—Dicen que no hay esquina oscura, ni sombra ni pensamiento donde no llegue el Ojo— susurró Arel, con los labios pegados al vaso de vidrio escarchado.
El bruto a su lado rio, un estrépito bajo y áspero que rebotó contra las maderas carcomidas del Refugio del Errante. Nadie los miró: en la Ciudad de los Mil Lentes, la cortesía exigía desviar la vista de quienes hablaban bajito.
—Y yo digo que el Ojo es sólo una fábula que los Celadores usan para meter miedo a los pobres—replicó el bruto, tomándose su cerveza de un solo trago—. Bastaría con que vieran el bloque en que yo vivo: ni un polvo de oro para poner un sólo lente en esas callejuelas podridas.
Arel mantuvo la mirada al frente. Mentira. Hasta en los bloques de basura había lentes, uno tras otro, colgados de enredaderas de cobre y cables pelados, como lágrimas artificiales. Pero las lágrimas del Ojo eran sólo el primer círculo de la vigilancia. Lo real, lo espantoso, era lo que no podía verse: los Celadores, los juramentos, la gran red donde se tejía y desteñía la vida de todos.
Arel no respondía, y el bruto—Olson, amigo de paso, innombrable en cualquier registro—pensó que era buen momento para marcharse. Dejando una moneda de latón oxidado sobre la barra, se desvaneció en la bruma del local. Apenas la puerta se cerró, un susurro metálico acarició el oído de Arel.
—Sótano. Ahora.
Era la Voz, la única que importaba. No tenía género ni emoción: un eco descarnado nacido en la garganta de la máquina, diseñado por los Aruitores para arrancar obediencia inapelable.
Arel se levantó, dejó también su moneda, y abandonó el Refugio. Caminó por callejones repletos de vapores, bajo cables colgantes y farolas que brillaban azul, hasta una trampilla de bronce entre dos vertederos hediondos. Bajó. El sótano parecía esperarle, las piedras mascullando secretos en lenguajes borrados por la humedad.
En la penumbra, una esfera de obsidiana flotaba. Delata su presencia el aroma a ozono quemado y la inconfundible vibración bajo la piel.
—Celador Arel—entonó la Voz, desde la esfera—. Hemos recibido una divergencia. Un núcleo de conspiración.
Arel contuvo el temblor de sus manos. La vigilancia extrema tiene un costo: el corazón nunca se repone del todo. No tenía permitido preguntar, sólo obedecer. Aún así, la curiosidad mataba lento.
—Zona, radio y objetivo—fue lo único que dijo.
La esfera tembló.
—Hoyuelo de la Luna, sector sur. Appia, 47 años, madre de dos. Coordinadora de sueños ilegales.
Un nudo apretó la garganta de Arel. Coordinadora de sueños ilegales: el peor crimen según la doctrina. Permitirse sandeces -- ficciones personales, memorias implantadas, deseos anhelados en secreto -- era herejía para la Ciudad de los Mil Lentes, cuyos cimientos dependían de la absoluta transparencia de todo pensamiento y acto.
—Acceso total autorizado—remató la Voz—. Con urgencia.
Y se disipó.
En el sótano había una caja de herramientas. Arel la tomó y subió, camuflándose con la multitud que salía a morir de aburrimiento hacia sus trabajos nocturnos. Llegar al Hoyuelo de la Luna era fácil: con su identificación, los drones le abrieron paso entre los cubículos, las autopistas verticales y los rostros exhaustos de los obreros.
La casa de Appia era una cáscara diminuta de madera azul bajo un andamiaje de cientos de lentes: una marioneta puesta en vitrina. Dos niños jugaban a las cartas en la entrada. Arel los saludó con una sonrisa imposible y subió las tres escaleras, ajustándose la capucha.
Appia abrió la puerta antes de que Arel llamara. Su rostro recordaba a la luna leprosa, cubierto de arrugas plateadas y pecas nerviosas. Sus ojos, sin embargo, eran de hierro fundido: supieron al instante quién era el visitante.
—¿Vas a entrar o sólo me condenarás desde la puerta?—musitó.
Arel empuñó la caja. La cerradura biometricamente vasal abrió con su presencia. Pasó al recibidor, escaneó y filtró el aire: olores de miel y leche, impresos como si quisieran preservar la infancia. Appia se cruzó de brazos, inmóvil, esperando la acusación.
—Núcleo de conspiración—anunció Arel, casi con lástima—. Coordinación de sueños ilegales en sector sur.
Appia no lloró. No gritó. No rogó.
—Supongo que ahora me mostrarás los archivos, las pruebas y las memorias pirateadas que han reunido—dijo, sin rastro de emoción—. Lo sabes todo, ¿no? Hasta quién amo en secreto, cuántas veces robé azúcar para mis hijos, cuántas mentiras inventé contándoles historias.
