Fragmento:
La primera anomalía se presentó al tercer ciclo de inercia, un parpadeo de energía en el núcleo de salto. Los análisis sugerían interferencia externa, como si algo —no materia, no energía, algo en la grieta entre ambas— rozase nuestra burbuja de tránsito. Caldeira lo desestimó como artefacto instrumental y fue entonces cuando Joran comenzó a soñar en voz alta.
Duración: 08:19
Decid adiós, vosotros que observáis bajo soles extraños, porque lo que aquí narro sólo puede haberse originado en el crisol luminoso y febril del viaje más allá de los límites humanos, allí donde la razón se despedaza sobre los filos de lo imposible y el tiempo mismo parece volverse una broma cáustica escrita en los muros desmoronados de la memoria.
He vivido más vidas de las que el pulso de mi corazón puede sostener, y sin embargo, solo en esta, a bordo del Aethon, mi último refugio entre los astros, he sentido el susurro inequívoco de la aniquilación. Si escribo, es porque no hay otra forma de huella posible. Y si la tinta se desvanece, sabed que al menos existí, . Aunque haya atestiguado la muerte de los mundos, siento todavía el temblor inicial, el instante en que todo comenzó a despeñarse hacia el abismo.
El Aethon fue diseñado como nave de exploración y comercio —una amalgama de tecnología conocida y sueños no soñados— y su misión era tan simple en apariencia como condenada en esencia: cruzar los trece años-luz de vacío entre Sol y Kaleth, un mundo rumoroso y apenas entrevisto en los reportes gravitacionales del Instituto Leviatán. Pero la verdadera carga de la nave no era su tripulación, ni sus reservas de agua, ni siquiera los bancos criogénicos con siglos de potencial humano dormido. Era la esperanza, siempre la esperanza, ese espectro que acecha y justifica todos nuestros horrores.
Éramos una tripulación vetusta en experiencia y ávida de fracaso. Caldeira, el capitán, un hombre de voz temblorosa y ojos tan opacos como el casco exterior, no confiaba ni en sí mismo. Joran, la astrofísica, se alimentaba del pánico como otros lo hacen del oxígeno. Yo mismo —llamado Ridar, sin otro apellido que el sudor y las quemaduras de mis anteriores expediciones— era nada más que operador de sistemas cuánticos, aquel que hablaba con los motores cuando estos rehusaban responder a la lógica de los manuales.
El viaje interestelar no es la travesía romántica de las ficciones pasadas: es una enfermedad, un despliegue de soledad esculpida por las leyes monstruosas de la física. En el espacio profundo, la luz misma se filtra lentamente bajo las compuertas, y el tiempo es un dios burlón cuyas manos de hielo moldean las mentes más fuertes. Lentamente, día tras día, año tras año; fingiéndonos indestructibles, cruzando el abismo como insectos que ignoran el fondo del precipicio.
La primera anomalía se presentó al tercer ciclo de inercia, un parpadeo de energía en el núcleo de salto. Los análisis sugerían interferencia externa, como si algo —no materia, no energía, algo en la grieta entre ambas— rozase nuestra burbuja de tránsito. Caldeira lo desestimó como artefacto instrumental y fue entonces cuando Joran comenzó a soñar en voz alta.
"La corriente nos vigila", susurraba ella en la sala de observación, contemplando el vorticismo violeta de los tránsitos FTL. "Nos arrastra, nos prueba, quiere tocarnos." La idea me habría parecido una tontería poética si no fuese porque mi trabajo me había enfrentado a los motores de antimateria cuando colapsan bajo el abrazo de fuerzas extrañas. Sabía que el universo, donde quiere, vierte sus horrores sin previo aviso.
Empezamos a notar un fenómeno recurrente: ecos en los sensores, retazos de mensajes indistintos que parecían provenir no solo de fuera, sino de un tiempo distinto, quizá un futuro imposible o un pasado abortado. Palabras truncas, imágenes incompletas. Una de ellas, que registré secretamente en mi memorias de datos, aún logra paralizarme: un rostro humano, atravesado por líneas de energía, que gritaba sin sonido ante un fondo de vacío puro.
Nuestra paranoia crecía con cada salto. Primero fueron las pérdidas de memoria: lapsos breves, vacíos de minutos sin explicación lógica. Después, las pesadillas que compartíamos; sueños de desintegración, de desarraigo, de una marea oscura que arrastraba nuestros cuerpos y recuerdos hacia una boca que se abría más allá de la comprensión.
