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Fragmento:


Mi antiguo cuerpo aguarda, creo, en algún lugar. Es probable que una enfermera lo haya conectado a máquinas que silban suavemente, que midan mis variables vitales, aun cuando mi mente —yo mismo— atravesaba túneles de fango digital y lechos de miedo. Recuerdo la sala de transferencia: paredes grises, cables como serpientes, luces blancas que te enfriaban desde la córnea hasta el tuétano. Y la inyección, un frío que subía por la médula.

Duración: 09:06

Transiciones
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Texto de ajuste de pausa.

Aún resuena en mi mente la descarga eléctrica, el crujido agudo y distante que pareció rasgar el fondo insondable de mi conciencia. Debo suponer que es allí donde comienza todo relato relevante sobre la transferencia de conciencia: en el exacto momento en que lo que uno denomina “yo” se desarraiga y viaja a un lugar impredecible. Tengo plena certeza, ahora, de las palabras que alguna vez me susurró el doctor Elías Noll: “No existirás más ahí, ni estarás aún completamente aquí”. Nunca imaginé entonces cuánto horror ocultaban aquellas palabras.

Fui un voluntario. Elegido, claro, pero ¿con qué derecho puede un hombre jurar que ha decidido freely someterse a un experimento cuando la soledad es su más feroz carcelera? Mi esposa me había dejado, mis hijos vivían en una ciudad distante y mis días se medían ya no en cafés bebidos sino en pensamientos de resignación. El doctor Noll, con su barba rigurosamente recortada y ojos de cirujano blasfemo, me lo explicó dos veces: “Se transferirá su patrón neural a otro cuerpo. El receptor es un convicto condenado, sin conciencia ya de su propia existencia, un caparazón vacío”.

Mi antiguo cuerpo aguarda, creo, en algún lugar. Es probable que una enfermera lo haya conectado a máquinas que silban suavemente, que midan mis variables vitales, aun cuando mi mente —yo mismo— atravesaba túneles de fango digital y lechos de miedo. Recuerdo la sala de transferencia: paredes grises, cables como serpientes, luces blancas que te enfriaban desde la córnea hasta el tuétano. Y la inyección, un frío que subía por la médula.

Y entonces caí, caí largamente sin tiempo ni espacio en la vorágine de nuevas conexiones. Despertar fue como asomar la cabeza bajo la superficie de un estanque ennegrecido; dolor, presión, un cosquilleo eléctrico que ascendía y descendía por mis miembros. No reconocí el olor del colchón, ni el sabor de la lengua en mi propia boca. Me pesaban los brazos, los dedos parecían enormes y torpes.

La voz vino después, no de mis labios, sino vibrando en mi pecho. Era una voz áspera, como el roce de piedras: “¿Me copias? Quédate quieto”. Lacerado entre la convulsión y el asombro, intenté abrir los ojos, que parecían pegados. Elías Noll aparecía ante mí en una ventana de vidrio reforzado, con su bata pulcra y sus manos enguantadas como una deidad observadora. “¿Cómo te sientes?” preguntó, pero en la primera exhalación entendí el horror: mi voz no era mía. Era más grave, más profunda y goteada de una ira que no me pertenecía. Lo supe, tan profundamente como el líquido amniótico de mi nacimiento: estaba en el cuerpo de otro.

Intenté recordar mi nombre, pero surgió con un eco: Alexander Lemoine, nacido en Marsella, 1973. Fui restaurando los trazos de mi identidad como quien reconstruye un jarrón con fragmentos de otro. No era el cuerpo de Alexander el que dominaba, pero en las sinapsis renacidas danzaban aun sus reflejos, su memoria muscular. Me miré las manos: nudillos ásperos, cicatrices. Había una quemadura vieja en la palma izquierda.

“Realiza los ejercicios”, ordenó Noll. Arranqué con torpeza, obediente, intentando levantar un vaso, pronunciar palabras básicas. A cada movimiento, la mente de Alexander protestaba en sordina: imágenes de gritos, metralla, una prisión húmeda, mujeres de rostro borroso. Luché para preservar mi totalidad, pero su vida emergía en mi mente entremezclada con la mía. El horror de la fusión es mayor que el de la transferencia: no sólo pierdes tu cuerpo, sino que te ves forzado a arrastrar los fantasmas ajenos.

Con los días, Noll y su equipo me sometieron a pruebas. Accedí, resignado, tembloroso, a piezas de mi nuevo ser: fuerza desconocida, hambre iracunda, reacciones violentas a estímulos menores. Más preocupante era el ensayo de los recuerdos: flashes de agresiones cometidas por el previo habitante, sensaciones primarias que se agarraban a mi consciencia con la tenacidad de una enfermedad. Empecé a preguntarme si la transferencia de conciencia era, en realidad, una mixtura, una espiral que no permitía el borrado total del anterior propietario.

