Fragmento:
Cada universo me cambia, deja escoriaciones, recuerdos ajenos incrustados como espinas en los recuerdos propios. Soy todas y ninguna de las Élises que han cruzado. Colecciono cicatrices que no me pertenecen y he llorado por hijos que aquí no han nacido. Los dioses antiguos nunca advirtieron del costo real: fragmentación. Falta de hambre, demasiado hambre. Fe en nada y fe en todo, simultáneamente.
Duración: 08:20
Desde que aprendí a plegar la realidad, los días han dejado de importar. Aquí, en la frontera de Kolnos, donde los bordes del universo se curvan y ondulan como la superficie de un lago herido, los relojes no marcan el tiempo, solo los pasos de los que han cruzado —y los de quienes, tras cruzar, ya no tienen rostro al que enfrentar.
Hoy, las agujas permanecen quietas. El sol, si es que existiera un sol en este pedazo de realidad, sería esférico y azul y tal vez, muchas bocas se alimentarían de su luz, arrancando jirones de sí mismas para complacerlo. Pero aquí no hay sol, solo El Velo, una membrana translúcida y palpitante que separa mi mundo del siguiente, y del siguiente aún, ad infinitum.
A veces, pienso en mi doble. No el que me observa desde el otro lado, gesticulando mis movimientos como un reflejo, sino el que eligió cruzar antes, la que dejó este universo por un contiguo, menos desgarrado. ¿Acaso la sangre se tiñe de otro color allá? ¿Las lágrimas queman con un ácido más dulce?
Una vez, mi madre me advirtió: “Las bocas del Velo son para los hambrientos, y tú naciste voraz.” Tenía razón. Estoy aquí, otra vez, al borde, sintiendo cómo la piel se eriza bajo el rumor de las posibilidades, el temblor de los universos que rozan el nuestro.
El primer cruce fue accidental. Mi infancia era un crisol de ruinas y superstición, de libros hurdidos con palabras coaguladas entre sí, historias de dioses que devoraban a sus hijos y de hijas que se convertían en dioses a base de intestinos y venganza. Mi abuelo decía que nuestro linaje podía hilar mundos, como una telaraña sobrepuestas, sólo con la fuerza de la memoria y la rabia.
Yo, que a los siete años arranqué la oreja de un colibrí muerto para coserla en el lomo de un cuervo, lo creí. Aprendí los gestos, el giro de muñeca, el susurro al borde del grito, y lo que se arrastra bajo las uñas cuando uno arranca una costra demasiado pronto. Así, con esa mezcla de poder y repulsión, crucé por vez primera: huía de un padre borracho con sangre de cerdo en la boca, encontrándome en una cocina idéntica y ajena, con una mujer que llevaba mi rostro, pero una violencia diferente en la mirada.
Aquí, sin embargo, no hay otros. Solo yo y mis dobles muertos. Élises destruidas de tantas vueltas, deshaciéndose en los pliegues del Velo. Algunos dicen que te devuelven lo que llevas contigo y, a fuerza de repetición, solo regreso con mi hambre.
Hace cuatro semanas que busco el rastro de Malen. Mi hermana. Mi sombra. El motivo por el que aprendí a cruzar sin dejar el pellejo. La que despareció tras la última gran hambruna, cuando los Cosechadores vinieron a nuestro poblado, y las madres escondían a sus hijas con cuchillas bajo la lengua.
Su rastro es un hilo carmesí cruzando las costuras entre universos. Lo sé porque yo misma tejí su muñeca torcida: tres dedos de marfil, mirando hacia atrás, dulces de menta y pelo de esperma de ahogado. Cada universo tiene su marca. El último, una ciudad sumergida, donde el bronce cantaba canciones en el agua, y los peces tenían caras humanas, todas gritando su nombre. Allí, Malen no era mi hermana, sino mi madre; y yo, un feto aún no sangrado de su vientre.
Cada universo me cambia, deja escoriaciones, recuerdos ajenos incrustados como espinas en los recuerdos propios. Soy todas y ninguna de las Élises que han cruzado. Colecciono cicatrices que no me pertenecen y he llorado por hijos que aquí no han nacido. Los dioses antiguos nunca advirtieron del costo real: fragmentación. Falta de hambre, demasiado hambre. Fe en nada y fe en todo, simultáneamente.
Esta noche, el Velo está más tenue. El aire resplandece con una electricidad azucarada. Siento a Malen, cerca. Mi corazón late, y la pulpa tras mi esternón, donde alguna vez hubo lóbulo para el alma, se estremece de anticipación.
—¿Me recuerdas? —le susurro al Velo, y él tiembla.
