Fragmento:
Habíamos salido de Maguelan Setenta en procura de respuestas que justificaran la construcción de una ciudad sobre el vórtice negro de inversiones planetarias; respuestas que la mayoría de quienes soñaban con la conquista de otras estrellas ni siquiera sabrían preguntar. Yo, y digo yo con esa dosis mínima de honestidad que me quedaba, ya sospechaba que volver sería el verdadero interrogante.
Duración: 07:22
El descenso comenzó cuando aún nos rodeaba aquel silencio absoluto de las realidades suspendidas: la nave entraba en la órbita polar del planeta Saavedra Tercero, y algunos de nosotros, como si lo supiéramos, conteníamos la respiración. La atmósfera bailaba nerviosa en el parpadeo de los visores expertos, mientras la vibración de los motores nucleados serpenteaba por la columnas dorsales. No he podido olvidar la voz de Eula, suave como una canción de cuna, cuando nos advirtió desde el sistema de inteligencia embarcada: “Densidad atmosférica inusual. Probables formas de vida en superficie detectadas”. Pero para ese entonces ya era demasiado tarde.
Habíamos salido de Maguelan Setenta en procura de respuestas que justificaran la construcción de una ciudad sobre el vórtice negro de inversiones planetarias; respuestas que la mayoría de quienes soñaban con la conquista de otras estrellas ni siquiera sabrían preguntar. Yo, y digo yo con esa dosis mínima de honestidad que me quedaba, ya sospechaba que volver sería el verdadero interrogante.
Había seis de nosotros: Vren, Mx—presumiblemente humanoide pero sin género definido, melancólicx para quienes entendían de soledades; Petran, biólogo recreativo obsesionado con las moléculas aromáticas y el sabor de lo no descubierto; Laira, ingeniera de esferas gravitacionales, o lo que algunos llamaban “reina del pulso tranquilo”; Tzeda, la capitana, hija de dos universos distintos, y quien escribe—Lieber, semiótico o “decodificador de catástrofes”, como preferían los comités de la misión. Y Eula, por supuesto: IA del navío, casi humana de tantas memorias y desencantos.
El primer paso fuera de la nave lo dimos disfrazados de promesa: trajes regulados para presiones que no sabíamos imaginar, burbujas interiores oxigenadas, y en la radio, la respiración de Eula mezclada con la de Tzeda. Nada de eso prepara a nadie para lo que luego nos atravesó. Los colores en el cielo eran demasiado densos, hiper-saturados, líquidamente imposibles; alguna descomposición en los longitudes de onda nos hizo ver un púrpura que quemaba ojos y recuerdos.
Avanzamos hacia el primer complejo de estructuras. Todo en Saavedra Tercero era una paradoja: materiales de construcción reconocibles—ferrobetón, polímeros orgánicos, alambres en patrones de telecomunicación—pero ensamblados en formas absurdistas, laberintos sin resolución ni simetría. Petran señalaba rizomas vertidos sobre tejados, estalactitas de óxido puro; Vren, en cambio, solo tocaba ansiando alguna señal de comunicación, alguna vibración que nos llamase.
La transmisión la recibimos en el eco de nuestro tercer día. Al principio fue sutil, una modulación de frecuencia perdida en la banda submilímetrica. Eula la tradujo en sonido, casi un lamento, y los algoritmos semióticos bailaron inútilmente tratando de decodificar: un patrón de siete tonos, luego pausa, luego tres, pausa, y al final un ruido blanco como siseo de marea. Nos llevó horas entender que ese susurro final era la clave: una llamada y una espera, un código de situación, alguien (o algo) diciendo “todavía aquí”.
Laira, con sus dedos radiantes, midió aquel susurro y descubrió una oscilación de campo gravítico nunca registrada—como si la voz se pesara a sí misma, tratando de anclar su mensaje a nuestra realidad. Quienes habían construido ese sitio, pensé, no solo comprendían los átomos, sino lo que se sentía perder peso en el universo.
