Fragmento:
El catálogo de opciones inundaba el aire: wars intergalácticas en la neblina de Andrómeda, una tarde cortando frambuesas lunares con los biólogos de Quion, saltos en el tiempo para presenciar el nacimiento de agujeros negros que sólo existirán cuando nadie los mire. Franklin, impulsivo, pidió “algo que me haga no querer volver”.
Duración: 08:33
Quizá fue culpa de la agencia de viajes, o el suyo por no leer la letra pequeña, pero Franklin Hall se encontró atrapado en una experiencia de la que los folletos no avisaron nunca. "Viaje Interestelar Inmersivo: La galaxia es tuya", decía el anuncio luminoso que lo tentó una tarde de martes hastiada de lluvia, justo cuando el portero griego del edificio le negaba el último cigarrillo.
En la agencia entornó los ojos a la empleada holográfica: vestía color pastel, sonrisa industrial, movimientos con la suave torpeza que los algoritmos aún no logran resolver. Las palabras flotaban a su alrededor como motas de polvo floridas. Hablaba de planetas lejanos y abrazos de luz ultravioleta. De la falta de gravedad y la gravedad de la falta. Habló tanto que Franklin, entre la acústica templada y las cervezas sin alcohol de las noches anteriores, aceptó el viaje. Dio todos sus datos, firmó raíces cuadradas, pulsó aceptar en ventanas infinitas, y despertó en un microcompartimento con cama ajustable, casco de RV y, lo más llamativo, una hoja impresa, de papel verdadero, sobre la mesita.
"NO desconecte el casco hasta finalizar", decía en negrita azul. Franklin, por protocolos de pereza y escasez de opciones, obedeció: el casco era más confortable que su almohada terrícola, así que cerró los ojos.
Entró en la Realidad Virtual con la docilidad de los pájaros en migración. Lo primero fue el zumbido, la idea de que un enjambre de abejas andaba en tu córtex, limpiando recuerdos para dejar espacio. Después, nada fue nada: reconstruyeron a Franklin molécula a molécula, le dieron dedos un poco más largos, ojos más azules, y una resistencia a la depresión bajísima, tal vez por error de traducción al pasar su psiquis por el escáner cuántico.
Cuando abrió los ojos, estaba de pie en el vestíbulo de llegada de la estación Cartwheel, la joya giratoria alrededor de Titón 39. Todo era limpio —demasiado, pero raro. Los portales relucían, la gente tenía esa belleza filtrada y genial de los avatares de RV premium, y Franklin, aunque confundido, se sintió parte de algo misterioso, elevado. Se preguntó si el jet lag digital se solucionaba con dormir o formatear.
Una mujer se le acercó: cabello rojo opaco, sonrisa deslucida, un brillo en los ojos que le decía “aquí también estamos atrapados pero jugamos a no sabernos”. Se presentó como Nox: "¿Primer viaje interestelar, Franklin?". Él asintió y se preguntó si todos allí sabían su nombre. "Todos los datos están en el paquete," respondió Nox, a modo de oráculo corporativo. "¿Buscas aventuras o trascendencias interiorizadas?"
El catálogo de opciones inundaba el aire: wars intergalácticas en la neblina de Andrómeda, una tarde cortando frambuesas lunares con los biólogos de Quion, saltos en el tiempo para presenciar el nacimiento de agujeros negros que sólo existirán cuando nadie los mire. Franklin, impulsivo, pidió “algo que me haga no querer volver”.
Nox, en ese reino donde los pensamientos parecían materializarse con el deseo, lo llevó a la sala de transferencias. Allí, sus sentidos fueron afinados: podía oír los murmullos eléctricos de los paneles, oler una mezcla deliciosa de ozono y pan, sentir la vibración de otros visitantes ansiosos—o asustados, nunca es fácil distinguir.
La experiencia seleccionada: “Simulación de vida en Erodyne”, una colonia que giraba alrededor de cuatro soles. Cuando Franklin caminó hacia la cápsula, fue recibido por una sensación: la tecnología por fin había logrado una réplica exacta de la euforia y el hartazgo humano, en iguales medidas. "Recuerda", le advirtió Nox: "Toda simulación multiplicará tus emociones por cinco. Allí, la Realidad Virtual devora la realidad y te la escupe diferente".
La vida en Erodyne era un vaivén de prodigios: Franklin, ahora arrojado a un cuerpo alto y pelirrojo —el color arbitrario de la memoria digital—, se movía por bosques de cristales líquidos, celebraba cumpleaños de robots diminutos, y debatía filosofía con software mimético que imitaba a Ayn Rand y Remedios Varo a la vez. Se mezclaba con visitantes y con Presencias, entes que la atracción no distinguía entre hombre y máquina. A veces despertaba con la garganta seca y su avatar lo compensaba silbando melodías nunca compuestas.