Cava un umbral para mí, húmedo y palpitante, con vísceras de luz azulada. Me hundo, dedos primero, luego boca, ojos, el eco de mi nombre retorciéndose como un pez fuera del agua.
Al otro lado, sólo silencio. No veo a Malen. Solo un campo de espinas, sobre un suelo de huesos blanqueados. La luna es rosa aquí, goteando miel maloliente que lechorrea sobre los cadáveres.
Mi piel se transfigura. Siento que me están hurgando, sacando trozos de recuerdos, cosiendo parches de historias que no viví. Bajo mis pies, los huesos vibran en un ritmo parecido a un canto:
—No hay regreso, no hay regreso.
Miro mi reflejo en un charco viscoso. No soy la Élise que llegó hace un instante. Mi cabello cae en hebras de cobre, los ojos hinchados de pupilas en espiral. Tomo aire. La memoria de un amante de otro universo desliza su lengua bajo mi piel, hurgando en busca de algo rojo, jugoso.
De lejos, entre las espinas, diviso una figura. Avanza renqueante, rodeada de una neblina que huele a cuero y cenizas. Malen. Reconocería ese andar, esa mandíbula fracturada y la risa apagada en los ojos.
—Llegaste tarde, hermana —me dice, la voz deslizándose como un centenar de cuchillos finos sobre hueso pulido.
—Nunca he llegado temprano a ningún sitio —respondo—. ¿Dónde estamos?
Malen ríe. Hace años que nadie había reído así tan cerca de mí. Sus dientes están incrustados de perlas negras.
—¿Importa? Cada cruce nos desgarra, cada universo roba algo que nunca recuperamos.
Hablo, sabiendo que una parte de mí está mintiendo:
—He ido a buscarte.
Ella levanta su brazo, la mano manca, los tres dedos de marfil. El muñón. Mi muñeca retorcida. Ella misma modificada, reconstruida tantas veces, que ya no sabemos cuál fue el primer error.
—¿Qué buscas, Élise? —pregunta más suave, la voz ahora de madre y no de depredadora—. ¿Respuestas? ¿Redención? ¿Una excusa para seguir huyendo?
No sé cómo contestar. El silencio del lugar cae pesadamente, envolviéndonos.
De pronto, una tormenta de siluetas atraviesa el Velo, figuras estriadas de tiempo alterno, arrastrando recuerdos que no les pertenecen, palabras que nunca dijeron pero que nosotros recordamos. Algunas se disuelven, otras se fusionan. Buscan su lugar en el mundo.
Malen me observa, pequeña de repente, envuelta en la sombra de todas las posibilidades perdidas.
—Podríamos quedarnos, —sugiere—, dejar de correr, dejar de cruzar. Aquí, seríamos dioses menores, parias con cicatrices de mil universos, pero al menos únicas.
Siento el tirón en mi interior. El hambre sigue ahí, como una fiera atada demasiado tiempo.
—No sé si puedo, Malen. No sé si quiero dejar de buscar… lo que sea que aún falta.
Ella suspira, recoge una espina y se corta la palma de la mano. La sangre no es roja, sino plateada, luminosa. Lava la herida y acerca la mano a la mía. Juntas, hilamos las hemorragias, compartimos la grieta.
—Dime, hermana, ¿qué te aterra más? ¿Quedarte en este universo, o saber que en alguno fuiste feliz y no lo recuerdas?
La pregunta me empala. Nunca lo había pensado. He cruzado tanto y tan lejos que la felicidad se ha convertido en un rumor, una leyenda urbana de los que aún sueñan.
—Tal vez, —admito—, lo que más temo es recordar que fui feliz alguna vez. Y que lo perdí.
Malen sonríe; la herida en mi mano arde, cicatrizándose con una luz que no me pertenece. Siento, por un instante, todas mis versiones temblar sobre la cuerda floja de la identidad.
Damos la espalda al charco, caminamos en direcciones opuestas. Sé que no la veré más. Sé que esta vez, el hambre se quedará en el mismo universo que yo. Quizás, por fin, sea suficiente.
La frontera del Velo tiembla detrás de mí, pero resisto el impulso. Sigo caminando. La luna sigue derramando su miel venenosa. Pienso en las posibilidades infinitas que me han hecho y deshecho: todos mis dolores, todas mis violencias, el eco de lo que jamás seré y la memoria de lo que alguna vez fue mío.
Por primera vez, el universo no me empuja a cruzar. El hambre cede. El silencio se hace promesa, y mi sombra deja de dividirse. Hay, al fin, un mundo que me pertenece.
Y al amanecer, cuando las espinas florecen, ninguna puerta se abre. Y yo no la busco.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.