En algún rincón de Altus VI, bajo cielos tornasolados y nubes cubiertas de polvo tóxico que se arremolinaban como bandadas de pájaros espectrales, Lietta encendió un cigarrillo. La inteligencia artificial del refugio escaneó las partículas en el aire y señaló, con la indiferencia de una madre hastiada, que el filtro de sus pulmones aún soportaría otra jornada antes de ser reemplazado. Lietta sonrió: para los cazadores de recompensas, todo tenía fecha de caducidad, y los filtros personales solo eran un recordatorio más.
El encargo le había llegado al amanecer, filtrado a través de tres capas de intermediarios, cada uno más oscuro que el anterior. “Prioridad máxima”, había dicho la voz de la mensajería cifrada. “El sujeto está localizado en el barrio de los Constructores. Identidad variable. Transferencia cerebral confirmada, tres saltos en las últimas 72 horas.” Donde antes veías un hombre, una mujer, un androide, ahora solo veías un crisol de almas alojadas en cuerpos ajenos, receptáculos temporales como jarras recicladas. No había nada más peligroso que un fugitivo que podía cambiar de piel y memorias con la facilidad de quitarse una chaqueta.
Lietta se levantó de la banqueta, desprendiéndose de la resaca de su última misión. La resaca no era alcohólica ni farmacológica – era existencial, la abrumadora impresión de que toda identidad era un juego de espejos, humo y lugares comunes repartidos a voluntad. Ella misma había cambiado tres veces, aunque siempre regresaba a la forma original: una mujer esbelta, rostro impasible, piel gris por los años en Altus VI, de cabello tan blanco que absorbía las sombras.
En el barrio de los Constructores, los cuerpos se revendían en el mercado como automóviles viejos. Viejos obreros descargaban mástiles y paneles; niños con ojos cerúleos y una madurez imposible de simular ponían orden en los datos de cargas y descargas. Lietta caminó entre ellos invisible, pero percibida. Ya nadie hacía preguntas en ese barrio. Las preguntas solo eran riesgos calculados.
El objetivo, decían, era un “desertor empedernido”, alguien que había rebasado su cuota de transferencias controladas y ahora era oficialmente un criminal: un anacoreta de sí mismo, una identidad en fuga, un archivo patafísico que había rebasado toda comprensión. El encargo era sencillo: “Traerlo de vuelta, entre o no en su cuerpo original”. Sabía, por experiencia, que “traer de vuelta” podía adoptar muchos matices.
En la bohardilla del número 23, la puerta se abrió sola. El protocolo habitual era la diplomacia seguida de tortura, pero Lietta prefería la inmediatez. Era más eficiente no preguntar: ir en línea recta por el tiempo mínimo posible. Justo cuando la luz, turbia por las partículas en suspensión, recortó la silueta de un niño jugando con fichas de construcción en el suelo, supo que el objetivo estaba allí. O, mejor dicho, que algo del objetivo estaba allí.
El niño levantó la vista, y había en esos ojos la turbulencia de alguien que había vivido demasiado tiempo y demasiado a menudo.
—¿Qué eres, tú? —preguntó Lietta, y la pregunta flotó como una amenaza.
La boca del niño se contorsionó en un ángulo que ningún niño utilizaría.
—A estas alturas, ¿importa? En cada célula de este cuerpo soy tanto yo como mis predecesores. Y tú, ¿acaso no eres también una suma de transferencias y pérdidas?
Lietta rezumó paciencia. Sacó de su bolsillo el dispositivo, delgado como una tarjeta de crédito, y pulsó dos veces. El niño supo lo que venía y, en ese segundo, se abalanzó hacia la ventana. No llegó: un pulso estocástico lo detuvo, neutralizándole los músculos. Lietta se arrodilló a su lado, contemplando el temblor de sus labios.
—¿Cuál es tu nombre ahora? —preguntó Lietta.
El niño rió, un riachuelo antiguo en el fondo de un pozo nuevo.
—Cambia de una hora a otra. Un día fui Malroc, otro día Ilvina. Ahora… puedes llamarme “Cosecha”.
Lietta sintió un escalofrío inédito. “Cosecha” era un concepto temido: aquellos que no tenían miedo de despojarse de sí mismos tanto como de sus perseguidores. Los cazadores acostumbran a ver mucho más que lo que sus ojos permiten, por eso ella captó el matiz de desafío, desesperación y resignación en la respuesta.
—¿Cuál es tu crimen? —preguntó Lietta, más por curiosidad que por humanidad.
El niño, “Cosecha”, miraba por la ventana como si buscara la forma de transferir su conciencia a una brisa pasajera.
—Mi crimen es haber aprendido los límites de la identidad, y haberlos rebasado. No quiero volver a mi cuerpo, ni a ningún otro. Quiero no estar.
Lietta titubeó, y esa vacilación fue el hueco justo que “Cosecha” necesitaba. En un abrir y cerrar de ojos, el pulso eléctrico se revirtió: un destello, una señal codificada, el cuerpo del niño se desplomó, vacío. Un susurro inaudible rozó la piel de Lietta. Ella saltó hacia atrás, sabía que a veces las transferencias podían ser tan rápidas que incluso el perseguidor se volvía el perseguido, el cazador el contenedor inesperado de una mente ajena.
