Portada del relato Visiones robadas
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Fragmento:


No pregunté por qué fui seleccionado. Sonreí —bueno, el rostro que llevaba entonces sonrió— y confirmé mi presencia en la ubicación indicada. Cuando llegué, la nave estaba suspendida en órbita sobre Thal III, rotando justo al límite de la estación de transferencia.

Duración: 10:16

Visiones robadas
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando un hombre crece sabiendo que cada conciencia puede trocarse por otra, aprende que la identidad es un lujo y el nombre, una variable. Me llamo, hoy, Rygel Voss. Pero ese nombre no me pertenece realmente. Es la consecuencia de tres trabajos exitosos y uno fallido. Mi verdadero nombre fue dejado atrás, con mi cuerpo original, en una ciudad orbital cuyo nombre no quiero recordar. Desde entonces, navego por los circuitos grises de la Confederación, ganando mi vida —y a veces mi próxima identidad— como cazador de recompensas. Pero la noche que conocí a Lahra Ganet, las reglas de mi juego —y puede que mi yo— comenzaron a cambiar.

Todo empezó con una llamada, de esas que sólo recibes una vez que has demostrado tu valía. El mensaje utilizado para contactar a los cazadores de élite es tan simple y frío como un disparo en la cabeza: “Tenemos un extraviado, alto valor, transferencia autorizada. Únase al contrato si persiste el interés. Detalles tras verificación biométrica”. La voz no tiene género, ni emoción; sólo hambre de resultados.

No pregunté por qué fui seleccionado. Sonreí —bueno, el rostro que llevaba entonces sonrió— y confirmé mi presencia en la ubicación indicada. Cuando llegué, la nave estaba suspendida en órbita sobre Thal III, rotando justo al límite de la estación de transferencia.

La sala de reclutamiento era austera. Pantallas apagadas, asientos sin brazos, el tipo de espacio donde uno puede morir de aburrimiento o de un disparo traicionero. Había otros cuatro, todos, como yo, con las miradas huecas de quienes han vivido y muerto en demasiados cuerpos. A nuestras espaldas, un mural mostraba la fuga más famosa de la Confederación: la del político tirano que había transferido su conciencia a la de su carcelero para escapar de su ejecución. Todos conocíamos la historia.

El representante entró, un hombre alto, calvo, con implantes visibles en la frente. Nos ofreció la opción de revisar el archivo: Lahra Ganet, exfuncionaria de Nivel 47, buscada por traición y robo de secretos de Estado, valor de recompensa: 800.000 créditos y una transferencia segura. Pero no estaba en ningún planeta registrado. Su última acción: transferir su conciencia a un cuerpo desconocido en la estación libertina de Valdara.

La pregunta inevitable surgió. “¿Hay pista de con qué cuerpo se quedó?”

“No”, contestó el representante. “No oficialmente, no todavía. Precisión: hay veintitrés transferidos en las últimas seis horas en Valdara, la mayoría de ellos regulares, otros con antecedentes borrosos. Tienen acceso a la lista encriptada. El primero que traiga la conciencia de Lahra, autentificada, cobra. Traslados adicionales, peligros y daños no serán compensados.”

No era la primera vez que cazábamos a un “pielajena”, el término en la calle para los que viven saltando de conciencia en conciencia, cambiando de vida como otros cambian de ropa. Lo novedoso era el desafío: encontrar el alma adecuada en un mar de cuerpos indistintos. Me gustaba el reto.

Ajusté mi implante de rastreo y revisé los perfiles de transferencia: algunas jovencitas de cabellos coloridos, dos cuerpos sintéticos difíciles de distinguir, una anciana que había transferido su conciencia “para morir en paz”, y un soldado desfigurado. Alguno de ellos era Lahra, pero no sabíamos quién.

Mi protocolo era simple: buscar comportamientos anómalos. Cualquiera que se moviera de manera extrañamente vacilante en su nuevo cuerpo, como si no perteneciera a él, era sospechoso.

Bajé al teatro principal de Valdara, disfrazado de turista. Me envolví en el murmullo de las máquinas tragaperras, los fluorescentes de neón, los vendedores ambulantes de identidades falsas. No tardé mucho en notar a la joven pelirroja junto a la barra: pedía una bebida con la mano derecha, pero la zurda temblaba con el inconfundible temblor del trasplante reciente. Me acerqué, preguntando por el tiempo, la bebida, la zona de puertos de transferencia. Evitó el contacto visual.

Tuve paciencia. En la caza de conciencias, la impaciencia es letal. Fui siguiendo pistas. Un borrón de actividad neuronal extraña en la anciana, según los sensores. El soldado parecía demasiado cómodo con su rictus facial fingido. La pelirroja dejó el bar, se dirigió a las máquinas de transferencia y pedí acceso a las cámaras, con la excusa de ciertas autoridades aliadas.

Esa noche, uno de los otros cazadores apareció muerto en su camarote, la cabeza abierta en canal. El miedo comenzó a flotar en el aire como una nube viscosa. De repente, no era sólo la presa la que podía cambiar de forma: uno de nosotros podía ya no ser quien aparentaba.

Los rastros conducían a la zona de esclusas, donde los datos de transferencia habían sido manipulados. Volví a la lista de posibles cuerpos, y recabé información cruzada de los sensores de comportamiento: la anciana acababa de reservar un módulo de escape. Absurdo. Revisé los logs y la vi arrastrarse por el pasillo, pero con el paso firme y la cabeza alta de alguien mucho más joven.

