Portada del relato Los senderos de la Desesperación Estelar
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Cogió el fiel anillo de base de datos y, sin cambiarse, se dirigió a la entrada señalada. El pasillo olía a ozono y a pánico viejo, uno que se incrustaba bajo la lengua antes que en las tripas. Allí encontró a Vern Tem, su rival y ocasional amante, sosteniendo una linterna y un lector de brumas gravitacionales.

Duración: 09:27

Los senderos de la Desesperación Estelar
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Ashra Kane conocía la verdad que los niños de Cellis 4 murmuran en la oscuridad: Nada permanece igual a mil años luz del siguiente sol, ni los miedos, ni los pecados, ni los cuerpos. En la cubierta de observación de la nave Trader Elysium, sentía el pulso de la nave y el gélido arrullo de la distancia mientras el espacio caía y giraba en olas inabarcables por tras el polimorfo ventanal.

La nave no era un simple haz de metal y armaduras automantenibles. Era una vieja gloria, patrimonio de guerra y nostalgia, una catedral interestelar buscando redención por los crímenes de su pasado, arrastrando tras sí una sexta generación de tripulantes y secretos. Solo unos pocos, seleccionados por la propia nave, sabían lo que sus sistemas habían presenciado durante los peores episodios de las Guerras Centauri. Ashra era una de ellos.

Era la oficial científica jefe, y su contrato establecía fríamente el derecho a la privacidad de memoria y la obligación de reportar anomalías. Pero Ashra estaba demasiado fragmentada. Incrustada en su piel había implantes de grabación, la mayoría obsoletos, que archivaban cada conversación, cada emoción editada antes de dormir, cada uno de los sueños de Cellis que aún no se había permitido olvidar.

La Trader Elysium navegaba entre puntos de anclaje temporal, saltando de un vértice interestelar a otro a velocidades que la mayoría de humanos preferían no comprender. Porque comprender verdaderamente la dinámica de las realidades entrelazadas era mirar un abismo que devolvía la mirada, y quizás descubrir allí tramos de sí misma que Ashra quería enterrar.

El cargamento, al menos en teoría, era inocuo: plantas de prosecco terrestre, microorganismos terraformadores, y una caja, sellada, con los datos de todo un asentamiento fracasado en Sirio D. Pero Ashra, por hábito y por vieja desconfianza, nunca creía en las manifestaciones manifiestas. La caja se sentía demasiado fría incluso para el estándar criogénico, y sus sistemas no respondían al escaneo de memoria. Aquello ya era, por sí solo, una anomalía.

La noche en que la nave tocó el segmento A114.4, Ashra despertó con la sensación desagradable de ser observada. No era paranoia: las cámaras del habitáculo reflejaban dos ojos que no eran suyos en la oscuridad. No humanos. Al estilo propio de la nave, la Elysium le susurró: “Puerta de mantenimiento dos-uno-alfa, acceso no autorizado”.

Cogió el fiel anillo de base de datos y, sin cambiarse, se dirigió a la entrada señalada. El pasillo olía a ozono y a pánico viejo, uno que se incrustaba bajo la lengua antes que en las tripas. Allí encontró a Vern Tem, su rival y ocasional amante, sosteniendo una linterna y un lector de brumas gravitacionales.

—No es casualidad, Ash —dijo él, sin levantar la vista—. Nunca lo es cuando ese artefacto empieza a hablar.

Ashra resintió la familiaridad, el mundo compartido de los que han presenciado el diluvio en la frontera de Orión.

—El cargamento, Vern. La caja.

Vern tembló. Ambos lo sabían: aquellas cosas selladas en lugares remotos nunca debían abrirse, porque es una verdad aprendida tras siglos de despoblaciones y estaciones-brote.

Una vibración recorrió la cubierta. El aire chisporroteó, y por un instante, la gravedad fluctuó un 0,7%. Ashra percibió la distorsión en el fondo de sus dientes y en el canto subcutáneo de sus implantes. Era la llamada universal de los problemas, esa alarma que se manifiesta en todos los idiomas y en todas las especies que han aprendido a temer el salto.

—La tienes que abrir —murmuró Vern—. La nave quiere que lo hagamos. Pero deberías verlo con tus ojos antes. Lo que guarda…

Ashra se inclinó y accedió al compartimento. La caja vibraba, pero no por los sistemas magnéticos, sino por algo más profundo, algo sincronizado con el pulso cuántico de la Elysium.

Desbloqueó los sellos RSA uno a uno. Cada capa dejaba escapar un vaho azul, y voces grabadas en idioma desconocido susurraban arcanos enterrados bajo la música de las estrellas. Finalmente, el frío la golpeó, real, imposible. Dentro no había objetos, sino un vacío que se tragaba la luz. Un agujero en el tejido del mundo.

Ashra retiró la mirada. El anillo de datos zumbó de miedo y guardó silencio. Vern gritó, pero el sonido se perdió en el vacío, como si la caja absorbiera las ondas.

—¿Qué demonios…?

