Portada del relato El Espejo del Quebrantahuesos
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Fragmento:


Caminó entre los aspirantes: algunos roían sus propias extremidades, otros lloraban recuerdos de juventudes perdidas, muchos simplemente esperaban con resignación el beso de la disolución. Nadie podía tomar un nuevo cuerpo si no mediaba un permiso: debías convencer a otro de cederte su carne, sus huesos, sus miedos y deseos no resueltos. Nadie ganaba sin que otro perdiera.

Duración: 09:38

El Espejo del Quebrantahuesos
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Texto de ajuste de pausa.

Entre los acantilados seniles de Sorsh, donde el viento patea piedras agrietadas y los cuervos fincan reinos sobre esqueletos de árboles, la anciana Eredith vivía apartada de la ciudad de Resh. Nadie recordaba en qué momento había llegado a esas tierras; algunos decían que el tiempo la había escupido tras cansarse de sus preguntas, otros que jamás fue joven y que los vientos la tejieron de hojas y promesas rotas.

En la cumbre donde su choza de barro se aferraba al abismo, Eredith tallaba pequeñas figuras con los pedazos de espejo que rescataba de los basureros de Resh. Fragmentos brillantes encajaban en madera vieja o en huesos de ave, componiendo criaturas que parecían moverse bajo la luna, a veces llorando, otras acechando o rugiendo en silencio. Aquel arte la mantenía cuerda. Sin embargo, oculto bajo sus tratos inocentes, guardaba una obsesión oscura: Eredith llevaba décadas buscando una hendidura entre mundos para deshacerse de su cuerpo anciano, de su mente atormentada.

La noche en que la visitó el joven consultor de Conciencia, Hrul, los cielos de Sorsh titilaban rojos y el mar lejano se agitaba con corrientes extrañas, como si la sangre de la tierra se desbordara hacia la superficie. Eredith salió a recibirlo, pues la visita estaba prometida y Hrul siempre pagaba bien por los secretos. El muchacho traía su habitual abrigo de cera negra y el rostro enmascarado por una escafandra etérea, necesaria para que sus pensamientos no rozaran los de Eredith sin permiso.

“Traigo lo que pediste”, dijo tendiéndole un objeto en una caja de plomo, “la semilla del Árbol del Estertor. Si de verdad crees que puedes usarla para transferir tu conciencia, este será tu único intento”.

Eredith lo dejó pasar al calor del fuego. La anciana miró la semilla: era marrón y rugosa, apenas más grande que un ojo, pero en su superficie se arremolinaba un vaho lechoso como si contuviera un ciclón en miniatura.

“La leyenda dice que crecerá solo una vez—habló Hrul—y que lo hará en el plano del Halvo, donde las conciencias viejas van a morir o a pasar a nuevos recipientes. Pero el receptáculo debe ser concedido”.

“Negocias bien para tu edad”, suspiró Eredith, “pero la conciencia es moneda de dos filos”. Le entregó su pago: una pequeña escultura con tres rostros, cada uno sufriendo uno de los dolores de la vejez, pero hermoso en su anonimia.

Cuando Hrul partió, Eredith preparó la ceremonia. Derramó en el suelo el aceite de memoria, decoró su choza con espejos afilados y, al sentir que la noche se agitaba con presencias no humanas, apoyó la semilla del Estertor bajo su lengua. Pronto, su debilitado cuerpo comenzó a vibrar. El aire se coaguló. Sintió la desesperación ancestral de todas las mentes por evitar el olvido y, justo al borde del grito, el suelo cedió bajo ella, mostrándole otra realidad.

Despertó ante un árbol grotesco cuyas ramas parecían dedos ensangrentados. Ardía con una llama interior, pero la savia que rezumaba tenía el sonido de un llanto. Alrededor, una multitud de siluetas se rasgaban y recomponían, como si sus cuerpos fueran solamente ideas titilantes. Era el Halvo, y, al poner un pie en ese terreno, supo que aquí la carne era apenas un rumor, y las mentes tiraban unas de otras como si fueran trozos de tela de araña.

Se le acercó una figura doblegada, con ojos que le recordaron a su madre caída y a todos los habitantes de Resh despreciando a una vieja mendiga.

“¿Vienes a ceder tu conciencia, o a buscar un nuevo envoltorio?”, preguntó la figura, cada palabra lacerando.

“Vengo a vaciarme y llenar de otro el vacío”, gritó Eredith, leyendo las reglas escritas detrás de los párpados de esa entidad.

Caminó entre los aspirantes: algunos roían sus propias extremidades, otros lloraban recuerdos de juventudes perdidas, muchos simplemente esperaban con resignación el beso de la disolución. Nadie podía tomar un nuevo cuerpo si no mediaba un permiso: debías convencer a otro de cederte su carne, sus huesos, sus miedos y deseos no resueltos. Nadie ganaba sin que otro perdiera.

Eredith halló lo que parecía un niño de pigmento azulado, sentado bajo el árbol. Su aura tenían fisuras recientes. Le habló suavemente:

“¿Por qué estás aquí, pequeño?”

“Mi madre me vendió por una promesa de cordura”, respondió. “No sé cómo conservarme”.

Eredith sintió la vieja compasión, pero también la vieja voracidad. Se arrodilló a su nivel:

“¿Si te ofreciera olvidar el dolor, me dejarías portar tu conciencia a mi mundo? Pero tendrás que llevarte la mía a cambio”.