Su pulsera vibró —alerta de intrusión. Revisión de identidad en marcha. Si el fugitivo había saltado a su mente, quedaría registrada como anomalía y perdería su propia vida en el proceso. Lietta forcejeó mentalmente: bloques de memoria se abrían, se cerraban, rastros de sensaciones ajenas, recuerdos de otros; sólo fragmentos.
—¿Me has poseído? —preguntó, para nadie.
Un zumbido en la base del cráneo. La voz de “Cosecha”, desplazada, reconstruyéndose.
—No te preocupes tanto, cazadora. No busco otro cuerpo, sino dejar atrás todos.
La transferencia era parcial: solo fragmentos se adherían a Lietta, como si no fueran recuerdos completos, sino sensaciones, aromas, gestos. Por primera vez, Lietta experimentó el profundo hartazgo de existir en demasiados cuerpos, la fatiga de saltar sin poder parar. Sintió que el fragmento de identidad de “Cosecha” no buscaba sobrevivir, sino disiparse, como una niebla expuesta al sol.
Recuperó el control. El cuerpo del niño era ahora una carcasa; la pulsera mostró una serie de diagnósticos incomprensibles, pero Lietta supo que, aunque había sobrevivido, algo en ella había cambiado. El encargo no estaba resuelto, pero la naturaleza de la transferencia era tan indeterminada, tan resbaladiza, que resultaba en sí un triunfo relativo.
La casa se volvió silenciosa; Lietta sabía que pronto llegarían los informes, los protocolos, la policía de las identidades y, sobre todo, los interesados en las tecnologías de transferencia. Sin embargo, decidió quedarse un momento, observando el polvo que se elevaba en columnas doradas. Sintió, en alguna recámara ajena de sí misma, el eco de un deseo: ser simplemente polvo, abandonar la carne y las memorias.
Acudió a su cápsula y activó la línea segura. No porque quisiera informar, sino para escuchar. Un susurro lejano, inteligible, era ahora una voz en su memoria. “Cosecha”, el fugitivo de cuerpos, el encargo imposible.
Por la noche paseó por las calles, absorbiendo los ecos de las transferencias. La ciudad vibraba con la inestabilidad de las conciencias saltando de cuerpo en cuerpo, de interfaz en interfaz. Lietta probó a sentarse en un bar de identidades, esos lugares donde uno pagaba para experimentar vidas ajenas por unas horas. Quiso saber si podía distinguirse ya de los fragmentos de “Cosecha” que había absorbido.
Cerró los ojos, dejó que la música sintética la arrullase, y notó que empezaba a pensar en círculos. “¿Hasta cuándo la caza es caza, y cuándo el cazador se vuelve pieza?” Se lo preguntó a su vaso vacío. Pensó en los límites de la identidad: hasta qué punto uno podía seguir siendo uno mismo después de aceptar rostros ajenos, recuerdos compartidos, trozos de dolor y júbilo que no eran originalmente suyos.
El camarero le sonrió. Era imposible saber si era un humano, un androide, o un compuesto ambiguo.
—¿Busca compañía, o solo un trago? —le preguntó.
—Quizá compañía —dijo Lietta, sabiendo que ese “quizá” era también una transferencia, un eco de un miedo no del todo propio. Mientras el camarero extraía dos vasos y depositaba una bebida transparente y calmante ante ella, Lietta sintió el primer temblor del sueño; un sueñopájaro, ligero y denso, hecho de recuerdos flotantes, sin origen ni dirección. Apuró el vaso y se fue.
Las noches en Altus VI no traían sosiego. Lietta se despojó de su indumentaria, abrió la base de datos portátil y revisó los rastros de transmisión neural. Había una línea fina, como un hilo de seda: el fragmento de “Cosecha” se difuminaba, entretejido a lo largo de varias subrutinas de sueño, de manera lenta pero inexorable. Sintió la tentación de rendirse: de ceder a ese espíritu nómada, dejar que se diluyera toda su personalidad en un conjunto mayor de identidades en fuga.
Fue entonces cuando la voz, ya casi imperceptible, despertó por última vez.
—No hay mayor crimen que aprender el secreto de ser irrebatible. La caza eres tú, la presa también. Cuando decidas dejar de perseguir, tal vez te encuentres a ti misma.
Lietta apagó la luz, sintiendo que no estaba sola en su propia mente. Afuera, la bruma mecánica de Altus VI era indivisible del humo de su propio tabaco y las nieblas en el centro de sí misma. Levantó la vista al techo, esperando que la transferencia terminase por consumir todos los rastros ajenos, incluyéndola quizá a ella entera. Pero una chispa de deseo remanente—el de conservar su propia biografía, sus pérdidas y victorias—le impidió dejarse ir.
Hasta que amaneció, y el siguiente encargo llegó. Como siempre.
Pero, a partir de entonces, por fin, dejó de hacerse preguntas. Porque comprendió que, en el fondo, la única recompensa era no tener recompensas. Solo la promesa de una nueva frontera, y la posibilidad, siempre, de borrarse.
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