Abrí la compuerta con mi código de cazador y encontré a la anciana de pie, lista para saltar al vacío espacial con un propulsor portátil.

Era ella. O su huésped. Le apunte con mi arma de contención neuronal.

— ¿Dónde crees que vas, Lahra? —pregunté.

La voz que salió de su garganta era un crisol de miedo y arrogancia—. Te equivocas. No soy Lahra.

La mentira sonaba como una cuerda desafinada. Ella no era una anciana. Era una mente encajada a la fuerza en un cuerpo ajeno, con la urgencia de sobrevivir.

Di un paso al frente. —No debería importar en qué cuerpo te escondas. La ley sigue siendo la ley.

Noté un parpadeo en sus ojos: implantes de disuasión. Oprimió un botón oculto entre las uñas; en el mismo instante un pulso cerebral retumbó en mis sienes. La pistola neuronal cayó de mis manos. El mundo se volvió tenue, ondulante.

Desperté atado, con mis propios grilletes de transferencia. La anciana —o Lahra— estudiaba los controles de transferencia listos para uso rápido.

—¿Alguna vez tuviste que huir de ti mismo? —preguntó, no sé si a mí, o a sí misma—. ¿Alguna vez te diste asco en un cuerpo, al punto de desear el olvido?

—Casi todos los días —repliqué, con honesta tristeza—. Pero no asesino para evitarlo.

Chasqueó la lengua.

—No es asesinato si ambas conciencias sobrevivimos. Es supervivencia. Llámalo evolución.

La transferencia de conciencia no duele. No en el momento del paso, al menos. Es el reencuentro con el nuevo cuerpo —y con la suma de tus errores y recuerdos que nunca encajan del todo— lo que atormenta. Me liberé con un movimiento de cadera, una vieja trampa de cazadores, y forcejeé con Lahra, pero ella era rápida, ágil, pese al cuerpo envejecido. Logró activar la consola y comenzó la transferencia forzada.

Lo siguiente que recuerdo es abrir los ojos y sentir el peso de décadas en los huesos. El espasmo de terror de ver mi propio cuerpo, ajeno, levantarse frente a mí. Lahra, ahora encarnada en mi envoltura, me sonrió con una mueca torcida.

—Por fin un cuerpo útil —dijo, tocándose el rostro, flexionando los dedos—. Te parecerá justo, supongo. Un intercambio entre iguales.

No podía hablar todavía, la transferencia deja la lengua torpe y pesada. La miré —miré a mí mismo, con los gestos precisos que sólo yo sabía hacer— y sentí un odio ácido crecer en mi pecho decrepito.

Lahra se inclinó hacia mí. —Te dejaré aquí. Mejor que el vacío, ¿no?

Cerró la compuerta y desapareció, llevando consigo mis movimientos, mis gestos y mi futuro. Me quedé solo en el cuerpo de la anciana, atrapado. Nadie confiaría en una presa con mi rostro, y mi yo real ya era historia. Medité durante horas en las sombras de la cabina, comprendiendo que por primera vez en mi carrera, yo era la presa y el cazador al mismo tiempo.

No pasó mucho antes de que los otros cazadores irrumpieran. El primero, Koln, apoyó el cañón de captura en mi frente.

—¿Rygel?

Asentí, usando la contraseña que solo un verdadero cazador conocería. Koln dudó, pero reconoció algo en mis ojos.

—¿Cómo demonios…?

Le conté todo mientras él desataba las ataduras. Expliqué que Lahra tenía mi cuerpo y nuestras credenciales.

—Nunca antes había perdido así —admití, la voz sonaba ajena, ínfima en la garganta flácida—. Lo peor es que tengo que cazarme a mí mismo.

Koln sonrió forzadamente.

—Espero verte regresar, viejo amigo. Pero cuando lo hagas… no esperes compasión. Yo también quiero la recompensa.

Partí hacia la superficie de Valdara, entre migrantes y comerciantes, oculto bajo mi nueva apariencia. Cada andén mostraba reflejos de lo que alguna vez fui: un cazador seguro de sí mismo, una mente que creía controlar el juego.

Seguí las huellas de mi antiguo cuerpo —ahora Lahra— por el bullicio de la ciudad lunar. Observé los modismos, los recuerdos corporales involuntarios, el modo en que tocaba la barbilla al pensar, el ligero encorvamiento del hombro. Señales inconfundibles de mi antiguo yo.

Seguí a Lahra hasta un club clandestino de transacciones. Buscaba vender los secretos robados para asegurar su próxima transferencia. Me colé tras bastidores; Koln me cubría desde el otro lado de la calle, rifle preparado.

Hubo un intercambio de disparos y gritos, un caos de luces y cuerpos. Logré acorralar a mi propio cuerpo en un callejón, cara a cara con el espectro de lo que fui.

Lahra, jadeante en mi piel, apuntó con mi propia pistola. —¿De verdad vas a matarte?

Sonreí —como sólo un verdadero cazador de conciencias podía hacerlo—. —Ya no me queda mucho que perder.

En ese instante supe que incluso si la transferencia podía quitarme el cuerpo, las cicatrices del alma permanecían. Quizá no se podía escapar de sí mismo, aunque saltaras de piel en piel por todo el universo.

El disparo fue limpio. Lahra cayó. Recuperé mi cuerpo, con ayuda de Koln y los protocolos de seguridad de la Confederación.

Más tarde, frente al espejo, me miré a los ojos, en busca de algo reconocible.

Sabía que jamás volvería a ser el mismo.

En la Confederación, todo puede ser transferido —excepto lo que realmente somos. Y eso es lo que más vale.

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