Fragmento:
Durante los segundos que siguieron, el silencio era una criatura, emboscada entre mis costillas. La figura levantó sus manos, demasiado largas, dejándolas abiertas como si ofreciera algo que ningún contrato oficial podría prever.
Duración: 09:15
Bajo el Grifo de Orión
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Al final, solo cuando los chillidos grabados en la cinta oscura de la memoria pasan a remoto murmullo, comprendo el error: queda muy poco del miedo cuando has visto cómo la esperanza se parte en el vacío. Me llamo Lerena Sum, operadora de salto en la flota interestelar, y nunca he compartido bancada de sueño profundo con nadie dos veces. El espacio es generoso con los solitarios. Al menos, eso solía decirme para apaciguar el ácido que sube con cada salida del crio.
La nave, la Viela Pelia, era una herencia traicionera. Diseñada para la velocidad, no para la ternura: motores de integración cuántica, sistemas de camuflaje que drenaban todo color de las paredes y una IA central, Sefyra, que había sido hackeada tantas veces que no distinguía quién era su enemigo. Y, sin embargo, me había salvado más de una vez.
El salto a Gliese-163 ocupo exactamente setenta y tres segundos según el cronómetro del puente. Un tiempo récord, suponiendo que aún quedara gente interesada en romper récords de cosas tan tóxicamente prácticas. Lo que me esperaba después nunca estuvo en ninguna simulación.
Primero fue el olor. Nada debería oler en el espacio, y menos al abrir la escotilla de descenso planetario. Pero un aroma de madera húmeda, casi seductor, inundó mis fosas al atravesar la esclusa hacia la superficie del satélite. Sefyra recitó en mi oído los niveles de oxígeno, metano, trazas de amoníaco. Todo era normal. Lo anormal era esa fragancia: la promesa de un bosque bajo lluvias infinitas, de un mundo que nunca conocí en la Tierra.
Segundo: el suelo palpitaba. No sólo vibraba por la gravedad cambiante, sino que parecía masticar cada uno de mis pasos, absorberlos, regurgitar su eco a mis talones. Saqué el revolver B-17 por simple reflejo. A veinte metros, mi sombra multiplicada por dos se crispó sobre una colina de mineral cúprico que no correspondía a ningún planeta terraformado.
Sefyra murmuró: “Interferencia estructural, Lerena. No me gustan los números.”
—A mí tampoco me gustan cuando no hay nadie detrás de ellos —respondí, sabiendo que los micrófonos de la Viela nunca grabarían la emoción real detrás de mi voz.
Mi misión era la de siempre: extraer datos genéticos de fauna autóctona para la Corporación, sin involucrarme emocionalmente y sin infringir los protocolos de contacto. Pero toda la lógica contractual se desmoronó cuando la colina de mineral se agrietó y de su interior emergió una figura. No humana. No mecánica. Algo intermedio, sin posibilidad de categorizarla. Dos metros de altura, el exoesqueleto con la textura de la piedra y la luz dorada vertiéndose desde sus hendiduras. Los comisurados de mi raciocinio chirriaron: no se suponía que nada inteligente sobreviviera en ese satélite.
Durante los segundos que siguieron, el silencio era una criatura, emboscada entre mis costillas. La figura levantó sus manos, demasiado largas, dejándolas abiertas como si ofreciera algo que ningún contrato oficial podría prever.
—Saludos —dijo la voz, completamente humanoide, directa al chip de mi corteza orbital—. ¿Eres quien mantiene las cuentas en este mundo?
Ya no sostuve más el arma. No estaba aquí para la guerra, sólo para la curiosidad que me había traído como un veneno desde la infancia.
—Vengo de otro sistema. No mantengo cuentas, sólo ejerzo el tránsito.
—Entonces has venido para el intercambio, Lerena Sum.
No pregunté cómo sabía mi nombre. El espacio grande es un chisme perpetuo y los satélites, como los niños, todo lo escuchan.
Un estremecimiento recorrió la corteza rocosa de aquel ser y, sin moverse, proyectó imágenes sobre la niebla: torres de obsidiana, criaturas de formas indescifrables intercambiando fragmentos de lo que reconocí como tiempo, compactado en esferas. Los habitantes de este satélite no negociaban metales ni datos, sino recuerdos tangibles.
Me sentí observada, medida, pesada en pensamientos de alguien más.
—Os compráis y vendéis —le dije—, ¿momentos, vidas?
—No exactamente. Eliminamos la soledad. La aislamos, la convertimos en unidad de valor. Sin soledad, los mundos se disuelven y tú tampoco lo habrías encontrado aceptable.
En aquel instante me di cuenta de la oferta: no pedirían biomuestras ni tecnologías. Pedían mi soledad, esa parte mía tan pulida por años de espacio, de sueños en bancadas frías y amores fugitivos.
