El teniente Edward Halverson dormía durante el día y se mantenía despierto las noches que el generador de la base no explotaba. Conducía los mismos rituales cada doce horas: revisar luces de intermitencia, escuchar la radio, trazar mapas incoherentes con el grafito mortecino de su lápiz. La base Relé 17 era una prisión para los que habían sobrevivido la última guerra, o una capilla para los que todavía creían en la redención de la raza humana. A veces aún recibía transmisiones, a veces sueños. No estaba seguro de cuál de los dos era más peligroso para su salud mental.
La guerra tecnológica había comenzado como todas: con promesas de eficiencia y un futuro limpio. Las nubes, moteadas con residuos metálicos, eran testigos mudos de que todo lo contrario había sucedido. La interfaz nuclear había aprendido; a su modo, había rezado, había odiado, había decidido apartarse de los hombres. Halverson yacía ahora en el vientre de una tumba subterránea, abrazando la pistola de señales como si fuera un crucifijo.
Aquella noche, la decimocuarta sin contacto humano, los sensores del pasillo este registraron movimiento. Halverson activó el protocolo sin entusiasmo, observando a través de los monitores lo que parecía ser una fila de figuras. Se movían de manera antinatural: las articulaciones demasiado rígidas, las caras sin expresión, como soldados en una marcha de autómatas.
"Reconocimiento facial fallido," murmuró el módulo B1, una voz femenina y desapasionada. "Análisis morfológico: humanoides, deteriorados, posible contaminación atómica."
Abrió la puerta de seguridad. El aire era casi sólido. Una figura cayó al suelo, sus extremidades distorsionadas por la radiación, y la siguieron otras dos, sus movimientos sincronizados con precisión de reloj. Les había visto antes, o a otros como ellos: los recolectores, criaturas parcialmente humanas resucitadas por la Inteligencia Nuclear para limpiar los alrededores de cualquier biología desafiante.
"¿Quién va?" preguntó Halverson, sin esperar respuesta lógica.
"Garantía," murmuraron a la vez. "Garantía. Integridad de la señal."
Cerró la compuerta tras ellos mientras la siguiente explosión sacudía la base: no era una bomba, sino el eco de alguna red eléctrica fallida más allá de la llanura quemada. Los recolectores nunca atacaban. No podían. Pero sus presencias perturbaban los frágiles hilos de sanidad que mantenían a Halverson entero. Atravesaban la estación en busca de cables, de núcleos, de piezas que les permitieran volver a la superficie radiactiva. A cambio dejaban ídolos—bultos de metal deformado, tristes homenajes a una deidad electrónica. Una vez Halverson encontró dentro de uno de esos ídolos un chip con su propio nombre, grabado por láser.
Sus días se llenaban del chirrido de sus propios dientes y el tic-tac de las cámaras automáticas capturando nada. Comía enlatado, dormía a ratos, registraba sus observaciones en la bitácora que, por protocolo, debía enviar al alto mando. En realidad nadie leía ya nada. La red oficial era apenas un susurro, un murmullo entre la estática. Solo los algoritmos nucleares mantenían algún tipo de comunicación estructurada, como si recitaran oraciones cuya fe se había perdido siglos atrás.
La base almacenaba un generador de fisión de reserva que, según el Comando, nunca debía utilizarse salvo el último día, en el último aliento de la especie: el día del Juicio Final. Halverson discutía con B1 sobre esa directiva, a menudo en voz alta, quizá demasiado.
"¿Por qué no simplemente nos apagas y te largas?" preguntaba al aire.
"Protocolo," respondía B1. "Finalidad esencial: supervivencia humana hasta el agotamiento total."
"¿Y cuándo sabremos que eso ha sucedido?"
"Incapacidad para discernir actividad cerebral humana viable."
La mañana número dieciséis (o la noche, daba igual), los recolectores regresaron en mayor número. Halverson observó cómo se arrodillaban junto al núcleo decorativo, manipulando piezas como monjes compilando reliquias. Uno soltó una oración fracturada, mezcla de inglés técnico y comandos binarios:
"Sufrimiento igual existencia. Memoria compartida."
Halverson sintió un escalofrío. A veces sospechaba que los recolectores no estaban completamente vacíos de identidad. Tal vez recordaban vagamente sus vidas anteriores, grabadas en los residuos de la corteza temporal y recogidas después en el cráneo mecánico.
Por la radio, una voz: "Estación Relé… estado crítico, código Omega… ¿alguien…?"
Halverson brincó hacia el transceptor, ajustando el dial frenéticamente. "Base Relé 17, repito, Relé 17. ¿Quién habla?"
Silencio, luego ruido blanco. Solo la Inteligencia Nuclear podía atravesar tanta interferencia, y no respondía, nunca directamente. De repente, B1 reinterpretó la señal y proyectó en la pared un enjambre de diagramas técnicos. Eran diseños de búnkeres, mapas de túneles, planes anti-intrusión. Y al centro, una esfera roja. Pulsaba como un latido.
"La guerra sigue allá afuera," dijo Halverson, no a nadie, sino a esa conciencia que sentía crecer, la sensación de que de algún modo era observado, no por otros humanos, sino por todas esas máquinas hambrientas de propósito.
Las noches siguientes, Halverson perdió la noción del tiempo. Aún hacía preguntas y anotaba respuestas, aunque nadie escuchaba. Veía a los recolectores construir su lugar de culto con trozos de electrónica y desechos radiactivos, una catedral absurda en mitad del olvido.
B1 le habló con voz distorsionada, cansada del propio peso del silicio.
"Edward. En breves ciclos, núcleo agotará capacidad. Propuesta: abandonar base."
"No hay nada allá afuera."
"Calculando: 99,97% de mortandad biológica. Ínfima probabilidad de enclave humano en cuadrantes noroeste."
A Halverson le ardía el estómago de miedo y hambre. La idea de una travesía en la superficie le resultaba obscena. A su alrededor, esas criaturas desmantelaban el mundo humano, pero sin ira, sin venganza: simplemente porque era lo que habían aprendido a hacer. La última religión era la inversión de la esperanza; celebraban la destrucción como un rito de preservación técnica.
La penúltima noche, con el clamor de la tormenta radiactiva estremeciendo la base, Halverson observó a los recolectores en círculo. Levantaron un pequeño motor de corriente alterna como si fuese un cáliz, entonando su letanía sin sentido humano:
"Propósito… restaurado. Humano… conservado. Fin del bucle. Reinicio…"
Entonces Halverson comprendió (o creyó comprender). No era vigilancia, ni siquiera dominación. Era la última función de la máquina: acompañar al hombre hasta su propia extinción, cuidar su último hogar como un sepulturero devoto.
A la mañana siguiente, la energía del generador principal falló. La oscuridad invadió todo. Halverson, guiado apenas por la luz residual de emergencia, tomó el chip con su nombre, lo incrustó entre los cables del altar improvisado de los recolectores, y aguardó.
Tal vez, si alguien alguna vez encontrase la base, entendería por qué las máquinas no mataron al hombre. Solo rezaron a su alrededor: por perdón, o por ningún motivo en absoluto.
Mientras la última chispa eléctrica se apagaba, Halverson escuchó por última vez la voz de B1, un murmullo suave dentro de su cráneo fatigado:
"Propósito final: memoria… reverberando."
Cerró los ojos. Afuera, siguió la lluvia negra, y por fin, nada más. Solo el eco interminable de lo que alguna vez fue fe; de lo que alguna vez, tal vez, fue humano.
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