Pronto llegó el día en que caminamos, Noll y yo, a través del ala de observación. Sus palabras volvían a mí: “La transferencia es irreversible”. Viendo otros cuerpos postrados en camillas, otros voluntarios con ojos desorbitados, entendí la dimensión real del experimento. ¿Cuántos de nosotros dejaríamos de ser quienes éramos? ¿Cuántos despertarían sólo para descubrir que las fronteras de la identidad son líneas de agua en la arena?

No tardó en venir la primera crisis. Una noche, soñé con una celda angosta, un grito desgarrador, el frío punzante en la espalda. Desperté sudando, con las piernas rígidas, y un reflejo en la ventana: los ojos no eran los míos, pero la mirada sí. Fue entonces cuando oí la voz. No, no la de Noll, ni la del cuerpo físico: era otra, desde adentro, una vibración insistente.

—¿Quién eres? —preguntó, sin palabras, como la pregunta silenciosa de una mente recién emergida.

Tuve miedo de contestar. ¿Y si respondía y esa presencia —Alexander, un residuo digital, lo que fuese— ganaba dominio sobre mi conciencia? Aun así, sus recuerdos fueron haciéndose más vívidos y, lo más terrible, se mezclaban con los míos. Una mañana en la playa durante mi niñez se tiñó de humo y gritos; mi boda se recortó en pasillos de prisión y tatuajes de bandas criminales. La línea divisoria flaqueaba.

Decidí hablarlo con Noll. Lo hallé en su oficina, solo, revisando informes con la calma de quien manipula piezas de ajedrez. Me senté y le detallé mis síntomas, omitiendo la petición de ayuda de Alexander, que ya susurraba en mis sueños como si hablase con una lengua deformada.

Su sonrisa era una herida sin cicatrizar. “Hay una hipótesis emergente”, confesó acomodándose las gafas. “El patrón de conciencia no es estático, ni siquiera localizable en un mapa cerebral. Cuando transferimos tu identidad, arrastramos ecos, impresiones. El ‘recipiente’ no está completamente vacío. Y tal vez nunca lo esté”.

Palabras escalofriantes. ¿Era esto, entonces, la verdadera esencia de la transferencia? Un pacto fáustico entre lo que fuiste y lo que ahora te habita, ambos condenados a luchar en la misma prisión de carne.

Pronto comencé a escapar por cuerdas flojas de cordura. Alexander se hacía fuerte especialmente en momentos de emoción. Por cada acto de ira, sentía su júbilo; por cada acto de compasión, su reticencia. Las fronteras eran asedios constantes, y en los momentos de debilidad, lo vi: yo, reflejado en sus acciones. No sólo habitaba su cuerpo, sino que él, en cierta forma, influía mis elecciones desde una celda etérea.

Decidí entonces una cosa: debía buscar cualquier resto de mi antigua vida, retomar contacto con mis hijos, hallar aquello que me anclara. Llamé a mi hija; no reconoció la voz. “¿Papá?”, preguntó dubitativa cuando le expliqué todo —¡qué ironía, pedir fe en tales confesiones!—. Hubo un silencio pesado y luego un sollozo; colgó. Allí supe que las cadenas de la identidad no descansan sólo en la mente, sino en los ojos del prójimo.

Al cabo de semanas, mi infraestructura mental se había alterado. Los sueños de Alexander se colaban a plena luz del día. Su obsesión por la venganza, el amor perdido, el miedo, manchaban mis intenciones y se coloreaban con mis recuerdos. A veces olvidaba si era el hombre que amaba la literatura y el café negro, o el prisionero que odiaba la traición.

Entonces vino el día final. Las autoridades médicas, alarmadas por los síntomas —“inestabilidad eidética y emocional”—, sugirieron “reiniciar el experimento”, lo cual significó prepararme para una nueva transferencia, a otro cuerpo, una nueva mente, otra mezcla inestable. Rehusé: era preferible enfrentar la disolución que continuar reencarnando en prisiones ajenas.

Sabía ya que la conciencia, ese tejido de identidad, no es un programa informático que pueda copiarse y pegarse sin mácula. La transferencia era un trueque macabro: jamás sería completamente yo, ni él, sino ambos y ninguno. Aquel día, mirando mis manos —las manos de Alexander—, comprendí: la única libertad posible está en aceptar al otro como parte inevitable del ser.

Quizá la transferencia de conciencia no sea, al fin y al cabo, el avance grandioso que soñamos sino el recordatorio más despiadado de que la mente humana es inseparable de su propia carne, y que todo intento de escindirlas genera monstruos, condenados a vagar el uno en el otro, para siempre.

Y así, en la penumbra de la sala de la transferencia, con mi doble conciencia aullando y susurrando, entendí lo que Elías Noll había intentado advertirme. No existiría más “yo”, ni un “él”. Sólo la amalgama. Sólo los cuerpos ajenos, transitados por mentes entrelazadas en una danza que ninguno de los dos escogió, pero de la que ninguno podrá escapar jamás.

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