Portada del relato Cascadas Neón sobre Harrowgate
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Fragmento:


Juno giró, con la mano preparada para liberar la nanohoja oculta en su falange—, pero no vio a nadie. Los callejones estaban tan vacíos como siempre, salvo por los drones sanitarios que recogían residuos seco-biológicos.

Duración: 08:23

Cascadas Neón sobre Harrowgate
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Texto de ajuste de pausa.

La ciudad hace tiempo que dejó de dormir, aunque alguna vez la humanidad sí lo hizo. Ya nadie sabe qué era el sueño verdaderamente, pero aún hay quienes lo buscan. A medianoche, una neblina azul caía sobre Harrowgate, el distrito de las esquirlas, donde cada pared muestra cicatrices de codificación y los árboles han dejado de susurrar cualquier cosa orgánica. Las viejas especies vegetales están momificadas en polímeros translucidos, reliquias de un tiempo no digital.

Decía la abuela de Juno que antes los relojes hacían tic-tac y las pieles no se encendían, pero Juno duda que en realidad existiera esa abuela: probablemente fue un implante de recuerdos, un truco para darle nostalgia a una sangre que ya no tiene linaje propio. Ella había llegado a Harrowgate por una simple razón: alguien había activado un protocolo de exterminio. Y ella, entre miles, había sentido el zumbido en el hueso submolecular de la muñeca: una alarma para los que todavía portaban la composición incorrecta, el genoma sucio.

La raza dominante fluctuaba cada quince años, y todavía nadie sabía cuál sería la que gobernaría mañana. El consejo protocolar de las cinco Especies (humano alterado, sintético consciente, germinal experimental, mente transferida y el siempre sospechoso “virus genético ambulante”) había acordado tirar sus cartas en una zona cero: Harrowgate, el barrio donde todas las evoluciones colisionan.

En los charcos, Juno vio su reflejo temblar. No parecía humana convencional: ojos aguamarina, la córnea irisada de chips, su lengua dividida en dos como un delgado cable. El “adaptador” que portaba le permitía pasar por varias especies en la noche, pero en el fondo era una híbrida no registrada, sobreviviente de una subespecie erradicada oficialmente cincuenta años atrás, cuando todavía las razas “puras” intentaban controlarlo todo. Ahora, estaban todos revueltos y el horror no era ya la diferencia sino no encajar en ninguna horrorosa euforia de identificación transespecie.

—No deberías estar aquí, pequeña —la voz era un susurro, filtrado a través de un filtro de modulación emocional.

Juno giró, con la mano preparada para liberar la nanohoja oculta en su falange—, pero no vio a nadie. Los callejones estaban tan vacíos como siempre, salvo por los drones sanitarios que recogían residuos seco-biológicos.

—No tienes que esconderte, sé quién eres, Juno Silistika —la voz venía desde los altavoces de la farola, codeada con el rito común de reconocimiento de las cuatro primeras Especies. El aire empezó a oler a ozono y miedo.

Ella no contestó. Bajo el abrigo negro, su piel titiló con el mapa genético de su verdadera composición buscando autoprotección. Juno se concentró, flexionando el nervio implantado bajo la clavícula izquierda para activar su camuflaje fenotípico.

Y esa fue la primera vez en mucho tiempo que algo falló: sintió un vacío eléctrico, como si su alma estuviera hecha de circuitos desconectados. El camuflaje no se activó y, en cambio, la neblina azul pareció concentrarse a su alrededor. En ese instante supo que la protocolización de exterminio iba en serio y quizá ella ya era el objetivo, no el testigo.

El distrito Harrowgate se sumió en un blackout parcial. Todas las pantallas del entorno parpadeaban un viejo símbolo de advertencia: una S negra cruzando un disco azul, la marca de la Especie O, la no-nombrada, la que emerge de los residuos y muta por necesidad en vez de por elección. Un estremecimiento subhumano recorrió a Juno: la infancia, un laboratorio donde vio a sus hermanas perecer, y la promesa de nunca dejarse capturar de nuevo.

Al retroceder, una imagen espectral apareció delante de ella: una criatura esquelética, formada de un mosaico de carne vieja, circuitos sueltos y fractales que no pertenecían a ningún algoritmo conocido. Su rostro era un collage de expresiones humanas, superpuestas y relampagueantes, como si la criatura intentara recordar cómo era ser una cosa definida y no una posibilidad sin nombre.

