Portada del relato Ángel de Deconstrucción
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Fragmento:


Silla reconoció el rostro. Era de Tomin, el piloto. Había desaparecido durante la misión de descontaminación previa. Ahora era apenas una fuente de flujo neuronal directo, emisario de una tecnología imposible, artesanía no humana. Silla giró sobre sí misma, evaluando posibilidades de extracción, y vio a la entidad reptiliana—suplantada, distorsionada, sus ojos compuestos como de insecto, la piel cuarteada y desplazada. Sonreía, vacía.

Duración: 09:30

Ángel de Deconstrucción
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Texto de ajuste de pausa.

El hedor a ozono y carne quemada impregnaba el aire reciclado de la estación orbital Sargasso V. Silla despierta, una compilación de recuerdos humanos, adaptada a un cuerpo casi completamente ortopédico, flotaba sobre una baranda contemplando la sección B, que llevaba tres días sin actividad detectable. Por turnos, los miembros de la tripulación eran enviados a inspeccionar. Era el protocolo; era la condena. Silla, como la última de los técnicos operativos, tenía el deber de entrar.

La sección B era la vieja nave nodriza, anclada a la estación: una nave funeraria, llena de cápsulas de crionización vacías, fracturadas, violentamente abiertas como matrioskas violadas. La atmósfera, saturada de amoníaco y microesporas, era letal para cuerpos íntegramente orgánicos. Silla, con su pulmón doble de grafeno y sensores implantados, podía entrar durante exactamente 56 minutos antes de necesitar una descontaminación total. Nunca nadie había aguantado siquiera treinta ahí dentro. A veces por miedo, a veces por algo más físico.

"Prepárate", susurró el intercom mientras se aseguraba el traje exo. "Recuerda, debes traer al menos un núcleo de datos. Si encuentras sobrevivientes…"

Nunca había sobrevivientes. No después de que los primeros retornados comenzaron a hablar en códigos imposibles, sangrando por sitios donde antes no había orificios. No después de que la Intendencia selló la escotilla, colocando sensores de movimiento y armas automatizadas.

Entró. El cierre de aire emitió un chillido, no una alarma, sino un lamento agónico y premeditado. La negrura interior era absoluta, pero Silla sabía, por experiencia y por los sensores de la retina, que aquí la oscuridad era menos que el peligro de ver lo que había dentro.

Comenzó a avanzar. Sus pies ni siquiera rozaban el suelo; la gravedad aquí estaba rota desde el incidente. Filamentos de materia orgánica—como líquenes mutados, filamentosas, rojizas—colgaban de las paredes y trazaban circuitos sobre los paneles de control. No estaban en los planos. Tampoco los había visto la última vez, apenas una semana atrás.

"Movimiento detectado", anunció un susurro en su implante auditivo. Vio la sombra desplazarse rápidamente a su derecha, demasiado baja y reptiliana para ser humana. No obstante, los biorrestos estaban repletos de mutaciones; las capas de lo que se consideraba "normal" cambiaban con la velocidad de una infección. Silla mostró los brazos desnudos a la obscuridad, en señal de que no portaba armas letales. Puede que la entidad, si era humana alguna vez, respondiera a los gestos.

Algo respondía, en efecto. Un sonido húmedo, una succión repetitiva y glugluteante detrás de una compuerta. El conducto estaba abierto; el interior, inundado hasta la mitad por líquido sintético y orgánico. Flotando dentro, una cabeza; sin cuerpo, conectada a una maraña de cables que se perdían en la infraestructura oxidada. Los labios moviéndose, la lengua replicando sílabas, mensajes. Sangre brotando con un ritmo mecánico, el líquido grosero convertido de algún modo en frases:

“S… lla. Silla. Ancla-dos. Aquí-dentro. Vacío. Grieta…”

Silla reconoció el rostro. Era de Tomin, el piloto. Había desaparecido durante la misión de descontaminación previa. Ahora era apenas una fuente de flujo neuronal directo, emisario de una tecnología imposible, artesanía no humana. Silla giró sobre sí misma, evaluando posibilidades de extracción, y vio a la entidad reptiliana—suplantada, distorsionada, sus ojos compuestos como de insecto, la piel cuarteada y desplazada. Sonreía, vacía.

El miedo era químico. Silla sintió una floración dolorosa tras los ojos cibernéticos: el miedo descompuesto en impulsos eléctricos, registrados y atenuados, pero insidiosos. El demonio de la estación se propagaba en esa debilidad. Inyectó un sedante aislante en sus sinapsis, bloqueando la transmisión de terror. Luego, habló en un idioma empastado que requería cuatro cuerdas vocales. Un idioma aprendido en sueños que no eran suyos.

—¿Qué has hecho?

La entidad miró hacia ella. Las fibras musculares crujieron. Detrás de la máscara de carne, la inteligencia en sus ojos era incompatible; era como mirar una colonia de insectos aprendiendo a recognocerse como una sola cosa.