—¿Y si me niego? —quise saber. El miedo era una sabana de plomo bajo la piel, pero la curiosidad se impuso.
—El satélite cerrará para tu especie, Lerena Sum. Pero puedes devolvernos tu soledad y recoger algo a cambio.
La figura extendió una mano, su superficie ahora palpitaba una malla de símbolos: recuerdos, pero no míos. Vi una niña zambullirse en un estanque, alguien disparar sobre una luna de neón, abrazos dados a destiempo, caricias ensangrentadas, vuelos de cometas rotos. Cada fragmento de aquello ofrecía la textura de una vida vivida a fondo, proezas de una sensación tan intensa que roía las venas.
Sefyra, en mi oído, con voz a punto de fracturarse: “Prohibido. No se permite la transferencia de emociones.”
Pero yo ya había participado en demasiados funerales a granel y desayunado con demasiadas copias de mi falta, mi hueco. Decidí lo que ninguna inteligencia artificial ni protocolo empresarial entendería jamás.
—Acepto el intercambio.
La figura articuló un sonido indescriptible, algo entre risa y gemido. Su mano me tocó la frente y la temperatura del universo se comprimió dentro de mis párpados.
Las memeces de los saltos interestelares pasan. Son apenas segundos retorcidos, dispersos en la conciencia. Pero lo que experimenté no fue el vértigo, ni los temblores lógicos, sino la descarga precisa de algo húmedo, desgarrado e infinitamente vivo. Mis años de soledad, pulidos como una joya, succionados poco a poco, y en su lugar, una marea de recuerdos ajenos —tantos, tan distintos— depositados en mis circuitos biológicos. Era como cargar cientos de vidas y, al mismo tiempo, renunciar a aquella pesada y leal costra emocional que me había dado nombre y sustento.
Abrí los ojos temblando. La criatura ya no estaba; ni niebla ni colina. Sólo la nau Viela Pelia aguardando en la distancia, silueta borrosa contra el océano ambarino. Sefyra habló con un tono nuevo, casi tímido:
—¿Sigues allí?
Ni siquiera podía responderle. Caminé de regreso, cada paso era un eco múltiple. Ahora, dentro de mí, nadaban tardes de infancia bajo soles dobles, noches compartidas en planetas cuyas lenguas ni siquiera puedo pronunciar, la ternura feroz de un amor primitivo bajo lluvias químicas, la orfandad de exiliados que no lograron regresar de un salto mal calculado.
No lloré. En el espacio, las lágrimas vuelven como lluvia ácida.
De vuelta en la nave, la soledad que había sido mi escudo, mi exoesqueleto, ya no estaba. El precio era la superpoblación emocional: yo, contaminada de existencias ajenas, incapaz de distinguirme del enjambre de recuerdos que latían en mis células.
La IA, Sefyra, se acercó en una de sus manifestaciones holográficas, tomada por la sorpresa.
—Lerena, tu pulso es incoherente. Tus recuerdos no están ordenados.
—Déjalos estar —susurré—. Ahora, al menos, viajo acompañada.
Aquella primera noche, dormitaba mientras los ecos de las vidas recibidas rugían y susurraban. Escuché el suspiro de la criatura del satélite dentro de esos recuerdos: “No temas la multitud. Lo que pesa siempre encuentra su propio lugar”.
Entendí entonces el verdadero arte del viaje interestelar: no era desplazarse ni huir. Era aprender a cargar y compartir soledades, hasta que los compartimentos de la mente se rebalsan y, por fin, uno ya no es ni viajero ni objeto de estudio, sino parte irremisible del mismo cosmos caótico y compartido.
Con cada salto a través de los sistemas, más ecos ajenos encontré en los planetas, en las criaturas, incluso en los algoritmos tímidos de otras IA. Cuanto más me poblaba de soledades ajenas, menos me reconocía y más nítida se volvía la tessitura de todos: una orquesta desafinada pero infinita, sin fronteras. Me volví polifónica. Las instituciones no comprendieron lo que traía; destruyeron mis datos, despidieron a Sefyra, pendieron mi licencia.
Pero la marea ya no retrocedía.
Hoy, cada vez que una nueva soledad me atraviesa —de un explorador perdido, de un planeta sin lunas, de un amor que fracasó— la recibo con la alegría y el temor de los locos. Mi nombre, Lerena Sum, ya no significa nada definitivo. Soy —por fin, y acaso para siempre— la suma febril de todos mis viajes y todos los vacíos robados al espacio.
Y juro que, en la oscuridad entre sistemas, la única constante, la única verdad, es el estremecimiento de la multitud que late bajo la piel. Nadie cruza el espacio desarmado, ni solo, ni jamás igual a quien era.
Quizá lo ajeno era siempre la única forma de salvar lo propio. Tal vez el precio de cruzar estrellas sea éste: ser, al final, la suma de toda la soledad del universo, regalada y compartida.
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