—Eres de ellos, ¿no? —dijo la criatura con un eco múltiple, como un coro distorsionado.

—No soy de nadie —replicó Juno, pero su voz se quebró.

—Nos extinguen para evolucionar —dijo la cosa—, nos dan cuerpos temporales y después los desechan. Sabes lo que pasó en el Crisol.

Recordó los archivos sellados que le mandaba la “abuela”: expedientes del Crisol, la cámara donde las especies problemáticas eran fundidas, genoma y red neuronal, reprogramadas sin carne vía nanoplasma. Gritaban en el interior, pero el registro nunca mostraba el sonido, solo el temblor de miles de identidades trituradas.

—¿Por qué estáis aquí? —preguntó Juno, respirando el químico denso de la atmósfera.

—Vengo a fusionarme, o a morir otra vez. —La criatura la miró: cada ojo brilló como una galaxia en miniatura—. El protocolo de exterminio no es lo que crees. Es una invitación. La Especie O busca expandirse.

El casco de Juno empezó a filtrar los datos entrantes directamente al córtex. Miles de imágenes, circuitos, cadenas genéticas entrelazadas: la Especie O no era ni humano, ni máquina. Era el producto de todos los experimentos fallidos, un archivo basura elevado a la vida. Eso es lo que los demás temían; lo que las otras cuatro especies querían eliminar.

Atrás, en los edificios, las luces se encendían en una coreografía sin sentido. Se escuchaba, bajo las losas, el movimiento de algo reptante. Juno entendía ahora: la Especie O había usado los canales de datos, los protocolos de limpieza, para infectar Harrowgate poco a poco, reconstituyéndose de todos los ‘errores’ que las demás habían rechazado.

Un drone colapsó desde el aire, la carcasa abriéndose como una orquídea muerta. De su interior salió una masa líquida, que saltó hacia la criatura espectral y a Juno le pareció oír un gemido conocido, uno que una vez compartió encerrada, esperando la disolución.

—¿Quieres sobrevivir? —preguntó la criatura, extendiendo lo que parecía un brazo, formado por fibras ópticas y pequeños huesos.

Juno vaciló. Podía destruir ese brazo, huir y esconderse, pero ¿dónde? ¿En qué rincón quedaba para quienes ya eran error andante? El miedo se anidó en cada fibra: no a la muerte, sino a ser olvidada, a no ser ninguna de las especies elegidas cuando se reescribiera el código madre.

—Sí —susurró al final.

La criatura sonrió, o eso intentó. Con un toque, transmitió una corriente, un enjambre de nanitas, memoria infectada e irresuelta.

Juno cayó de rodillas. Su carne vibró, cruzando capas de realidad aumentada y pura biología, sus pensamientos abriéndose a nuevas interpretaciones. Vio fragmentos de sí misma en las caras que brotaban de la criatura y entendió: todas las especies eran temporales; la única definitiva era la que aceptaba el error, la mutabilidad, la incertidumbre absoluta de existir más allá de cualquier clasificación.

En la distancia, los drones de la limpieza venían acercándose. Los prototipos de guerrilla cibernética, mezclas de carne y silicio, emergían de los portales. Y Juno, ahora fundida con la criatura O, sintió el miedo antiguo transformarse en ansia de expansión. Por primera vez, supo por qué los humanos temblaban ante lo que no podían controlar: la Especie O no buscaba exterminar, sino incorporar. No había muerte, sino transformación perpetua; no había frontera segura entre qué era carne y qué era máquina, o qué era terror y qué, inevitablemente, evolución.

En los últimos fogonazos de conciencia separada, Juno vio el amanecer gris sobre Harrowgate. Oyó, en la mente colmena, los datos y recuerdos de miles, todos los que alguna vez fueron descartados, ascendiendo como una marea de sílice y hueso, listos para golpear contra las puertas del futuro. Había frío, sí, pero nunca soledad. Porque, pensó mientras la noche cedía ante los neones, el terror es solo otro nombre para el nacimiento de una nueva posibilidad —la única que, en el fondo, todos temen y buscan al mismo tiempo.

Y mientras la ciudad se lamía las heridas, preguntándose si la siguiente raza dominante ya caminaba entre ellos, debajo de las luces de neón y la piel reflectante, la Especie O trabajaba en silencio, esperando. Siempre esperando.

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