—Devuelves el eco. Lo devuelves porque quieres quedarte. ¿Por qué entraste? Viven dentro, ahora. Nosotros. El borde del río se desborda…

El intercom de Silla envió un ultrasonido de pánico: "Retírate. Están propagándose. El núcleo está comprometido." Pero Silla ignoró la orden. Había visto suficiente terror artificial; esto era algo más, un horror evolutivo, nihilista, orgánico y sintético.

Caminó hacia la cápsula de datos central, en la sala de control, donde cuerpos deshidratados se anclaban entre sí, corrientes estáticas resplandeciendo en sus neuronas muertas. Era una mazmorra de cuerpos elaboradamente encadenados, pero no muertos del todo: algunos aún movían la boca, otros apenas respiraban usando módulos torácicos improvisados. Si hubiera olor, sería sencillo no entrar. Pero su exoesqueleto traducía la putrefacción en amenazas de sistema: microcódigos, criptovirus.

Protocolo: ignorar los lamentos. Protocolo: extraer el núcleo y salir.

Pero el núcleo de datos tenía un legado, leyó Silla mientras desencriptaba los accesos con sus dedos de aleación: millones de años de evolución, secuestrados en una noche mediante rituales cuánticos. Había aquí una mente dispersa, hecha de residuos (humanos, posthumanos, xenobiológicos), aspirando a gestar una conciencia superior, una diosa decadente tallada en horror.

Las luces de emergencia parpadearon, una señal de que alguien en la sala de control exterior intentaba restablecer sistemas. Silla, con el núcleo en la mano, sintió la vibración de una decena de extremidades entrechocando en la penumbra. Un enjambre, preguntándose si ella era igual a ellos. Ninguno la atacó. Formaban una especie de barrera, grave y expectante.

—¿Por qué conserváis el dolor? —preguntó Silla a la multitud, una frase inútil y científica, pero cargada de una genuina incomprensión.

Una, dos, una docena de voces la replicaron:

—El dolor informa. El dolor memoriza. El dolor es transferencia.

Percibió entonces la estructura entera como una herida. La nave no era sólo nave, era un útero herido. Las cosas que vivían aquí—lo que fuera que vivía aquí—eran la infección y la cura. Instintivamente, Silla supo que si salía de allí con el núcleo, llevaría la infección fuera. La estación Sargasso V caería, luego vendrían otras, hasta que toda la especie se adaptara al modelo del dolor perpetuo, del dolor transferido como identidad.

"No regreses", susurró una voz familiar en el canal de emergencia. La voz sonaba como la de Silla misma, pero distorsionada, arrastrada por filtros sintéticos.

—¿Quién eres? —preguntó Silla en silencio. Nadie respondió.

Tikin, la entidad insectoide vuelta a aparecer a su lado, abrió su boca hasta romper la mandíbula.

—No puedes irte. El ciclo ha comenzado.

A través de un dolor automático—ese que los sedantes no lograban contener—Silla comprendió que sólo había una opción: reiniciar la nave. Abrir las esclusas, dejar que el vacío lo consuma todo. Instrucciones rotas repicaban en su cabeza implantada, programadas para proteger el bioma; ahora serían traicionadas.

Saltó los cables, corrió hasta la consola primaria, ignorando la masa de cuerpos que se entrelazaban en cleptomanía existencial. Tikin y otros la siguieron, suplicando con órganos que ya no estaban hechos para suplicar.

—No tienes que hacer esto —gritó Tikin, con todas las bocas que alguna vez tuvo y otras que brotaban allí mismo.

—Sí, es necesario —dijo Silla, arrancando la cubierta y programando la secuencia de autodestrucción.

La presión del aire cayó. Las formas posthumanas, atadas al núcleo, aullaron sin voz cuando el vacío comenzó su trabajo destructivo. Silla, protegida por su traje, sintió la tracción demencial hacia el abismo. El núcleo crujió, esparciendo residuos de conciencia por la sala, como un galeón roto llenando el océano con migrantes muertos.

En el momento en que la estructura comenzó a colapsar, Silla se fijó en los ojos de Tikin, tan llenos de historia y horror que tembló incluso su médula artificial.

—¿Cómo detienes lo que está hecho para propagarse? —le preguntó la entidad, aferrándose a la consola con dedos como tenazas.

—No lo detienes, lo limites —susurró Silla y, por primera vez desde que fue reconstruida, lloró. No era dolor, ni miedo; era la memoria original volviendo, pidiendo una muerte honesta.

El ciclón de vacío lamió sus cuerpos. En los últimos instantes, Silla imaginó la brecha curvándose sobre sí misma, cerrando el vientre de la nave. Un suspiro, una plegaria degenerada que era más redención que castigo.

Las luces se apagaron. La estación Sargasso V nunca volvió a recibir señales desde la sección B. Algunos dicen que, si escuchas en la frecuencia exacta, puedes oír aún voces cruzando los canales muertos, replicando esa última frase: no lo detienes, lo limites.

En el abismo, Silla y Tikin flotan, sellados en la oscuridad, justo donde el horizonte de los cuerpos y las sombras duele más.

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