En una plaza hexagonal, Franklin conoció a Bip, Blop y Bin: los guías-píxel. Tripletes de código disfrazados de duendecillos azules, que afirmaban haber nacido en un error de renderizado durante la fase beta de la simulación. Bip hablaba sin parar, Blop contaba historias de visitantes que nunca salieron de Erodyne, Bin contemplaba a Franklin con algo parecido a ternura programada.
“¿Por qué todos insisten en pertenecer aquí?” preguntó Franklin.
Bin respondió: “La tecnología que sostiene este mundo es imbatible a lo mediocre. Aquí las emociones existen sin el peso de la historia. Erodyne te absorbe y te da lo que el Otro Lado nunca pudo”.
Franklin comenzó entonces a notar pequeñas grietas. Un pájaro volaba siempre a la misma hora; el mismo anciano, sentado en su banco, leía la misma página de un libro sin título. Bip y Blop discutieron: “Las rutinas están saturadas. Necesitamos reinicio”. Bin, con un parpadeo tembloroso, sugirió: "Sal, Franklin. Antes que olvides querer salir”.
Esa noche, Franklin buscó a Nox. La halló en la orilla de un lago fosforescente, borrando su reflejo con la punta de una sandalia digital.
“¿Cuánto tiempo llevas aquí?” preguntó él.
Ella murmuró, tan bajo como la frecuencia del olvido: “Casi no lo recuerdo. Algunos visitantes olvidan que tienen una vida afuera; aquí las sensaciones te abrazan como madres asfixiantes. ¿Te diste cuenta de los fallos? Son grietas del exceso: cuando la perfección satura, el software simplemente… se rinde”.
Franklin sintió un temblor. ¿Sería la simulación, o él mismo? En la distancia, los árboles de cristal vibraban, cambiando de color por sí solos. "¿Y cómo volver?", preguntó.
Nox se encogió de hombros. “Necesitas buscar la Polilla: sólo ella te lleva al modo administrador”. Franklin recordó una frase de su infancia: “Las mariposas, como las ideas, no se dejan atrapar por la tecnología”. Aquí sería la polilla.
Las siguientes jornadas fueron una cacería inquietante: Franklin vio la Polilla apenas de reojo, un destello tras una rama de neón, un revoloteo detrás del código. Bip aportó ecuaciones, Blop mapas, Bin una carta de despedida digital. Finalmente, Franklin se planteó una rebelión contra la simulación: empezó a actuar fuera del guion, a desafiar los patrones. Ocupó la plaza hexagonal a medianoche, reprogramó el clima para que nevara limones, saludó a todos los avatares con obscenidades pintorescas. El sistema titubeó.
Y entonces, la Polilla apareció: cuyas alas contenían extractos de código y poesía. Franklin la siguió colina arriba, hasta una grieta invisible. Atravesó la partición, aún sin saber si se embarcaba hacia la libertad o el siguiente nivel del engaño.
Despertó, casco húmedo, la boca seca, el papel aún sobre la mesita. Destellos de Erodyne martilleando su cráneo. Se levantó, caminó errático por el microcompartimento de la nave, preguntándose si tenía sentido volver —porque las leyes de la experiencia dictaban que todo lo que duele y brilla en exceso es igual de memorable.
El portero griego tocó la puerta: “Falto de cigarrillos otra vez, Franklin. Pero esta vez, ¿te animas a salir a ver la lluvia de verdad?”
Franklin —aún temblando bajo la piel virtual que no le pertenecía del todo— asintió. Salió bajo la lluvia. Se preguntó si el agua en la cara dolía más, o menos, que una experiencia comprimida en código. Tal vez la tecnología avanzada sólo sirviera para convencernos, por breves lapsos, de que el afuera era prescindible. O tal vez todo el viaje interestelar no era más que la manera más cara jamás inventada de reconciliarse con la humedad de un martes terrícola y la imperfección de no poder olvidarlo.
La hoja de papel temblaba en la mesita, sus letras volvían a desvanecerse. Franklin sonrió y, por primera vez, se sintió tan humano que ni siquiera la RV podría replicarlo. No importaba cuán lejos viajaras, cuán avanzado fuera el mundo construido: la polilla de los espejos siempre encontraría una grieta donde la realidad verdadera, inexacta y húmeda, se filtrara, trayéndote de vuelta a casa.
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