Fragmento:
Cerré los párpados. Sentí que mi cuerpo se expandía y contraía como un glóbulo rojo arrostrando una constricción. Dolor, punzadas desde la trama de mi piel hasta algún lugar detrás de los ojos. Al abrirlos, la luz era carnosa, húmeda. Todo olía a órganos abiertos, a exudados metálicos. La habitación era igual, pero invertida; incluso la textura del aire era opaca, maleable. Sani ya no estaba allí—en su lugar, otra versión.
Duración: 07:52
¿Dónde termina el cuerpo y empieza el universo? Cuando supe que existían versiones inacabadas de mí en cada rincón de la realidad, no pude evitar imaginar cómo sería observar todas esas otras vidas. Era una fantasía de laboratorio, cultivada en noches tan vacías como mi cama en el apartamento 17B, con las paredes cubiertas de polvo extraño y la promesa siempre frustrada de entender, de encontrar sentido a la teoría.
Mi obsesión comenzó en la Universidad Genética de Tobia Alto, donde reunía materia biológica de estudiantes para secuenciar variantes polimórficas. Fui Leda Mar, asociada de investigación, atea y agnóstica de las causas perdidas. Mi supervisor, el doctor Lasker, creía que cruzar universos era un juego para físicos teóricos; yo pensaba que podía hacerse desde el tejido mismo, utilizando la carne como su pasaje. La traslación cuántica, susurraban los papers recientes. Encarnar variantes, decían los foros oscuros.
El día que la Dr. Sani Rahm me contactó por esquivo correo electrónico, supe que no era casual. "El otro lado está pidiendo entrada", escribió. Y: "Ven. Trae una muestra tuya. Y una de tu membrana interdigital." El mensaje era encriptado, firmado por una clave que reconocí de otra vida, esa en la que Sani y yo compartíamos departamento y sábanas en la periferia de Boston. Supe que, en este mundo, su investigación era peligrosa. QuizÁS, en algún otro, era célebre o anónima. Aquí, yo era su cómplice potencial.
Mi laboratorio olía a cloroformo y a martirio. En aire denso, sacrifiqué las células justas del tercer espacio entre mis dedos. Las membranas interdigitales, argumentaba Sani en sus papers esotéricos, eran los vestigios de caminos nunca completados, de bifurcaciones evolutivas bloqueadas, umbrales en la carne. Saqué una caja refrigerante y almacené el vial, sellado y con etiqueta fosforescente: Leda_Mar_17B_IntD_1.
El encuentro sucedió tres noches después, en la Subplanta 3 del Intercambio de Tránsito Biomolecular. Sani me esperaba, idéntica y distinta, el pelo pegajoso de sudor y una mirada tan perforadora como una aguja de biopsia. Me extendió un guante sellado y un visor con implantes de visión fractal. "Necesito de tus ojos y tu piel. Y tu memoria, Leda. Vas a entrar. Vas a volver. Y tienes que recordar."
Hay una memoria que se instala en los huesos antes que la razón despierte. Cuando Sani me conectó al rodeo de sensores, sentí que mis propios huesos vibraban con la frecuencia de la máquina. Los datos inscritos en la membrana extraída de mi mano fueron leídos como coordenadas en el espectro alterno; los patrones de mi doble hélice eran una clave de acceso, o más bien, la nota de una sinfonía genética compartida con algo que aún no tenía forma.
Cerré los párpados. Sentí que mi cuerpo se expandía y contraía como un glóbulo rojo arrostrando una constricción. Dolor, punzadas desde la trama de mi piel hasta algún lugar detrás de los ojos. Al abrirlos, la luz era carnosa, húmeda. Todo olía a órganos abiertos, a exudados metálicos. La habitación era igual, pero invertida; incluso la textura del aire era opaca, maleable. Sani ya no estaba allí—en su lugar, otra versión.
Vestía de negro, el pelo corto y piel marcada con cicatrices. ¿Eran nuestras o suyas? Me miró con un hambre ancestral. "No tengo mucho tiempo. Aquí nos cazan las variantes inestables. ¿Eres la emisaria?"
Quise decir que no entendía, pero mi propia voz respondió sin consultarme: "Soy Leda. Busco el punto de reintegración. Busco saber dónde se separa la carne del destino."
