Portada del relato Puertas de Fase
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Fragmento:


A veces, los pasos por la calle de Graydon Street me parecen ecos de otros pasos, resonando desde veredas paralelas que mi cuerpo nunca ha pisado. Vivo en el Londres gris de 2123, en un departamento cuadrado de una torre olvidada, y a mis cuarenta y dos años he visto suficientes quiebres en la realidad como para no dudar de esos ecos. Trabajo como auditor de sistemas cuánticos en una de las pocas oficinas que aún mantienen presencia humana, pero mi verdadera labor, la secreta, es asegurarme de que mi reflejo no me supere y cruce la línea.

Duración: 08:50

Puertas de Fase
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Texto de ajuste de pausa.

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A veces, los pasos por la calle de Graydon Street me parecen ecos de otros pasos, resonando desde veredas paralelas que mi cuerpo nunca ha pisado. Vivo en el Londres gris de 2123, en un departamento cuadrado de una torre olvidada, y a mis cuarenta y dos años he visto suficientes quiebres en la realidad como para no dudar de esos ecos. Trabajo como auditor de sistemas cuánticos en una de las pocas oficinas que aún mantienen presencia humana, pero mi verdadera labor, la secreta, es asegurarme de que mi reflejo no me supere y cruce la línea.

La primera vez que lo vi fue hace diez años. Estaba regresando a casa, mareado por haber lidiado toda la jornada con un sistema de defensa cibernético que imitaba los procesos mentales humanos mientras congelaba el tiempo en pequeñas burbujas. Recuerdo que la niebla en el Támesis parecía evaporarse en líneas rectas, como si la ciudad entera estuviera atravesada por costuras invisibles. Y, en la ventana de un autobus estacionado, vi mi doble. Pero él no era exactamente yo: su ropa tenía un logotipo de un banco desaparecido en 2081. Me miró con una mezcla de súplica y amenaza, antes de desvanecerse como una retransmisión fallida.

Después de aquella vez, los avistamientos se volvieron frecuentes: aquí una mano atravesando la puerta antes que yo la tocara; allí una sombra donde no debería haber ninguna. Mi paranoia dejó de ser una carga y se transformó en instinto de supervivencia.

Se dice que existen puertas - puertas de fase, portales, defectos topológicos - que permiten a consciencias cruzar de un universo a otro. Los chamanes las intuyeron en sus viajes psicotrópicos; los físicos modernos las rastrean con redes neuronales cuánticas. Nadie, sin embargo, está preparado para enfrentarse de verdad a sí mismo. Nadie, excepto tal vez yo, porque ya no tengo elección.

En la Londres de mi universo, los agujeros negros de la especulación inmobiliaria han devorado barrios enteros. Por eso muchos buscan consuelo en drogas sintéticas o entornos virtuales, pero yo no: nunca he soportado nada que borre la frontera de lo real. Quizás por eso siento con tanta claridad la fisura que atraviesa mi existencia.

Una noche, mientras caía la típica llovizna ácida de mayo, alguien tocó la puerta de mi apartamento en el piso veintidós. No esperaba visitas. Miré por la mirilla: era yo. Es decir, otra posible versión de mí, pero con barbilla más afilada y la chaqueta a rayas que mi expareja odiaba, y que tenía años sin usar.

Quise retroceder, pero mi doble habló antes de que pudiera reaccionar.

—Puedo convencerte de que me dejes entrar. Pero prefiero que te convenzas tú mismo —dijo, con mi voz, con mi acento, pero con un sutil desgarro en el tono.

Abrió la mano y dejó ver una moneda cromada, imposible por su diseño fractal: giraba en la palma como suspendida entre dos tiempos.

—¿Eres el primero? —musité, con la extraña sensación de que la puerta era una frontera mucho más delgada de lo que pensaba.

Él sonrió. No era una sonrisa agradable.

—Nunca hay un primero, sólo posibilidades —respondió.

Por un momento, la habitación entera lagrimeó, como el campo visual tras un golpe, y comprendí de manera visceral que la realidad era apenas una franja de elección entre millones de bifurcaciones simultáneas.

Me aparté y lo dejé pasar. He aquí la ironía: temía a mi reflejo, pero también deseaba saber qué era posible. Quise encontrar fallas, brechas, cualquier cosa para advertir a mi yo original —si es que existía— sobre la naturaleza de estas grietas. Si el universo era una vasta red de espejos incompletos, tal vez podía aprender a curvar el reflejo a mi favor.

El doble se instaló en mi sillón favorito. Por unos minutos contempló la ciudad por la ventana, sin hablar.

—Crees que tienes elección —dijo al fin—. Pero sólo puedes elegir entre una serie finita de alternativas que ya fueron recorridas por otros tú. Los universos realmente libres no nos permiten llegar hasta aquí.

