa sin rostro. Allí, coloqué la esfera frente a mí y sostuve el pañuelo, sintiendo los puntos invisibles de presión en el aire, como si la conciencia intangible de mi madre se retorciera, impaciente.
—No me dejes marchar —susurré, repitiendo sus últimas palabras.
Toqué la esfera. Una electricidad viscosa me recorrió. Imágenes me sacudieron: el cuarto de mi niñez bañado en luz amarilla, el crujido del pan tibio en la cocina, la mirada de mi madre enferma de arrepentimiento. Una voz, borrosa y múltiple, insistía:
—Alyn, no estoy entera. Termina el ritual... Tráeme de vuelta. Ámame lo suficiente para ser mi puente...
El hechizo tiraba de mi voluntad, pero yo no era el niño de antes. Miré la esfera y, con el pañuelo enredado en la mano, dije mi confesión:
—He deseado olvidar todo lo que dolía de ti. Incluso ahora. Te quise, pero a veces odié tu eternidad, tus secretos, tus reglas. No quiero ser tu refugio, ni tu espejo.
La esfera palpitó, un latido gemelo al mío. Sentí, por un instante, el borde de su desesperación—aquello que quedaba de mi madre, como un eco en una cueva vacía. El hechizo buscó el hueco de mi duda para arrastrarme. Pero las palabras fueron mi muro.
Un trueno silencioso rugió alrededor. La esfera brilló con un pulso final y colapsó en fragmentos. De inmediato supe que algo irreversible ocurría, que la conciencia atrapada allí, incapaz de encontrar ancla en mi verdad, se desvió a otro plano. No a otra esfera, no a mi cuerpo: a un espacio entre pensamientos.
Lloré. La gente bailaba encima de mí sin verme, celebrando en su máscara insensible. Yo, hecho pedazos, sentía el alivio de haber cerrado una puerta, pero el hueco que quedaba era otro. Una herida nueva, solitaria y sin nombre.
Las semanas pasaron. Esperé soñar con ella, pero las imágenes se volvieron extrañamente silenciosas. Los recuerdos se aquietaron, como aguas estancadas: claros, pero distantes. Aun así, algo sutil había cambiado. Un murmullo, casi un canto, aparecía en los márgenes de mi conciencia. No era mi madre, sino algo mío, una certeza apenas formada: la herencia de la rotura. Comprendí que nadie recupera íntegro lo perdido, ni siquiera cuando decide dejarlo marchar.
Mientras la ciudad olvidaba la tormenta de esferas, y los magos prohibían para siempre su práctica, yo recorrí los nombres de los muertos, buscando en los rostros un reflejo de lo que había liberado. A veces veía a una anciana a la que se le escapaba una sonrisa familiar, u oía la risa de mi madre en las voces de los niños. Imaginé que partes de ella se habían disuelto en el mundo, partículas dispersas de conciencia que no necesitaban anclarse en un cuerpo entero, sino resonar como notas breves entre los vivos.
Un día, frente a los muros del Templo Mayor, una extraña me detuvo. Sus ojos, grises e inverosímilmente profundos, se posaron en los míos. Me preguntó la hora y luego, sin venir a cuento, pronunció una frase que sólo mi madre decía cuando enfrentaba el dolor:
—Nada se pierde, Alyn. Sólo cambia de forma.
No era su voz, ni su olor, ni su risa, pero era suficiente. Sentí que la transferencia de conciencia, ese misterio prohibido, no necesitaba esferas ni rituales perfectos. Algunas partes de nosotros buscan maneras insospechadas de sobrevivir. El amor, el odio, los secretos: permanecen, cruzando puentes invisibles. Quizá nunca podríamos reconocernos del todo, pero habitábamos el mismo mundo extraño, hecho de transferencias, ausencias y renacimientos sutiles.
Esa noche, junto a la estatua de la diosa sin rostro, quemé el pañuelo bordado. Vi pergaminos rotos y esferas vacías, y entendí por fin: transferir no es sólo migrar, es también transformar, aprender a vivir con los huecos y aceptar las sombras de los que ya no están del todo.
A la mañana siguiente la ciudad amaneció tranquila. Los ecos de mi madre desaparecieron de los sueños, pero en algún lugar dentro de mí, su ausencia aprendió a convivir con mi propio silencio. El último puente, el de la aceptación, era también el inicio de un sendero solo mío.
En la renovada calma sentía todavía, de vez en cuando, una presión suave en la nuca, un roce invisible, como si alguien, mucho tiempo después de haber partido, aún tuviera algo irrepetible que decirme. Y yo, finalmente, estaba en paz escuchando.
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