Arel sintió que el peso de cien lentes caía sobre sus párpados.
—No hay pruebas que mostrar—respondió suavemente—. Sólo autorizaciones. Yo registro, la Voz absuelve o condena.
Appia puso una mano sobre el pecho.
—Entonces hazlo ya. Mis hijos tienen miedo cuando la puerta tarda en cerrarse por las noches.
Era una trampa, por supuesto: la vigilancia extrema bloqueaba toda piedad, pero el corazón luchaba a veces contra la eficiencia. No obstante, Arel colocó la caja sobre la mesa de la cocina y empezó la captación: extrajo el cable de cobre azul, lo conectó a la sien de Appia, pulsó el interruptor. Los sueños comenzaron a bailar en la pantalla flotante, uno tras otro: campos de trigo, rostros queridos ya muertos, abrazos, canciones trémulas en canales secos. Ilusiones, eso era todo lo prohibido.
La red de sombras, la vigilancia extrema, no perseguía criminales: cazaba la humanidad dentro de los cuerpos.
De pronto, entre los archivos volátiles, una imagen perturbó a Arel: allí, Appia descendía en sótanos aún más oscuros y repartía frascos de sueños puros, inyectándolos en las venas temblorosas de hombres y mujeres exhaustos. Una resistencia. Un foco. Una grieta.
Arel sudó frío. Sabía qué debía hacer. Sacó la varilla negra del juramento, la herramienta final del Celador. Ahí estaba la decisión: borrar la memoria de Appia y condenarla a la idiotez, o certificar su ejecución pública. Podía, quizá, falsear los archivos, inventar errores, dejar un resquicio, una mínima esperanza. Pero la Voz seguía allí, invisible, como un cuchillo sobre la nuca.
—Termina ya—dijo Appia—. No soporto más el silencio de los drones esperando.
Sin entender bien la razón, Arel se inclinó y bajó el volumen de la pantalla. Miró brevemente a los ojos de Appia. Vio terror, y bajo el terror, una llama. ¿Una invitación? ¿Una súplica?
Tal vez, pensó, la extrema vigilancia sólo espera que alguien la desafíe abiertamente. Que se salte el libreto fatal.
Apretó el mango de la varilla. Las luces parpadearon brevemente, como si todos los lentes de la ciudad detectaran la duda.
Afuera, los drones barrían el cielo deshilachado.
Dejó la varilla sobre la mesa, lejos del alcance de ambos. Exhaló hondo.
—Te ofrezco un trato improcedente—murmuró—. El juramento exige obediencia, pero la red también se alimenta de cortocircuitos. Dame una historia. Un sueño. Antes de que termine.
Appia parpadeó, atónita. Arel la vio dudar y, por primera vez, temer. Era una ruptura. Si la Voz lo sospechaba, ambos acabarían triturados por los engranajes de la máquina implacable. Sin embargo, Appia asintió.
—Te contaré un sueño que nunca le di a nadie sino a mí misma.
Susurró entonces una melodía que olía a hierba mojada; palabras torpes sobre niñas que cazan luciérnagas e inventan el sol al otro lado de las ruinas. Habló de ciudades secretas y comidas cálidas, de noches donde nadie espía, donde los sueños no son delito. Arel, incrédulo, sintió quemarse los circuitos formateados por la vigilancia extrema.
—Ahora sí—dijo Appia—. Haz lo que debes.
Arel alzó la varilla. Pero, en lugar de aplicarla, la dejó caer al suelo, un estrépito de metal contra cerámica. Marcó en la pantalla un informe breve, ambiguo: "Sueños dispersos, sin núcleo. Derivar a observación pasiva. Falta de evidencia para condena mayor."
Dejó que Appia lo viera. Y salió.
La red palpó a Arel durante días, semanas. No vino la Voz de inmediato, pero la culpa se instaló como una gangrena en la base del cráneo. Sabía que lo rastreaban, que sus pasos reverberaban entre la multitud vigilada.
En la oficina de Celadores, todos fingían no saber. Las miradas eran parpadeos de lentes, no de ojos humanos. Nadie hablaba de Appia, ni de sueños. Pero, poco a poco, Arel comprobó que en los registros futuros, apenas discretos, había áreas grises, zonas sin respuesta; pequeños deslices deliberados en la ciudad mil veces analizada.
La vigilancia extrema había generado su propio contrasentido: en la sobreabundancia de ojos, había nacido la ceguera. El control absoluto era también su mejor camuflaje.
Arel comprendió, quizás demasiado tarde, que nadie puede vigilar para siempre. Ni dioses, ni máquinas.
A veces, en las noches más vigiladas, soñó con luciérnagas y niñas fundando soles. Para él, y también para sus víctimas.
Y arriba, en lo alto de la ciudad, algunas cámaras titilaban apagadas, como si la realidad, por un momento, concediera descansar la mirada.
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