Portada del relato Alas de Ibeji
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Fragmento:


Mi madre se negó. Su miedo era más grande que su dolor, y en un último acto de libertad, murió a los dos meses. Yo, en cambio, fui consumida por el ansia, por la rabia, y por una pregunta: ¿podría no solo sobrevivir, sino cambiar el rumbo del pasado? Fue esa búsqueda la que me llevó a los subterráneos, donde la resistencia planeaba lo imposible: el Salto.

Duración: 07:23

Alas de Ibeji
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Texto de ajuste de pausa.

El zumbido en mi oído no cesa. El mundo entero es una frecuencia, accidentada y punzante, como si cada pensamiento estuviese conectado por una maraña de corrientes subterráneas. Me llamo Ezi, y soy un vestigio; ni totalmente humana, ni completamente máquina. Mi piel, oscura y vieja, se extiende sobre circuitos y filamentos, recordándome siempre la primera vez que crucé la frontera.

Todo comenzó en la Casa de Akara, en la zona baja de la ciudad de Lagos Nueva, en los días cuando la revolución transhumana aún era leyenda y no tiranía. A la edad de veintiocho años, aún era solo carne y sueños, observando cómo los primeros ciborgs poblaban los rincones oscuros, lejos de las cámaras de vigilancia de las autoridades. Los llamaban los Renacidos: hombres y mujeres que intercambiaban su fisonomía por mejoras, envidiados y temidos en igual medida.

Ese año, la polución cubrió el cielo tan densamente que los girasoles artificiales dejaron de captar luz suficiente para recargar los hogares más pobres. Mi madre cayó enferma —la neumonía de los barrios bajos, siempre un presagio de muerte. Pero para los ricos, nuevas clínicas y sueros brindaban juventud y salvación mecánica.

Desesperada, recé a los viejos orishas, aunque ya no se los encontraba ni en estatuillas de arcilla. La fe, como la carne, era solo una fase transitoria en aquellos días. Fue así que supe del doctor Nze, un ingeniero exiliado, que aseguraba curar cualquier dolencia, por un precio: la transición, el rito de transformación de carne a silicio.

Mi madre se negó. Su miedo era más grande que su dolor, y en un último acto de libertad, murió a los dos meses. Yo, en cambio, fui consumida por el ansia, por la rabia, y por una pregunta: ¿podría no solo sobrevivir, sino cambiar el rumbo del pasado? Fue esa búsqueda la que me llevó a los subterráneos, donde la resistencia planeaba lo imposible: el Salto.

La idea era simple y temeraria. Si cada memoria humana tenía una resonancia, y cada máquina poseía un registro, ¿acaso no podríamos viajar hacia atrás, a través de ondas cuánticas, interceptando los flujos de información, para reescribir eventos? Y si el pasado podía ser alterado, ¿dónde quedaban los que elegían confiar en el dolor y la pérdida?

Me ofrecí voluntaria. Quería a mi madre de vuelta, y también a mi antiguo Lagos, antes de que torres de titanio tapasen el sol, antes de que los niños olvidaran las canciones yoruba.

La operación fue brutal. Sentí agujas recorriéndome la espina; mis huesos, modificados hasta casi quebrar; mis recuerdos, encajonados en cápsulas de memoria sintética. Vi interminables reflejos de mi rostro en los ojos iluminados de otros transhumanos. Finalmente, desperté en la Cámara del Salto, sobre una losa fría.

"Cuando saltes, recuerda," advertía Nze, "el tiempo no es un río sino una red de pantanos sigilosos. Una decisión y el fango se remueve en todas direcciones".

Me arrojé. Fue caer y no caer, como deslizarse entre vidas paralelas. Todo dolor desapareció, luego volvió multiplicado. Lagos se tejía y destejía a mi alrededor: las torres se encogían, las motos-taxi regresaban al polvo, el aire se aclaraba, mi madre aún respiraba. Su rostro joven, apenas cubierto de cicatrices de la vida, titiló ante mis ojos.