Esa yo alternativa sonrió, sin humor. Se desabrochó la camisa y dejó expuesta parte de su torso: siete incisiones finas, ya cerradas, cada una sellada con filamentos de un material que parecía plateado y orgánico. "Nos separamos porque nunca debimos ser una sola. Aquí, cada decisión nos desgarra un poco más. Cada universo es una herida."
Intenté tocar los bordes de mi propia mano. La membrana interdigital latía, distinta. Al hacerlo, sentí que algo se deslizaba desde mi piel hasta el aire viscoso de aquella sala alterna, como si un corredor aceitoso estuviera abriéndose en ese espacio, de mi carne a otra posibilidad.
"¿Y si tomamos la decisión contraria? ¿Y si te dejo aquí y regreso?" pregunté, aunque no supe de dónde vino la idea.
La otra Leda negó. "Ese intercambio ya está en marcha. Tú eres ahora mi herida. Si vuelves, seré el resto no sanado en tu memoria."
Un zumbido perforó la atmósfera. Por la puerta translúcida se asomó un ser: no humano pero sí hecho de lo mismo. Carne, sangre, pero torsionada en patrones erráticos, como si sus células hubieran sido editadas y reeditadas hasta el disparate. Caminaba doblado sobre sí mismo, y cada paso era una sinfonía de dolores desencadenados.
"Ellos son los desviados," murmuró mi alternativa. "Las posibilidades torcidas que se niegan a regresar. Si te ven, te segmentarán en todas las formas posibles."
Me quise fundir en la pared. El miedo viaja más rápido entre universos. Quizás por eso, el sudor me empapaba los ojos cuando Sani alterna tomó mi mano y me empujó hacia el rincón opalino, donde colgaba una cortina de tejido membranoso. "Cruza," susurró con fiereza, y de repente la habitación se agrietó como un huevo y la realidad vibró.
Vuelvo a abrir los ojos: mi laboratorio, la Dr. Sani observándome con rostros superpuestos, como si mil versiones de su persona lucharan por entrar en mi percepción. Tardo en recuperar las coordenadas de mi cuerpo: el dolor está allí, justo donde la membrana fue extraída. Sangre, real y metafórica.
Sani toca la pantalla. "Estamos cruzando sílabas, prototipos. Lo que viste es la consecuencia de abrir demasiados atajos. ¿Tocaste a tu otra yo?"
Asiento. "Me dejó su herida. Siento que llevo un corte en la palma del alma."
"Eso es bueno. O malo. Depende de si prefieres ser herida o cicatriz." Sani retira los sensores y me da otra muestra: "Pon esto bajo tu cama, en el apartamento 17B. No la abras. Si sientes que el sueño te desgarra, consúmela."
La caja pesa como si llevara a todas mis otras yo dentro. Salgo a la calle; el mundo parece más plano, las ondas en los charcos me recuerdan los agujeros que la carne puede abrir en la realidad. Cada vez que me acuesto, la caja debajo de mí pulsa, caliente como un corazón extra.
Esa noche, sueño con el desvío incompleto. Estoy de pie en el Intersticio, observando a todas mis Leda desfilar en una manifestación cósmica. Algunas mutiladas por decisiones incorrectas, otras brillando con una paz imposible. Todas me observan, esperando que decida si regreso a completarlas, a enmendar el daño o a perpetuar la separación.
Despierto. El cuerpo me duele y hay una línea roja en mi palma, la señal de que un universo aún sangra.
Desde entonces, todos los días elijo de nuevo. A veces, abro la caja y solo escucho un susurro: “Todavía eres muchas”. Otras veces, la carcasa tiembla y el apartamento entero huele a metal caliente, como si otra yo estuviera a punto de entrar.
En los universos paralelos, cada yo se desangra hacia una posibilidad. Aquí, al menos, he aprendido a aceptar la cicatriz. Y a cuidar la herida abierta, ese umbral de la carne donde todavía puedo ser muchas, y ninguna se cancela del todo.
Cierro los ojos y, por un instante, siento cómo las membranas entre universos se tensan con mi respiración. Entonces, me duermo, sabiendo que el escozor en la palma es apenas el inicio, que aún hay mil Leda esperando su turno bajo la piel. Que de no cruzar, seguirán sangrando, soñando, decidiendo. O simplemente existiendo en el umbral de lo posible y lo imposible, allí donde la carne se vuelve universo.
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