Portada del relato Hijos del Horizonte Espejado
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Fragmento:


La noche que todo cambió comenzó con un resplandor azul en medio del salón de las losas rotas. La disformidad surgió a mis espaldas, rasgando el aire como una escritura invertida. Acudí porque trece días antes, mientras traducía los Himnos de Dhuur, caí en trance: en la visión, hombres y mujeres idénticos a mí cruzaban un vasto espacio fragmentado, donde cada acción era eco y variación de la misma melodía. Hablaban mi idioma, pero en los intersticios del habla se deslizaban otros dioses, otras morales. Desperté convencido de que esa visión era más real que mi misma Yssíe.

Duración: 08:00

Hijos del Horizonte Espejado
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Texto de ajuste de pausa.

El templo de Asmolun angosto y profuso corredor de mármoles cenicientos, donde el incienso se mezclaba eternamente con la escarcha—era mi último refugio en el mundo que llamábamos Yssíe, o, en el antiguo idioma, "lo primero y lo último". Allí, el invierno estaba a punto de caer, pero mi interés por el clima era insignificante aquel día. Llevaba en las manos el cilindro de Siratell, la llave para todo cuanto es posible, y traía, además del temor, un propósito: buscar a Ellaya la Imposible, la Cronista de los Universos Relatados.

¿Quién era yo? Eso es lo primero que me preguntaría un cronista corriente, acostumbrado a las versiones previsibles de las vidas. Pero yo—Luran Hosk, de la casta de Ensarm—era mucho más que el simple escribano de la historia del mundo; yo había visto el horizonte escindirse, el instante en que Yssíe se convirtió en una de muchas, y había presenciado cómo la realidad supura a la par que sueña.

La noche que todo cambió comenzó con un resplandor azul en medio del salón de las losas rotas. La disformidad surgió a mis espaldas, rasgando el aire como una escritura invertida. Acudí porque trece días antes, mientras traducía los Himnos de Dhuur, caí en trance: en la visión, hombres y mujeres idénticos a mí cruzaban un vasto espacio fragmentado, donde cada acción era eco y variación de la misma melodía. Hablaban mi idioma, pero en los intersticios del habla se deslizaban otros dioses, otras morales. Desperté convencido de que esa visión era más real que mi misma Yssíe.

Después, el cilindro me escogió. Los artefactos no escogen a las personas aquí; asumen forma, propósito, voluntad. Pero el cilindro de Siratell, en su fulgor insomne y su frescor imposible, me dijo que yo sería puente y no mero cronista. ¿Cuántos hay como yo en los otros mundos? Escuché la pregunta zumbando en mis huesos mientras recorría el laberinto asmolita en busca de Ellaya. Atravesé umbrales de piedra y espejos de agua congelada, donde podía leer vislumbres de versiones alternativas de mí mismo. En uno fui atormentador, en otro protector de una raza olvidada; en otro, ni siquiera había nacido.

Al hallar a Ellaya, la encontré dialogando con la propia Oscuridad, sus ojos como carbones relucientes. "¿Ya has visto el otro lado de tus huellas?", me preguntó antes de que yo hablara. Ella sabía, siempre supo, y su saber era lo único que en verdad se compartía entre los paralelos.

"El cilindro abre lo que nunca debió abrirse", recitó, y me sonrió como una clavadura de cuchillo. "¿Estás preparado para recordar todos tus olvidos?"

Acordamos avanzar al umbral esa misma noche. Me condujo al Arco de Anámnesis, más viejo que las lunas, tallado con glifos que sugerían no significado sino vértigo. El prisma azul del cilindro encajó con un chasquido, y el aire se dobló ante nosotros.

La transición dolió. No fue transportar el cuerpo ni el alma, sino desgarrarse capa a capa, cada una desnudando una versión de mí que nunca había respirado el aire de Yssíe. Al abrir los ojos, supe que el universo no era una cinta continua, sino una filigrana de deseos cruzados, siempre cortados por la sombra.

Donde pisé, la gravedad era distinta. A mis espaldas, Ellaya se mantenía erguida y desdibujada, como un presagio tras un velo de lágrimas. Y delante mío, la ciudad se extendía en formas familiares y perturbadas: un Yssíe donde el invierno jamás acabó, los templos se hundían medio metro bajo la nieve, y figuras encapuchadas recitaban oraciones de desesperación a un dios desmemoriado.

