Fragmento:
Allí dentro nunca era mediodía ni era noche del todo; el tiempo flotaba, como en una sala de espera de dimensiones ajenas, permeada por la música de un piano que nadie tocaba. Los clientes no se saludaban: se reconocían. Se olían las posibilidades desde lejos, y las abordaban con escepticismo. Todo comenzaba preguntando: “¿En tu mundo...?”
Duración: 06:49
En algún rincón del multiverso, existía un bar al que sólo algunos sabían llegar. Nada en las calles sugería su existencia; no había letreros luminosos, ni puertas visibles. Sólo aquellos que se preguntaban “¿qué hubiera pasado si...?”, los que sentían en el paladar el sabor ansioso de las bifurcaciones, podían encontrar el umbral. Lo que llamaban umbral, en realidad, era un escalón minúsculo entre dos baldosas desportilladas, una humedad oscura en la pared que de repente se abría y los tragaba.
Allí dentro nunca era mediodía ni era noche del todo; el tiempo flotaba, como en una sala de espera de dimensiones ajenas, permeada por la música de un piano que nadie tocaba. Los clientes no se saludaban: se reconocían. Se olían las posibilidades desde lejos, y las abordaban con escepticismo. Todo comenzaba preguntando: “¿En tu mundo...?”
Esa noche, cuando el vapor de los vasos se mezclaba con la niebla de alcoholes imposibles, entró Lana, con su abrigo de cuero rojo. Nunca lo había visto nadie tan rojo. Y aunque era una constante en todos los universos, cada Lana encontraba ese color de abrigo en distintos contextos: en algunos, como un símbolo de revolución; en otros, como el rescate más trivial de una tienda vintage que iba a la quiebra.
Se sentó junto a Arturo. Él la miró apenas tanto como para saber si era una de las suyas o una aparición extraviada. Lana pidió gin de pimienta tau, una bebida que sólo servían en las ramas en que la pimienta se había descubierto antes que el tabaco.
—En tu mundo, ¿hay guerras de agua? —preguntó.
—No —respondió Arturo—. Pero sí de recuerdos. Aquí robamos memoria en vez de oro.
Hubo un silencio en el que ambos calcularon si convenía intercambiar detalles: era de mala educación preguntar enseguida por los seres queridos que sobrevivían o morían, por los conocimientos técnicos recién inventados, por las palabras que existían sólo en ciertos universos (“duende” o “hygge”, por ejemplo).
—Yo morí una vez —dijo Lana, en el tono con que otros improvisan historias tristes para romper el hielo—. O eso dicen quienes sobrevivieron a mi mundo.
—¿Y volviste?
Lana sonrió, sólo un ápice, y giró el vaso en la mano. La luz, perversamente, atravesó el gin y dejó sobre el mostrador una breve explosión azul: la proyección de un recuerdo. Arturo, tras servirle hielo a un cliente con aspecto de doble, preguntó con voz baja:
—¿De qué universos vienes esta noche?
—De tres —respondió ella—. Uno donde todos nacemos con la certeza de la fecha de nuestra muerte. Otro donde ningún idioma tiene verbo para “esperar”, y el tiempo es circular. Y mi favorito, en el que si sueñas con alguien, lo revives en la vigilia siguiente.
A Arturo siempre le había fascinado la precisión con que los curiosos de las realidades alternativas sabían catalogarlas. Cuando joven, solía coleccionar esas pequeñas paradojas que los cruzados del multiverso compartían como naipes sucios: mundos sin gatos, ciudades fundadas sobre otros continentes, papas que nunca fueron elegidos. Pero ahora, tantos años tras la barra, distinguía otros rasgos: qué universos olían a desesperación, cuáles a resignada belleza, y cuáles sólo eran viñetas sin trascendencia.
En el rincón más oscuro del bar, una anciana peinaba el aire con los dedos, dispersando partículas de polvo que vibraban con una presencia casi eléctrica. Una conversación a media voz se deslizaba hasta la barra, donde Lana y Arturo intercambiaban detalles como piezas de un juego cuyas reglas ambos conocían, pero rara vez explicaban abiertamente.
—Estás aquí por algo —dijo Arturo—. Nadie cruza universos sólo para tomar gin y nostalgia.
—Busco a alguien —respondió Lana—. Alguien que debería haber existido, pero sólo existe en fragmentos.
Arturo asintió. Lo sospechaba desde que Lana había entrado, aunque no supiera cómo encajaba la culpa en aquel giro de los acontecimientos.
—¿Quién?
—Mi hija. Un error estadístico borró su línea temporal en casi todos los ramales. Pero cuando bebo pimienta tau... a veces la recuerdo soñando, y a veces la encuentro despierta.
Por un instante, el bar se congeló, como si el aire mismo estuviera a punto de fracturarse y dejar pasar algo —una melodía, una imagen, un nombre—. Detrás de Lana, dos hombres idénticos brindaron en silencio, y un tercero, a mitad de camino entre ambos, desapareció sin ruido alguno, como si nunca hubiese estado allí.
—¿Sabes que cada búsqueda crea nuevas ramas? —articuló Arturo, con voz cautelosa.
—Lo sé, pero también sé que cada no-búsqueda petrifica las que existen. Y prefiero arriesgarme a más bifurcaciones que vivir en un estancamiento.
Arturo llenó el vaso de Lana y le sirvió uno a sí mismo. Un líquido transparente, cuyos reflejos divergían cada vez que uno parpadeaba. Bebieron despacio.
Fue entonces cuando Lana desplegó sobre la barra una foto: una niña desenfocada, con los ojos enormes que miraban hacia cualquier lugar menos la cámara. Entre las grietas del papel, la imagen parecía moverse, superponiendo rostros, edades, peinados. Varias niñas posibles emergían y desaparecían, como si toda infancia fuese una negociación permanente entre probabilidades.
—¿Qué crees que pasará si la encuentras? —preguntó Arturo.
—No importa —admitió Lana—. Lo importante es buscar sin saber si el final es feliz o desolador. Hay algo sagrado en la duda.
Fuera, los relojes de todos los universos dieron una hora diferente.
—¿Y si tu hija ya cruzó a otro universo donde tú nunca la buscas? —inquirió él.
—Entonces, quizás sea momento de que alguien me encuentre a mí.
Bebieron en silencio. En la esquina, el piano tocó solo algunas notas de infancia.
Había un ritual para quienes partían. Lana cogió la foto, la sumergió en el gin, y la imagen, chisporroteando suavemente, se deslizó fuera de la vista, como si se filtrara en el tejido del bar.
—Las puerta están abiertas —musitó Arturo—. Pero sólo cruzan quienes realmente buscan o huyen; los curiosos se quedan atrapados aquí para siempre.
Lana le dedicó una sonrisa, de esos mapas de dolor que sólo los viajeros conocen, y se despidió con una inclinación de cabeza. En la pared, la mancha de humedad relució, palpitando una vez. Lana desapareció, engullida entre universos posibles.
Arturo limpió la barra despacio. Sabía que, en alguna línea, él también buscaba a alguien. Y que quizás, en otra, Lana atendía aquí mientras él cruzaba las puertas de espectro.
El bar siguió abierto mucho después del alba de todos los universos, esperando, coleccionando silencios y vasos vacíos; reconstruyendo, en cada conversación ambigua, la certeza y el vértigo de que todo podría ser —y ser distinto— en otro lugar.
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