El accidente ocurrió durante el séptimo desplazamiento, a cien billones de kilómetros de cualquier luz estelar. Caldeira desapareció. No hubo explosión, ni gritos. Un momento estaba revisando protocolos en el núcleo de ingeniería; al siguiente, ni rastro de su existencia, ni en las cámaras, ni en las líneas de vida, ni siquiera en los bancos de datos indestructibles. Era como si el vacío mismo lo hubiera devorado y reabsorbido a su propio tejido. No lo comprendimos entonces, pero el Aethon lloraba su ausencia como una herida. Los sistemas mecánicos entraron en pánico: las rutas de salto comenzaron a trenzarse en bucles erráticos, y la IA de asistencia se apagó por primera vez en ocho años.
Joran y yo somos todo lo que queda. Lo que resta de humanidad frente a la marea de lo inexorable. En el silencio, comenzó a susurrarse otro idioma, uno que brotaba de los circuitos y también de la carne cansada de nuestra mente. Y entre los susurros, emergía una palabra, insistente como una gota que erosiona el basalto: Kaleth. Pero no era invocación ni destino, sino advertencia, quizá incluso amenaza.
Miles de veces intenté recalibrar el rumbo, deshacer los nudos de probabilidad que atrapaban a la nave en una espiral de saltos incompletos. A veces, por fugaz instantes, la visión de espacios imposibles se abría ante nosotros: ciudades de geometría invertida flotando sobre mares de cristal negro, selvas de titanio donde criaturas translúcidas se arrastraban con la mirada vacía de quienes han sido testigos del fin, planetas enteros que implosionaban hacia su propio pasado.
Sólo el registro continuo de la bitácora da fe de estos horrores, pues cada vez que pretendo dormir, los recuerdos se filtran; y cuando despierto, una parte de mí ha cambiado, sutil pero irreversible. Mi rostro en el espejo del cubículo es diferente, más ajeno y menos humano: los ojos reflejan líneas de energía tomadas de aquel rostro gritante en el mensaje eco. Joran se esconde en los ejes de gravedad variable, hablando con espectros, o tal vez ya es uno.
Finalmente, nos rendimos a lo que debía suceder. El Aethon se arroja al último salto, el definitivo, movido más por la inercia de la desesperación que por cálculos precisos. Las luces titilan; las compuertas tiemblan; sentimos, en algún pliegue atávico de nuestro ser, que el universo reconoció nuestra existencia y ahora extiende una mano para corregir ese error.
No hay colores durante el último tránsito, solo el pulso insidioso de un gris absoluto, el rumor aural de las máquinas descomponiéndose mientras la consciencia se estira y se deforma. Ya no somos Ridar y Joran. Ya no hay Aethon. Somos un eco, una onda persistente, atrapada entre capas de realidad que nunca debieron tocarse.
En la culminación de ese salto, percibí, por un instante infinito, la conciencia de otra cosa mirando a través de mí. Algo que espera en los intersticios del cosmos —y que se alimenta de las ilusiones de quienes se atreven a atravesarlo. Lo vi todo: los mil intentos, los mil fracasos, los infinitos Aethon arrojados una y otra vez hacia el mismo final. Confirmé lo que la voz de la nave había anunciado en la penumbra: Kaleth no es un lugar. Es el nombre que el vacío da a su propio hambre.
Ahora, mientras mi forma se diluye en el vórtice del no-tiempo, sólo queda la advertencia, el grito cíclico que debe resonar en cada viajero osado: quien navega el abismo se convierte en parte de su canto. Porque en el viaje, y en el salto, y en la nada que los separa, todos somos devorados. Los registros lo dirán, aunque nadie pueda oírlos.
Así termina mi relato, si es que tal cosa tiene sentido en un cosmos donde el final se funde eternamente con el principio. Quede este eco y mi nombre —Ridar, última voz del Aethon— como testimonio de lo inexplorado y del precio oculto tras la promesa febril de los viajes interestelares. Joran, o lo que quede de ella, susurra aún en el centro negro del vacío, y su eco, como el mío, buscará siempre quien lo escuche desde cualquier rincón de la noche.
Que nadie crea que el horror está en lo que se encuentra. El horror —el puro, asfixiante y plegado horror— reside en el viaje mismo, en los portales entre las cosas, allí donde se arriesga el alma a convertirse en eco de lo que nunca debió ser nombrado.
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