Allí, una voz llamó. "Luran Hosk", dijo, y su timbre era el mío. Avancé y me hallé a mí mismo: anciano, con los ojos astillados en mil incertidumbres. "No preguntes nada", dijo. "Si preguntas, fluctuarás. Si fluctúas, olvidarás." Pero ya era tarde para no preguntar; siempre es tarde para lo que más importa.

No era el único duplicado. Por las arterias heladas de la ciudad, miles de Lurans caminaban cada uno con su Ellaya, algunos solitarios, otros abrazando siluetas translúcidas. Supe en ese instante que la relación entre cronistas y cronistas-paralelos era el verdadero cimiento de los universos: la Memoria era una telaraña, y nosotros, a la vez agentes infecciosos y remedio.

"La clave está en el olvido", musitó Ellaya a mi oído. "No viniste buscando saber, sino recordar lo olvidado por todos: que cada suceso aquí es respuesta a una pregunta allá. ¿Por qué crees que todos los Lurans están heridos?"

En ese instante, el cilindro vibró con una urgencia casi sexual, y las paredes del universo colapsaron sobre sí mismas, presionando la carne y el tiempo. Vi el entramado expuesto: cada versión de mí era heredera de una pena incompleta, un crimen jamás expiado, una pasión no consumada. Nosotros no éramos solo versiones alternativas; éramos los portadores de las consecuencias de nuestras propias deficiencias.

Quizá por eso fui el primero en rebelarme. Reuní a los otros Lurans—o ellos me reunieron a mí, quién podría decirlo—y en una cúpula de cristales rotos debatimos durante lo que pudieron ser horas o eras. Discutimos si la convergencia significaba aniquilación o posibilidad: "¿Debemos sellar el paso y olvidar este descubrimiento?", preguntó un Luran encanecido. "¿O compartirlo, aun si los mundos colapsan?"

Las opiniones oscilaron como péndulos rotos. Algunos suplicaron que el avance de la memoria detuviese el mar de sombras que habían traído. Otros exigieron disolver los universos paralelos, dejar que cayeran en la nada silenciosa y así liberar al verdadero Luran, el que había engendrado a todos.

La respuesta la llevó Ellaya: expuso que solo uno de nosotros podía regresar, y ese, al regresar, se tragaría a los otros, integrando recuerdos, poderes y pérdidas. Un acto de canibalismo metafísico. "El ciclo puede continuar si alguien elige recordar el dolor de todos; si nadie lo acepta, quedarán fragmentos sin sentido."

En la última noche, no dormí. Caminé por el Yssíe interminable, escuchando los nombres antiguos de dioses moribundos y de amantes que ya no recordaban su forma o deseo. Sentí la tentación de entregar la decisión a la fatalidad, pero el cilindro pulsaba en mi mano, recordándome que ser cronista nunca fue ser pasivo.

Al alba, el anciano Luran me confrontó bajo la nevada perpetua. Su dolor era el mío, su forma el eco último de mi condena. Ambos sabíamos lo que debía hacerse, y en un instante más antiguo que la elección misma, fusionamos nuestros recuerdos, gritos y anhelos.

El resto fue supuración, amalgama, convergencia infernal: sentí las cadenas de todas mis posibilidades incrustarse en mis huesos y mi mente. Vi el instante en que cada Luran cometía el error fundamental que daba origen a una nueva ramificación del universo. Sentí sus amores, su locura, sus sacrificios.

Desperté en el templo asmolita. La bruma de la madrugada se confundía con el polvillo de mi piel. Tenía las memorias de todos los Lurans y la mirada de todos los dioses. Vi cómo los universos fluctuaban, y entendí el dolor de Ellaya: ser Cronista era cargar no solo una historia, sino todas, y elegir cuál transmitir a los otros para evitar la aniquilación por saturación.

Entré al círculo de los Cronistas y entregué el cilindro. "He recordado demasiado", declaré, mi voz multiplicándose en ecos que nadie podía silenciar. "Os contaré la verdad: cada universo es un precio y una herida. Sigamos escribiendo, pero decidamos juntos cuál curar y cuál dejar sangrar."

Y allí, bajo la mirada de Ellaya, de los templos y de los duplicados, sellé con palabras cada frontera. Mi relato se volvió leyenda, mi leyenda, universo. ¿Y qué somos, sino relato? Quizás, en algún otro Yssíe, otro Luran lee estas palabras y decide dejarse olvidar. Aquí, yo elegí recordarlo todo, para que los paralelos, por fin, puedan dormir en paz.

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