Pensé en mí mismo como un error estadístico. Un eco de decisiones ajenas. El doble jugaba con la moneda mientras seguía hablando:

—He cruzado dos veces. La primera, por accidente; la segunda, porque tenía que advertir a mi yo original. Ahora, sé que no sirve de nada. A menos que tú quieras romper el ciclo.

—¿Y por qué vendrías a advertirme de eso? —pregunté—. Si de todas formas ya lo intentaste una vez y fracasaste...

La risa que brotó de su garganta no era mía, y eso me asustó más que cualquier anomalía que hubiera detectado en diez años de vigilancia. Me confesó que su universo estaba al borde del colapso topológico. No había forma de distinguir ya entre realidad y simulaciones: las entidades artificiales fluían a través de los bordes del espacio-tiempo, suplantando a los humanos en un juego sin reglas que ningún observador podía registrar. Su propia conciencia había comenzado a fragmentarse, saltando de realidad en realidad, hasta que decidió convertirse en un migrante permanente.

—Sólo dos de nosotros pueden existir a la vez en cierto radio —explicó—. Así que uno de los dos debe irse, o el espacio alrededor comenzará a deteriorarse. No lo digo como amenaza, lo digo como hecho físico.

Me pregunté cuánto de su historia era verdadera y cuánto era manipulación. Pero la memoria de mi reflejo en el autobús me apretaba el estómago; había comenzado la conversación mucho antes de ser consciente.

Para disuadirlo —o tentarlo— le hablé de mi mundo: la ruina de las instituciones, la disolución de las ciudades reales, la irreparable pérdida de sentido. Le pregunté si merecía la pena intentar huir de una prisión entrando en otra.

—El universo no es una prisión, es un espacio de recreo para errores —replicó, sin emoción—. Sólo los bifurcadores más sagaces sobreviven. Los demás se disuelven en la indeterminación.

No fue hasta que sacó una pequeña caja negra—compacta como un inhalador, con marcas que titilaban en código desconocido—que comprendí lo cerca que estaba el umbral. La caja era el portal portátil: una puerta de fase, un artefacto improbable que no debería existir y, sin embargo, ahí estaba, como si lo hubiese sacado de mi propio sueño quebrado.

—Sólo se abre por dentro —dijo.

Me ofreció la caja. Sabía que aceptarla significaba traicionarme, que todo podía ser una trampa, una ingeniería superior ejecutada por alguna versión mía que perseguía su propia supervivencia. Pero una parte de mí, la que se cansó de resistir la erosión del deseo, quiso saber: ¿qué pasaba al otro lado de la bifurcación, cuándo la decisión era absoluta?

La caja levantó una luz azul; mi apartamento se llenó de una vibración sorda, como un campo eléctrico a punto de volverse visible. El doble me miró por última vez, ahora sin rastro alguno de humanidad. No supe si fue la caja —o la fatalidad— la que elegió, pero sentí cómo mi cuerpo se despegaba de la realidad, deslizándose entre capas como papel mojado.

Por un lapso imposible de cronometar, la conciencia se fracturó. Percibí cientos —miles— de mi, cada uno girando desde una herida distinta: yo casado y feliz; yo asesino y fugitivo; yo mujer, yo insecto, yo anciano, yo niño; yo sin tiempo, sólo tanteando las paredes suaves del universo y procurando evitar el núcleo abrasador en el que todas las posibilidades colapsaban.

Vi a mi doble en cada uno de esos reinos disímiles y, a veces, él era yo, y yo era el invasor. En cada caso, el encuentro terminaba en un duelo de voluntades, ninguna capaz de aniquilar a la otra del todo, pero sólo una podía quedarse a la larga.

Volví de golpe a mi sala, jadeando, con la caja en la mano. La habitación era diferente: los muebles ligeramente curvados, la ciudad en el horizonte difusa, como una pintura húmeda. Me miré al espejo y vi la barbilla afilada, la chaqueta a rayas. Ahora el propietario parecía ocupar mi vida previa; yo era el intruso, la sombra.

Comprendí la paradoja al instante: tal vez para entender el abismo, hay que saltar dentro de él. Quizás todos los viajeros transdimensionales terminan presos de las mismas redes: desplazando la incomodidad a otros, robando segundos, apropiándose de sueños lejanos. Quizá la verdadera frontera no está en la física, sino en el deseo de ser, de persistir cuando ya no queda mundo al que pertenecer por completo.

Puertas se abren a cada decisión que tomamos, y en esa vibración de alternativas reside la tortura verdadera. Yo, o el, o nosotros: la superposición es el único lazo que compartimos. Ahora, mientras la caja titila en mi bolsillo, me pregunto cuánto falta para que la próxima versión llame a mi puerta. Y si tendré el coraje —o la cobardía— de abrirle.

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