El niño alzó los ojos, comprendiendo el trueque.

“¿Y si tú ya no puedes contener tanto miedo?”

“Entonces ambos moriremos aquí, y el Árbol nos devorará la memoria.”

Hubo un asentimiento y la transferencia comenzó. Se trató de un enfrentamiento etéreo, donde las voluntades se rozaban y repelían. Eredith mostró al niño todo lo que era: su ira, su cansancio, las noches llorando con las encías sangrantes, la nostalgia de tocar por última vez un cabello amado. El niño, a cambio, la inyectó con su pánico e inocencia tinta, con su sensación de abandono.

A la señal del Árbol, ambas conciencias cruzaron el umbral.

Despertó en un cuerpo juvenil. El aire de Sorsh le olía nuevo, pero el viento le recordaba a lamentos antiguos. Eredith—o lo que quedaba de ella—miró sus manos: pequeñas, elásticas, cubiertas aún de la fina escarcha que dejó la transferencia. Se sentía exultante y hambrienta, como si hubiese entrado en un palacio después de siglos de prisión.

Sin embargo, cada vez que su mente buscaba vestigios de sí misma, tropezaba con otras memorias: la angustia del niño, el grito de su madre vendiéndolo, la desesperación de ser devorado y olvidado. Gritó. Solo el eco de la cabaña la contestó.

Corrió hacia la orilla del acantilado, sentía que en cualquier instante su conciencia volvería a resbalar, a intercambiarse, a romperse. Porque nada permanecía anclado en un solo ser: así lo dictan las leyes antiguas del Halvo. Lo que toma debe ceder. Lo poseído nunca es eternamente poseído.

La vieja cárcel había sido demolida, solo para construir otra en un cuerpo fresco. Con cada día que pasaba, los recuerdos del niño adquirían peso; sentía querer buscar una madre ausente, tenía miedo a dormir sola, temor inconsolable a los relámpagos. Algo dentro de Eredith supo entonces que esta juventud le era inútil si no podía domar esos fragmentos atrás de los ojos prestados.

Intentó buscar a Hrul, pero el joven era ahora un extraño. Al verla en ese nuevo cuerpo desconocido, apenas la reconoció. Nadie la reconocía. La ciudad de Resh le cerraba las puertas, los espejos solo le devolvían una silueta que no comprendía. El niño dentro de ella, atrapado como un músculo retorciéndose, sollozaba. Eredith a veces gimoteaba en voz alta, creyendo ser él, a veces odiando esa debilidad.

Vino entonces la segunda lección de Halvo: toda conciencia es multiforme y sus simas están llenas de espectros hambrientos. Eres lo que expandes, pero también lo que conservas arrinconado. Cuanto más intentaba Eredith borrar al niño, más poderosa se volvía su presencia, hasta que un día se sintió ahogada en sangre y lágrimas ajenas.

Desesperada, decidió repetir la ceremonia, ahora con una última figura: necesitaba a alguien lo suficientemente viejo o desahuciado para querer intercambiar su conciencia agotada por este cuerpo rebosante, aunque quebrado.

Bajó a Resh, buscando entre los mendigos, los lunáticos, los olvidados. Encontró a una mujer encorvada, con los ojos blanqueados por el sol, que aceptó el trato con una sed inhumana. La noche era gélida, el ritual crujía, pero los fragmentos de conciencia cruzaron de nuevo, cada vez dejando más esquirlas, más restos, como una cuerda rozada hasta el polvo.

Eredith, ahora en otro cuerpo danzante pero con menos de sí misma, sintió que el ciclo no terminaría nunca. Cada adquisición traía fantasmas nuevos, y nunca hallaba ese vacío puro, ese ansiado olvido de sí que había perseguido por décadas. Las memorias eran capas: restos de niño, furia de mujer, pesadillas de mendiga, ansiedad de otros cuerpos previamente habitados. Eredith ya no sabía cuál era el núcleo original.

Comprendió, al borde del acantilado en una madrugada ya sin nombre, que la conciencia es la prisión última. No puedes renunciar a lo que eres: lo expandes, lo duplicas, lo alternas, pero siempre regresas al Edén de tu propio horror. El Árbol del Estertor permitía transferirse, sí, pero nunca olvidar. Cada rostro que portó era una herida añadida a su legado de miedos y anhelos.

En la bruma del amanecer, la figura que fue Eredith—sumatoria de personas, egos y terrores—decidió arrojar uno de los cuerpos por el acantilado. Cayó, pero la conciencia no; estaba encadenada todavía a la tierra, multiplicándose en los ecos de todos los que una vez aceptaron el trueque.

Allí, donde las olas reventaban sobre las piedras y los cuervos gritaban sin razón, quedó claro que la transferencia no era un escape, sino una condena circular. Por mucho que fingiera nuevos comienzos, su memoria—nuestro inolvidable infierno—la seguiría devorando una y otra vez.

En Sorsh, ahora, una figura de ojos azulados talla figuras de espejos y hueso, en silencio. Sabe que, cuando pase el próximo forastero, quizá podrá seguir intercambiando, acumulando, desdoblándose infinitamente. Pero sabe también la lección final del Halvo: ninguna conciencia es devorada; todas se quedan, superpuestas para siempre, en la cárcel ineludible del ser.

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