Corrí hacia ella, lágrimas artificiales deslizándose por mi mejilla. Ya no era normal, pero ninguna versión de mí había sido normal desde su muerte. Le hablé en murmullos apurados, advirtiéndole del veneno en el aire, del destino negro que la acechaba. Su mirada, mitad amor y mitad terror, fue la respuesta.

"¿Quién eres tú?", preguntó finalmente.

"Tu hija. De un Lagos que ya no existe."

Un resplandor hizo parpadear la realidad. Entendí que el tiempo, como el dolor, no puede eludirse. La resistencia había errado: la modificación de eventos engendraba nuevos horrores. Un tercer camino, ni máquina ni humana, ni pasado ni futuro, debía surgir.

Ese fue el primer salto. Pero el dolor persistía. A cada intento de cambiar detalles —la medicina, el hospital, la dieta— aparecían mutaciones nuevas: Lagos se convertía en ruinas, o en un jardín donde la gente no reconocía ni la palabra “madre”. El equipo comenzó a fracturarse. Algunos perdieron la memoria, otros la razón; unudianos, los llamarían luego, singulares dispersos en líneas temporales rotas.

Pronto entendí que mi carne de silicio era el puente entre multitudes: quienes se aferraban al pasado y quienes solo abrazarían el futuro. La única constante era la soledad.

Mi trauma se alimentó del bullicio de las calles, del humo agrio del mercado de Ibeji apagándose y encendiéndose cada noche. Al margen del flujo temporal, era testigo de cuántas veces los mismos errores ocurrían. Logré transferir esta consciencia a otros —los habitantes de la Casa de Akara, soldados y poetas de las edades—, pero nadie soportó la carga.

Es ahí donde aprendí del riesgo máximo: tentar a los dioses del cambio, traer de vuelta a una persona que debía haber muerto, podría encender guerras entre realidades, injertar el caos en la sangre de la historia. Los orishas, desde su exilio virtual, susurraban en las redes, voces sin cuerpo reclamando que la vida debe ser corriente y pérdida, y no solo persistencia a través de chips y motores.

Sin embargo, yo no solo quería sobrevivir. Quería significar. A los Renacidos y a los humanos les hablé, entre salto y salto, sobre reconciliación: “No olviden la carne aún bajo el titanio. No desprecien el fallo, ni la lágrima humana acumulada entre los engranajes”.

Me convertí en leyenda. La mujer que salta entre sombras, ni heroína ni villana. Traidora para la aristocracia ciborg, profeta para los orishas en el exilio digital, madre adoptiva para millares de niñxs mestizxs de carne y metal.

En mi último viaje, ante la sombra de los rascacielos que desaparecen y aparecen, comprendí una verdad cruel: los recuerdos humanos son el lugar donde el tiempo realmente ocurre. No en la materia, no en los cables, sino en el lamento profundo y universal por lo perdido.

Todo Lagos era una canción, mitad glitch, mitad folklore. Y yo, con un pie en cada mundo, aprendí a bailar entre los pulsos. Por cada madre perdida, una hija resurgía; por cada salto fallido, una chispa de compasión iluminaba el fango de la memoria colectiva.

Hoy, mientras narro mi historia a una multitud de ojos mecánicos y caritas oscuras en la nueva Casa de Akara, entiendo: la eternidad es una mentira consultada por los dioses cansados. Solo la oscilación entre dolor, vida y renuncia puede liberarnos.

He saltado miles de vidas, y en cada una, me rehúso a ser únicamente máquina, o enteramente recuerdo. Soy Ezi, hija de Lagos olvidado y posible; la que baila entre canciones que casi nadie ya quiere oír.

Detrás de mis palabras, el latido de la ciudad resucita, distorsionado y hermoso, insospechadamente humano. Y si alguna vez logras saltar, extranjero o descendiente, recuerda mi advertencia: todo viaje es irreversible, pero el amor, aunque pixelado y breve, es la única fuerza que nunca pierde su rumbo.

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