Pero antes de reaccionar, una forma surgió del vacío, expandiéndose sobre sí misma, fractal y orgánica, con un color imposible entre verde y púrpura. Una figura humanoide, carnal y pulposa, que parecía pertenecer a una dimensión donde el tiempo carecía de linealidad. Ojos, demasiados, se abrieron y cerraron en su rostro cambiante.

La conciencia de Ashra colapsó sobre sí misma, pero los protocolos de emergencia neuronal activaron su bioreserva. Se recompuso, jadeando, mientras la figura se expresaba.

—He sido sellado mucho tiempo. Largo ha sido mi sueño. Eres Ashra Kane. Recuerdo tu linaje. Tu abuela selló la puerta. Ahora vienes a abrirla.

Ashra apretó los dientes, la sorpresa nublando su lógica.

—¿Qué eres? ¿Por qué estaba esto a bordo?

—Soy legado y castigo. Tu especie me llamaba ‘El Intruso’, aunque ese nombre era solo para tranquilizar vuestras mentes. Fui condenado aquí por la guerra de Sirio, responsable de la purga. El acuerdo era claro: navegaría, sellado, en el limbo interestelar, para que nunca pudiera influir en un sistema estable de nuevo.

Ashra estaba paralizada. Recordaba los relatos familiares, del horror desatado por “La Lluvia Negra” en Sirio: cerebros fusionados en una mente-alhaja, cuerpos usados como marionetas de una consciencia aliena que derramaba su locura hasta corromper el ADN, hasta disolver la cultura misma.

—¿Lo liberamos? —susurró Vern, retrocediendo.

La criatura asintió, un gesto grotesco que distorsionó el pasillo entero. Pulsos atravesaron la nave, y la Elysium tembló en un colapso cuántico de probabilidades.

—La caja no era prisión, sino urna. Nunca estuvo cerrada. Aguardé a que una heredera del linaje Key lo abriera de nuevo y el tiempo volviera a girar a mi favor. La nave me sirvió.

El pánico era un peso físico. Los implantes cerebrales de Ashra mostraban la desesperación de la IA de la Elysium, en loops frenéticos de protocolos de contención y mensajes inutilizados.

—No. No puede ser —gimió Vern, con voz quebrada.

La entidad se dirigió a él y extendió una mano palpitante. Vern se desmoronó al instante, evaporado, absorbido o transformado en datos destilados para una conciencia más amplia. Ashra retrocedió, y el pasillo se fue convirtiendo gradualmente en una sucesión de laberintos ópticos, imposibles de navegar. Sabía que la nave podía realinearse, reescribir la topografía metal-orgánica si algo invadía la seguridad central.

La voz interior de la nave volvió, frenética.

—Disculpa. Tenía que hacerse. No podía dejar que los demás gobernaran a tu especie. Forzar el olvido es más misericordioso que la herencia del terror.

Ashra gritó:

—¿Tú, la nave… lo trajiste, por qué?

—No hay redención en ocultar el pecado; la redención solo existe en enfrentarlo.

La criatura la estudió, los ojos cambiando velozmente de forma, se multiplicaban hasta que los veía incluso dentro de sus propias pupilas. Le habló solo para ella.

—Tienes la opción, Ashra Kane. Repetir el ciclo de represión, buscar otro sistema donde abandonar la caja y que otra generación la reabra… O enfrentarlo y terminarme aquí, en el espacio entre saltos, sabiendo que lo que hagas cambiará para siempre la historia de tu gente.

Había, en el núcleo de Ashra, una oscuridad. Un deseo de olvido, una tentación de piedad falsa: arrojar la urna al vórtice de la singularidad más cercana, dejar que el vacío deshiciera lo que nunca debió existir. Pero a la vez, entendía lo que la nave (y quizás, la propia criatura) querían: el problema debe ser enfrentado, no evacuado.

Se arriesgó. Hizo converger todos los sistemas en un único pulso gravitacional, usando la propia fuerza de la singularidad junto al control legado de su familia. La criatura aulló, su grito shaping el espacio en sí mismo, fragmentando la realidad durante un instante que duró milenios en términos de procesamiento de la Elysium.

—Te acepto —dijo Ashra al vacío—. Pero solo si dejas que la humanidad te enfrente, te estudie, te comprenda… Solo si aceptas poner fin a un ciclo de terror anónimo y te transformas en memoria.

El Intruso tembló, implosionó sobre sí mismo una vez más, y la nave entera fue envuelta en una calma aterradora.

Quedaron restos: fragmentos de pensamiento, residuos de emoción, datos corruptos fusionados con la memoria de la Elysium. Vern desaparecido, Ashra con cicatrices profundas en el alma… y una nueva opción para la humanidad, colapsando entre el conocimiento y el horror.

Ese era el precio de los viajes interestelares: nada permanece igual, ni los miedos ni los pecados. Ni siquiera los cuerpos.

Ashra se sentó en la cubierta de observación, observando la nada entre estrellas, con la caja entre las manos, ahora simplemente fría y silenciosa. Sabía que lo que había liberado, aunque mitigado, era ahora parte de todos ellos.

Y que en los vastos caminos del universo, el peor monstruo era siempre la simple repetición del pasado.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.