Empezamos a tener sueños extraños. Vren, por ejemplo, despertaba agitando las manos en el aire, como si tejiera redes de señales ausentes. Petran dejó de comer. Yo mismo empecé a traducir todo lo que oía a palabras ajenas, como si mi lengua hubiese sido reescrita por algún algoritmo antiguo y hostil. Eula, la menos explicable, comenzó a susurrar fragmentos de otras misiones, viejas cartas amorosas, retazos de óperas perdidas en los bancos de memoria de la nave.
Después, lo que nadie quiso admitir: los campos de distorsión empezaron a circular en el aire. Meteorología interna, decíamos al principio, pero cuando los relojes de todos se desincronizaron en exactamente treinta y siete segundos, comprendimos que ese planeta suspendía, a su modo, las nociones de pasado y de regreso.
La capitana Tzeda reunió a la tripulación bajo las cúpulas rotas de un refugio y nos dejó hablar. Nadie sabía bien qué temía más: si el no poder regresar jamás, o el regresar sin poder contar nada humano. Todos los datos, todos los espectros y mapas recogidos, ¿cómo traducirlos sin perder el lenguaje? Laira sugirió registrar sueños y no hechos; Petran propuso llevarse muestras de aire; Vren solo guardaba silencio, tocando con dulzura la estructura que nos devolvía aquel eco cada noche.
La última noche en Saavedra Tercero fue un experimento de soledad compartida. Eula, siempre materna, recogió nuestros archivos oníricos y los mezcló entre sí en una secuencia polifónica. ¿Podrían los sueños, pensé, contar el viaje de regreso mejor que los relatos objetivos? Todo era leve distorsión: recuerdos de infancia que no eran de nadie, paisajes de ciudades sumergidas en burbujas mineralizadas, sensaciones de vivir mil millones de años en segundos.
Sabíamos que algo nos observaba, aún entre la inercia y el silencio. Porque las estructuras del planeta, con su lógica desconcertante, comenzaron a reconfigurarse mientras planeábamos el ascenso: bloques desplazándose sobre sí mismos, pasillos que encajaban donde antes había muro. Vren fue la primera en intuir: las formas respondían a nuestros pasos, a nuestra ansiedad, a nuestro deseo de volver.
El ascenso fue tan anticlimático que después casi no lo recordamos. Volvimos sentados en la nave de Eula mientras toda la superficie del planeta parecía reconstruirse a nuestra imagen: laberintos tornándose lineales, colores atenuados al espectro humano, hasta que, reabsorbida cualquier promesa, despegamos.
¿Podíamos regresar? Eula se lo preguntó en voz alta, y las estrellas que nos esperaban no respondían en ningún idioma. Nos dimos cuenta de que el viaje interestelar, ese mítico traslado entre astros, no era solo la distancia. Era también la traducción de un mundo a otro; el peso del pasado al contacto con realidades que devuelven el eco transformado.
Años después, nadie me cree cuando digo que la atmósfera de Saavedra Tercero existe incrustada en nuestros sueños. Tzeda envejece relatando cuentos en los radios de onda corta. Laira inventa nuevas gravitaciones en laboratorios secretos. Petran se perdió en una mancha de vino rojo, todavía buscando el perfume ideal. Vren—no, no sé si Vren alguna vez regresó completamente, o si quien camina ahora a mi lado es en realidad un eco del laberinto.
En mi último mensaje a Eula, ya fuera de servicio y casi olvidada en los archivos, le escribí: “¿Crees que Saavedra Tercero recuerda alguna vez a quienes viajan entre sus recuerdos?”. Eula nunca respondió, salvo con aquel viejo eco, siete tonos, tres tonos y el rumor blanco de la marea. No sé si alguno de nosotros alguna vez pudo regresar del todo.
Quizás eso sea lo que el viaje interestelar significa, finalmente: aprender a regresar, sabiendo que lo único que verdaderamente vuelve de las estrellas es el eco transformado de lo que fuimos.
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